Cuando llegué a casa, mis pasos resonaron en el silencio del amplio vestíbulo. La mansión Romanov siempre imponía, con sus altos techos, lámparas de cristal y los retratos de mis antepasados que parecían observarme con desaprobación desde las paredes. Pero lo que realmente me ponía nerviosa no era la opulencia de mi hogar, sino la figura que me esperaba al pie de la escalera principal: mi padre, Demetrio Romanov. Con los brazos cruzados y una expresión severa, me escrutaba como si pudiera leer cada pensamiento en mi mente. Sabía que estaba molesto, aunque no sabía exactamente por qué. —¿Dónde estabas? —preguntó con su voz grave, directo al punto, sin preámbulos. —Salí al centro comercial —respondí, intentando sonar casual mientras dejaba mis bolsas sobre una mesa cercana. —¿Y qué hacía

