Estaba sentado en la orilla de mi piscina, mirando cómo las luces de la mansión se reflejaban en el agua cristalina. A mi lado, tres mujeres que cualquiera consideraría perfectas se reían con descaro, disfrutando de mi evidente frustración. David, sentado en un sillón cercano, no podía contener la risa. —Te bloqueó... ¡Te bloqueó! —se burló, casi doblándose de la risa. Lo fulminé con la mirada, apretando los dientes. —Tú cállate, idiota, que no estoy de humor —le advertí, tomando un sorbo de whisky directamente de la botella. David levantó las manos en señal de rendición, aunque la sonrisa burlona no desapareció de su rostro. Las mujeres, vestidas apenas con diminutos bikinis, seguían riéndose entre susurros, y eso me encendió aún más. —¿Qué mierda les gusta a las mujeres? —murmuré,

