Cuando me levanté, el lugar estaba en completo silencio, salvo por las voces que provenían del despacho. Las dos mujeres que Cristo había traído anoche seguían dormidas, esparcidas sobre la cama como si fueran trofeos. Me arreglé el cabello lo mejor que pude con las manos y me acerqué sigilosamente al pasillo. Allí estaban Cristo y David, conversando en voz baja. No pude evitar notar la seriedad en sus expresiones, aunque Cristo tenía ese aire arrogante habitual. Cristo levantó la vista y me vio, su mirada asesina me dejó petrificada por un momento. Se giró hacia mí con un semblante que no prometía nada bueno. —Mocosa, hoy te irás a tu casa —soltó, con un tono que me dejó completamente descolocada. —¿Qué? —logré decir, confundida, mientras intentaba entender lo que acababa de escuchar.

