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Una Noche Loca para Sharon

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una noche de pasión
el amor después del matrimonio
embarazo
sensitivo
realeza/noble
multimillonaria
drama
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ciudad
virgen
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Descripción

Despertarse en una habitación desconocida, completamente desnuda y al lado de un sujeto que apenas recuerda, podría ser algo normal para una chica veinteañera en la ciudad de Nueva York.

Pero para la estirada Sharon McLaggen eso era poco menos que una tragedia, porque hasta ese momento era virgen. Ella era la típica chica inglesa, criada en una de las familias británicas más importantes y estiradas de la sociedad escocesa, quienes incluso se codean con la realeza. Siempre viviendo entre los estrictos límites familiares y sociales.

Pero un merecido viaje de vacaciones a los Estados Unidos de Norteamérica, después de graduarse con honores en el Imperial College London, una de las más prestigiosas universidades británicas, le estaba cambiando la vida.

Sharon había sido invitada por su amiga libertina, Abigail Evans, a pasar una noche "diferente" y se la lleva, junto con otras amigas a una moderna discoteca neoyorquina.

Entre la diversión, el alcohol y los instintos naturales la llevaron a un camino difícil que jamás pensó en recorrer.

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Un extraño despertar
Sharon entreabrió los ojos, somnolienta, mientras la cabeza le martilleaba horriblemente, la luz de un rayo de sol entraba por la ventana de su habitación iluminando la cómoda con su espejo redondo cuyo reflejo de le daba en la cara. ¡Espejo redondo! La elegante habitación donde dormía en el hotel Waldorf Astoria tenía unos espejos enormes de la época victoriana. ¿En dónde rayos estaba? Abrió los ojos por completo, el sueño huyó de sus ojos de inmediato, y vio que se encontraba en una habitación completamente desconocida. Levantó el torso y se apoyó sobre los codos, pero al tratar de darse la vuelta para colocarse boca arriba y levantarse sucedieron dos cosas. Primero, sintió como algo la retenía y le impedía voltearse y segundo, el esfuerzo le hizo sentir un breve, pero agudo dolor en el bajo vientre. Algo asustada se volvió y pudo ver un brazo masculino que la tenía sujeta por la cintura, por encima de las sábanas. Sharon abrió los ojos espantada: ¿Quién demonios era este sujeto? Y lo peor: ¿Qué rayos hacía acostado al lado de ella? Estaba arropada con una sábana blanca de un suave algodón sedoso. Se escurrió poco a poco de lado hasta que salió de debajo del brazo masculino y también de las sábanas, pero para horror suyo estaba completamente desnuda. «¡Dios mío! —se dijo con angustia— ¡Cómo llegué aquí!» Se sentó en la cama y una terrible sospecha le llenó el pecho. El dolor de caderas y del bajo vientre no era normal, ella montaba a caballo y hacía deportes y gimnasio. Tocó sus partes íntimas y estaban todas impregnadas de líquido suave y pegostoso. Sharon no tenía ninguna experiencia s****l en su vida, pero tampoco era una ignorante, eso significaba que al menos, la habían estimulado sexualmente y por eso la abundante evidencia que estaba en su entrepierna. Sentada en la cama miró su intimidad apartando con su mano la suave carne de su pubis para mirar hacia la entrada de su cavidad íntima, allí había rastros secos de lo que había sido humedad y también unas marcas rojizas, al notarlo su piel se puso primeramente pálida como si se hubiera quedado sin sangre y luego se le subieron los colores hasta que se puso casi color granate. El redondo espejo de la peinadora le devolvía su imagen con nitidez, veía su rostro con una expresión desconcertada y asustada al mismo tiempo. A su mente venían retazos de escenas de baile, donde se veía a sí misma bailando con un sujeto alto y apuesto que le había presentado una de las amigas de Abigaíl, no recordaba su nombre, por más esfuerzos que hacía, todo estaba como tras una neblina que no le dejaba recordar con claridad. Pero sin embargo recordó que ella reía por el efecto del alcohol en su cuerpo y que este hombre, que ahora yacía completamente dormido en la cama, le acariciaba los pechos mientras le daba suaves besos en la boca entreabierta. Se llenó de pánico una vez más, por fortuna la sábana que la cubría a ella no lo cubría a él, había dos sábanas iguales y la otra lo cubría parcialmente, se veía una espalda muy musculosa y fuerte hasta abajo donde se veían unos glúteos firmes y hermosos. Sharon no quiso ver más, porque el rubor de su cara le hacía sentir como si se le estuvieran quemando las mejillas. Jaló con cuidado la sábana y entonces lo vió, se puso pálida de nuevo sin poder evitarlo, allí estaba la evidencia de que no solo habían sido “caricias”... Había una mancha roja como una rosa abierta, la verdad la golpeó duro como si le hubiesen pegado con un enorme tronco en la nuca: Sharon McLaggen, la niña de su casa ya no era virgen. ¡Se había entregado a un hombre al que había conocido esa misma noche! ¡Y ni siquiera recordaba su nombre! «¡Dios mío!, ¿qué fue lo que hice?» Sharon no pensó en nadie primero más que en su padre, el décimo octavo conde de Moray en Escocia, quién tenía una fama tal, de moralista en todo el país, que hasta la Reina Isabel segunda lo había puesto como ejemplo para los demás miembros del parlamento. Y luego, por supuesto, estaba su estirada y querida madre, quien consideraba a cualquiera que no tuviera un título nobiliario como el más abyecto de los plebeyos, sin importar cuánto dinero pudiera tener. Su familia tenía una de las fortunas más grandes, y no solo de Escocia, sino de todo el Reino Unido. Y sus padres esperaban que se casara con alguno de los nobles ingleses que la habían pretendido en el baile de su introducción a la sociedad o en el baile de graduación en uno de los más prestigiosos colegios universitarios de toda Europa, el Colegio Imperial de Londres,. que estaba tan solo un escaño por debajo de las famosas universidades de Cambridge y Oxford. Sólo de pensar en el disgusto que sentirían sus padres la hacía sentirse como lo peor del mundo, ¡ellos esperaban tanto de ella! Su hermana mayor se había casado con un industrial danés, era un gran partido, pero para su madre en particular era solo un “plebeyo” ella ni siquiera le devolvía el saludo cuando él llegaba con su hermana a visitarlos, pero Hans era un hombre de mundo al que no le afectaban esas cosas. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el sujeto se movió en la cama y murmuró unas palabras que no pudo entender, se levantó asustada y comenzó a recoger su ropa que estaba toda regada por el piso. Se asombró cuando tomó el pequeño bikini de encaje y seda y lo encontró aún húmedo por la cantidad de jugos íntimos que había derramado esa noche. «¿Cómo es posible que no recuerde casi nada? —se dijo a sí misma con enojo. Era como si se le hubiera borrado una parte de su vida.

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