Anne recordó el restaurante de hace años atrás en su primera y última visita, así como la tienda de abarrotes y la c********a. Con sus lentes de sol y el sombrero intentó pasar desapercibida ante los demás habitantes. El auto se detuvo en el único hotel que había, bajó su pequeña maleta y se dirigió hasta la recepción. Había un hombre alto, fornido, pero con el rostro más amable que podía existir, Anne se retiró el sombrero y los lentes, miró al hombre del otro lado del mostrador. —Bienvenida, señorita. —ella sonrió. —Gracias. — ¿Busca alguna habitación? —Anne afirmó. —La mejor que tengan. —Perfecto. —el hombre, llamado Josh, tecleó con agilidad. —Tengo la suite presidencial. —sus miradas se cruzaron. —Así le decimos, ya que es la más grande y tiene todo. —La tomaré. — ¿Cuántas noch

