—Edukien*.— Elaia sonrió al ver al viejo tendido en el suelo dejando al frío aire su último aliento.— Espero que tengáis un feliz reencuentro.— hincó su rodilla en el suelo y cerró los ojos de lo que ya era un c*****r. —Elaia.— llevaba soñando con estar en sus brazos desde el día en el que dejó de ver cómo cortaba leña desde la ventana. —¿Estáis bien?— las brujas habían conseguido encerrar a los aldeanos furiosos en la mazmorra, las tornas acababan de cambiar a su favor. —Eso creo.— mintió con una sonrisa en su visiblemente magullada pero bella cara. —Si algo os ocurriera... yo...— suspiró acongojado por su siguiente promesa.— moriría de pena. La idea dejó a Lea tan aletargada que solo cerró los ojos después de poner las manos sobre sus hombros. —No es mi intención parecer desespera

