Una orden irrefutable
Era una noche fría, el viento silbaba como cómplice en la oscuridad. Bella estaba en la bodega, vigilante, coordinando el movimiento del cargamento incautado al enemigo. Nada se le escapaba.
Un ruido rompió el silencio. Pasos. No eran de los suyos. Bella se ocultó tras unas cajas y esperó. La silueta apenas cruzó la puerta cuando ella reaccionó: una patada seca en el abdomen lo dobló al suelo.
Bella apretó los puños mientras la bodega oscura se llenaba de ecos metálicos. Dos hombres se abalanzaron sobre ella, confiados en su fuerza bruta. Pero no conocían a Bella Montiel.
El primero intentó sujetarla por la cintura, sin embargo, ella giró rápido, clavando su rodilla en el abdomen del tipo con tal fuerza que lo dobló en seco. Aprovechó el impulso y le estampó el codo en la nuca, dejándolo tendido en el suelo.
—¿Eso es todo lo que tienen? —escupió con una sonrisa desafiante, su mirada esmeralda brillando con rabia.
El segundo lanzó un puño directo a su rostro. Bella lo esquivó de lado, apenas rozando el aire, y le agarró la muñeca con firmeza. Con un movimiento seco, torció el brazo del hombre y lo estrelló contra la pared. El crack del hombro dislocado retumbó en la sala.
Antes de que pudiera reaccionar, otro enemigo apareció por detrás con una navaja. Bella, sin perder el control, giró sobre sí misma, atrapó la muñeca del atacante y, con un giro ágil, lo lanzó contra las cajas apiladas. El golpe levantó una nube de polvo.
Respiraba agitada, pero firme. Su cabello rubio caía sobre su rostro, sus labios rojos curvados en una mueca feroz. Ella no era una víctima; era un huracán.
El último hombre dudó, retrocedió un paso. Bella caminó hacia él lentamente, como una cazadora.
—Corre… si puedes —susurró, antes de lanzarse con una patada giratoria que lo derribó de inmediato.
—Nadie entra aquí sin permiso —murmuró con los ojos encendidos.
Las puertas se abrieron de golpe. El Diablo apareció. Su sola presencia bastó para que todos callaran.
—Siempre lo digo, Bella, y no me canso —soltó con una sonrisa torcida—. Eres la mejor.
Ella lo miró con fastidio.
—Lo sé, Diablo. No seas tan lambón.
Él soltó una carcajada fuerte.
—Altanera… si no fuera por tu eficiencia, ya te habría dado un tiro aquí mismo.
—Como sea —respondió, dándole la espalda sin miedo.
Horas después, Bella regresó a su pequeño departamento. No era más que un refugio gris: un sofá gastado, una mesa vieja y un silencio que pesaba. Vivía sola desde los diecisiete, había dejado a su madre y a los gemelos para protegerlos. Había pagado con soledad.
Se dejó caer en el mueble. El celular vibró.
“Te espero en la guarida en 20 minutos. —El Diablo.”
Bella lo lanzó al suelo con rabia.
—¡¿Qué demonios quiere ahora ese imbécil?!
Pero sabía que ignorarlo sería peor.
Entró a la guarida con paso firme, esquivando miradas, hasta llegar a la oficina del Diablo. No tocó, solo abrió la puerta.
—¿Qué carajos quieres ahora?
El Diablo alzó la vista.
—Tengo un trabajo para ti. Hay un tipo molestando al jefe. El Sombra quiere que desaparezca.
Bella frunció el ceño.
—¿Y?
—La que lo hará… eres tú.
Bella golpeó la mesa, furiosa.
—¡¿QUE YO HARÉ QUÉ?!
Se levantó de golpe, tirando la silla.
—¿Estás loco? Sabes que yo no soy una asesina.
El Diablo se levantó despacio, con esa sonrisa peligrosa. La tomó del mentón con fuerza.
—Recuerda, Isabela. Aquí manda El Sombra. Y él quiere que seas tú. ¿Lo harás por las buenas… o prefieres que tu mamita pague las consecuencias?
—No te atrevas —escupió Bella con los dientes apretados.
El Diablo la soltó de golpe y lanzó una carpeta sobre la mesa.
—Ahí está la información. El Sombra lo quiere muerto este fin de semana.
Bella la tomó de mala gana y salió, con la rabia ardiéndole en las venas.
Iba como alma que lleva el diablo, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada. Cada paso que daba era una mezcla de rabia contenida y miedo helado. Sus manos temblaban, no de debilidad, sino de la furia que la quemaba por dentro. Tenía unas ganas insoportables de devolverse, encararlo y darle a ese maldito lo que se merecía.
Sin embargo, sabía que no podía hacerlo. No ahora. No con esa amenaza colgando sobre su cabeza como una soga. El Diablo había sido claro, demasiado claro. Con una frialdad escalofriante había mencionado a su madre, como si conociera cada uno de sus movimientos, cada una de sus debilidades. Ese solo detalle bastaba para detenerla.
Porque Bella lo entendía bien: no se trataba de ella, sino de lo que más amaba en este mundo. Y si no cumplía con lo que le pedían, el precio lo pagarían aquellos que había jurado proteger, aunque fuera desde la distancia.
Bella volvió a su departamento con el corazón latiendo a mil por hora. La ira la consumía desde adentro; con un gesto brusco, lanzó la carpeta sobre la mesa, el golpe resonando como un eco de su frustración. Sin esperar más, se dirigió al baño, buscando que el agua caliente calmara la tormenta que la recorría.
Mientras el vapor comenzaba a llenar el espacio, su mente viajó al pasado.
Flashback:
Bella recordaba aquellos días de juventud, cuando todo parecía sencillo y seguro. Era una joven feliz, rodeada del amor de su madre y de sus hermanos. Tenía apenas 15 años cuando conoció a Dante, un joven pandillero que irrumpió en su vida con promesas y sonrisas.
En ese entonces, Dante la miró a los ojos y le dijo: “Eres todo para mí, Bella. Mi amor, mi mundo.” Su voz estaba cargada de sinceridad, o al menos así lo parecía. Bella, con el corazón acelerado, le respondió sin dudar: “Yo también te amo, Dante. Siempre te amaré.”
Para sellar ese sentimiento, decidieron hacerse un tatuaje juntos: un pequeño símbolo que representaba su amor eterno, tatuado en la piel como un juramento que ninguno de los dos imaginaba que se rompería. Con el tiempo, sin embargo, Dante la traicionó con otra y desapareció sin dejar rastro, dejando a Bella atrapada en un mundo del que ya no podía salir.
A los diecisiete años, viviendo sola con el recuerdo de ese amor y sus consecuencias, decidió no regresar a casa para no poner en riesgo a su madre ni a sus hermanos. La soledad y la lucha constante se convirtieron en su compañía, forjando la mujer fuerte, astuta y desconfiada que ahora enfrentaba cada día.
Bella salió bruscamente de su ensoñación, como si de pronto el pasado hubiera soltado su cuello. Con un suspiro hondo, se obligó a dejar los recuerdos de Dante en un rincón de su mente. Se levantó y caminó hacia la ducha; el agua caliente resbalando por su piel le ayudó a soltar parte de la rabia que aún hervía en su interior. Cuando salió, envuelta en una toalla, ya no era la muchacha vulnerable que había recordado minutos atrás, sino la mujer calculadora que debía ser.
Con determinación, se acercó a la mesa donde aún yacía la carpeta. El corazón le dio un vuelco. Dudó un instante, pero terminó abriéndola. En cuanto sus ojos se posaron en la primera página, se quedó petrificada.
Una fotografía ocupaba el centro del expediente: un hombre de porte imponente, traje impecable, mirada fría y dominante. Bella sintió que la respiración se le entrecortaba.
—Dominic Johnson… —susurró, pronunciando el nombre como si pesara.
Pasó las hojas con cautela, devorando cada línea. Según el informe, Johnson no era un mafioso, ni un político corrupto, ni mucho menos un criminal de la calle. Era un magnate, un empresario millonario que había levantado su imperio con inteligencia y visión. Dueño de cadenas de hoteles, inversiones tecnológicas y empresas internacionales. Todo absolutamente limpio, todo perfectamente legal. Ni un rastro oscuro.
Bella frunció el ceño, desconcertada.
—¿Por qué entonces…? —murmuró, dejando escapar la duda en voz baja.
El Sombra no mandaba a matar a cualquiera. Él escogía sus objetivos con precisión quirúrgica: rivales, traidores, amenazas reales. Pero Dominic Johnson no encajaba en ninguno de esos perfiles. Era, al menos en apariencia, intocable.
Esa contradicción encendió más su curiosidad que su temor. Cerró la carpeta lentamente, mientras un pensamiento punzante le atravesaba la mente: Si el Sombra quiere eliminar a un hombre como este, significa que hay algo más… algo que no está escrito aquí.