Ella había tenido sexo antes; incluso había hecho el amor, estuvo enamorada una vez. Fue doloroso, nada agradable y aunque la experiencia se apreciaba, Ría no quería eso. Gracias, pero no, gracias. Aquello era una tortura, de las mejores que hubiese experimentado, era innegable, pero una jodida tortura. El magnífico cuerpo del bombón italiano descansaba con todo su peso sobre ella. Aaron se había desplomado al introducirse en su interior con esa maldita estocada certera que por un segundo casi hizo que se corriera. Y estaba cerca de ese borde, a punto de precipitarse al vacío, porque esos dos bastardos se las habían dado de sensuales, con sus lánguidos besos, sus mordidas y succiones, y por el jodido Marqués de Sade, cada uno iba a su ritmo enloquecedor. La rudeza de la boca del rubio,

