—Ría estuvo por aquí ayer —canturreó Sugar-Doll al verlo entrar en la tienda el miércoles. El irlandés abrió los ojos y una sonrisa iluminó su mirada. Ella soltó una carcajada al verlo. —Te dejó saludos; no sabía que no estabas aquí los martes. Fue hasta su oficina y se sentó a revisar las cuentas; su hermano Troy iba a pasar a buscar los libros del mes anterior para constatar que su contador estaba haciendo un buen trabajo. —No sabía que ella conocía a Aaron —le dijo la mujer, mientras rebuscaba en el archivador. —Sí, somos amigos —soltó distraído—. ¿Tengo clientes hoy? —Ella asintió enérgicamente. —A las dos. —Le tendió la carpeta de lomo ancho que necesitaba y salió. Aaron llamó justo cuando su hermano entraba por la puerta. Troy era una versión más envejecida de Connor, pero un

