Me estaba poniendo demasiado nerviosa y eso no era para nada natural en mí. Sentía el peso de la mirada de Dalilah Jones encima de mi cuerpo, era como si esa mujer estuviese juzgando todos mis movimientos para poder irse a mi yugular en cuanto cometiera el primer error. Podía ver cómo Nina seguía a William como si de un corderillo se tratara y me pregunté si mi amiga realmente se daba cuenta de lo que sentía por aquel ex-militar. El lugar estaba lleno de gente, realmente no era capaz de explicarme como los americanos tenían tal fascinación por las armas. Había crecido en un México ahogado por el narcotráfico, donde las pistolas eran una cuestión de terror, con muertos y tiroteos las 24 horas del día. Me quedé en silencio, esperando que Adam me soltara pero se negaba a hacerlo.
—¡Vamos Lele!—dijo emocionado—¡No querrás perderte de nada!
Me sorprendió ver la cantidad de gente que saludaba a Adam con cariño, todos en aquel lugar parecían conocerlo. Estaba acostumbrada a que los americanos de la televisión fueran fríos y metidos en sus propios asuntos.
—¿Todos amigos de la infancia?—pregunté.
—Aunque no lo creas, Brooklyn es un barrio cerrado.
—¿Cómo el Bronx?
—Porque todos los extranjeros creen que somos como el Bronx—bufó.
—Es lo que se proyecta en las películas.
Me tocó la nariz de manera juguetona.
—Definitivamente necesita un tour por la verdadera Nueva York, no solo por lo que se ve en las películas.
—¿Y quién me va a dar ese tour? ¿William?
Pude ver como me miraba con algo de molestia.
—Dije algo malo…—cuestioné.
—No, es solo que no me gustaría que Wick te hiciera daño. Eres bastante inocente para él.
Me mordí el labio, pensando en mi época pre-universitaria. Yo era de todo menos inocente, pero por alguna razón me avergonzaba que Adam Harris se enterara de lo que había hecho y cómo había vivido antes de mudarme a Moscú. Había una razón por la que esas cosas tenía que quedarse enterradas entre los agaves de Tequila. No tuve necesidad de contestarles, pues un grupo de niñas se acercaron a nosotros, parecían hipnotizadas con Adam, fruncí el ceño pensando que podrían hacer en aquel lugar pues eran demasiado pequeñas para estar viendo armas.
—Hola, terribles—saludó con alegría.
—¡Adam!—corearon todas con alegría.
¡Dios!, eran ridículas. Sonaban como un club de fanáticas de algún actor conocido. Claro, no podía negar que el rubio era guapo, pero no era para tanto. Me separé de él, riendo.
—¿Ella quién es?—preguntó una de las niñas, viéndome.
—Ella es una muy buena amiga mía, se llama Lele y…—se acercó a ellas como si les dijera un secreto—viene de México.
Las niñas hicieron expresiones de sorpresa, viéndome aún con más curiosidad.
—¿Desde allá? ¿Qué haces aquí en Nueva York? ¡ESTÁ MUY LEJOS! ¿Has visto una pirámide? ¿Un azteca? ¿A los narcos? ¿Solo comen frijoles?
—¡Wow!—alcé las manos en señal de rendición—Son demasiadas preguntas, además primero me gustaría saber ¿qué hacen tres niñas en una exhibición de armas?
—Nuestro hermano no podía cuidarnos así que nos trajo para acá. Mis padres salieron de viaje.
¿Hermano? Miré a Adam con la cara más estricta que pude.
—Creo que eso es mi culpa—la voz de William me hizo girarme—Ellas son mis hermanas menores.
—¿Y LAS TIENES AQUÍ?—reproché.
—No podía dejarlas en otro lado. Además, saben que no deben tocar nada. Mis padres se fueron de crucero para celebrar sus bodas de plata y yo me quedé con el paquete entero; pero en general son buenas chicas y me obedecerán.
Me reí bajito.
—Te entiendo.
—¿Tienes hermanos?—me preguntó con una sonrisa.
—Una. Loca, bajita y responde al nombre de Camila.
—Vaya, se nota que se aman—dijo con sarcasmo.
—La calidez del amor latino.
Los tres reímos mientras las niñas nos veían sin entender del todo. El momento se vio arruinado por qué llegó Dalilah Jones.
—Niñas…—comenzó a hablar estrictamente con las hermanas Robinson—¿Qué hacen aquí? Mi madre ha dicho que podía cuidarlas.
Las niñas hicieron muecas, se notaba que tampoco les agradaba tanto Dalilah Jones.
—Queríamos estar con Wick.
—Deben llamar a su hermano por su nombre, no por ese estúpido apodo.
—¡Déjalas Dalilah! Son niñas y a mí no me molesta.
—Alguien tiene que educarlas, William.
—Sí—respondió él algo molesto—mis padres.
Dalilah hizo un sonido de frustración, para después colgarse del brazo de Adam ignorando abiertamente que yo estaba del otro lado.
—Vamos, Addie…tienes que explicarme algunas cosas que no entiendo de este lugar.
Adam me tomó de la mano para traerme con ellos, pero yo me solté, sentía que iban a hacer algo que no debía interrumpir.
—Yo me quedaré aquí, no te preocupes.
—¡SI!—exclamaron las niñas—Así puedes contarme si has visto un chupacabras.
El rubio me dedicó una mirada de disculpa mientras Dalilah tiraba de él.
—Un día voy a soltarle todo lo que pienso de ella—dijo William en mi oido.
William me miraba con una expresión molesta. Me dediqué a observarlo, era el típico chico malo y justo por eso no era mi tipo. La chica mala de la relación debía de ser yo. Parecía ser el tipo de Nina, ojalá pudiera ayudarla a conseguir lo que quería.
—Pensé que eran amigos—dije.
—Éramos, pero no cree que sea buena influencia para “Addie” después de que regresé de la guerra.
—Puedo preguntar, ¿Por qué?
William me dedicó una mirada triste.
—Transtorno de estrés post-traumático.
—¡Ese no es motivo para que seas mala influencia!—mi padre sufría lo mismo y eso me hacia estar soberanamente indignada—¡Al contrario! Creo que eres una persona muy valiente al reconocerlo y al ¿tratar de trabajar en ello?
Me sonrió, debía reconocer que tenía una bonita sonrisa.
—Gracias, Lele. Creo que nos llevaremos bien.
Se apartó de mí cuando se acercaron unos hombres vestidos de traje, supuse que eran compradores de las armas que se exhibían, pues Michael Robinson se acercó en cuando los vio. Yo me quedé con las niñas, había tenido algunas alumnas pequeñas y se me daban bien los niños, era divertido entretenerlos. Además, quería olvidar por un rato que Dalilah Jones estaba colgada del cuello de Adam Harris, quien se veía bastante incómodo.
—¡Adam! ¡Qué gusto verte!—un hombre vestido de militar lo saludó con voz tan alta que se escuchaba donde yo estaba.
—Un gusto, doctor Jacobs.
—¿Y esta bella señorita?—el hombre señaló a Dalilah.
Antes de que ella pudiera decir algo, Adam habló.
—Ella es Dalilah Jones, una amiga.
Así que tanto Dalilah como yo éramos sus amigas, interesante. Era casi la media noche cuanto el último de los invitados se fue, dejando solo al grupo de amigos de Adam Harris y a mí. William se había despedido para dejar a sus hermanas en casa, pero ya estaba de vuelta.
—No puedo creer que se hayan vendido tantas cosas—dijo con emoción.
—Yo no estoy sorprendida—apunté.
Todos me miraron con confusión.
—Los americanos tienen una obsesión casi insana por las armas.
Nina y Alex asintieron con la cabeza.
—Recuerdo cuando llegamos—habló el joven de pelo plateado—No podía creer que en las escuelas hubiera protocolos para actuar en caso de un tiroteo.
—Bueno…—Michael se rascó la cabeza—Nosotros no vendemos armas a menores.
—¡Porqué ustedes si son gente decente!—dijo Nina.
—Además—comenzó a hablar Adam—La gran mayoría de esas armas no tienen respuestas de balas o pólvora, son simplemente registros históricos de tiempos pasados.
—Ya salió el curador de arte que hay en ti—se burló William.
Adam se encogió de hombros.
—Es la verdad.
La bodega en la que era la exhibición se veía mucho más grande ahora que estaba vacía. La mayoría de las armas estaban colgadas en la pared, pues se empacarían y se enviarían a sus nuevos dueños en los días siguientes. William y Michael se habían encargado de mover mesas y sillas hacia el centro, formando un circulo en el que nos sentamos todos. Para mi mala suerte, Adam se había sentado en medio e Dalilah y yo. La morena estaba matándome con la mirada.
—¿Y Lele ?—habló Michael—¿Sabes usar un arma? ¿O solo has venido porque Adam te obligó?
Sonreí de lado.
—Un poco de esto, un poco de aquello…—dije vagamente.
—¡Oh vamos! Cuéntanos más de ti.
—Pero no quiero ser el centro de atención—me mordí el labio—Además, es su exhibición, ¡deberíamos estar hablando de ustedes!
—¡Su éxito merece una celebración!—corearon los gemelos, sobresaltándome.
Nina y Alex habían desaparecido desde hacia un rato, para volver con dos enormes cajas de cerveza. Solté un bufido, pensando que esa clase de alcohol no me haría nada. Tal vez podrían llamarlo un problema de alcoholismo, pero nada me hacía más que una buena botella de tequila añejado. Me lamí los labios pensando en las dos que aún tenía escondidas en la casa de Nick Ollivier.
—No me mires así—reprendió Nina, entendiendo—Era lo único decente que había.
—Pero si no hice nada.
—Estás pensando en que preferirías algo más fuerte, lo sé, yo también. Pero mañana es día laboral y, lastimosamente adultos.
—Qué triste situación.
—¿La vida adulta o la falta de alcohol porque tienes responsabilidades?
Me reí mientras Alex abría una cerveza y me la pasaba. Tomé un sorbo y me acomodé más en la silla sintiendo como el alcohol pasaba por mi garganta.
—¿Qué hacías antes de venir a Nueva York, Lele ?
—¿Es esto un interrogatorio, soldado Robinson?
—Sargento, que mi trabajo me ha costado.
—De acuerdo…sargento Robinson, ¿me está interrogando?
—Solo quiero saber tus intenciones.
—¿Con?
—¿Migo?
Margot, Michael y Alexei soltaron una carcajada ante aquel pésimo chiste, para después chocar sus botellas con la de William.
—Que gracioso, debiste unirte al circo y no al ejercito—dijo Adam, molesto.
—A callar Addie, que no puedes vivir sin mí.
—Idiota.
—A mucha honra, ahora dime ¿qué hacías en México? ¿Cantabas con mariachi?
—Dios santo, suenas igual a tus hermanas. No, no cantaba ni vestía sarapes todo el tiempo; trabajaba en un laboratorio de la universidad.
—¿En qué?
—En Química Nuclear.
Michael Robinson soltó un silbido.
—¿ES EN SERIO?
Asentí con la cabeza.
—Era la directora de su laboratorio–apuntó Nina.
Esta vez, incluso Dalilah me veía con admiración. Odiaba que la gente me viera de esa manera, de igual manera que odiaba cuando era pequeña y me llamaban “niña prodigio”. Yo no consideraba que fuera lo suficiente buena para llegar a donde había estado, además de que constantemente estaba a prueba, más bien era suerte para mí.
—Eso es…impresionante—respondió William.
Me ruboricé muy a mi pesar.
—A Margot le gusta mucho la química—habló William—Aunque es tan descoordinada que seguro explotaba algo.
La rubia le pegó un golpe en la cabeza.
—Gracias soldadito de plomo. Es admirable lo que hacen ustedes, Lele .
—Gracias. ¿Tú a qué te dedicas?—en verdad tenía curiosidad por esas mujeres.
—Soy enfermera.
—Vaya, me parece muy impresionante tu trabajo. Es salvar vidas.
—El tuyo es traer ciencia a la vida. Es otra forma de salvarlas.
Definitivamente Margot Jones y yo seriamos amigas.
—No mucha gente lo ve así. ¿Todos ustedes son de NYU?—pregunté.
—Los únicos genios aquí son Michael, que es psicólogo, Addie que es historiador, Dalilah que es contadora y nuestra pequeña Nina que es artista.
Ellos se rieron, agradecidos por las palabras de William. Se notaba que entre el grupo de amigos existían un vínculo especial, cosa que me sorprendía y me hacía sentir muy especial.
—Siempre tuve una concepción de que en Nueva York todos iban a la universidad.
—No es tan fácil—habló Adam—Hay muchos factores que entran en juego, entre ellos el dinero.
Podía notar en la mirada de Adam que él no la había tenido fácil. Sin importarme mucho, tomé su mano y él la apretó.
—Yo entré con una beca a ambas Universidades—sonreí.
—Supongo que era imposible que le negaran una beca a la genio de México.
Noté que Dalilah hablaba con un dejo de rencor en la voz. Me había enfrentado muchas veces a la envidia del trabajo; pero no pensaba que también existiera ese resentimiento fuera del mismo.
—¿Te gustan la ciencia?—pregunté.
—Eso no es lo mío, a menos que Adam lo explique—dijo con voz enamorada.
Yo preferí quedarme callada, no quería saber muchos detalles de la relación que existía entre ellos dos. Adam se removió visiblemente incómodo en su asiento, soltando mi mano. Como si fuera una niña atrapada en una travesura, escondí mi mano debajo de la mesa.
—Dalilah, no es necesario…
—Oh vamos. Todos sabemos que tú me indujiste al mundo de la ciencia. Aunque ahora solo estés junto a ellos.
—Dalilah—la voz de Margot sonaba a advertencia, pero esta la ignoró. Parecía que estaba decidida a decirle a Adam todo lo que pensaba acerca de mí.
—Adam sabe muy bien de lo que estoy hablando, ¿no es así, cariño?
—No me llames cariño, Dalilah, no tienes derecho a hacerlo.
—Pero Nina y Lele sí pueden, ¿no? ¿Es por qué son latinas?—preguntó con rencor—Yo sabía que todo eso del calor latino es solo mierda para hablar de la prostitución.
Mi amiga y yo nos miramos sin comprender un carajo de lo que estaba pasando. No habíamos llamado “cariño” a Adam. Bueno, yo sí lo había hecho, pero en la soledad de su apartamento, en medio de un orgasmo fenomenal. Pero Dalilah no sabía eso. No podía saberlo, a menos que fuera una acosadora. Las miles de teorías de conspiración que tenía en la cabeza desde que había descubierto el internet comenzaban a revolverse en mi cabeza. Estaba sudando frío, los nervios que había sentido al inicio de esta reunión volvían a mí. Nina negó con la cabeza, molesta con la actitud de la morena.
—Nosotras podemos llamarlo como queramos, ¿verdad, cariño?—dijo imitándola.
Adam soltó un bufido, sabiendo que Nina solo estaba poniéndole más leña al fuego.
—Adam—rezongó Dalilah—¡Mira cómo son! ¡No puedes permitir que las estúpidas migrantes me traten así!
—Nina tiene razón. Mis amigas pueden llamarme como quieran.
—¿Entonces no soy tu amiga, Addie?
—Sabes perfectamente de lo que estoy hablando.
—Vámonos—dijo la morena cada vez más molesta, levantándose y tomando a Adam de la mano—Hablaremos de esto en casa.
—Dalilah, con todo respeto, yo me voy a quedar aquí con mis amigos. Ya no somos pareja, como para que estés haciendo esta clase de cosas.
—¿Y sabes por qué ya no somos pareja?—la morena se cruzó de brazos frente a él—¡Porqué tú lo quisiste!
—Dalilah, en serio, no es momento de que traigas todo esto de vuelta. Han pasado tres años, creí que habíamos superado todo esto y podíamos ser amigos de nuevo.
—¡Culpa mía no es!—saltó la morena—¡Eres tú el que insiste en hacerme sufrir!
—¿Sufrir?—Adam comenzaba a molestarse, lo veía en la forma en que contraía su rostro—Dalilah Jones, piensa muy bien en lo que estás diciendo antes de seguir hablando.
Como respuesta a eso, la morena salió de la bodega.
—Está haciendo un berrinche—Margot trató de consolar a Adam, que se veía preocupados.
—Creo que debo ir a hablar con ella—respondió el rubio.
—Adam, no tienes porque hacerlo.
—Si tengo que, por el bien de nuestra amistad.
Sentí una punzada de celos cuando vi que Adam se levantaba de la mesa donde nos encontrábamos para irse en busca de Dalilah al estacionamiento. Quizá mis pensamientos del día que los conocí eran ciertos y ella era el amor de su vida, ahora seguramente estaban dándose un tiempo o algo así de cliché. Suspiré bebiendo lo que quedaba de mi cerveza de un trago. Se había hecho un silencio incómodo hasta que Michael habló.
—Dalilah necesita buscar ayuda, no puede seguir así.
—Le he dicho mil veces que tiene que volver a terapia—suspiró Margot—Mi hermana no va a entender que es momento de dejar ir a Adam, sobre todo después de lo que le hizo.
Yo quería saber qué había pasado entre ellos, pero unos gritos hicieron que decidiera mejor no hacerlo.
—¡SOMOS EL UNO PARA EL OTRO ADAM! ¡TIENES QUE ENTENDERLO!
Sin quererlo, me sobresalté, odiaba cuando la gente gritaba pues me recordaba una mala época en la que mis padres peleaban todo el tiempo. Camila solía esconderse conmigo en el closet mientras yo trataba de no llorar; también me recordaba a la señora Paola y la escuela de señoritas donde todo era motivo de gritos o encierros; e incluso a algunos de mis antiguos clientes.
—¿Estás bien Lele?—me preguntó Nina.
No iba a permitir que mis nuevos amigos conocieran mis viejos traumas, eso era algo que tenía que arreglar conmigo misma, cuando volviera a tener dinero para pagar la terapia.
—Si, Nina. Es solo que no me esperaba eso.
—Con Dalilah te puedes esperar cualquier cosa—bufó William.
Esa frase me dejó bastante intrigada, pues sentía curiosidad de saber que había pasado entre Adam Harris y Dalilah Jones, quizá estaba equivocada y no tendrían una relación del tipo de “Diario de una pasión”, aunque no es que yo quisiera tenerla con él tampoco, me había hecho la promesa de que solo seríamos amigos. Eso era lo que necesitaba en este momento de mi vida, amigos.
—Vaya…
—Lamento que hayas conocido ese lado de mi hermana, Lele—se disculpó Margot—Te prometo que cuando la conoces en sus momentos buenos es otra persona.
—De verdad, espero que me de la oportunidad de conocerla en sus buenos momentos.
Los gritos de Dalilah se escuchaban tan fuerte que William se paró y volvió a encender las bocinas, poniendo un poco de música rock que sonaba bastante genérica.
—No saben lo que es música—bufé.
Tomando mi teléfono móvil lo conecté a las bocinas, poniendo mi lista de reproducción de rock en español favorita. Si iba a tener que aguantarme esos gritos, mínimo los iba a ocultar educando a mis nuevos amigos en lo que era buena música. Nina soltó un gritito cuando reconoció al grupo, que supuse también era famoso en Colombia y tomó a Alex de la mano. Los hermanos se subieron a las sillas, cantando, y me impulsaron a hacer lo mismo. Me sentía tan joven al lado de ellos, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. La Lele preocupada por lo que pensarían los demás se había quedado dormida en el invierno ruso. William sacó su teléfono móvil y comenzó a grabarnos, mientras que Michael trataba de descifrar lo que decía la letra. Margot se nos unió aunque no cantaba porque no entendía.
—¡Por fin estamos disfrutando!
Seguíamos en nuestro mundo cuando se escuchó un portazo, a continuación arrancó un automóvil y Adam Harris entró de nuevo a la bodega. Venía bastante molesto, pero su rostro se transformó completamente al vernos. Todos habíamos detenido lo que estábamos haciendo, e incluso Michael había apagado la música. Después de unos segundos de silencio, comenzamos a reír a carcajadas.
—Margot, lo siento, pero tendrás que conseguirte un aventón a casa—dijo el rubio por fin, con sorna.
—No es nada que Dalilah no me haya hecho antes.
Adam se dejó caer en la silla junto a mí, exhalando con frustración.
—Recuérdenme nunca más volver a tener una relación—dijo.
—Completamente de acuerdo contigo—contesté.
Alex había llegado con otra ronda de cervezas que se apresuró a servirnos. El ambiente se relajó bastante sin que estuviera Dalilah y una parte desgraciada de mi se preguntó porque seguían invitándola. No era nadie para juzgar, pero me parecía que no estaban del todo cómodos con ella. Adam rió ante mi comentario y me ofreció un brindis con su cerveza.
—¿También has tenido malas experiencias?—me preguntó.
—Créeme, malas ni siquiera es palabra suficiente para resumirlas.
—Vaya…
—Nunca se enamoren de mexicanos—dije mirando a Nina y Margot.
—¿Y de mexicanas?—Margot alzó una ceja—¿o de latinas?
—Esas podemos ser una excepción. Quedamos algunas buenas.
—Parece que esta se convertirá en la bodega de los corazones solitarios—mencionó William.
—¿En verdad nadie aquí tiene pareja?—pregunté.
Todos negamos con la cabeza, menos Alex.
—¿Algo que confesar, Ramirez?—Margot lo apuntó con la botella.
—Ya saben que soy un alma libre, no soy de aquí ni soy de allá, ni de nadie. Pero tampoco soy soltero.
—Eres bastante complicado, hermano—mencionó Nina.
—Así me amas.
—Así te soporto, mejor dicho.
—Volviendo al tema—habló William—¿Entonces ninguno piensa que es su momento de encontrar una pareja estable?
Adam y yo negamos con la cabeza, quizá demasiado rápido.
—Aparte de los dos grinches del amor, aquí. ¿Los demás?
—Yo sí lo creo—dijo Nina—Tengo ganas de enamorarme.
—También—habló Margot.
—Apoyo esa moción—esta vez fue William el que habló.
—¿Qué es lo que esperan ahora de una pareja?—preguntó Michael dándole un sorbo a su cerveza—Vamos, todos somos adultos y podemos hablar con tranquilidad de eso, ¿no?
Adam me miró a los ojos, y en ese momento supe que esperaba que yo también contestara a esa pregunta pero no iba a hacerlo. ¿Qué no escuchó que dije que no quería una relación? Margot me salvó del momento incómodo al hablar primero.
—¿Está mal decir que yo busco un chico malo?—mencionó.
Adam prácticamente escupió la cerveza, mirando a la rubia con los ojos como platos. En ese momento me di cuenta que la veía como yo veía a Camila e internamente di gracias por eso. Una rival menos. Apresuré la cerveza para ver si lograba emborrachar mis pensamientos
—Elabora, Jones—habló William, repentinamente interesado.
—Me refiero a que no busco al típico príncipe de una historia de amor. Quiero un hombre que me haga sentir, que me lleve a la aventura. No necesito que me conquisten, ya estoy muy vieja para eso.
—¡Eres de nuestra edad!—exclamó Michael horrorizado.
—Por eso. Yo ya dije, ahora ¿Nina?
—Yo igual que tú busco a alguien que me haga sentir—le dedicó una significativa mirada a William, que pareció no darse cuenta—Quizá estoy algo chapada a la antigua, pero quiero un romance largo, con paseos a la luz de la luna; cena; velas y todo el cuento. Quiero alguien que me inspire a componer una canción de amor para nuestra boda.
—Y aquí tenemos a nuestra bebé romántica.
—Silencio, Alejandro Ramirez.
Alex se calló en cuanto su hermana habló.
—Se nota que te tienen controlado, chico.
El de cabello blanco se sonrojó violentamente, excusándose con el pretexto de servir mas cerveza para levantarse de la mesa. Nina reía a carcajadas.
—Te toca, William—habló Margot—¿Qué esperas de una relación?
William sonrió de lado, viéndola directamente a los ojos cuando hablaba.
—Busco una mujer que quiera acompañarme en mis aventuras.
—¿Cuáles?—se burló Michael—¿Cuidar a tus hermanas en casa de tus padres y venir a la bodega?
—Haces que mi vida parezca más aburrida de lo que es. Tengo muchas aventuras, Robinson, gracias por tu aportación. Ahora, dinos tú que es lo que esperas de una relación.
—Alguien que me entienda—declaró el moreno—que sepa que no he tenido una vida fácil pero que tengo ganas de seguir adelante con todo lo que soy ahora.
Se hizo un silencio que Alex interrumpió llegando con otra ronda de tragos, bastante sonrojado.
—Ahora nos toca a nosotros—nos puso los brazos en los hombros a Adam y a mi—Los solteros empedernidos, decir que queremos en esta vida.
—Oh no…
—Vamos Lele , no hay lugar para ser tímida.
—Es que ni siquiera sé si estoy buscando algo—confesé.
—Todos estamos buscando algo, aunque no lo sepamos de facto.
—Entonces, creo que estoy buscando una buena compañía.
—¿Solo eso?
La voz de Adam había salido extrañamente rasposa mientras decía eso, sus ojos estaban clavados fijamente en los míos. En nuestro primer encuentro no me había fijado que eran tan azules. Uno podría perderse en ellos con facilidad.
—Depende para qué uses la palabra compañía, Harris.
—¿Y en el caso de que volvieras a enamorarte, Lele?—era Margot la que habló, cortando nuestro momento—¿Qué es lo que considerarías primero?
—¿Físico? Los ojos—sonreí de lado—¿Moral y emocional? No lo sé, busco a alguien que no me quiera cambiar.
—¿Pero quién querría cambiarte?—preguntó Nina, casi ofendida.
—Se sorprenderían. Ahora, Harris, creo que te toca.
—Yo no sé lo que busco. Solía pensar que tenía todo con Dalilah, pero me di cuenta que no era normalidad lo que estaba buscando.
—¿Entonces?—No pude evitar preguntar.
—Quiero a alguien que me saque de mi estilo de vida, que me haga explorar cosas nuevas. Quiero alguien que me empuje a salir de la comodidad.
—Pero…
—Ya me escucharon chicos. Suena raro, lo sé. Pero no puedo vivir toda la vida encerrado con el acelerador de partículas, necesito salir a conocer otras cosas.
—Quizá necesitas una mujer que te haga volver a ver el laboratorio de otra manera.
Me sonrojé apenas las palabras salieron de mi boca. Había pensado en voz alta, ¡maldita sea! Todos los amigos de Adam Harris ahora nos veían a ambos con un interés mal disimulado.
—¿Qué?—alcé una ceja—No me vas a decir que no has desarrollado un fetiche de follar con alguien en ese laboratorio en todos los años que llevas trabajando en aquel lugar.
—¡Claro que no!—espetó.
—Tus orejas rojas dicen otra cosa, Harris.
—¡UN BRINDIS POR LA MUJER QUE HA HECHO SONROJAR AL CAPITÁN HARRIS!
—¡SALUD!—dijeron todos al unísono.
—Con qué Capitán, ¿eh?—le susurré al oido.
—Capitán de infantería.
—Un chico que sabe usar sus pistolas.
—Faltas tú Alex—casperreó Adam—¿Qué buscas ahora?
—Alexs solo quiere divertirse.
—¿A la Cindy Lautner?—reí
—¡Así es! Estoy dispuesto a conquistar a toda mujer u hombre en Nueva York. ¡Ya nadie puede controlarme!
—Chicos, creo que, con sus planes, no saldremos nunca de los clubes de esta ciudad.
—Esa es la idea—dijo William con malicia—pero podemos empezar por aquí, además. Necesito saber qué carajo decía esa música latina que pusiste antes.
—Eso se soluciona fácil—dije con una sonrisa de lado.
Me levanté de un salto, sorprendida cuando me di cuenta que Adam me seguía muy de cerca. Sentí su respiración en el cuello y olía alcohol. Disfruté de sus manos en mi cintura, mientras batallaba con la música.
—Adam, dame espacio—pedí.
—No quiero.
—¿Ah no?
—Te he extrañado desde el domingo.
Me congelé y él pareció notarlo porque se separó de mí.
—¿Quieres otra cerveza?—me dedicó una sonrisa, que no pude evitar corresponderle, al ver que intentaba cambiar de tema.
—Sí, por favor.
—¡A esto le falta un poco de tequila!—se quejó Alex.
—Yo tengo unas botellas en mi casa, la próxima vez traeré una.
En cuanto Adam se levantó, se pegó lo más que pudo a mi. Sin poder evitarlo, enredé los brazos en su cuello. También el alcohol hacia efecto en mi ser.
—¿Segura que tienes suficiente tequila?—me susurró al oido—¿No lo terminamos el domingo?
—Te sorprendería cuánto alcohol puede guardar una mexicana.
—Estoy dispuesto a averiguarlo.