Marea Alta

4996 Palabras
  —Si quieres podemos pretender que nada de esto pasó.  Llegué a la casa en la que me hospedaba al caer la noche, con las palabras de Adam Harris sonando fuertemente en mi cabeza. Me prometí a mí misma que en Nueva York llevaría una vida sin complicaciones, pero había hecho todo lo contrario. Acostarme con el primer hombre del que me había hecho amiga no era mi plan más brillante, aunque no iba a negar que lo había disfrutado mucho. Me mordí el labio tratando de no sonreír abiertamente, alisándome las ropas para que no se notara tanto que había tenido sexo.  Desde lo ocurrido en la escuela con Paola, el sexo se volvió un tema complicado para mí. No era que no lo disfrutara, pero no había podido volver a hacerlo sin involucrarme emocionalmente con la persona en cuestión. Y eso era difícil cuando la voz de que trabajaste vendiendo tu cuerpo se corre por todos tus círculos sociales, haciendo que los hombres te consideren menos que a las demás mujeres, usándote solo para su placer o para presumir con sus amigos que se llevaron a la cama a la puta del curso. Nunca me había sentido peor que cuando se filtraron los datos e imágenes con las que Paola y yo promocionábamos nuestro negocio. Esos sentimientos no se fueron, a pesar de que crucé el océano atlántico para escapar de ellos.  —Lele, ¿estás bien?  —Sí Anne, todo en orden. ¿Ustedes? Lamento haberlos hecho esperar para cenar, subiré a darme una ducha, vuelvo inmediatamente.  Antes de que me pudiera preguntar algo más, subí corriendo a mi habitación. Me duché lo más rápido que pude, tratando de no pensar en lo que pasó con Adam Harris. No quería sentirme mal por haberlo dejado así, pero no pude evitarlo. El rubio y yo apenas nos conocíamos, así que no iba a soltarle toda la basura emocional que traía tras de mí. Me repetí en voz alta que Nueva York era un nuevo comienzo y dejé que el agua fría lavara todos los recuerdos del día. Lo que me dejó Adam Harris esa noche fueron recuerdos muy buenos para darme placer cuando lo necesitara. Maldije en español mientras trataba de concentrarme en lavarme el cabello.  —Estúpido rubio americano.  Me vestí con una camiseta sencilla, jeans y zapatos de tacón. Esperaba que no fuéramos a cenar a algún lugar elegante porque tendría que cambiarme de nuevo. Eran momentos como estos los que me recordaban que vivíamos en culturas distintas donde la etiqueta funcionaba a veces al revés. Sonreí satisfecha al bajar y darme cuenta que Anne estaba vestida casi igual que yo, pero traía una camisa formal. Quizá no me había equivocado.  —¿Siempre te vistes tan formal?  Anne sonrió.  —Creo que ya es fuerza de costumbre. El trabajo me hace estar así todo el tiempo y me eduqué en medio de los militares junto a mi padre.  Vaya, no sabía que el señor Ollivier era militar.  —¿Tu padre es militar? —Retirado—los pasos de Nick Ollivier me sobresaltaron—División de inteligencia.  —Mi padre también trabajó con los militares algún tiempo.  —Entonces fuimos enemigos.  No sabia que decir, pero la mirada de ambos me hizo ver que era una broma. Entonces, los tres nos echamos a reír.  —¿Lista para una típica noche americana?  Asentí emocionada, de algún modo Anne y su padre me recordaban a la gente que dejé atrás, en mi patria querida, aminorando la nostalgia que apretaba cada día mi pecho. Los tres nos dirigimos al automóvil n***o del señor Ollivier, mientras charlábamos de cosas sin importancia. De vez en cuando me quedaba en silencio, observando la ciudad. Desde muy niña veía la ciudad con ojos de asombro cada vez que íbamos a la capital del país, me obsesionaban las ciudades y los secretos que escondían. Quería conquistar toda la ciudad, demostrar que era lo suficientemente fuerte para valerme por mí misma, donde podía mezclarme con los demás. Seguía imaginando mil historias acerca de la ciudad de Nueva York mientras sonreía y trataba de incluirme en la conversación de Anne y el señor Nick cuando no pude evitar callar de golpe. Estábamos frente a Conney Island. La península era maravillosa, ni siquiera podía comenzar a describirla. Quería salir corriendo a jugar en todas las máquinas pero tenía que comportarme como una adulta madura. Me limité a dedicarle una gran sonrisa a mis anfitriones. Después de estacionar el automóvil, caminamos a la feria, recorriéndola toda al tiempo que Nick Ollivier nos contaba varias anécdotas de la construcción de aquel lugar. Comimos todo lo que pudimos, a pesar de que en México la única comida medianamente callejera que consumíamos era de los mercados y todo estaba previamente salado, listo para consumir aunque no fueran del todo cocidos. Me impresionaron los enormes puestos llenos de dulces, de perritos calientes y mucha mucha soda. No creía que fuera capaz de consumir tantas cosas al mismo tiempo, pero lo hice, sin importarme que pudiese enfermarme del estómago por ser la primera vez que probaba aquello.  —Parece que nunca hubieras comido dulces—se burló Anne.  —Mi madre era bastante estricta.  —No pareces ser alguien que siga de todo las reglas.  —No lo era—reconocí—Pero tampoco había tantas cosas dulces allá.  —Primer lugar en obesidad—dijo el señor Ollivier alzando sarcásticamente el puño. Seguimos andando por la península donde estaba la feria, buscando un puesto de perritos calientes que Anne juraba era el mejor que había probado en su vida, cuando vino con su antiguo novio. Su padre estaba molesto ante esto hecho pero no dijo nada. Me detuve abruptamente cuando ví que en un juego de romper botellas, de esos típicos de feria americana, había un enorme Pegaso de felpa. Solté un gritito y me dirigí al juego.  —¿Vienes?—me preguntó Anne —En un momento—musité—Los alcanzó en el puesto.  Ya habíamos encontrado el lugar y el señor Ollivier se estaba acercando a ordenar. Desde donde yo estaba podría verlos sin problema. Anne rió y se fue a donde estaba su padre, dejándome sola. Pagué el juego y me arremangué el suéter, dispuesta a comenzar mi misión cuando un chico se me acercó.  —Preciosa, ¿necesitas ayuda con eso?  Negué con la cabeza.  —Yo puedo sola, muchas gracias.  —Es muy difícil para una chica como tú.  —¿Una chica como yo? No soy una princesa que está esperando en una torre a machitos como tú, soy alguien que va a matar a sus dragones ella sola.  —¡Qué aburrida eres! Eso pasa cuando las mujeres se vuelven feministas, se les va el encanto.  Se alejó y yo me encogí de hombros, pensando que a Adam si le resultaba encantadora. ¿Por qué estaba pensando en Adam Harris? ¡Carajo! Ya me había repetido quinientas veces que no tenía que mezclar mis sentimientos con nadie de Nueva York si no quería terminar mal, yo solo debía estudiar y volver a casa. Sin pensarlo, disparé los tres tiros con fuerza haciendo que el adolescente que manejaba el juego soltara un grito en mi idioma natal. —Le diste a todos, puedes escoger cualquier premio.  —Quiero ese Pegaso. El adolescente me lo entregó. Caminé con el enorme muñeco de felpa hasta dónde se encontraban mis anfitriones, escuchando a las personas hablar a mi espalda pues me habían escuchado gritar en español. —Malditos latinos—se quejó una mujer—Vienen a llevarse todo lo bueno.  Era una tontería, pero yo sentí vergüenza. Había ganado ese maldito juguete a la buena.  —¿Y eso?—me preguntó Anne.  —Me lo gané. —En verdad que eres una persona muy rara, Lele.  Cenamos y no hubo nada nuevo, excepto la perfección de esos perritos calientes. Volvimos a casa antes de la media noche y me fui a dormir, agotada mentalmente por todo lo que había pasado en aquel día. Revisé mi teléfono celular antes de dormir, pero no encontré nada de Adam. Había mensajes de mi familia que me apresuré a contestar, dándome cuenta con remordimiento que no hablé con ellos en todo el fin de semana.Me concentré en la escuela, pues debía leer mucho para estar a la altura de mi nuevo puesto, pero sentía que me dejaría llevar primero por mi intuición y lo que pudiese aprender de Anne Vanderbilt. Pensaba en eso hasta que llegue a Central Park, donde los nervios me invadieron, apagando mi buen humor de la nada. No dejaba de tener a Adam Harris en mi mente. Había olvidado que inevitablemente me lo encontraría en clase. Dios, era tan estúpida, hubiera sido demasiado fácil decirle que fuéramos a otro lado o inventarle una excusa, pero lo cierto es que yo también tenía ganas de follar con él. La frustración s****l me había estado matando. Ahora tendría que enfrentarme a las consecuencias de ser una imprudente desde el día que nací. Entré apresuradamente al laboratorio y no me percaté que había llegado demasiado temprano hasta que me di de bruces con la puerta cerrada. Afortunadamente nadie vio mi vergonzoso momento así que me senté en el suelo a esperar que abrieran. Suspiré, extrañaba un poco algunas cosas de México y no podía negar que extrañaba a mi hermana. Camila sabría qué decirme respecto a todo lo que estaba sintiendo por el rubio. Bueno, seguramente se abría reído de mí por un largo rato, para después tratar de aconsejarme con su manera tan abrupta de decir las cosas. Decidí mandarle un mensaje mientras comenzaba la clase, después de todo eran las doce del día en México. Milli, estúpida. ¿Estás ocupada?  Para tí, siempre.  Jaja. Muy graciosa.  ¿Qué te trae al consultorio de la doctora Camila Santillán?  ¿Cómo sabes que tengo un problema?  No me hubieras escrito de no haber sido por eso.  Lo siento. ¿Cómo estás? Existiendo, como siempre. ¿Qué tienes? Mal de amores.  Eso no me gusta nada.  A mí menos.  ¿El americano vale la pena?  Tengo tanto que contarte… No pude ver la respuesta de mi hermana, porque la doctora Vanderbilt entró apresuradamente por el pasillo, así que me levanté y me dispuse a seguirla.Éramos ocho integrantes del laboratorio, porque poca gente se preocupaba por seguirse preparando después de conseguir un puesto. Se limitaban a producir escritor que vender a las mejores revistas y obtener dinero. Yo no quería ser eso, hubiese sido feliz en un mundo donde solo pudiese aprender e investigar sin parar.  La clase probó ser muy interesante, aunque el doble de extenuante porque nos deteníamos después de escuchar la historia de cada técnica para después comenzar a trabajar en ellas, haciendo un ir y venir divertido en el laboratorio. Seguramente mi espalda me dolería por semanas después de hoy, pero valía la pena. —Tienes mucho impetú, Santillan—dijo la profesora —Y eres una chica bastante atractiva. Cualquiera vería esa cabecilla pelirroja sobresalir en cualquier laboratorio—dijo otra voz que no reconocí.  Giré de golpe, pues no había escuchado entrar a nadie cuando me había quedado sola a hablar con la profesora Vanderbilt. —¡Dylan! Disculpa a mi hijo, Lele. Al parecer no le enseñé modales.  —No me digas Dylan, madre. Me llamo Dy.  —Lele—me presenté. —¡Encantado!  —¿Siempre eres así de directo? —Solo con las chicas como tú.  Ambos nos reímos, mientras su madre nos miraba con confusión. Dylan volteo a ver a su madre y alzó el rostro, molesto casi escupiendo las palabras. Parecía que el recordar a lo que venía lo había hecho enfadar sobremanera.  —Es hora de irnos madre, padre espera por una reunión. Nos vemos, Lele. Salí junto con ellos y me dirigí a la cafetería, tratando de buscar una manera de ordenar mis notas con los dibujos que la profesora había hecho al pizarrón porque solo nos había dado tiempo de tomarles fotografías. Miraba a todas partes para evitar encontrarme con Adam Harris, porque no sabía qué debía decirle o si debía volverle a hablar. Seguramente pensaba que yo era una idiota o una chica que solo se había aprovechado de él.  —Lele… Ignoré la voz que me llamaba y seguí caminando, desesperada por buscar un escondite en el que pudiera pasar el tiempo que quedaba para mi siguiente clase o para las horas que tenía que cumplir dando clases a los nuevos estudiantes de Harvard.  —¡Lele Santillan!  Nina estaba parada frente a mi y no pude evitarla de nuevo. Forcé una sonrisa y mentí descaradamente. —Nina, perdona, no te escuché. —Estabas en otro mundo.  —Tengo muchísimo trabajo.  —Porque no vamos a trabajar a una de las cafeterías o ¿tienes que ir al laboratorio? Yo estuve largo rato enseñando pero ya me aburrí.  Sonreí más sin poder evitarlo.  —Es solo trabajo de escritorio, ¿vamos por un café? Rodeó su brazo con el mío y comenzamos a caminar. Nina rompió el silencio rápidamente.  —¿Algo interesante este fin de semana? Negué demasiado rápido con la cabeza. —No, mis anfitriones me llevaron a Conney Island. Disfruté mucho la feria, nunca había ido a una.  —Me siento decepcionada porque no se me ocurrió llevarte a una, pero aún puedo llevarte a ver el acelerador de particular antes de que Adam me gané.  Me mordí el labio con fuerza, comenzando a buscar excusas. —Nina, no es necesario… —¡Vamos! Cuando Alex y yo llegamos, el tío Erik nos tenía encerrados todo el tiempo, nunca pude conocer nada de los Estados Unidos hasta que nos mudamos a la ciudad.  —¿Y por qué los tenía encerrados? Eso no es justo.  —Mi tío es una persona algo excéntrica, decía que temía que nos fueran a secuestrar y usar para trabajos forzados. Creo que tiene algo que ver con traumas de su infancia.  —¿Tus padres pasaron por eso mismo? Nina negó con la cabeza.  —El tío Erik es Venezolano, un amigo muy querido de mi madre, Magda. Tengo entendido que se conocieron desde niños y cuando mis padres murieron fue el único que quiso hacerse cargo de nosotros. Le debemos mucho.  No quería ni imaginarme lo que esos dos chicos habían vivido, a pesar de ser una mujer independiente, necesitaba mucho de mis padres. Asumí el silencio de Nina como que no quería seguirme contando nada más de eso y entramos a la cafetería. Nos acercamos a hacer nuestros pedidos, charlando acerca de las ideas que le habían dado otros compañeros de la clase que llevábamos con el señor  Cooper.  —Hay que entregar un proyecto a fin de semestre. ¡Cómo si no tuviéramos suficiente trabajo!  —No dejen que las engañen, aprobar con Coop es más fácil de lo que parece.  Esa era la voz de Adam Harris. Maldita, asquerosa mala suerte. Mil veces maldita. Hoy los dioses se habían puesto de acuerdo para joderme la vida, solo faltaba que comenzara a llover y terminara empapada hasta las bragas. Nina fue la que habló, yo no podía articular palabra.  —¿Ah no?—preguntó. —En lo absoluto, yo he trabajado varios años con Coop en el laboratorio y es más tranquilo de lo que aparenta. Solo le gusta asustar a los estudiantes que no trabajan. ¿Ordenaron ya algo?  Ambas asentimos con la cabeza.  —¿Me pueden esperar? Son mis únicas amigas entre esa multitud de jóvenes estudiantes y no quiero compartir mesa con nadie más.  —Eres un anciano—se burló Nina—Pero haremos nuestra buena obra del día y te esperaremos.  En cuanto nos entregaron nuestras bebidas nos fuimos a sentar a una mesa que estaba algo apartada de las demás. Nina me había tomado de la muñeca, arrastrándome hacia aquel lugar. Tomamos asiento, frente a frente, me estaba mirando mucho y me ponía nerviosa.  —De acuerdo. ¡Escupe! ¿Qué te pasa? —Nada, ¿Por qué o qué? —No te pareces nada a la mujer que le presenté a Adam Harris hace unos días.  —Tengo muchas cosas en la cabeza.  —Nadie te cree eso.  —Nina, por favor.  Mi teléfono sonó, interrumpiendo la conversación. Era Camila.  “Mili, estoy ocupada”.  “Me vas a contar, ¿si o no?”. “Estoy en clase, Mili. Te puedo hablar en un rato”.  “No. Me cuentas ahora, salte al baño o algo”. “Eres una mandona insoportable”. “Estoy, preocupada. ¿Estás bien?”. “Estaré, te prometo contarte todo, pero hay invasores cerca”. Escuché sus carcajadas al otro lado del teléfono y me sentí un poco aliviada. Sí, definitivamente debía contarle a Camila.  “Cuando se acabe el sitio a la ciudad, háblame”. “Hablamos pronto, hermanita.” —¿Te han dicho que hablas demasiado rápido en español?  Otra vez, Adam Harris. ¿Por qué no me expulsaba el universo dentro un volcán? Intenté sonreír pero terminé haciendo una mueca.  —Nunca me habían hecho esa observación.  —Suena bonito, descuida.  —Gracias—dije, exagerando mi acento mexicano lo más que pude.  Nina y Adam rieron a carcajadas. El rubio se acomodó en la silla disponible entre nosotras, tomando un sorbo de su café. Gimió al disfrutarlo, provocándome un sonrojo leve.  —¿Llegaste bien a tu casa el domingo?—me preguntó. —¿Yo? —Eres a la única que vi el domingo, Lele.  —¿SE VIERON EL DOMINGO?—Nina estaba gritando y presioné su brazo para que bajara la voz, haciendo que volteara a verme acusadoramente—¡No me contaste nada! ¿Qué hicieron?  —Fuimos al acelerador.  —Por eso no querías ir conmigo.  —Podemos volver a ir los tres.  Yo estaba temblando como un condenado a muerte. No me importaba que supieran acerca de mi vida s****l, pero odiaba que los hombre presumieran el haber estado con una mujer como si de un trofeo se tratara. La sexualidad era algo que debía vivirse en paz, sin importar el género o la orientación de las personas. Pero Adam Harris no mencionó nada de eso, nos limitamos a charlar de lo que habíamos visto en el Acelerador, dejándome la mayoría de la conversación a mí pues estaba encantada con aquel lugar. Adam me miraba divertido. —Y aún te faltó mucho por conocer del laboratorio. —¿En serio? —Es uno de los más grandes del mundo. Si quieres, podemos ponernos de acuerdo para que conozcas todo con calma. Ese día solo fue por suerte que nos encontramos.  —Pero ahora tienen que llevarme a mí—intervino Nina.  Ambos sonreímos. —Por supuesto, Nina, puedes invitar a tu hermanito y les haré un tour privado a mis tres latinos favoritos.  —Vaya, que honor.  Sentí como el estrés se iba alejando de mi cuerpo cuando la conversación fluía y no veía que Adam sacara el tema de nuestro encuentro s****l. Verdaderamente era un caballero, por lo que le agradecía desde el fondo de mi alma que, al menos con nuestra única amiga en común no estuviese alardeando de eso.  —¿Qué harán hoy en la tarde? —¿Tan pronto nos llevarás al Acelerador?—preguntó Nina emocionada. Adam negó con la cabeza.  —Aunque me encantaría, no puedo hacerlo. Michael y Wick tendrán una exhibición en la armería.  Los ojos de Nina se iluminaron, parecía ser que conocía a aquellas dos personas que a mí ni siquiera me sonaban.  —¡Será fenomenal! Tiene mucho tiempo que no veo a los chicos.  Adam me miró con ojos esperanzados antes de hablar de nuevo.  —¿Quieren venir?  —Por supuesto que iremos—Nina contestó antes de que yo pudiera pensarlo.  —¿Por qué no?—me encogí de hombros como si no fuera algo tan importante—Será divertido.  Acordamos vernos después de que yo terminará mi última clase, cerca de las cinco de la tarde. Agradecí que mi madre me obligara siempre a cargar una bolsa de maquillaje, porque así no parecería tan muerta de cansancio como lo estaría realmente para aquel momento.  —¿Por qué tus amigos tienen una armería?—pregunté antes de despedirnos.  —Los tres estuvimos en el ejercito al cumplir la mayoría de edad y ellos ahora se dedican a restaurar armas antiguas y venderlas a coleccionistas. Se asociaron en ello después de la universidad y les está yendo bien.  Asentí con la cabeza. —¿Entonces se conocieron antes de la universidad?  —Michael, Wick y yo crecimos en el mismo vecindario, junto a las Jones. Ellos me han ayudado mucho y a la bruja—señaló a Nina que le hizo mala cara y le sacó la lengua—la conocimos en la universidad, me topé con ella en una clase y la adopté.  —Que caritativo—dije con sarcasmo—¿Y ahora me adoptaron a mí? —¡Por supuesto!—dijeron los dos al unísono.  Nos despedimos y me fui directo a la última clase que tendría, se trataba de química de fluidos, cosa que aburría mucho pero debía hacerlo para completar mis créditos. Tomaba notas mientras mi mente vagaba a Adam Harris sin poderlo evitar. No entendía porque me había contado todas aquellas cosas de su pasado, siempre creí que yo no era una persona digna de confiar, pero ese muchacho rubio que apenas la conocía le había revelado algunos secretos. Yo esperaba que pudiéramos tener una amistad real y sincera, porque justo ahora era lo que necesitaba.  Aparte de Franco y Paola, nunca había sido buena para hacer amistades y mantenerlas. Pasaba la mayor parte del tiempo con mi hermana, convencida de que no necesitaba a otras personas en mi vida. “La familia es primero” pregonaban mis padres y yo lo seguía a pies juntillas. Además, yo no sabía manejar mis emociones de una manera sabia, y a la primera que sentía que una persona me iba a lastimar, me alejaba de ella lo más pronto posible. No me gustaba ni siquiera la idea de que alguien me pudiera lastimar, y no era una persona que confiara con facilidad. Por eso se me había dado bien él no tener lazos emocionales al cobrar por sexo. La primera vez que abrí mi corazón completamente fue a Daniel e hizo con él lo que quiso. Tal vez es un poco de injusticia mía el culparlo totalmente de lo que vivimos como pareja, pero nunca entendí bien hasta que grado llegó su manipulación en mi cabeza adolescente. Desde entonces me cerré completamente a tener cualquier tipo de relación emocional con otros hombres que no fueran Franco y mi padre. Todo iba muy bien hasta que conocí a Adam Harris; que intentaba ser mi amigo aunque follaba como nadie. Terminé la clase con el corazón en la boca y sin entender nada, viendo que el reloj marcaba 15 minutos para las cinco. ¡Mierda! Al menos no había traído ropa tan poco apropiada para una exhibición como lo que vestía ayer. Me arreglé en menos de cinco minutos, bajé hasta el patio principal y me encontré solo con Nina. Traté de disimular mi decepción.  —¿Lista? Pasaremos por mi hermano y encontraremos a Adam allá, tenía que pasar por las Jones.  Por su cara pude ver que aquellas dos chicas tampoco eran de su agrado.  —¿Tampoco terminas de agradarles?—pregunté sin poder evitar. —¿YA LAS CONOCISTE? ¡A MI ME LLEVÓ MESES QUE ADAM ME PRESENTARA A SUS AMIGOS!  Alcé una ceja, tratando de descifrar si Nina Ramirez estaba celosa.  —Nos conocimos por causalidad, estaban afuera del laboratorio. —Malditas arrastradas.  —Déjalas, solo están protegiéndolo. —Adam Harris no es un perrito apaleado y abandonado afuera de la casa, Lele.  —A veces lo parece. —En todo caso es un perro de esos que parecen peligrosos pero no muerden ni su cola.  —Es un Golden Retriever.  Sonreí de lado y seguí a Nina hasta el escondite de Central Park a encontrarnos con Alex. Él ya estaba cerrando la cafetería cuando nos acercamos a la zona donde estaba. Su atuendo me impresionó porque vestía unos pantalones de cuero n***o, una camisa de un color azul brillante y una chamarra de cuero plateada.  —¡Vaya pinta!  —Para estar a la altura del evento.  Los tres caminamos hasta la estación de metro. Los gemelos Ramirez sabían cómo llegar así que yo solo debía seguirlos. Mientras ellos charlaban en una mezcla de inglés y un dialecto propio de su país, yo decidí que el metro de la Ciudad de México era cada vez más horrible. En estas semanas estaba aprendiendo a amar Nueva York, pero nada se iba a comparar a mí adorado México. Llegamos a una especie de bodega donde supuse que se llevaría a cabo la exposición. Abrí la boca al ver la gran cantidad de armas de todo tipo que tenían en aquel lugar.  —¡Nina!  Los ojos de la pelinegra se iluminaron al escuchar una voz varonil que se acercaba a nosotros. Era un hombre bastante atractivo, de cabello recortado al estilo militar y unos brillantes ojos azules. Detrás de él venía un hombre de piel oscura, con una sonrisa franca. —¡WICK! ¡MICHAEL!  Los hermanos Ramirez saludaron a ambos hombres, que supuse eran los amigos de Adam. Sonreí de manera incómoda cuando intercambiaban saludos, sintiéndome aún más fuera del lugar. Quizá toda esta reunión era una mala idea, yo debía irme a casa con Anne Brown que le debía un café. El hombre de ojos azules no dejaba de mirarme y no pude evitar una sonrisa coqueta.  —¿Y esta muñeca, Nina? ¿De dónde la sacaste? —De Harvard—respondí simplemente.  —¿Mismo laboratorio que los dos cerebros?—me preguntó.  Negué con la cabeza.  —Ninguno que te interesé, soy química. —Mejor aún, sabes como hacer las cosas.  —Mi nombre es Lele Santillan, ¿tú eres? —William Orson Robinson. Wick para los amigos.  Alguien casperreó detrás nuestro y vi a Adam Harris cruzado de brazos.  —Veo que ya conociste a mis amigos.  —Apenas se estaban presentando—miré al moreno—Me faltas tú.  —Michael Robinson, señorita.  —Encantada, señor Robinson.  —¿Dónde te encontraron Nina y Adam?—interrumpió Wick sin dejar de mirarme.  —¿Por qué asumen que me encontraron como si fuera un perrito abandonando? —Oh, Lele, tú no eres un perrito. Eres una gata.  —No sé si agradecerte eso o pintarte el dedo, Ramirez. Wick se intentó acercar a mí, pero Adam me rodeó los hombros con sus brazos.  —Te irás acostumbrado a estos idiotas—me dijo con alegría- —Eso espero. Me van a tener que tolerar, al menos por dos años.  —Los años que quieras—dijo Wick, iba a contestarle algo pero su teléfono móvil sonó—Las Jones están afuera pero no encuentran dónde estacionarse, voy a abrirles el estacionamiento de la tienda, ¿vienes Nina?  A Nina no tuvieron que decírselo dos veces y salió con él. Alejandro los fulminó a ambos con la mirada. —¿En algún momento dejará de rogarle de esa manera?—bufó.  —Wick debe decirle a Nina si la quiero o no, para que dejemos de todas estas cosas—Adam tan bien parecía molesto.  —¿Tu amigo siempre es así?—cuestioné con cautela. Michael, el moreno, interrumpió.  —No lo tomes a mal, a veces te va a parecer que Wick no es nuestro amigo pero lo queremos mucho. Es un mujeriego empedernido y tiene muchísimos defectos pero así lo queremos.  —¿Desde qué edad se conocen?—pregunté con curiosidad. —Adam, Wick y las Jones desde los cinco años. Yo me añadí al grupo cuando cumplimos trece y Nina en la Universidad, con Alex a sus faldas. —¡Imbécil! ¡No vivo a las faldas de nadie!  —A veces vives entre faldas de varias mujeres a la ve<. Alexei tuvo la decencia de sonrojarse mientras yo trataba de mantener un rostro imperturbable, fracasando estrepitosamente. Michael me miró con una sonrisa.  —Y ahora tú eres nuestra nueva adoptada del grupo.  —Si me aceptan todos.  Adam me apretujó contra su pecho y no pude evitar aspirar su aroma. ¿Qué carajo nos estaba pasando? ¿No íbamos a pretender que nada había pasado? Desde esa posición vi como llegaba Wick con las tres chicas. Me relajé un poco cuando Margot alzó la mirada y me sonrió, viéndonos a Adam y a mí de manera sugestiva.  —¡Lele! ¡Qué gusto verte! —¡Igual a mi Margot! Hola Dalilah, ¿cómo estás?  La mujer forzó una sonrisa.  —Ven, Addie, voy a darte un abrazo que te manda mi madre.  ¡Menuda excusa estúpida! Adam se separó de mí y abrazo a la morena, que se quedó colgada a su cuello como si fuera una tabla salvavidas. Apreté la mandíbula, repitiéndome a mí misma que no debía sentir celos por alguien a quien realmente no conocía.  —¿Entonces?—habló Wick parándose a mi lado—¿Te gustan las armas o viniste obligada? Si te secuestraron parpadea dos veces.  Apreté los ojos tres veces de broma, haciéndolo reír.  —Siempre me han llamado la atención las armas.  —Tenemos que irnos a inaugurar esto—dijo Michael—Diviértanse chicos, vamos Wick.  Adam siguió a sus amigos con la mirada y supe que esta sería una noche muy larga. 
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