Adam sonrió de lado mientras se acercaba a saludar a aquellas chicas con cierta familiaridad que no pude evitar resentir, mucho menos con la forma en la que me miraban. Las hermanas Jones me miraban como si fuera la enemiga pública número uno.
—¿Cuál es tu nombre?—preguntó la mayor de ella sin rodeos.
—Lele Santillán—no me sentía cómoda dándoles mi nombre ruso, no lo merecían.
—Yo soy Dalilah y ella es Margot, somos amigas de Adam.
Se notaba que querían ser otra cosa porque lo miraban como leonas en celo a punto de caerle encima al macho alfa. Pero Adam Harris las veía completamente diferente, con la alegría natural de quien encuentra a sus amigos de la infancia.
—¿Vienes seguido con Adam?—volvió a hablar Dalilah, esta vez dirigiéndose a mi.
—Apenas estoy conociendo la ciudad—respondí bruscamente.
—Y Adam te la está mostrando, ¿no? Vaya cosa que has encontrado, Adam—dijo mirándolo con rabia y a mí con desdé—Otra latina, ¿qué no te cansas de ellas? Pensé que con la tonta de Nina tenías suficiente.
Si yo pudiera, la habría tirado al suelo para agarrarla a golpes en ese mismo instante. Nadie podía hablar de esa manera de mi persona sin conocerme, y mucho menos por la nacionalidad. Margot, la rubia, se veía notablemente incómoda, así que tomó a su hermana del brazo, con intenciones de retirarse.
—Dalilah—su voz tenía un tono de advertencia.
—¡Déjame Margot! Ya sabes que no me gusta que Adam tenga esta clase de amiguitas.
—¿Amiguitas? Mujeres que conoce en la escuela y entablan una amistad porque se caen bien son personas normales. No sabía que las americanas eran así con otras mujeres, que tristeza me da.
Abrieron la boca de la impresión.
—¿Estudias en NYU?
Adam se recobró de los comentarios insidiosos de las dos hermanas.
—Están frente a la una de las estudiantes de la maestría en Química Nuclear.
—No pensé que un latino tuviese el cerebro para estudiar eso—dijo la morena.
—¡Dalilah, ya cállate de una vez!
—Yo solo digo la verdad.
Bufé, decidida a cortar con toda aquella situación de tajo. Ni siquiera me conocían y no tenían porque estar juzgándome de esa manera. Iba a mantener mi dignidad intacta y no me dejaría rebajar por tres personas a las que ni siquiera conocía del todo bien. Giré sobre mis talones y me dispuse a caminar de vuelta a la casa del señor Ollivier.
—¡LELE! ¡Espera!—La voz de Adam Harris no iba a hacerme detenerme—Te prometí que conocerías el acelerador de particulas y eso haremos.
Suspiré, viendo a sus amigas.
—No quiero meterte en problemas.
—No son problemas, están siendo hermanas protectoras—dijo con una sonrisa ladeada que me hizo enojar más.
—Eso no es comportamiento de amigos.
—Ya, Lele. Te prometo que no te arrepentirás.
—De acuerdo, chico americano. Tienes tu segunda oportunidad.
Me encogí de hombros y no pude evitar sonreír al verlo soltarme una sonrisa. Caminamos a la entrada donde se encontraban las Jones y pude notar como sus ojos se giraban inmediatamente a nuestras manos. Adam seguía sin soltarme la muñeca, me separé de él en un instante y mi compañero se ruborizó.
—Lamento si te incomodamos—dijo Margot—Aveces podemos ser un poco…pesadas.
Se notaba que la chica era realmente sincera, pero su hermana se mantenía cruzada de brazos sin contestar. Me recordaba un poco a la dinámica que teníamos Camila y yo, pero había algo detrás de ellas que no me gustaba, tenían una especie de competencia en cada cosa que hacían, imitando incluso los movimientos y posiciones de la otra.
—Chicas pesadas—dije.
Margot y yo definitivamente teníamos el mismo gusto en cine, así que comenzamos a reír.
—Capté esa referencia—dijo Adam.
La carcajada de Margot hizo que mis risas aumentaran aún más. Definitivamente, a pesar de aquel confuso primer comienzo, ella y yo podríamos a llegar a llevar bien.
—La captaste porque has visto esa película demasiadas veces conmigo, imbécil.
—Oye, deja de ofenderme—se quejó Margot
—¿A dónde iban?—intervino Dalilah.
—Yo venía a recoger unas cosas para después ir a desayunar con Lele a un lugar que ella me iba a mostrar.
—¿No eres nueva aquí?
Noté que Dalilah seguía analizándome con la mirada y me pregunté si entre ella y Adam Harris hubo algo en el pasado. . Conocía los signos y síntomas del mal de amores y Dalilah Jones lo padecía por Adam Harris. Decidí no darle importancia al asunto, pues me desgastaría aún más al tratar de comprobarle a esa chica que yo no tenía intenciones de esa clase con Adam Harris, no le debía nada ni a ella ni a nadie.
—Llegué hace poco, pero una amiga muy querida me mostró lugares donde comer.
—¿Por qué no vamos con ustedes?—preguntó Dalilah.
—Creo que eso será en otra ocasión, nosotros tenemos un asunto pendiente.
—Además, nosotras venimos por unas cosas para mi madre.
Después de decir esto, Margot tiró de la mano de Dalilah y ambas se alejaron de aquel lugar. Adam y yo nos quedamos parados frente a frente, viendo la puerta del gran laboratorio donde él trabajaba sin poder decir una sola palabra.
—Vaya—suspiré—Eso fue incómodo.
—Lo lamento—musitó.
—No tienes porque disculparte, Adam. Son tus amigas y es natural que sean así.
—Tengo algo en la casa donde vivo que puede ayudarnos a pasar este extraño momento—mencioné casualmente.
¡Estúpida! Me dije a mí misma, otra vez mi maldita boca hablaba antes de que yo pudiera pensar en lo que iba a decir. Noté que la sonrisa de Adam se ensanchaba.
—Déjame mostrarte el acelerador y después iremos a donde quieras. Te lo debo.
—No me debes nada, Adam Harris.
—Entonces, quiero hacerlo.
Extendió su mano y yo la tomé, para después seguirlo hacia la entrada para trabajadores del laboratorio. Trataba de no leer demasiado en mi encuentro con su adoradas amigas, pero la idea se negaba a salirse de mi cabeza. Mordí distraídamente el labio, esperando que el sabor a óxido de la sangre fuera suficiente para distraerme. Esto también quedó olvidado cuando estuvimos dentro. Abrí los ojos como platos y contuve la respiración, pues estaba en uno de los lugares en los que más había soñado estar desde que era una niña.
—Bienvenida a este palacio, princesa—susurró aquel hombre en mi oído.
Si Adam Harris estaba tratando de conquistarme con todo esto, lo estaba logrando bastante bien.
—Vaya.
Esa fue la única palabra que pude articular.
—¿Impresionada? ¿Es más bonito que tu laboratorio?
—Definitivamente.
—¿Interesada en un tour?
—Pensé que nunca lo dirías.
Comenzamos a caminar lado a lado, charlando de temas sin importancia mientras Adam me señalaba el resto de los laboratios de física cuántica. Definitivamente sabía todo acerca de este lugar, pero no solo por su trabajo, simplemente era algo que amaba y esa pasión la destilaba por los poros. Hablaba moviendo las manos y señalando a todos lados, y noté que era de las pocas veces que su apacible mirada no estaba tan triste.
—A todo esto, ¿qué venimos a recoger?
—Unos papeles que debo llevar mañana a la universidad, pero me he pasado todo el fin de semana leyendo aquí.
—¿NO HAS SALIDO DE AQUÍ EL FIN DE SEMANA?—exclamé.
—Parece el mejor lugar para estudiar, después de todo en casa siempre están las Jones y Wick molestándome para que salgamos.
—No me imaginé que fueras un ermitaño—me burlé.
Adam se apresuró a defenderse. Tenía las orejas rojas.
—¡No soy un ermitaño!
—Cálmate, solo bromeaba. ¿De qué es tu trabajo?
—Explicaré un poco acerca del origen de la partícula más pequeña del mundo.
¡Dios mío! Además de ser un hombre soberanamente guapo, era culto. Soltó una carcajada que me encantó cuando se dió cuenta que tenía la boca abierta.
—También puedo saber cosas, señorita Química Nuclear.
—Estudiante de doctorado, trabajador del acelerador de particulas. ¿Cuál es tu secreto? ¿Te abdujeron los alienígenas cuando eras niño? ¿Fuiste criado en una selva con un coyote? ¿Tienes 101 años y fuiste congelado en el hielo?
—Ninguna de las anteriores.
—Es que no puedes ser un hombre real.
—Pero que bajas expectativas tienes en los hombres.
—Me han decepcionado bastante.
—Eso veo—dijo con una sonrisa consoladora antes de cambiar de tema—¿Qué era lo que recogeríamos en tu casa?
—Una sorpresa para usted, como regalo por mostrarme su laboratorio.
Continuamos recorriendo el lugar por varias horas, aprovechando que la hora de apertura del día domingo era un poco más tarde de lo usual. Adam iba con sus papeles en la mano, mientras yo tomaba algunas fotografías con el teléfono móvil para asegurarme de no olvidar nunca esta experiencia. Era cerca de medio día cuando iban a abrir, por lo que decidimos partir. Recorrimos la zona del parque no conocía, y nos perdimos por varios parajes, hasta que conseguimos llegar al Brownstone. No supe que hacer, pues nunca había hablado con el señor Ollivier o con Anne acerca de la posibilidad de traer hombres a la casa.
—Entra tu, Lele. Yo te espero aquí.
Sonreí de lado al pensar que Adam me había entendido sin tener que hablar. Entré y me encontré a Anne Brown y a su padre en el sillón, charlando.Los saludé y subí los escalones de dos en dos hasta llegar a mi habitación en el ático, donde me cambié rápidamente, maldiciendo porque no me daba tiempo de ducharme, poniéndome un vestido sencillo y una chamarra de mezclilla. Tomé un bolso y metí algo de maquillaje y la botella de tequila que había venido a buscar. ¿Por qué carajos estaba llevando maquillaje? ¡Adam y yo solo éramos amigos que iban a charlar! Negué con la cabeza, pero no saqué nada de mi bolso y bajé hasta llegar a la sala donde me despedí rápidamente de mis caseros y me dirigí a la salida. Adam hablaba por el teléfono celular y parecía molesto.
—Es solo una amiga, Dalilah—bufaba, el alma se me vino a los pies—No tienes porque controlarme como un niño, te recuerdo que solo somos amigos. Y sí, sé que lo haces porque me quieres, pero no te metas tanto, cariño.
No debía dolerme que le dijera “cariño”, yo ya era lo bastante mayorcita como para entender cuando un hombre te da señalas de estar interesado en ti, pero yo no había nacido para enamorarme, lo mío era bailar, hacer química, cantar mal y disfrutar de la vida. Bajé los escalones, haciendo todo el ruido posible, al tiempo que Adam colgaba la llamada y volteaba a verme.
—¿Lista para partir, señorita Santillán?
—Lista, señor Harris. Solo tengo una duda, ¿en este país se puede beber en la calle?
Sus ojos se encendieron con picardía.
—Se puede, pero no es lo más conveniente, así que mejor deberíamos ir a otro lado.
—¿Qué propones?—pregunté, dispuesta a una aventura.
—Mi departamento.
Arrugué la nariz, algo molesta.
—Pensé que vivías con las Jones y con ese tal Wick.
—Paso casi todo mi tiempo con ellos, pero tengo un departamento propio que me heredó mi madre.
Noté que sus ojos se ponían más tristes de lo usual, así que decidí no preguntar nada.
—¡Qué estamos esperando!
—Nos subiremos al metro, es la manera más rápida de llegar—advirtió.
—No hay nada como el metro de Ciudad de México.
Nos subimos y caminamos para la estación de metro más próxima. Nos subimos en un vago que estaba completamente lleno y estábamos pegados uno contra el otro. Adam acariciaba mi brazo de manera inconsciente y se sentía tan bien, que no me atreví a decir nada. Disfrutaba de esa intimidad que no había sentido con nadie desde mi ex. Era imposible charlar entre aquel gentío así que me limité a observar todo lo que había a mi alrededor, marcando las diferencias entre este país y sus personas, y las mías, cosas que no dudaría en contarle a Camila y a Igor lo que estaba pasando en este lugar. Adam no me soltó la mano mientras caminamos hasta llegar a uno grupo de viejos edificios.
—Wow, este lugar debe ser de la época de los 40.
—1945.
—Conoces bien el edificio.
—Este edificio es algo que me recuerda mucho a mi madre, aunque ella ya no pueda venir aquí.
—Lo lamento—murmuré, asumiendo que había fallecido.
—No es nada, fue hace mucho tiempo. Ahora la veo de vez en cuando en el hospital en el que se encuentra.
No me esperaba esa respuesta, pero me puso aún más triste de lo que sentía antes de preguntar.
—Por lo que veo en tí, todavía te duele. Tienes los ojos tristes.
—Eso dice mi madre—Adam me dedicó una media sonrisa—Dice que yo soy su muchacho de los ojos tristes.
Sonreí pensando en los apodos cariñosos de mi padre. Entramos al edificio y Adam saludó con alegría al portero, parecía que pasaba en este tiempo más tiempo del que decía. Entramos al viejo elevador y Adam tuvo que hacer bastante fuerza para cerrarlo.
—Viejo—mencioné.
—Y que lo digas—sonrió.
En el último piso se encontraba su apartamento, parecía que ambos compartíamos ese gusto por los lugares altos o simplemente era el destino que nos hacia vivir en tan cerca del cielo. Quedé sorprendida con la pulcritud de la sala principal, pues esperaba algo más desordenado para un soltero.
—Bastante ordenado—aprobé.
—Gracias.
Adam me indicó donde dejar mis cosas y se apresuró a sentarse en la barra de la cocina.
—¿Qué trajiste, nena?
Me sorprendió el apodo, pero no le dije nada. Simplemente rebusqué entre mis cosas, ignorando el maquillaje y alcé la botella de tequila
—¡Eso es todo!
Tomó dos vasos de la barra y sirvió un poco de la botella en ellos, después de explicarle como bebían los auténticos mexicanos y de brindar, tomamos. Estuvimos bebiendo bastante mientras Adam me hacia muchas preguntas sobre mi país y las costumbres de los latinos. Yo respondía pacientemente, mientras mis ojos vagaban por el apartamento para darme cuenta que solo había fotos de Adam con su madre y que en algunas donde debían haber tres personas, el hombre estaba borrado con plumón permanente. Interrumpí sus preguntas cuando murmuré algo más alto de lo que yo pretendía.
—Alguien estaba muy enojado con esas fotografías.
—No me gusta recordar esa época de mi vida.
—Lo lamento—enrojecí profundamente—No debí haber comentado nada.
—Todos preguntan, pero me niego a quitar las imágenes de su lugar. Me niego a olvidar.
Adam comenzó a hablar y su voz se tornó sombría.
—Mi padre me dejó de hablar cuando me uní al ejercito.
—¿Estuviste en el ejercito?—mi voz sonó más sorprendida de lo que esperaba.
—Hice dos tours en Irak, con mi mejor amigo.
—¿Por qué tu padre no estuvo de acuerdo? En México no es tan bien visto pertenecer al ejercito, pero creía que aquí si.
—No era solo eso. Joseph Harris nunca tuvo al hijo que quiso, yo simplemente fui alguien más que lo decepcionó, primero al querer ser artista y luego, al entrar al ejercito. Cuando regresé, el hombre se había ido dejando a mi madre abandonada y con un cáncer bastante grave. Metástasis de cáncer de hueso.
—Adam, no tienes que seguir hablando.
—A veces es necesario sacarlo, gracias por escucharme—tomó la botella y bebió directamente de ella—Para no hacerte la historia más larga, ahora el señor vive con una jovencita en los Hamptons y mi madre se muere lentamente en un hospital para cuidados graves. Yo lo pago como puedo, pero el trabajar en ciencias deja bastante menos de lo que esperaba. Muchas veces me planteé dejarlo y obedecer a mi padre, estudiar economía para que me perdonara y ayudara a mi madre pero ella se negó. Dijo que tenía que ser primero fiel a mi mismo antes que ser el hijo que mi padre quería.
Sin saber que decir, le puse una mano en el hombro en señal de consuelo. No pude evitar pensar en lo afortunada que había sido con los padres que me habían tocado, que me apoyaron sin pensar en todas mis locuras, mis decisiones e incluso en mis errores. Podía renegar de muchas cosas, pero nunca de lo que ellos significaban para mí.
—No es momento de cosas tristes. Te traje aquí para compensarte como te trató Dalilah, no tenía ningún derecho a hablarte así.
—¿Son pareja?
—Lo fuimos, de adolescentes. Sus padres y los padres de Wick apoyaron a mi madre cuando enfermó la primera vez. El maldito cáncer no le ha dado tregua desde que yo tengo 12 años, aunque ha tenido temporadas de bastante mejoría. Nos conocemos desde niños y son bastante sobre-protectores conmigo, se empeñan en que nadie me haga sufrir después de lo de mi padre.
“Yo no te haré sufrir, Adam” pensé, pero no me animé a decirlo. En vez de eso, tomé otro sobro de tequila y esperé a que Adam siguiera hablando, pero no dijo nada.
—¿Quieres decirme de tu vida en la universidad? Yo nunca he salido de los laboratorios así que no sé que tan ciertas son las cosas locas que dicen de las escuelas.
Esto bastó para que Adam se sintiera más en confianza y comenzara a hablar de su época universitaria y yo de la mía y de mis locas salidas con mis amigos de preparatoria. El resto de la tarde continuamos bebiendo, cuando se terminó el tequila, Adam sacó una botella de ron que argumentó era lo mejor que había probado y continuamos con ello. Era bastante evidente que ninguno de los dos tenía otra cosa que hacer en un domingo cualquiera más que ahogarnos en alcohol, cosa que hizo reír a Adam cuándo se lo puntualicé. Puso un poco de música y bailamos como locos al ritmo de la música, probablemente molestando al edificio.
—Parece que nos entendemos—dije entre risas.
—Es bueno tener una amiga como tú, Lele. Porque somos amigos, ¿o no?
—Claro que si, Harris. Somos amiguitos.
—¡Vamos a bailar!
Seguíamos dando vueltas por la sala de estar mientras que bebíamos de la botella de ron. Cuando estas terminó nos quedamos sentados en el suelo, riendo a carcajadas. Mi estómago interrumpió el cálido momento.
—Tienes hambre.
—Gracias por decirlo en voz alta, Capitán obvio.
—Podemos pedir comida.
—Está bien, pero debo volver a la cena con el señor Ollivier.
—¿Quién?
—Mi casero.
—Entonces saquemos provecho a esta tarde, porque presiento que solo nos volveremos a ver cuándo estemos en clase.
Dios, estaba coqueteando. Y yo iba a seguirle el juego, de eso no había la menor duda.
—¿Crees que puedas conmigo para sacarle provecho a esta noche?
—Mejor de lo que piensas, Lele.
No quería arruinar las cosas con Adam de esa manera, porque lo que me aparté de un salto y caminé hacia la cocina, dejando a Adam bufando con frustración mientras tomaba el teléfono para pedir algo de comida. Intenté prender la estufa del apartamento de Adam Harris para hacer un poco de café. La embriaguez se estaba apoderando de mí y no podía permitirlo, tenía que volver a casa antes de que fuera demasiado tarde. Cuando encendí la hornilla, esta expulsó el fuego con demasiada avidez y me espanté, saltando hacia atrás.
—No sabes encender una hornilla—se burló Adam Harris.
Yo odiaba el fuego, lo había odiado desde que un corto circuito con las luces de navidad había prendido fuego a nuestra casa, antes de que Camila cumpliera dos años. No había nadie en casa más que nosotros, no recuerdo bien todo lo que ocurrió pero solo sabía que odiaba el fuego. Nunca me quitaba esos recuerdos de la mente y por eso valoraba aún más a mi pequeña Camila.
—Puedo hacer muchas cosas con las manos, Harris. Así que no me retes.
—¿Ah sí? Enséñeme, señorita Santillán.
Ambos nos acercamos al otro, el café olvidado. Estábamos peligroMichaelente cerca. Quería besarlo, pero sabía que eso me arruinaría, no iba a besarme con alguien a quién apenas conocía y menos estando borracha. Me aparté de él, pero eso solo sirvió para que el me tomara de las muñecas y me atrajera a su pecho. Sin dejar tiempo a que yo pudiera hacer algo, me besó. Fue un beso diferente a cualquier otro que había recibido antes, así que no pude evitar corresponderle, sintiendo la humedad comenzar a formarse entre mis bragas. Me apreté a él, gimiendo, pero el timbre nos interrumpió.
—Maldita sea—susurré en español, pero Adam se limitó a tomarme en brazos y caminar conmigo hacia la puerta.
Sin soltarme, atendió la puerta y recibió al repartidor de comida como si fuese lo más normal del mundo. Me besó después de recibir el cambio y regresó al sillón, depositando las cajas de pizza en la mesita de centro.
—Hoy conocerás la verdadera pizza neoyorquina.
Para mi decepción se separó de mi, depositándome en el suelo y fue a la cocina, yo nunca logré prender la hornilla de café, pero Adam volvió con dos copas y una botella de vino. Alcé una ceja.
—¿Más alcohol? ¿Quieres emborracharme?
—Creí que los latinos sabían manejar el alcohol.
—Claro que sabemos.
Tomé una rebanada de pizza y comencé a masticar despacio, intercalándolo con pequeños sorbos de vino. Adam no dejaba de mirarme y al bajar los ojos me di cuenta de lo excitado que estaba. Cuando nuestras miradas se encontraron, dejó la copa a un lado y me sentó en su regazo, haciendo que mis bragas chocaran deliciosamente contra la hebilla de su pantalón.
—Adam—gemí su nombre.
Terminamos de comer, sin dejar de besarnos y acariciarnos. La mano de Adam se había acomodado en mi seno, jugando con el pezón mientras yo trataba de mantener la cordura y no tirarme la comida encima. No sabía si golpearlo o besarlo en ese momento, desde el principio me di cuenta que Adam Harris era bastante juguetón en la cama. Pronto el contacto no era suficiente y él dejó caer los tirantes de mi vestido y de mi sostén, dejando mis pechos al aire.
—Hermosa—murmuró mientras me besaba de lleno en los labios.
Sus labios bajaban a mi cuello, mientras mi mano trataba de abrir su pantalón que reclamaba a gritos mi atención. Sentía su lengua recorrerme mientras sus manos se colaban entre mis bragas, dándole un pellizco a mi c******s. Logré sacar su m*****o del pantalón y abrí mucho los ojos, con sorpresa. A pesar de haber estado con varios hombres en mis veinticinco años de vida, nunca había visto a alguien tan bien dotado como Adam Harris.
—¿Qué pasa?—preguntó Adam con sorna—¿Eres alguien más vainilla de lo que yo esperaba?
—A mí me gusta mucho la vainilla, pero solo en helado—murmuré entre sus labios—No en el sexo.
Con decisión, me separé de su regazo y tomé su m*****o entre mis manos. Tenía que estar lo suficientemente excitada para que me entrara y no iba a desperdiciar esa oportunidad. El alcohol se estaba apoderando de mi alma y de mi mente, quitándome todas las inhibiciones. Alcé la vista una vez más, corroborando el deseo en los ojos de Adam quien, al comprender lo que yo quería, tiro de mí para dejar mis piernas encima de su rostro. Con mis manos hice una caricia, mientras daba un lengüetazo tentativo al m*****o de Adam Harris, quien apoyó una de sus manos en mi cabeza. Impulsada por esto, seguí lamiendo y chupando aquel delicioso manjar, mientras Adam se recuperaba del impulso y apretaba mis caderas para después bajar sus manos a mis pliegues. Abrió y dejó un beso en mis labios inferiores, acariciando mientras introducía dos dedos de golpe. Ambos gritamos.
Chupaba con avidez, mientras Adam hacia lo mismo, logrando meter hasta cuatro dedos en mi interior. Yo estaba completamente húmeda, pero era bastante estrecha y sabía que debíamos hacer esfuerzo para que entrara de una. Sentía como el orgasmo comenzaba a apoderarse de mí, así que apuré mi paso en su m*****o. Quería que se corriera en mi boca, pero él tenía otros planes. Cuando mis paredes internas comenzaban a estrecharse, Adam sacó sus dedos de mi interior y maniobró para sentarme en sus piernas.
—Vamos a intentarlo—dijo tomando un condón—Creo que estamos listos.
Gemí mientras sus manos me tomaban por las caderas y me introducían con cuidado en él. Era bastante grande, pero Adam seguí acariciando mi c******s y yo abrí las piernas lo más que pude. Por fin estuvo completamente dentro de mí y nunca me había sentido tan llena como en ese momento. El rubio comenzó a besar mis pechos con fuerza, tirando de los pezones hasta endurecerlos y haciendo que quedaran de un color rojo. Tiró de mi cabello con una mano mientras lamía desde mi quijada hasta mis pezones. Yo gritaba y gemía sin control. La otra mano de Adam se encontraba entre mis nalgas. Inesperadamente, un solitario dedo que había estado en mi c******s se introdujo en mi culo.
—Adam.
—Sé que lo quieres nena y si por mi fuera, hoy me encargaría de tener todos tus espacios llenos de mí.
No pude contestarle porque sentí el orgasmo aproximarse, Adam estaba en todos lados. El encuentro era simplemente manos, piel, calor y sexo. Adam alzaba las caderas con desesperación tratando de aumentar la fricción entre nosotros, así que comencé a moverme lo más rápido posible, queriendo perseguir un orgasmo que teníamos que alcanzar juntos. Estaba desesperada por correrme, pero Adam seguía tocando en todos lados. Su dedo en mi culo giró de repente, haciéndome gemir, mientras su boca experta tiraba de mi pezón. Gemí sin pudor cuando mis paredes internas se contrajeron, llevándome a un orgasmo como el que nunca antes había sentido.
Adam se corrió momentos después. Nos quedamos con las frentes pegadas, mientras Adam sacaba su dedo y su m*****o, de mi interior, dejándome con una sensación de vacío horrible. Se levantó para tirar el condón y regresó a donde estábamos para tomarme entre sus brazos. No había nada en la habitación más que nuestras ropas, pero nos acurrucamos desnudos, con la cabeza de Adam entre mis pechos donde no dejaba de repartir sendos besos, mientras yo acariciaba su cabello. No sabía si era por el alcohol o por lo que acabábamos de vivir, pero ninguno de los dos tenía muchas ganas de hablar. La música con la que habíamos estado bailando seguía sonando detrás de nosotros, como un fondo que daba paz al momento. Los restos de la pizza estaban en una esquina, cerca de nuestras ropas y la noche comenzaba a caer. Sentía como mis ojos comenzaban a cerrarme, así que intenté levantarme, pero Adam me lo impidió.
—No te vayas, princesa.
Su tono somnoliento me derritió así que, presa del deseo y del momento que estaba viviendo, dejé un beso en su frente y seguí acariciando su cabello mientras él acomodaba su rostro en mi cuello. No necesitábamos nada más para dormirnos con las respiraciones acompasadas.
Al despertar, cuando el éxtasis del orgasmo pasó, me di cuenta de lo que había pasado. Había tenido una fenomenal ronda de sexo con Adam Harris, un hombre que apenas acababa de conocer y que además era mi compañero en el posgrado. No había hecho una tontería como esta desde que estaba en la preparatoria y había tenido aquel negocio con Paola.
—Esto está muy mal, Adam—murmuré abrazándome a mí misma.
Decidida, me levanté y me puse la ropa, la borrachera se me había bajado y lo único que quería era irme en aquel momento a la casa de Ollivier y esconderme de Adam Harris para siempre. Seguro iba a pensar que yo era una mujer fácil. Por primera vez en mi vida hice una amistad de manera sencilla y ahora la había jodido. ¡Excelente forma de inaugurar Nueva York,Santillán!
—Mira, Lele…—Adam se rascó la cabeza—Si quieres, podemos pretender que nada de esto pasó.
Lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza, antes de salir de aquel departamento y comenzar a llorar. ¿Qué era exactamente lo que estaba haciendo? Esa no era la razón por la que había venido aquí. Una sensación abrumadora de haber cambiado mi futuro me llenó y salí corriendo a la estación de metro sin mirar atrás para ver si Adam Harris me seguía o no.