Lastimada

4986 Palabras
Mi teléfono móvil sonó. Me apresuré a contestarlo con al esperanza de que fuera Adam. Tenía más de tres horas esperándolo. —“¿Hola? —“Hermana” La voz de Camila se escuchaba emocionada. —“¿Qué pasa Camila?” —“¿estás bien, Celestina?” Mi hermana solo me llamaba así cuando sabía que algo andaba mal.No pude más. Aquel sobrenombre fue suficiente para que me rompiera en mil pedazos. —“Todo esto fue un error”—sollocé —“Celestina…”—la voz de Camila era triste—necesito que te calmes. Pero, ¿cómo le explicaba a mi corazón que debía tranquilizarse? Me había permitido a mí misma bajar la guardia con respecto a la idea de enamorarme de Adam Harris y, como siempre me pasaba, me fui con todo lo que tenía. Todo se desmoronaba al momento de estarlo esperando junto a la ventaba. Estaba totalmente convencida de que no vendría, al menos no aquella noche.  —“No puedo…” —“Al menos dime que pasa.” Entre lágrimas, le conté a Camila que había conocido a un hombre con el que estaba empezando a salir, pero  me había dejado esperando aquella fría noche.  —“Quizá es necesario que le marques.” —“¿Qué carajo crees que llevo haciendo toda la maldita noche? “ —“¿Y si le pasó algo?”  Sin quererlo, mi hermana le puso nombre a otra preocupación que tenía. Quería creer que conocía a Adam Harris, me marcaba por teléfono en clases para avisarme que no iba a poder llegar; me contaba su día en mensajes de texto. Simplemente no podía dejarme esperando como si nada.  —“No…no sé, Camila.” —“Escríbele un mensaje. Después de eso puedes tratar de descansar. Mañana tendrás respuestas, hermanita”.  —“¿Y si no?” —“Si no, ya veremos.  Me quedé en silencio, mordiéndome fuertemente en labio. Poco a poco, las lágrimas iban cediendo mientras me empezaba a proyectar en escenarios mas racionales acerca del porque me hubiera dejado plantada.  —“Lele, debo ir al trabajo. ¿Estarás bien?”  —“Lo estaré, Mila. Lo prometo.” —“Llámame de nuevo esta noche, ¿de acuerdo?” Terminamos la llamada y decidí que no tenía ningún caso seguir vestida con la ropa que iba a usar para mi cita con Adam Harris. Me desnudé en silencio, aventando todo de cualquier manera en el suelo de la habitación. Otra vez, las lágrimas corrieron por mis mejillas, pero me las limpié con furia. Odiaba llorar. Me desmaquillé con violencia, dejándome el rostro rojo. T No iba a permitir tener de nuevo el corazón roto. No pensaba escribirle, pero mi mente no me dejaba tranquila.  “Corazón, no sé que te pasó pero espero que estes bien. Por favor, comunícate conmigo. —L” Fue una noche larga, plagada de pesadillas. Siempre me aterrorizaban cuando estaba estresada. Soñaba cualquier cosa, que me hacia despertar sollozando y con temor de volver a dormir. Finalmente, me di por vencida a las 6:30 a.m. Ya no podría dormir más o volvería a soñar.  —¡Lele! Anne me recibió en la salida de la escalera. Su rostro tenía una mueca de preocupación, pero la disimuló muy bien.  —¿Qué pasa, Anne?  —¿Estás bien?  —Claro que si, ¿por qué? —Creí escucharte llorar anoche.  Negué con la cabeza.  —Todo está bien.  —¿Segura?—mi amiga me miraba con duda—Sabes que puedes confiar en mi.  Quería gritarle que no era la confianza el problema, era mi estúpida personalidad que se negaba a mostrarse débil frente a los demás.  —¡Claro! ¡Gracias Anne!  —¿Harás algo hoy?  —Creo que saldré a correr…¿vienes?  Sonrió de lado.  —No gracias. Yo correré solo cuando haya un atentado terrorista de nuevo en esta ciudad.  Reí.  —Ay Anne… —¡Te espero a desayunar!  —¡Cuenta con eso!  Llegué al Central Park. Había pocas personas en él. No llevaba el teléfono móvil, porque estaba evitando encenderlo, así que mentalmente tracé una ruta que evitara al laboratorio dónde trabajaba Adam. Era una mujer bastante orgullosa, así que él tendría que buscarme si quería verme de nuevo. Yo no me acercaría a él ni aunque me obligaran a tirarme desnuda al hielo de Siberia. Corrí a toda velocidad, hasta el momento en que sentí como mi corazón comenzaba a latir violentamente y mis pulmones ardían. Estaba agotada, mis piernas temblaban. El ejercicio podía sentirse casi como el sexo si lo hacías de buen humor, no como yo que lo usaba como arma para sacar todas mis emociones reprimidas. Regresé a darme una ducha rápida y desayunar con Anne. Encendí el teléfono y sentí una punzada de tristeza en el alma al ver que Adam no me había escrito ni un solo mensaje. Al mismo tiempo, me empezaba a preocupar cada vez más. ¿Y si en verdad le paso algo? ¿Si yo estaba enojada y él en un hospital? O peor, ¿en la morgue? Reprimí un escalofrío y decidí que lo mejor era preguntarle a nuestros amigos.  —Anne, ¿has hablado con Michael?  Mi amiga se ruborizó, —¿Quién pregunta o por qué?  Me apresuré a tranquilizarla.  —No es de mi incumbencia, lo sé, pero ayer iba a salir con Adam y me dejó plantada. Solo quiero saber que pasó con él.  —Oh Lele—su rostro cambió por completo—déjame pasarte su número.  —Gracias, amiga.  —No te preocupes, pronto descubriremos que pasó con tu galán.  —No lo es… Me tomó la mano.  —Lo siento.  —No es nada a lo que no esté acostumbrada—puse mi mejor cara.  Anne se apresuró a marcarle a Michael Robinson. Pude ver como le cambiaba la cara al hablar con él; charlaron unos minutos acerca de cosas sin importancia hasta que Anne le preguntó por Adam Harris. Por las pocas palabras que decía, supe que no me tenía buenas noticias.  —¿Qué pasó?—pregunté en cuanto colgó.  —No sabe nada de él desde el viernes.  —Oh vaya… —¿Por qué no pruebas con William?  —Solo los tengo en r************* .  —No creo que le haya pasado nada, Lele. Si hubiera ocurrido algo malo, sus amigos no dudarían en avisarte.  —¿Por qué lo harían?  —¿No te das cuenta de lo importante que eres para los demás? —La verdad no.  —Creo que debemos mejorar eso… Me quedé callada, sopesando mis opciones. Podía ser una desesperada y preguntarle a todas las personas de nuestro circulo común o esperar a que él se comunicara conmigo. Observé de reojo mi protector de pantalla, una imagen de  los campos de tequila de México que me sonreía, haciéndome sentir todavía más nostálgica. No iba a volver a casa antes de tiempo por nada ni por nadie. De eso estaba segura.  —No pasa nada, Lele—me dijo Anne—Seguro mañana a primera hora sabes de él.  Mi amiga tenía un punto, además de que al día siguiente teníamos clase juntos. Eso me recordó que debía terminar de escribir el proyecto que compartía con Nina, pues era mi turno de hacerlo. Apuré a Anne a terminar el desayuno, para después llegar a casa y encerrarme en la habitación. Un poco de música de Broadway, escuchando mi musical favorito, “Sound of Music”, me permitió abstraerme lo suficiente para terminar el trabajo pendiente. Para cuando terminé de escribirlo, ya era la hora de comida. No tenía hambre, pero me obligué a mover las piernas para bajar a la cocina.  —Buen día, señor Ollivier.  —Buen día, Celeste. ¿Qué tal te ha tratado Nueva York?  Sonreí muy a mi pesar, pensando en todo lo bueno que había disfrutado con Nina, Adam y el resto de nuestros amigos. A pesar de tener el corazón oprimido, no podía dejar de valorar lo bueno que me habían dado.  —Mejor que la Ciudad de México.  Me dedicó una mirada divertida.  —Eso me alegra.  —Gracias por tenerme en su casa, señor Ollivier.  —Yo soy el que debería agradecerte a ti—dijo con seriedad—No sé que le has hecho a mi Anne, pero ha estado saliendo poco a poco de su caparazón  —Es una buena amiga…—susurré sin saber que decir.  —Padre, si estás hablando mal de mi te juro que voy a explotar. —Te he malacostumbrado demasiado.  Anne miró a sus padre con alegría, para después sentarse a comer. Yo sentía el estómago revuelto, pues cuando no estaba ocupada, mi mente se iba directo a Adam Harris; así que me preparé simplemente un sandwich de mantequilla de maní y mermelada, una de las adicciones que me había dado Estados Unidos.  —Toda una yankee, por lo que veo—dijo el señor Ollivier.  —Es lo que debo hacer a falta de empanadas.  Los tres sonreímos y me subí a mi ático, donde volví a centrarme a los estudios. Me recordé que a eso había venido y tenía que cumplir con lo que estaba haciendo, pues la beca era generosa y para eso me pagaban. Terminé alrededor de la media noche y estaba tan cansada de estar sentada, que simplemente me dejé caer en la cama y me fui a dormir. Igual que la noche anterior, dormí muy poco. Fue por eso que estaba en Juilliard desde antes de que abrieran la escuela, con un té n***o cargado en el termo y la mejor cara que pude poner dada mi situación. Nina entró corriendo a la sala de aula, se veía que estaba algo angustiada.  —¿Nina? ¿Qué pasa?  —No quiero agobiarte, Lele.  —Eres mi amiga y nunca me agobiarías.  —Dormí con William el fin de semana—soltó. Ni siquiera me inmuté.  —¿Eso que tiene de raro? Son buenos amigos, ¿no?  —No me entiendes, Santillan—bajó la voz pues nos encontrábamos en la biblioteca—¡He follado con él!  Claro, ahora todo tenía sentido.  —¿Oh, oh…?  —¡Esto es el fin de nuestra relación!—musitó con los ojos llorosos.  —¿Qué hicieron? —Follar.  —Hay algo más—le dije—¿Se cuidaron?—me llevé las manos al pecho—¿Estás embarazada, Nina? —¡Claro que no!  —Entonces, ¿cuál es el problema?  —Le dije que lo amo, se levantó de la cama y se fue.  Vaya. Con razón Adam me había advertido que tuviera cuidado con William. Esperaba que Michael no fuera igual, porque me sentiría culpable si Anne sufría. Centré toda mi atención en Nina y pude ver como se esforzaba por no ponerse a llorar. La tomé de ambas manos y la acerqué a mi. La morena me abrazó y soltó algunas lágrimas.  —Soy una estúpida. Debo dejar de amar a William, pero es imposible.  —El corazón no es un títere al que puedas controlar para decirle cuando dejar de amar a alguien.  —Debería, cuando te han hecho tanto daño.  —¿Puedo ayudarte en algo?  Ella negó con la cabeza.  —Gracias por escucharme, Lele.  —Para eso somos las amigas.  Nos quedamos un rato en silencio, hasta que el profesor llegó e inició la clase. Adam Harris no se presentó, cosa que no me sorprendió.  —¿Y Adam?—me preguntó Nina.  —No lo sé… —Hay algo más—me dijo—¿Te hizo algo? —Quedamos de vernos el sábado y no se presentó.  —Eso es raro. Conozco a mi amigo y sé que no haría eso.  Simplemente me encogí de hombros, a lo que Nina me miró con preocupación para después ponerse a teclear con ansía en el teléfono. Entregué el trabajo y la clase transcurrió con normalidad, aunque yo sentía como el asiento vacío a mi lado se notaba más que de costumbre. Cuando salimos, mi amiga se despidió alegando que debía entregarle a Alex unas cosas del restaurante. No sabía qué estaba pasando, pero preferí no averiguar. No tenía muchos ánimos de hacerlo.  Iba con rumbo a la sala de ensayos cuando el teléfono sonó con una llamada que no quería contestar aunque llevaba mucho tiempo esperando. Mi madre.  —“Mamá…” —“¿Qué son esos modos de no hablar con tu madre a menos que ella te hable?” Sabía que estaba bromeando, pero no pude evitar sentirlo como un reproche.  —“Disculpa, he estado muy ocupada”.  —“Consiguiendo un novio, espero”. —“No he venido a eso”.  —“Es hora de que dejes el pasado atrás, Celeste”.  Me mordí el labio, estaba bastante asustada por lo que me iba a decir después. Si una persona era inflexible, sobre todo cuando tenía una idea montada en la cabeza, y desde que se destapó todo lo de mi trabajo recibiendo dinero por sexo se había metido eso mente que lo mejor para mi era conseguirme un novio formal para que todo eso se me borrara de la vida. Como si un hombre fuera una varita mágica para cambiar el pasado de una mujer y hacerla buena para la sociedad que la juzgaba.  —“No tengo tiempo para eso”. —“Antes tenías mucho tiempo para los varones”.  —“Madre, no voy a hablar de eso contigo. Ahora voy a clase. Te llamaré después”. Sin darle derecho a replica, colgué. Dejé caer el teléfono dentro del bolso y caminé presurosamente hasta un rincón donde nadie pudiera verme. Sollocé, sacando todo el coraje que estaba sintiendo. —¡ODIO ESTO!—grité. —¿Lele?  La voz de William me sorprendió. No sabía que estaba haciendo en la escuela.  —Hola, William.  —¿Estás bien? Estás llorando.  Estaba sumamente avergonzada y escondí la cara.  —No, no es cierto.  —No le diré a nadie.  —De verdad, no pasa nada.  —Es por Addie, ¿no?  Alcé el rostro al escuchar aquel nombre, sin importarme que dos gruesos lagrimones se quedaran atorados en mis mejillas.  —¿Sabes dónde está? —No. He estado intentando llamarlo desde ayer y no sé nada. Ya me estoy preocupando.  Palidecí. Si su mejor amigo no sabía de él, ¿quién podría? No pude evitar pensar que a lo mejor Dalilah Jones podría saber algo antes que todos nosotros.  —Lele, mi madre ha llamado a su madre pero no tiene línea. Eso pasa cuando tiene problemas de dinero. Seguro están fuera por eso.  Eso era nuevo. Me sentí culpable al pensar que no había preguntado mucho de la vida económica de Adam Harris. Yo estaba sola, pero Adam tenía que cuidar de su madre. Ahora estaba aún más mortificada por él.  —Gracias William…seguro es eso.  —Tienes algo más.  —¿Qué haces aquí?—contraataqué.  Eso fue suficiente para que se pusiera nerviosa y olvidaba lo que me estaba pasando a mi. Vitoreé para mis adentros a mi personalidad tan oportuna.  —Busco a Nina. ¿Está por aquí? Me sentía sumamente protectora con mi amiga, después de la forma en la que la vi llorar.  —No está, se fue hace un rato.  —¿Sabes a dónde?  —No sé si debería decirte.  William se pasó las manos por el largo cabello. Se notaba que, al igual que yo, no había dormido mucho.  —Mira, hice una estupidez. No tengo ni una idea de lo que te haya dicho ella, pero te prometo que quiero aclarar las cosas.  Dude, pero al final cedí. A mi me gustaría que Adam volviera y me buscara para aclarar las cosas, yo estaba dispuesta a ofrecerle mi ayuda.  —Se fue al restaurante de Alex —¡Gracias Lele!—William me abrazó y beso mi mejilla—¡Eres la mejor! Salió corriendo en dirección al Central Park, probablemente para buscar a Nina. No entendía que era lo que pasaba entre ellos, pero ambos sufrían cuando estaban separados. ¿Estaría Adam tan preocupado por mi como yo lo estaba por él? Mis pensamientos, otra vez, se estaban yendo a un lugar más oscuros. Para evitar eso, me subí a entrenar.  —Cada día mejoras más, Santillán.  La profesora Anne Vanderbilt me observaba con la mirada fija, pero yo no me inmuté. Yo no tenía permitido fallar, así como tampoco tuve permitido nunca llorar o compadecerme de mi misma. Mi madre me decía una y otra vez que yo debía caminar como si fuera la reina del mundo y que nadie debía ver algo más de mi que no fuera aquello. Me lo creí por tantos años, que ahora ya no sabía como dejar salir los demonios que se me aglomeraban en el alma.  —Descansa por hoy, Lele.  Para cuando mi clase terminó, Michael y Anne me estaban esperando. Me sorprendió verlos, pero las caras preocupadas me dijeron que estaban al pendiente de mi. Agradecí eso, aunque me sentí terriblemente invadida, no estaba para nada acostumbrada a que nadie estuviera tan al pendiente de lo que sentía.  —¡Hola chicos!—dije con mi mejor sonrisa.  —¡Hey Lele!—me sonrió Michael—¿quieres venir con nosotros a comer donde Alex? Asentí con la cabeza y tomé mi bolso para partir. Ambos me hicieron conversación todo el camino, cosa que hizo que mi mente se fuera cada vez más lejos de mi. En aquel lugar nos esperaban Margot, Nina y Alex que se apresuraron a saludarme.  —Tampoco sé nada de Adam—fue lo primero que me dijo Margot—pero ya se reportará. Así es él.  El problema es que yo no sabía que así era él, porque nadie me había informado. Me había apresurado a lo que sentía por él que hice caso omiso al hecho e que debíamos conocernos aún más. Me mordí el labio inferior. ¡Justo por eso era que prefería follar sin complicaciones! No sentiría esas permanentes ganas de llorar. Había pasado una semana y no teníamos noticias de Adam Harris. Dos veces estuve a punto de borrar su número de mi teléfono, pero decidí no hacerlo. Le estaba dando oportunidades porque no quería creer que él era como todos los demás. No había vuelto a hablar con mi madre, por más que mi padre y Camila me lo habían pedido. Los tres sabían que ese tema conmigo no se tocaba y yo podía ser tan inflexible como ella cuando quería. Pronto me mandaría un mensaje y actuaríamos como si nada, pero yo no quería ser la que diera el primer paso. Siempre era yo la que tenía que pedir perdón aunque la ofensa fuera para mi.  —“Ese carácter te va a dejar sola”. Otra vez, Camila me estaba regañando al teléfono. ¿Por qué las hermanas menores creen que tienen ese derecho? Yo me negaba a escuchar razones de ninguna clase. —“Pues entonces ve ahorrando para regalarme un gato”.  La dejé hablar un poco más hasta que vi la hora. Había quedado con Margot. Para variar, iba tarde. Ni siquiera una ciudad nueva podía quitarme esa pésima costumbre.  —“Millie, te hablo luego”.  —“Cellie, si no le hablas a mi madre me voy a enojar.”. —“Me das tanto miedo, Camila…” Con la risa de mi hermana en mente, me encaminé a la cafetería donde había quedado de verme con Margot. Cuando bajé del metro, ella ya se encontraba pidiendo algo.  —¡Lele!  Extendió las manos para saludarme, emocionada.  —¡Margot!  Se levantó de su asiento y me abrazó de manera afectuosa. Del grupo de amigos al que me habían incluido era, probablemente, con quien menos convivía, así que siempre me daba gusto pasar un rato con ella. Igor se debía sentir muy orgulloso ahora que estaba haciendo más amigos.  —¿Cómo te va?  —Bastante bien, pesado como todo debe ser en el posgrado.  —La vida adulta está dedicada a malmatar a la gente.  —Amén—suspiré.  Ambas pedimos algo de tomar y charlamos de cualquier cosa. Entusiasmada, me comenzó a contar acerca de su trabajo y los nuevos pacientes que llegaban. Tenía un gusto especial por los niños, por lo que era enfermera de niños. Me daba alegría que existieran personas como ella en el mundo. En pocos minutos estaba riendo a carcajadas con las travesuras que hacían los niños en los hospitales para no tomarse los medicamentos.  —Lele, escucha. También quería decirte algo… Me tensé, preocupada.  —¿Qué pasa?  —Anoche escuché a mi hermana hablar con Adam por teléfono. No supe mucho de lo que hablaron pero sé que está fuera de la ciudad.  Sentí como todo el aire dejaba mis pulmones. Adam se había comunicado con Dalilah Jones y no conmigo. Me dolió tanto que aún no tengo palabras para describirlo. Contuve las lágrimas, tratando de recomponerme.  —Lo siento. Sé que querías saber de él y notaba que estabas preocupada.  —De hecho, lo estaba—apreté los dientes—Gracias Margot. No te preocupes.  Le cambié el tema, no quería seguir hablando de Adam Harris. Aparentemente él había tomado su decisión así que yo debía seguir adelante. Se había ido por motivos que eran solos suyos y estaba dejando muy claro que no me incumbían. Respiré profundamente y pretendí que no pasaba nada. En la privacidad de encontrar tanta gente a mi alrededor pude darle rienda suelta a mis lágrimas. Ya me había calmado un poco cuando llegué a la casa. El señor Ollivier estaba saliendo, con un maletín en la mano.  —Tengo que irme a un viaje de negocios urgente. Te encargo a mi hija.  —¡Por supuesto señor Ollivier!  —¡Cuídate, Celeste!—me dedicó una mirada severa—Estás perdiendo peso.  Bajé la mirada a mi cuerpo, pero no dije nada. Solo alcé la mano en señal de despedida. Cuando entré a la sala de la casa, Anne me esperaba con una botella de ron en la mano.  —¿Noche de chicas?  —Creo que paso.  —¡Lele! Frustrada, sentí con vergüenza las lágrimas correr por mis mejillas. Anne depositó la botella en la mesa, para dar algunos pasos hacia mi.  —¿Qué te pasó? ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño?  —Entonces, ¿por qué lloras?  —Por Adam—reconocí molesta.  —¿Qué ha pasado? —Le ha dicho a Dalilah Jones donde está. Solo se ha comunicado con ella.  —No entiendo, Lele. Sabes que no los conozco tanto como tú.  Suspirando, me llevó a sentarnos en los mullidos sillones junto a la chimenea. Después de algo de presión, me hizo contarle a grandes rasgos lo que había entre Adam Harris y yo. —El amor no es para mí—concluí.  —No digas eso—me dijo—Es algo que llega cuando uno menos lo espera.  La miré con duda, pensando en las pocas cosas que sabía de ella. Ambas éramos muy cerradas y respetábamos la privacidad de la otra, siendo una de las muchas razones por las que nos llevábamos tan bien.  —No creo que ese sea mi caso—suspiré.  —Yo pensaba lo mismo.  —¿Y ya no?  —Mira…—tomó aire—mi vida amorosa ha sido algo complicada.  —No tienes que contarme.  —Yo conocí a un hombre llamado John Jackson. Era cuatro años mayor que yo y lo conocí cuando apenas iniciaba la preparatoria. Mi padre biológico había muerto y, aunque se desentendió de mi cuando era muy pequeña, eso me hacia pasar una mala época. Decidimos que nos casaríamos en secreto, lo que haríamos en una ciudad donde alguien menor de 21 años no necesitara el permiso de sus padres. Llevábamos juntos más de cuatro años y yo estaba a punto de iniciar la universidad.  —Me supongo que no le dijiste a nadie.  Anne asintió con la cabeza.  —John era todo lo que mis padres no querían para mi. Habían descubierto que él tenía una condena por p*******a en el estado y esa era su razón para casarnos e irnos de aquí.  —Oh…—no sabía que decir.  —A mi no me importaba. No les creía. Así que tomé un autobús hacia el estado vecino, donde lo esperaba en una pequeña capilla. Estuve esperándolo por más de diez horas en aquel lugar pero no llegó.  Recordé a Adam, pero sabía que él no podía estar metido en algo tan malo,  ¿o sí?  —¿Supiste por qué? —Secuestro a una niña de doce años y la violó.  No pude evitar contener un grito, tapándome la boca con almas manos.  —Viendo en perspectiva me alegró de que no haya llegado. Así no tuve que ser cómplice.  —¿Y cómo volviste a la ciudad? —Me tragué mi orgullo y le dije a mi padre que fuera por mi.  —¿Supiste de él de nuevo?  Anne asintió con la cabeza.  —Me convertí en abogada, lo perseguí y me encargué que esa cucaracha estuviera encerrada en la cárcel.  Una oleada de orgullo por ser su amiga me invadió y la abracé.  —Después de eso no volví a creer que un hombre valiera la pena, hasta que conocí a Michael Robinson.  —¿A Michael? ¿En serio? Mis ojos brillaron de emoción.  —Así es Lele. Eso te lo debo a ti. Michael y yo estamos dándonos una oportunidad. —¡Eso me hace muy feliz!  —Mi punto con todo esto era decir que puedes encontrar el amor de nuevo, Lele.  Negué con la cabeza.  —Ahora yo debo contarte algo.  —No. La amistad no funciona así.  —Como verás, no soy buena teniendo amigos.  —Tú puedes contarme lo que quieras, cuando quieras…y si no quieres no, por supuesto. Me tomé el trago de ron de un sorbo para infundirme valor.  —Cuando era adolescente hice la estupidez más grande del universo.  —¿Te rapaste? ¿Te tatuaste el nombre de algún ex? —Cobraba por sexo.  Para mi sorpresa, mi amiga morena se echó a reír a carcajadas. Vaya que mi dramatismo para ocultar mi secreto no había cobrado el impacto que yo esperaba.  —¡Es la verdad!  —¿En serio?  Parpadeó varias veces.  —Una amiga me propuso el negocio y pagaba bien.  —¡Es una locura! ¡Ojalá se me hubiera ocurrido a mí!  Me ruboricé y ella pudo ver como me encogía un poco.  —¿Qué pasa, Lele?—me tomó de la mano—Lamento haberte incomodado.  —No es eso, solo pensé que dirías algo más.  Parecía entender mis miedos.  —¿Pensaste que te juzgaría?  —Un poco, debo admitirlo.  —¡Claro que no, amiga!—se encogió de hombros—Ya sabes lo que dicen: “caras vemos, vida s****l no sabemos”. —Nadie dice eso, Brown.  —Pues yo lo digo, Santillán  Después de un ataque de risa logramos retomar nuestra conversación. —Eso me funcionaba mejor que el amor—suspiré con añoranza—Y me daba más satisfacciones que la ciencia. Al día siguiente, la resaca que tenía era monumental. Si por mi fuera, hubiera dormido todo el día, pero no tenía ropa limpia. En pijama, maldiciendo mentalmente por ser tan descuidada, bajé a desayunar. Para mi sorpresa, Anne estaba fresca como una lechuga.  —¿A dónde vas? —A conocer a la sobrina de Michael.  —¡Éxito!  —¿Y si muero? —Recojo tu cadáver.  Antes de irse, Anne me pintó el dedo medio. Me levanté de la mesa y me serví agua fría, junto a una aspNina, probablemente ese sería mi único desayuno.  —¡Por eso solo tomo tequila!  Quizá estaba loca, o le tenía resistencia a aquella bebida, pero yo podía jurar que lo único que podía tomar hasta morir y despertar como si nada era el tequila. Le di un rato a los medicamentos, recostada en el sillón, pero fue inútil. Mi estómago y mi cabeza seguían dando vueltas.  —Lavar ropa y luego desayunar.  Después de hablar en voz alta, lavé el vaso que había usado y me levanté para irme a la zona donde se lavaba la ropa, con mi cesta llena de prendas. Arrugué la nariz, recordando las épocas en las que mi madre tallaba las mallas de ballet. Ahora debía hacerlo yo. Decidí que metería todo en la lavadora porque no estaba de ánimos de hacerlo por mi misma. Coloqué la carga de ropa y después de programar el ciclo de lavado, tomé mi teléfono celular para perderme un rato en las r************* . Mi teléfono sonó. Era Adam Harris. No iba a contestarle, definitivamente no.  —Estúpido—murmuré enfurruñada.  A la segunda llamada, salí del lugar para dejarlo en mi habitación.  —A veces odio ser mujer.  Revisé mi teléfono viendo como Adam Harris seguía insistiendo.  Bajé corriendo a la habitación donde estaban las máquinas y vi con horror como se había llenado de agua y espuma. Todo ocurrió en unos pocos segundos, el piso estaba demasiado húmedo, trastabillé y antes de que pudiera darme cuenta de lo que había pasado, me impacté contra la ventana, cayendo de cabeza a las escaleras de incendio. A mi alrededor, el universo se puso totalmente n***o. 
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