—Lele…cuéntanos de México.
—¿Qué les gustaría saber?
—¿Es cierto que mataban personas por deporte?—soltó William.
—De verdad no saben nada—reí.
Negaron con la cabeza, riendo.
—Las clases de historia de este país no son muy bondadosas con sus vecinos.
—Entonces me encargaré de arreglar eso.
Comencé a contarles algunas cosas de mi infancia en México, procuraba exagerar gestos y recuerdos buenos para impresionar a mis compañeros. Adam reía mientras me escuchaba hablar. De esos temas pasamos a compartir historias de nuestras respectivas infancias. Todos nos encargábamos de contar las cosas más divertidas que recordábamos.
—¡Son las tres de la mañana!
Michael fue el primero que consultó el reloj.
—¡Vaya que hemos pasado una noche increíble!—sorprendentemente fue Anne la que dijo aquello.
—¿Quieren dormir aquí?—Alex sonrió de lado.
Anne y yo nos vimos dudando.
—¿Crees que a tu padre le moleste?—pregunté.
—Somos adultas, no creo que diga nada. Además mi padre se fue a realizar unos juicios a Nueva Jersey.
—Eso soluciona todo—dijo Nina—¿Los demás?
—Yo me quedó—anunció Margot—No planeo escuchar los regaños de Dalilah.
—Entonces todos nos quedamos.
Nina inspeccionó la habitación principal y después a nosotros.
—Creo que sería divertido que nos quedáramos todos aquí, de todos modos no hay más recámaras que la mía y la de Alex. Hermano, ¿puedes juntar todas las cobijas que tengamos? Yo iré a buscar algo para que las chicas usen como pijama. El gemelo asintió con la cabeza, saliendo de la sala, mientras que las chicas acompañamos a Nina a su habitación. Era un lugar bastante sencillo, solo una cama y una mesa de noche donde destacaba una fotografía de la madre de los gemelos con Nina. Se notaba que la extrañaban muchísimo.
—¿Qué le hiciste a Adam?
La pregunta de Margot me hizo quitar la vista de la fotografía.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque jamás lo había visto defender a nadie con tanto ahínco como tú.
—Supongo que porque no se metían en tantos problemas como yo.
Tanto Margot como Nina negaron con la cabeza.
—Eso es cierto, pero la forma en que te mira es diferente.
—Chicas no digan eso…es muy tarde para ponerme a pensar. Lo que pasó ya fue, mañana lidiaré con las rubias consecuencias de mis actos.
Las tres nos reímos a carcajadas. Finalmente, Nina nos prestó algo de ropa y pudimos ponernos cómodas. Cuando salimos a la sala de estar, los chicos habían acomodado las cobijas como habían podido.
—¿Dormiremos ya?
—La noche es joven.
Seguimos charlando por otro rato, aunque poco a poco fuimos cayendo víctimas del sueño. Los primeros fueron los gemelos, cosa que me dio mucha ternura, pues se quedaron dormidos enrollados frente a frente, casi en posición fetal. Adam se levantó a apagar la luz y cuando volvió, me atrajo a su pecho.
—Adam…
—Tengo frío, nena. No me gusta dormir en el piso.
—A mí tampoco.
—Si duermes conmigo es más sencillo.
Con una sonrisa en el rostro, me acurruqué en su pecho y me quedé profundamente dormida. Nunca se duerme mejor que después de haber bebido, fumado y tenido una buena cantidad de orgasmos. Eso lo comprobé aquella noche y lo seguiría comprobando a lo largo de mi estancia en Nueva York. Abrí los ojos para encontrarme con la mirada de Adam sobre mí, me abrazaba posesivamente y sonreía. Recordé nuestra conversación de la noche anterior y no pude evitar cerrar los ojos para esconderme en su pecho de nuevo. Quizá no sería mala idea tener una relación. Podría probar algo nuevo en este país.
—Sé que estás despierta—se burló.
—No estoy despierta antes de un té—murmuré en su pecho.
—Puedo ayudarte a despertar.
Compartíamos una cobija, así que no se notaba nada más que el hecho de que estábamos abrazados. Su mano comenzó a bajar hasta encontrar mi ropa interior. Los ronquidos de William me hicieron tomar su mano y quitarla de mis piernas.
—Están todos aquí.
—¡Lele!—murmuró juguetón, besando mi cuello—Le quitas lo divertido.
Muy a mi pesar, me separé de su lado para tomar mi teléfono móvil. Tenía un mensaje de mi hermana, cosa que no me sorprendía, pero nada más. Era bastante temprano, apenas habíamos dormido cuatro horas. Dudaba que nuestros amigos se levantaran en un rato más.
—¿Y si nos volvemos a dormir?—le hice un puchero a Adam enseñándole la hora.
—No creo poder conciliar el sueño de nuevo, nena.
Bufé, haciéndolo reír.
—Mejor busquemos desayuno, ¿te parece? Les dejamos una nota a lo demás.
Me levanté, conteniendo la risa cuando vi a mis amigos dormidos: Nina estaba encima de Alex, seguro se movieron en la noche, estirada como estrella; Margot había tomado el sillón y dormía hecha un ovillo. Alcé ambas cejas cuando ví que yo no era la única que durmió acompañada, Anne estaba bastante cómoda en los brazos de Michael Robinson.
—Parece que nuestros amigos hicieron click.
—Espero que si—le dije a Adam con una sonrisa.
En la recámara de Nina había dejado mi ropa, así que corrí a ella y cerré con llave, no por que Adam no entrara si no porque yo no tenía autocontrol cuando se trataba de él. Me cambié rápidamente, descartando mis medias negras que ahora me traían recuerdos agridulces.
—¡Tengo hambre, Lele!
Sonreí de lado y salí para encontrarme a Adam Harris de frente. Se había quitado la camisa, por lo que solo iba con una camiseta que le marcaba deliciosamente los músculos y sus pantalones de mezclilla.
—¡Ya estoy lista!
Se apresuró a escribir una nota para nuestros compañeros, diciéndoles que nos marcaran si querían algo en especial de desayunar. Salimos del edificio y Adam no perdió tiempo para tomarme de la mano, atrayéndome a él para besarme con pasión.
—Ahora sí. ¡Buenos días!
—Buenos días, tonto.
Estaba sonriendo como una boba enamorada. Negué con la cabeza, sobre todo para mi misma. Adam no me dijo nada, simplemente caminamos por el barrio.
—No me gusta que Nina y Alex vivan aquí.
Por su tono de voz, noté que estaba algo molesto consigo mismo. A pesar de que no era un hombre rico, se sentía incómodo cuando alguien tenía menos que él. Esa era una de las cosas que me habían empezado a enamorar de Adam.
—Quizá es la forma que encontraron de independizarse de su tío—asumí.
—No es un lugar seguro.
—Ya son niños grandes y pueden cuidarse.
Adam no dijo nada, pero me abrazó por los hombros. Me encantaba caminar a su lado porque, desde que nos conocimos, no había sido necesario llenar los silencios. Él me dejaba estar sola con mi turbulenta mente, sin querer saber todo lo que ocurría en ella. Finalmente, después de cruzar con una gran cantidad de borrachos latinos que decían obscenidades en español, encontramos un supermercado.
—¿Compraremos algo aquí?
El rubio frunció los labios, pensativo.
—Yo había pensando que lo mejor sería comprar comida ya hecha, pero tendremos que cocinar si no queda de otra.
—¿Cocinas, Harris?
—Es una de mis múltiples cualidades.
Armándome de valor, besé sus labios cosa que lo tomó por sorpresa porque yo casi nunca tomaba la iniciativa.
—Quiero conocer todas tus cualidades, Adam Harris.
Sonriendo, compramos algunos víveres para preparar el desayuno y nos regresamos al apartamento. La ciudad comenzaba a despertar ese sábado, y mis amigos también.
—Nina, quítate de encima. Está bien que así estábamos en el útero pero ya es suficiente.
Alex había empujado a su hermana, que ahora estaba de cara al piso de madera.
—A veces te odio.
Le extendí la mano para ayudarla a levantarse. Mi amiga me sonrió para luego examinarme de pies a cabeza.
—¿Por qué ya estás vestida?
—Adam moría de hambre y fuimos a buscar algo para el desayuno.
Nina aspiró el aroma de lo que el rubio cocinaba, haciendo que su sonrisa se ensanchara aún más.
—¡Son unos ángeles!—se giró y haciendo una especie de bocina con las manos gritó—¡Chicos hay desayuno!
El resto se levantó entre gemidos y quejas, pero se desperezaron pronto al sentir el aroma del desayuno. Con ayuda de nuestros amigos, servimos el desayuno y nos sentamos en la sala a comer. Margot comía como desesperada.
—¡Dios qué hambre!
—Nunca te pongas un cuadrito sin comer.
—¡Me pudiste decir eso antes, Alejandro!
—Para la próxima.
Todos nos miramos nerviosos.
—¡Ay relájense! Les prometo que la próxima fiesta a la que los lleve será normal.
—Justo eso me preocupa—William lo señaló con el tenedor—No tienes una concepción correcta de la normalidad.
Terminamos de desayunar y ayudamos a los gemelos a ordenar su apartamento. Después de eso, nos despedimos de ellos. Margot, Michael, William, Adam, Anne y yo caminamos hacia la estación de metro cercana a su casa, la misma en la que habíamos llegado y nos fuimos. Adam y sus amigos se bajaron en Brooklyn, despidiéndose de nosotras con alegría.
—¡Espero que sigas viniendo a nuestras reuniones, Anne!—Margot sonrió—Si Lele no quiere traerte, yo voy por tí.
—Gracias a todos chicos, la pasé muy bien.
Me sorprendí cuando Michael Robinson se acercó a ella con su teléfono móvil. Anne no tardó nada en anotarle su número de teléfono. Nos subimos de nuevo al vagón y la mirada de Adam me siguió hasta que nos perdimos en el túnel.
—Gracias por invitarme, Lele—me dijo Anne—Me la pasé muy bien.
Llegamos a la casa de Anne, su padre aún no estaba. Ella se fue a su habitación, mientras yo subía al ático. Quería dormir por al menos dos días, pero no podía hacerlo. Que triste es la vida de adultos. Conecté el teléfono móvil a la conexión eléctrica, revisándolo antes de volverme a acostar no pude evitar sonreír cuando ví que Alexei nos había etiquetado en una fotografía.
“AMIGOS”
Que curioso como una palabra puede hacernos sonreír por un día entero. Al siguiente lunes volví a la vida real. Anne se iba al trabajo con su padre, y yo iba tarde a clases. Tendríamos que presentar un proyecto con el profesor Cooper y lo había olvidado porque estaba bastante concentrada en la primera presentación que daría con la profesora Anne Vanderbilt.
—Demonios—maldije.
—¿Lele?—Nina levantó la vista de sus cuadernos—¿Estás bien?
—No tenemos ningún avance de proyecto Nina.
—Si tenemos—dijo lanzándome su cuaderno.
Abrí mucho los ojos, sorprendida, pues la morena había hecho todo el trabajo por las dos.
—¡Nina! ¡TE DEBO LA VIDA!
—Nah, después te toca a ti.
—Es un hecho.
Mi teléfono sonó, haciéndome saltar.
—“Lele…”
—“Lele, nena, no llegaré a clase porque tenemos que terminar unos asuntos en el acelerador”.
—“¿Quieres que le avise al profesor Cooper?”
—“Él ya sabe”.
Me separé un poco del teléfono, confundida.
—“¿Entonces?”
—“Solo quería que lo supieras, para que no te preocuparas”.
Sonreí de lado. Me estaba avisando a mí cuales serían sus planes del día.
—“Gracias, cariño.”
—“¿Quieres venir a comer al restaurante que está frente al laboratorio?”
—“Estaría bien”.
—“Te veo aquí cuando terminen tus clases”
Nos despedimos y guardé el teléfono viendo como Nina trataba de analizarme con la mirada.
—Harris está olvidando a Dalilah Jones contigo.
Aquellas palabras me mortificaron, aunque la morena no lo decía con mala intención. Me aterraba la idea de ser la mujer que usaban para superar a un gran amor. Yo quería que se enamoraran de mi, no ser un arma para el olvido. A lo mejor era mucho pedir, porque todos tenemos un pasado, pero no podía desprenderme de la expectativa.
—Espero que no—dije tajantemente—No le conviene.
Continué mi clase con la mente en Adam. Éramos dos amigos que comerían juntos y a mi me hacia bien tener amigos. Definitivamente era eso. Al final de la clase, me despedí de Nina con el pretexto de que necesitaba que la profesora Vanderbilt me revisara unos experimentos nuevos para mi examen final. De verdad tenía que abstraerme con otra cosa. Mi teléfono sonaba sin cesar para cuando terminó el pesado trabajo de aquel día que había amenizado con un poco de rock en español.
—“Te estoy esperando”.
Aventé la bata blanco en un asiento y me arreglé rápidamente, dejé que mi cabellera roja quedara suelta. Estaba segura que en Nueva York me empezaría a cansar de los moños de bailarina. Salí de la escuela y crucé el Central Park lo más rápido que pude. Adam me esperaba en la puerta del laboratorio.
—¿Por qué la premura?—dije sonriendo.
Adam me abrazó con fuerza, estuvimos unos minutos en silencio hasta que empezó a hacerme cosquillas. Solía odiarlas pero él me provocaba un efecto diferente.
—¡ADAM!
—Eso te pasa por hacerme esperar.
—No me has dicho a donde vamos.
—Es una sopresa, bonita.
Me tomó de la mano y entramos a un enorme edificio, después de que Adam saludó al guardia. Subimos en los elevadores hasta la última planta, la cual conducía unas escaleras que recorrimos para llegar al techo.
—Bienvenida al roof garden.
—Es impresionante.
—La mejor vista de Nueva York.
Sonreí de lado.
—¿Es esto una cita acaso?—pregunté burlona.
Para mi decepción, Adam negó con la cabeza. Nos quedamos callados por unos segundos, yo maldecía internamente a mi boca por decir las cosas antes de pensar. Quizá lo que Adam me dijo en el rave fue producto de las drogas.
—Hey…—Adam se dio cuenta que algo andaba mal.
—Hey—le respondí con una leve sonrisa.
—Quiero que sepas que cuando te invite a una cita será algo formal, donde vaya a recogerte a tu casa con flores, para que estemos tú y yo solos.
—Adam, no tienes que hacerlo. En verdad, yo solo pregunté sin pensar.
—La cosa es que yo quiero hacerlo. Hoy simplemente tenía ganas de verte.
Le sonreí, con una nueva ilusión en la mente.
—Lele, lo que te dije en aquel buque era cierto—me tomó del mentón haciendo que yo lo viera a los ojos—No era culpa del sexo…o de la hierba. Lo he estado pensando desde que desperté un día y sonreír al pensar en ti. No puedes ser solo sexo para mí. Quiero una relación contigo, pero sé que estás asustada e iremos paso a paso.
Asentí con la cabeza.
—Somos amigos, Harris. No me tengas miedo. Sé que soy difícil—tomé aire—pero también quiero intentar algo…diferente, contigo.
—Amigos—repitió con una sonrisa ladeada—solo por ahora…
Dejamos el tema porque nos asignaron un espacio en el roof Garden. Pedimos algo de comer y nos quedamos conversando acerca de las vistas que ofrecía Nueva York.
—Deberías ver esto cubierto de nieve, te sorprendería .
—La nieve es desconocida para mi, pero nada se compara a las playas de mi México.
—Pero no es lo mismo en el horizonte del mar que este océano de edificios—dijo burlón.
—Voy a llevarte para que te tragues tus palabras.
—¿Tienes planes de volver?
Alcé las cejas, sin saber de donde venía esa pregunta, pues desde que nos conocimos yo le dejé muy claro a Adam Harris que volvería a casa al concluir mi posgrado. Ese siempre había sido mi plan, y no dejaría que unos preciosos ojos color de cielo me convencieran de lo contrario. Asentí con la cabeza.
—Si vuelves me llevarás. He oído que con poco dinero se hacen unos viajes impresionantes.
¿Acaso escuché bien? Adam se estaba planteando ir a Rusia. ¿Sería capaz de cruzar un continente para verme de nuevo?
—¿En serio?
—Sería interesante.
—Un poco…sí.
Adam me tomó de la mano.
—Aún tenemos dos años para pensarlo, nena. No te preocupes ahora.
Se notaba que no entendía todavía ese pequeño detalle de mi personalidad. Iba a pensar y repensar las cosas 300 veces. Me dedicó una sonrisa antes de darle una mordida a su hamburguesa, lo que hizo que yo me concentrara en la mía. En poco tiempo, teníamos otro tema de conversación que ayudó a disminuir mi ansiedad. Junto a él yo podía olvidarme de muchas cosas, pues siempre podíamos saltar de una charla a otra. Lograba desviar los temas hasta quitarle importancia a las cosas duras, además de encontrar diversiones medio oscuras que me sacaban una carcajada. Terminamos de comer en poco menos de una hora.
—La mitad de la cuenta—le rogué.
—Yo te invité, porque quería verte.
—¡Harris no seas macho!
—Te prometo que no es por eso. Es más, la siguiente salida te toca pagar.
—¿Algo en mente?
—Te toca escoger.
Al final, lo llevé a un festival del Cine de Oro Mexicano que se organizaba en un cine de la Universidad de Nueva York. Pasamos una linda tarde, donde Adam me llevaba por su antigua escuela, mostrándome donde disfrutaba de los momentos con sus amigos.
—¡Deberías haber visto mis primeras congreso!—reía sonrojado—¡Eran una basura!
—Si me hubieras visto hablar en público a los cinco o seis años dirías lo mismo.
—La diferencia es que tu eras una niña y yo un hombre hecho y derecho.
—Aún soy una niña—me burlé.
—¡Claro que no!
Adam comenzó a perseguirme, reíamos a carcajadas en la explanada, hasta que los dos caímos al suelo en una maraña de extremidades.
—Cuidado nena.
—No pasa nada, cariño.
Me ayudó a levantarme, cuando nos encontramos con que Dalilah Jones estaba allí. Un hombre caminaba junto a ella, con expresión de molestia. Podía ver que ambos estaban discutiendo.
—¡Hola Dalilah!
—¡Hola Adam!—¿por qué su voz se hacía más chillona cuando hablaba con él—Hola Lele.
Alcé la mano en señal de saludo, para volverme a cruzar de brazos. Estaba enojada conmigo misma por sentir celos. Tenía que parar todo esto o comenzaría a creer que tenía algún derecho sobre Adam Harris.
—¿Qué hacen aquí?
—Hemos venido al festival de cine Mexica.
—Ah.
La expresión de Dalilah Jones venía cargada de tanto desprecio que estuve a punto de pegarle un bofetón. Si no levanté la mano, fue porque Adam tenía entrelazados sus dedos con los míos.
—¿Ustedes?
—He acompañado a la señorita Jones a unos trámites—dijo el chico—Mi nombre es Daniel Franklyn.
—Lele Santillan.
—Un gusto.
—Nosotros nos vamos—¿Adam estaba molesto? Demasiado para no ser el plato de segunda mesa—¡Nos vemos luego Dalia!
La chica no insistió, cosa que hizo que Adam y yo avanzáramos más rápido hasta salir de aquel lugar. Adam iba con los labios apretados sin decir nada, pero se negaba a soltarme. Fui yo la que se separó de él, decidida a encararlo.
—Adam, mira. Te he tomado cariño, pero no pienso ser la segunda opción de nadie. Me tomó mucho tiempo saber que debía elegirme a mí misma primero. Si tanto te molesta que nos vean juntos, volvamos a nuestro acuerdo, no pasa nada.
Adam parpadeó varias veces, sin entender de donde venía mi enorme discurso salido de la nada.
—Lele, no…
—No pasa nada—bajé la vista—Sin rencores, en serio. Somos amigos, ¿no?
—Nunca vas a ser mi segunda opción.
—Por favor, no me hagas sentir tonta. Si me tienes un poco de cariño, no lo hagas.
Caminé para separarme de él, pero me siguió. Me tomó de la muñeca y me hizo sentarme en una banca, junto a él.
—Dalilah me engañó con Daniel Franklyn—Me quedé en silencio por un momento. ¿Qué decía a eso? —Mi relación con Dalilah fue difícil y aún le tengo cariño. Pero no siento por ella lo mismo que siento por tí, Lele. Por favor—sus manos sostenían mi rostro—Créeme que tú no eres mi segunda opción. Ni siquiera la primera. Eres la única.
Sonreí un poco.
—Algún día, cuando no duela tanto te contaré todo lo que pasó entre Dalilah Jones y yo.
Tragué grueso, pensando también en todo lo que yo había vivido.
—Yo también tengo un pasado, Adam. Uno que no creo estar lista para contar nunca.
—A mi no me importa.
—Pero las cosas deben ser recíprocas
—No cuando se nota que duele tanto.
—Mi vida fue muy diferente antes de venir a Nueva York.
—No quiero saberlo—dijo con sinceridad—Yo solo quiero saber como hacerte feliz.
—Eso no es tan difícil—dije con un hilo de voz.
Seguimos caminando por la calles de Nueva York hasta llegar a casa de Anne. Habíamos quedado de ir a follar, pero yo ya no tenía ganas y él pareció darse cuenta de eso. Podía notar las miradas que me estaba dedicando, pero no quería verle el rostro. Me avergonzaba un poco lo que le había dicho, había demostrado celos y no me lo perdonaría. Lo que me había sorprendido era la forma en la que Adam actuó. Me sentía conmovida porque alguien me pudiera querer de esa manera, tan distinta a la que me habían enseñado a querer.
—Te prometo que te sorprenderé.
Besó mi frente y se fue a casa, dejándome con mis pensamientos. Estaba sumida en la melancolía cuando un mensaje me hizo sonreír como nunca aquella noche.
—Nena, tienes una semana para estar lista. Nuestra primera cita sería el próximo sábado.
Apreté mi cara contra la almohada para callar mis gritos de emoción. Toda la semana me preparé para aquel día, entrenando con una sonrisa diaria. No podía dejar de sentirme tan emocionada como los días de presentar mi primer artículo científico al público. Finalmente, el sábado llegó. Me encontraba lista para nuestra cita. Había comprado un vestido nuevo. Emocionada, veía a la ventana para esperar a Adam. Me perdí en el tiempo, viendo a la gente pasar por Nueva York, cuando alcé la vista eran las 8 p.m. ¡Qué extraño! Adam prometió pasar 7:30 y él era la persona más puntual que yo conocía. Seguí esperándolo hasta la media noche y nunca llegó. Mucho tiempo después descubriría el por qué.