Verdades a medias

2705 Palabras
—¿QUÉ LES PASA?¡ESTÁN HACIENDO UN MALDITO CIRCO! Para cuando me di cuenta quién estaba hablando, Dalilah había conseguido golpearme en el labio, haciendo que se formara un hematoma y yo comenzaba a sangrar. Había empuñado la mano para darle directamente en la nariz cuando sentí que me detuvieron. Margot tenía una mano en mi brazo y otro en el de su hermana, sentía sus uñas apretando con fuerza. Me separé violentamente de ella, saliendo de la cafetería. No tenía ánimos de hablar, además de que había escuchado a alguien decir que llamaría a la policía. Si Dalilah decía algo, yo no le había dejado ninguna marca, y no sabía dónde vivía.  Mi amiga, sin embargo, me siguió.  —Vas a ir a hablar con Adam ahora.  —¿Y eso por qué? —Porque ambos son unos inmaduros. Vas a decirle que no tiene nada que temer y que te debe una disculpa.  —No, gracias.  —¿Quieres que te arrastre del cabello? Porque te juro que puedo hacerlo.  —Margot, lamento el espectáculo con tu hermana, pero no te metas. —Dalilah no está bien de la cabeza—dijo resignada—por eso la estaba buscando. Pero ahora también me preocupas tú.  Me inspeccionaba de pies a cabeza y yo la miré con los ojos muy abiertos. ¿Acaso pensaba que estaba loca?  —Mira Margot…yo estoy bien—me giré frente a ella—Fue un momento de ira mal dirigido.  —Por qué esa ira iba a Adam. Ve a hablar con él.  —No hay nada de qué hablar.  —¿Por qué tienen que ser tan infantiles?  —Justo por eso es que no deberíamos estar juntos.  —Habla con él para que yo me encargue de que mi hermana no haga esto más grande.  Escuchando aquella amenaza, no tuve más remido que ir a buscar a Adam. No iba a perder mi beca por una estúpida pelea de pollas. ¡Es qué a mi quién carajo me mandaba a enamorarme de hombre con una vida complicada cuando yo no podía resolver la mía! —¿Se puede saber en dónde está ese imbécil?—le pregunté a Margot con los brazos cruzados.  —Pero qué agresividad. Cualquiera diría que eres un jaguar, aunque bajito y sin manchas.  Margot alzó las manos y yo me reí, respirando profundamente.  —¿Adam sigue con los demás?  —Entró con cara de perro arrepentido como media hora después de que se salieron del restaurante. Estaba preguntando por ti, pero nadie supo decirle nada. Incluso le preguntó a tus amigos.  ¡Oh demonios! Quizá había dejado que mi coraje se llevara lo mejor de mí. Me sentí un poco mal, así que me mordí los dedos con nerviosismo.  —¿Y después de eso? —Wick lo convenció de que no te buscara, que dejara que ambos se tranquilaran y Anne estuvo de acuerdo.  ¡Bendita sea Anne Brown! Le pondría un altar en cualquier momento. Si Adam me hubiese encontrado o, peor, hubiese visto mi pelea con Dalilah, solo Dios sabe cómo hubiera terminado todo.  —¿Entonces? ¿Están todavía en Central Park?—murmuré con algo de culpa, quizá podría alcanzarlo y resolver todo esto con una copa de vino como la primera vez que hablamos.  Margot negó con la cabeza.  —Alex tenía que cerrar para que hicieran las modificaciones que tus amigos necesitaban para su negocio.  Con todo lo que había pasado olvidé que les urgía negar aquel negocio. Después de todo, esa era la razón por la que los había llevado al restaurante en primer lugar.  —Está en el apartamento de Wick—me dijo Margot—Anne y Michael dijeron que te buscarían en el Brownstone y yo venía por mi hermana—se encogió de hombros—No pensé que te encontraría aquí.  —Yo…simplemente tomé el metro y dejé que me llevara al primer lugar posible.  —¡Adam y tú son igual de cabezones, testarudos y berrinchudos!  —¡Oye! —Lo siento, pero alguien tenía que decírtelo.  No tuve que pensarlo mucho para darle la razón.  —Creo que tienes razón.  —Ve y díselo a él.  Le di un beso en la mejilla. —Gracias Margot, y…—enrojecí—perdón por lo de Dalilah, pero ella sabe como hacerme enojar.  —No tienes que pedir disculpas, hiciste lo que yo siempre he querido hacerle—sonrió de lado—perdón por amenazarte.  —Lo necesitaba.  —Ahora ve por tu novio antes de que William lo conservé en alcohol como los fósiles de museos.  Le lancé un beso y tomé el metro de regreso. Sabía que William vivía en Brooklyn, relativamente cerca de Adam, en un ático montado de mala manera encima de la casa de sus padres. En algún momento me había explicado como llegar, pues quería que le diera clases a sus hermanas, pero lo convencí de que yo no era maestra y que mejor las metería a una escuela profesional. Después de cuarenta largos minutos en los que arranqué todos y cada uno de los pedacitos de piel de mis dedos de las manos y respiré profundamente para no vomitar llegué a Brooklyn.  —Hey—gritó una voz desconocida—Ven con nosotros, preciosa, te la pasarás bien.  Eran un grupo de hombres, más o menos de mi edad. No supe que decir, así que farfullé en español, abrazándome a mi misma. Para mi terror, comenzaron a reírse.  —¡Vaya, una latina!—exclamó uno de ellos—¡Nunca había visto una pelirroja! ¡Seguro es mejor que las demás en la cama! ¡De por si son fogosas! ¡Ahora imagínate una con esa figura!  Apuré el paso, sin dejar que las lágrimas de rabia salieran por mis mejillas. Me reprendía a mi misma por hablar en español, aunque no debía ser mi culpa. Desde el primer momento en que llegué a Estados Unidos, había hecho uso de mis años de estudio y de mi físico para que no me afectara la discriminación de la misma forma que a los demás, pero lo cierto era que no podía evitarlo. Era mexicana, estaba orgullosa de serlo, y no quería dejarlo de lado. Solté una maldición a aquellos hombres, armándome de valentía al entrar a una calle concurrida. Esperaba que esos hombres solamente estuviesen de paso en Brooklyn y no volver a verlos jamás. —¡Cuando quieras puedes volver y follamos entre todos, latina!—gritó uno de ellos—¡Antes de que te devolvamos a tu país!  Caminé por las calles que se habían vuelto tan conocidas para mí hasta que encontré la casa. Era el número 41. Mortificada, descubrí que no tenía forma de tocar solo al apartamento de William, así que busqué una excusa rápida mientras abrían la puerta.  —¿Hola? Supuse que era la madre de William, pues se parecían demasiado. Aunque era algo mayor, en su momento había sido una mujer muy hermosa.  —Disculpe…busco a William Orson Robinson o a Adam Harris.  —¡MEXICANITA!—una de las hermanas de William salió desde atrás de su madre, abrazándome con fuerza.  —Hola pequeña.  —¿Cómo se conocen?—preguntó la señora Robinson, recelosa.  —Es la novia de Addie, mami. La conocimos en el trabajo de Wick—dijo la niña y luego bajó la voz como contando secreto—viene de México, mi hermano dice que sabe pelear contra los jaguares con cosas químicas y hace magia.  Yo iba a golpear a William. Definitivamente. Para mi vergüenza mayor, la mujer soltó una carcajada y se hizo a un lado para dejarme pasar. —Entonces eres la amiga nueva de la que tanto hablan. ¡Ya verán esos dos asquerosos que no te habían traído!  —Gracias…—respondí ruborizada.  —Están arriba, en el apartamento—me palmeó la mejilla con cariño—¡Siéntete como en tu casa, bonita!  —¿Bajarás a jugar con nosotras?—preguntó la niña.  Asentí con la cabeza y subí las escaleras lo más rápido posible. Se escuchaba “Queen” arriba y las voces de los dos chicos que cuchicheaban. Negué con la cabeza, pensando que los hombres eran peor que mujeres cuando se trataba de un chisme.  —¡No puedo creer que Lele se comporte así!—exclamó una voz. La voz de William me sorprendió y me llevé las manos al corazón. ¿De qué estarían hablando y por qué era de mi?  —Es solo una cría malcriada—Adam habló y yo contuve el aliento—No sabe enfrentarse a las cosas.  —Tu tampoco eres muy bueno con eso, idiota—dijo su amigo con diversión. ¡Gracias William! Avancé conteniendo el aliento, queriendo escuchar más. —Además, se la pasa coqueteando con esos dos.  —Son sus amigos. Sabes cómo son las mujeres. Deja de ser tan territorial.  ¿Quién diría que el mujeriego Robinson podía ser la voz de la razón aunque fuese un poco? —Lele debería aprender que en Estados Unidos las cosas no funcionan así. Que aquí los hombres pueden tener dobles intenciones.  —Ella no es ni una princesa, ni una mujer inocente y lo sabes.  Se escuchaba el sonido de las botellas de cerveza chocando. Quizá los dos estuviesen borrachos, pero eso no significaba que doliera menos lo que hablaban de mí.  —¡YA SÉ QUE NO ES INOCENTE! ¡DALILAH LO DEJÓ MUY CLARO!  —¿Leíste la nota?—preguntó William con preocupación. —¡Por supuesto que sí! ¿Qué otra cosa esperabas que hiciera? Me sentía traicionada, me mordí el labio con fuerza, sintiendo el arañazo de Dalilah.  —¿Qué carajo te pasa?—espetó William—¡Eso solo lo haría un jodido sociopata! —Sabes que no soporto no saber, Wick.  —No tienes derecho a juzgarla.  —Me hubiera gustado que ella misma me dijera todas las cosas que leí—mencionó—Se calló bastantes cuando hablamos. —Entiendo sus razones para no hacerlo. Eres un estúpido.  —Gracias por ser mi mejor amigo, ¿eh?  —No entiendo como vas a arreglar todo esto, si solo te estás quejando.  —¡Quiero que Lele deje de ser cómo es y venga a arreglarlo ella! ¡Qué deje de ser coqueta y podamos concentrarnos solo en nuestra relación!  No puede más y cruce la puerta.  —¿Entonces eso es lo que en verdad esperas de mi?—dije—¿Qué tarde o temprano vuelva ser la puta de México? ¿Por eso no puedes confiar en mi palabra?  Adam me vio con los ojos desorbitados, pero no le di tiempo de decirme nada. Salí corriendo con dirección al brownstone. La herida que me había provocado Dalilah en el labio ardía cuando las lágrimas caían por todo mi rostro.  —¡Nena, espera!  —¡Jódete, Adam!  Tomé el primer taxi que encontré, dando la dirección de la casa del señor Ollivier entre sollozos. No quería escucharlo, no cuando sabía que había leído todo aquello. Yo también lo había hecho, en su momento, pero lo volví a leer después de los Hamptons y eso fue revivirlo todo.  —La mejor puta de todo México. —Una chiquilla que si sabe moverse en la cama.  —Disfrutarás como nadie.  Lo peor eran los comentarios que había debajo de la publicación de Daniel. Sentía demasiada culpa, pero también asco al ver cómo me evaluaban como si fuera un pedazo de carne. Por supuesto que Paola tenía sus propios comentarios, pero esos no los leí. Me preguntaba si mi amiga pasaría lo mismo que yo. Odiaba no tener forma de buscarla, pues sabía que ella era la única que me comprendería en este momento. Temblando, le pagué al conductor y abrí la puerta de la casa.  —¡Lele! ¿Estás bien?  Como si no pudiera tener peor suerte, el señor Ollivier estaba frente a mi. Ni siquiera sabía cuándo había llegado de su último viaje de negocios.  —Todo bien, señor. Muchas gracias.  —Tienes el labio roto.  —Me caí saliendo del laboratorio—mentí con rapidez—Tiraron unos reactivos y no han limpiado muy bien el suelo. —Debes tener cuidado—me reprendió—No queremos otro accidente.  Sonreí débilmente.  —Tiene razón. Me iré a curar y descansar.  —Haces bien, Lele. ¿Has visto a mi hija? Me dijo que ella y Michael tenían algo que hablar conmigo.  Joder. ¿Y si Anne se iba con Michael? Yo no quería nada con Adam, entonces iba a hacerla quedar en medio de todo este embrollo.  —Creo que estaban en Central Park—susurré—No deben tardar.  Sin escuchar qué me agradecía, subí hasta el ático, cerrando la puerta con llave. Desde que nos hicimos amigas, Anne entraba y salía cuando quisiera, pero ahora no quería hablar con nadie. Me desnudé, dejando la ropa tirada en cualquier lado y me di  un baño. No podía dejar de pensar en lo que había dicho Adam y en lo que había leído. Mientras dejaba el agua correr por encima de mi cuerpo pensaba que Dalilah y todos esos comentarios tenían razón. Yo no era más que una prostituta, una que no lo hacia por obligación, pero lo era. Y eso no se me iba a quitar, sin importar a dónde fuera o lo que hiciera. Al final, ni siquiera llegar a ser la primera mujer con un laboratorio propio en México me sirvió de nada, pues sí buscaban mi nombre en internet lo primero que aparecía era aquello. Cuando no pude soportar más el agua caliente, salí del baño. Antes de envolverme con la toalla pude verme en el espejo de tiempo completo. Adam se había encargado que recordara que me había follado, aprovechándose de mi piel pálida para dejar su marca en todos lados. Además, en mi labio se notaba la pelea con Dalilah, una que yo había empezado.  —Eres una mierda, Lele—dije con rabia. Sin siquiera vestirme, me tumbé en la cama, dejando que los últimos rayos del sol me secarán el cabello. Estaba tan cansada y tenía tanta hambre que sentía que colapsaría si intentaba dar un paso. Sollocé un poco, sacando en ese sonido todo el dolor que sentía. Maldije en ruso, recordándome una y otra vez porque no debía de enamorarme nunca más después de Fyodor. Ningún hombre iba a confiar en mi una vez que conociera mi pasado. Todo por haber sido una adolescente que intentaba ayudar a su familia de la manera más divertida posible. Ni siquiera podía culpara a Anya, pues ella no me había obligado.  —¿Lele?—la voz de Anne me sobresaltó—¿Estás allí? No contesté, esperando que pensara que había salido.  —Mi padre me dijo que te vio y que te has lastimado.  ¡Maldita sea!  —Nina está conmigo.  —Estamos preocupadas por ti—la voz de mi amiga colombiana me hizo hacerme aún más pequeña en la cama.  —Estoy bien, muchachas—susurré—No pasa nada.  —Déjanos entrar, por favor.  —No quiero hablar con nadie. Prometo verlas después.  —No puedes estar sola.  —No soy una muñeca que se va a romper—dije—me puedo cuidar sola.  El hecho de que Anne sabía acerca de mi problema con la comida me ponía de nervios. Sentía las arcadas venir, pero me cubrí la boca con ambas manos hasta que escuché los pasos que indicaban que bajaban las escaleras. Podía sentir el ácido gástrico en la boca, el conocido sabor del vómito. Esperaba haber empujado a mis amigas lo suficientemente lejos para que no volvieran a buscarme en unos días. No quería tenerlas cerca ahora. Ni a ellas, ni a nadie. Me eché a llorar, de nuevo. ¿Por qué nunca iba a tener una relación normal? Estaba tan cansada del amor que ni siquiera pedía una historia de cuento de hadas. Solo quería ser capaz de hacer a alguien feliz y no podía hacerlo.
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