Ofrenda de Paz

5000 Palabras
Con la cabeza al cielo y los pies en el suelo me tocaba hacer todo de nuevo. Aunque se me fuese la vida en ello, iba a reencontrarme. Después de haberme pasado llorando la noche entera, decidí que era suficiente. Tenía mejores cosas de las que preocuparme estando en Nueva York de lo que hubiese hecho o dicho Adam Harris. Como el hecho de los hombres que había visto en el barrio de Brooklyn me perseguían. Estaba segura que no era un delirio, o algo así, porque me habían gritado las mismas cosas en repetidas ocasiones. Jamás dejaría de arrepentirme de que mi pequeña pelea con Camila hubiese llevado a eso. No podía negar que tenía miedo, pero afortunadamente la doctora Vanderbilt me había permitido quedarme a estudiar en su casa cuando se hacía demasiado tarde para volver; pues me negaba a cruzar Central Park sola una vez que había oscurecido.  —La biblioteca que tu madre tiene aquí es impresionante—murmuré, tomando el brazo de Adam.  —Es para tenerla controlada—había dicho Dylan rodando los ojos—Ni siquiera le importa lo que haga en su tiempo libre mientras esté en casa.  Carson Vanderbilt, padre de Dylan, era otra persona que no me gustaba, esperaba no tener que topármelo de nuevo. Parecía que aprobaba lo que esos malditos hombres de la calle me decían. Definitivamente, iba a alejarme de todos los hombres después de escuchar aquello. Adam había estado intentando llamarme, pero yo bloqueé su número. —¿No vas a comer algo, Santillán? —¡Se me hará tarde!—exclamé mientras Anne me dedicaba una mirada de preocupación.  Así como había estado evitando a Adam, también evitaba a mis amigas.  —Lele, te vas a hacer daño.  Negué con la cabeza y tomé una manzana y un cupcake que se encontraban sobre la mesa.  —¿Contenta? —No.  —Es que de verdad se me hará tarde.  —Celeste… —Te prometo que vendré temprano y cenaremos como reinas—pensé por unos segundos—podemos pedir pizza y abrir una botella de vino. Y le diré a Dylan que pase a dejarme algo de comer.  —De acuerdo—me señaló con el dedo indice—pero sabré si no lo haces.  —Si mamá—murmuré en ruso.  —No sé que dijiste, pero jódete por si acaso.  Otra cosa que me tenía preocupada era el hecho de que no me hablaba con Camila desde aquel día. Muy a mi pesar, mi hermana tenía razón, yo me había desquitado con ella.  No solía ser alguien que creía en la suerte, pero aquel día había sido tan malo que solo faltó que reviviera un dinosaurio y me meara. Lo único bueno había sido poner en su lugar a Dalilah Jones. Entré a mi nuevo recinto de paz, dejando mis cosas tiradas en cualquier lugar. Encendí las luces, conecté mi teléfono al aparato de sonido y permití que sonara cualquier cosa mientras me ponía la bata y los guantes para comenzar a trabajar.  —No es la gran cosa, Celeste.  No sé si decía eso por los hombres que parecían seguirme, o por la actitud del padre de Dylan o por Adam, pero el consuelo me servía para todos los casos. Tal vez me equivocaba y la ciencia no era parte de mí, pero yo era parte de ella. Giré con la cabeza en alto, sin un músculo fuera de su lugar.  Estaba concentrada en mi trabajo, sintiendo cada parte de mi cuerpo vibrar con el sonido, que no escuché que tocaban a la puerta. Fue hasta que el aporreo se hizo más fuerte que le presté atención. Frunciendo el entrecejo al ver que aún era temprano, bajé el volumen de la música y me acerqué a la puerta.  —¿Dylan?—pregunté sin alzar la vista—¿No crees que es un poco temprano para desayunar? Sabes que últimamente no tengo mucho apetito, además, acabo de terminar la primera reacción. —No soy Dylan, pero ¿puedo pasar, nena? Antes de que pudiera reaccionar y azotarle la puerta en las narices, Adam Harris estaba dentro del estudio.  —¿Qué haces aquí?—me tensé inmediatamente —¿Cómo supiste donde encontrarme?  —Dylan me dijo que estabas trabajando aquí.  Entrecerré los ojos, desconfiada. Sí era cierto, iba a patear el millonario trasero de Dylan Vanderbilt de Nueva York hasta Groenlandia por haberle dicho. —No te creo. ¿Me has estado siguiendo?—dije, con el corazón acelerado, pensando en los hombres de Broooklyn. —Puedes preguntarle, si quieres.  —Oh, claro que eso haré. ¿Podrías dejarme en paz? Tengo cosas que hacer.  Adam dejó el desayuno en la mesita donde estaba el aparato de sonido, cruzándose de brazos y sin dejar de mirarme. Furiosa, tomé el teléfono y marqué el contacto de Dylan, poniéndolo en altavoz.  —“Mexicana”—su voz sonó con alegría—“Estoy en clase de yoga, ¿por qué perturbas mi paz?” —“Le dijste a Adam que estaba en el estudio de tu madre.” El silencio tensó que se hizo del otro lado de la linea le dio la razón a Adam.  —“¿Por qué?” —“Te estás haciendo daño sin enfrentar tus problemas”.  —“¿Quién te crees para decidir por mi, Vanderbilt?” —“Hable con tu hermana y los dos pensamientos que…” Ahora sí iba a comenzar a asesinar gente. La red de narcotráfico se iba a quedar tonta a mi alrededor con el instinto ultraviolento que comenzaba a burbujear en el interior de mi estómago.  —“¿QUÉ HICISTE QUÉ?!”—grité al teléfono. —“No me mates a mi, mata a Harris mejor. Debo ir a alinear mis chacras, háblame luego.”  Colgué el teléfono, respirando varias veces para no estrellarlo contra los espejos que adornaban el estudio.  —Ves como si te decía la verdad.  —Tengo derecho a no creerte, ¿no crees? —Lo sé y lo siento.  Suspiré.  —¿Qué quieres, Adam? Realmente no tengo muchas ganas de hablar contigo.  Me giré, esperando que se fuera, abrazándome a mi misma. Pensaba que si le daba la espalda se cansaría y se iría. Estaba totalmente convencida de que lo mejor era poner toda la distancia posible entre nosotros, tanto física como emocionalmente. Para aumentar mi mortificación, Adam se dejó caer de rodillas frente a mí, llorando. Estaba pasando de enojarme a sentir vergüenza ajena en pocos segundos.  —Levántate, por favor—supliqué, esperando que Carson Vanderbilt no nos viera. —Soy un imbécil, nena.  Y sí, lo era, pero eso no quería decir que iba a permitir que se quedará de rodillas, como un penitente o que yo fuera tan insensible como para no conmoverme. Mis ojos se estaban llenando de lágrimas solo con verlo llorar. Tendí mi mano para levantarlo, pero él la tomó entre las suyas, llenándola de besos. Sintiéndome la mujer más débil y estúpida del mundo me dejé caer frente a él.  —Lele, mis inseguridades se han llevado lo mejor de mí…—comenzó. —Adam, no hagas esto, por favor—rogué—Las cosas han pasado por algo. Tal vez sea una lección pendiente de aprender. Negó con la cabeza, aferrándose a mis manos. —Me da miedo perderte. Me aterra no ser suficiente para ti.  —Entonces, ¿por qué te portas así?—no podía evitarlo, necesitaba una explicación—¿por qué me haces sentir como la peor mujer del mundo?  En ese momento ya no me importaba llorar. El cansancio acumulado de los últimos días me hacía sentir todavía peor. Perdí la cuenta de los atracones y, sin embargo, había perdido tres o cuatro kilogramos en la semana. La mano de Adam intentó acercarse a mis pómulos pero yo lo quité de un manotazo.  —No debiste haber dicho aquello—murmuró—Podíamos solucionarlo de otra manera.  —Mejor di la verdad—me crucé de brazos, alejándome de él. Ambos estábamos sentados en el piso, frente a frente—yo soy la que no debió escucharlo.  —Para nada, cariño. Estuvo mal lo que hice, sobre todo por haber buscado esa información a tus espaldas. —Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad—dije con sarcasmo. —¿Y yo qué era? —Un poco de ambos, un idiota quizá.  Bajó la mirada y yo me limpié las lágrimas con rabia. Nunca había odiado más que nunca que me vieran llorar.  —¿Por qué lo leíste?—negué con la cabeza, aferrándome a la poca cordura que me quedaba para no sonar vulnerable—Mejor explícame, ¿por qué no me dijiste que querías saber? Yo te di la oportunidad de que me preguntaras. —Quería…quería ayudarte.  Me crucé de brazos.  —¿Qué? Eso es estúpido, no te lo creo. Además, han pasado casi 10 años. No pueden hacerme nada.  Me estaba mintiendo a mí misma y lo sabía. Una de las razones por las que Paola se había ido y mi padre le había pagado a Daniel era porque las leyes de México podían castigar la prostitución aunque hubiera sido muchos años atrás. Amaba mi cultura, pero odiaba el retraso de sus leyes.  —Que hayan publicado esas cosas de ti cuando eras menor de edad es ilegal. Por lo que me contaste aquella noche no tenían derecho a hacerlo y son ellos los que podían ir presos. Le estuve preguntando a mi madre que se podía hacer en un caso así, no le dije que eras tú, por supuesto, pero tenía que hacer algo por ti. Ella…ella es abogada, ¿sabes?  Yo no sabía nada de eso. Siempre había creído que yo era la única culpable de practicar la prostitución, así lo dejaron muy claro Paola Durán y mis padres. Él solo hecho de pensar que durante tantos años Daniel me había manipulado con aquello sin ninguna razón hacia que se me revolviera el estómago.  —Yo…no lo sabía—tomé aire—pero eso no excusa las cosas que he escuchado. No tenías ningún motivo para decir que yo veía a Dylan o a Francis; sabes que me ha costado mucho supera —En eso tienes razón.  Pude sentir la derrota entre nosotros dos, no íbamos a tener gritos u otra pelea que terminara follando como en el parque. Ni siquiera intentábamos hablar de todo.  —Yo sé que tengo que arreglar muchas cosas conmigo mismo antes de poder ser digno de ti.  —Creo…creo que los dos, Adam. Tampoco soy mejor persona que tú.  —Eso no es cierto, nena. Tienes que dejar de verte así.  Otra vez estaba llorando, no sé si sentía pena, rabia o vergüenza, pero no podía evitarlo.  —La prueba la tienes en todo lo que has leído… —Nada de eso te hace una persona diferente.  —Eso no es lo que pensabas algunos días.  —Estaba enojado—suspiró—pero no contigo. Ambos llevamos cargando un peso en la espalda que no nos deja seguir adelante. No confió en tus amigos porque Daniel era amigo de Dalilah y pues…pasó lo que pasó.  No quería pensar en aquello, no quería pensar en nada. Solo quería desaparecer y olvidarme de todo esto.  —¿Cómo conseguiste que Dylan lograra decirte donde estaba? —Dejé que me pegara un puñetazo.  Solté un gemido parecido a una carcajada.  —No puedo creer que sean tan así. —¿Tan como?—me preguntó ladeando la cabeza.  —Tan imbéciles, tan hombres, tan americanos.  Tuvo la decencia de parecer avergonzado.  —Lamento lo que dije, de acuerdo…Wick se siente pésimo.  —Él no tiene nada que lamentar.  —Fuimos a su casa, no pensé que querrías hablar conmigo aquel día. Pensaba que lo mejor era dejar pasar mi enojo y buscarte a la mañana siguiente para que lo solucionáramos.  —No puedes arreglar todo con flores y sexo. —Eso lo sé. Sé que hice cometí muchos errores, pero te juro que las cosas van a ser diferentes desde ahora. Si tan solo me dieras la oportunidad… Lo detuve con las manos, haciendo que se callara. Sabía que las palabras que iba a decir me romperían en mil pedazos pero alguien tenían que hacerlo.  —Creo que funcionábamos mejor como amigos, Adam.  —No nena—su voz sonó tan rota como yo me sentía en el interior—amigos no, por favor. No puedo volver a eso ahora que te tuve a mi lado. Aprendí algo muy diferente contigo, Celeste, no me lo quites…te juro que seré mejor.  Me encogí de hombros. A mí igual me estaba matando decir esas palabras, aunque debía hacerlo entender. No sé en que demonios pensábamos cuando decidimos tener una relación, apenas y nos conocíamos y lo único que sabíamos era que nos gustaba el buen sexo, muy seguido.  —Así funcionábamos mejor… Adam pareció resignarse, aunque su mano aún se aferraba a la mía con desesperación. —Te voy a reconquistar, Lele. No sé como lo haré, pero cuando me vuelvas a ver seré un hombre mejor, uno que sea digno de ti.  —Adam, no lo hagas más difícil. Estuve pensando mucho y ya no quiero seguir con esto.  Me levanté del suelo, dirigiéndome a la pared, con ambas manos en la frente. Creo que no había hecho nada en el mundo que me doliera tanto como lo que le estaba diciendo a Adam. Estaba terminando con él, definitivamente. No me interesaban las relaciones, tal vez nunca estuviera lista para ellas.  —Nena, cariño…de verdad puedo hacerte ver las cosas más fáciles para nosotros, no tenemos que dejarlo así.  —Mira Adam, si lo que quieres es sexo, no tengo problema con ello. Ese había sido nuestro acuerdo al principio, ¿no? Tal vez no nos haría daño regresar a eso.  Sorprendiéndome, me tomó de las mejillas, haciéndome mirarlo a los ojos. Sus ojos azules que me habían enamorado desde la primera vez que lo vi, brillaban con más decisión que nunca.  —No me voy a rendir con nosotros. Volveré por ti, volveré tantas veces como sea necesario hasta que me creas. Hasta que creas que lo nuestro vale la pena, porque te amo Lele y un error de otros en el pasado no puede ser la causa de que perdamos nuestra oportunidad.  —Adam… —Te dejaré en paz, nena, hasta que arregles tus propios demonios. Mientras, yo me haré cargo de los míos.  Me besó en la nariz y en la frente, para después salir del estudio, dejándome sola. Caí al suelo, llorando inconsolablemente. No quería ensayar de nuevo, así que dejé que “Giselle” fuera la sinfonía de mi dolor. Claudiqué, sabiendo a quien necesitaba y marqué el teléfono. Si no fuera por las llamadas por internet, probablemente toda la beca que recibía se iría en llamar a casa.  —“¿Celeste?” —“Terminé con Adam, Mili. En definitiva”. —“Ay hermanita”. —“Te juro que esto del amor no se me da. Soy un completo fracaso”. Empecé a sollozar, mezclando todas las emociones en un mismo patrón descompuesto, como sentía mi alma en aquel momento. Le pedí perdón por lo que había pasado cuando discutimos, pero mi hermana me dijo que eso no tenía importancia. Sabía que ella no me iba a decir qué regresara a casa, podía aconsejarme para ayudarme a ser más fuerte estando aquí y aprendiendo a vivir. Estuvimos hablando por un largo rato hasta que me tranquilicé y le prometí que la mantendría informada de todo.  Adam fue fiel a su palabra y no volvió a buscarme. Pasaron tres largos meses en lo que, poco a poco, fue teniendo una vida más normal. Procuraba estar en el laboratorio todo el tiempo, pues a medida que el congreso se acercaba sentía que estaba mejorando más y más en el laboratorio. Al principio, todos los estudiantes y trabajadores hablaban a mis espaldas, criticando cada uno de los movimientos que hacia, por el hecho de ser latina, pensaban que les robaría un lugar que me había ganado por derecho propio. Ahora, si no me veían con respeto, al menos guardaban sus pensamientos para sí mismos. Finalmente, mi primer congreso dentro de la Universidad había comenzado. —Muero de nervios—dije, apretando los labios.  —No pasa nada—Dylan se relamía los labios viendo las copas de licor que desfilaban por el gran salón—Es solo un enorme grupo de estirados.  —¿No eres uno de ellos? —Gracias al cielo, no.  —¿Entonces? —Soy un playboy, millonario, filántropo, genio… —¿Cuándo me vas a presentar a tu novia? Eso hizo que mi amigo se callara, haciéndome alzar una ceja. —No puedo hacerlo todavía. Mi padre no la aprobará.  —Creí que no te importara lo que pensaba.  —No quiero que la lastime. Vir…Gina es alguien muy importante para mí.  Lo entendí, pues a mí me había costado mucho tener el valor suficiente para decirle a mis padres que estaba saliendo con alguien. Tanto, que no era capaz de contarles que habíamos terminado nuestra relación. Ya me las arreglaría cuando fuera la boda de Camila, que, por lo pronto, era la única que sabía.  —Te entiendo, Dylan.  —Pero te prometo presentartela pronto. Siempre y cuando me mantengas el secreto.  Nos tuvimos que despedir cuando las presentaciones comenzaron. Sería un día largo lleno de conferencias a donde solamente iban los científicos para enterarse de lo que hacían otros y para evitar que alguien se adelantara a sus ideas. La doctora Vanderbilt había dejado que yo me encargara de todo lo que estaba trabajando el laboratorio, así que tendría que dar la conferencia entera.  —La aspirante a doctora, Lele Santillán—me presentó con una media sonrisa.  Las cosas salieron bastante mejor de lo que yo esperaba. En algunas ocasiones mi acento salió a relucir; pero la conferencia era internacional así que nadie dijo nada, después de todo los Chinos hablaban pésimamente y el resto no se quejaba. En el mundo de los grandes científicos siempre eras visto como poca cosa, sin importar de dónde venías. Pude ver que Dylan tenía mucha razón cuando decía que la doctora Vanderbilt estaba controlada por su esposo, y yo quería quedarme con ella, apoyándola, aunque Dylan me arrastró a conocer a más personas. Me sentía como la cenicienta, disfrutando ese momento en el que podía ser el centro de atención, con Dylan como mi hada madrina. La fiesta no terminó hasta pasada la media noche, cuando los Vanderbilt insistieron en llevarme a casa.  —Eres una preciosidad—fue lo único que dijo Carson Vanderbilt en todo el viaje.  Me despedí con la mano hasta qué se fueron y entré a la casa. Dormí maravillosamente, soñando con escenarios nuevos, como cuando era niña.  Al día siguiente, Anne y yo hablamos decidido ir a festejar. Nos merecíamos una noche de chicas, sin nadie que nos interrumpiese. Aunque ella lo negara, yo podía ver como las cosas entre Michael y ella se volvían más serias; en algún punto mi amigo moreno vino a hablar con el señor Ollivier cuando ella no estaba, pidiéndole que la ayudara a convencer a su hija para que probara vivir con él.  —Eres imposible.  Anne me convenció de usar una minifalda, que iba acompañada de una hermosa blusa de color azul eléctrico. Yo no quería llamar la atención, pero ella me había pedido que me esforzara.  —¡Te ves divina!—dijo dando unas palmadas.  —No entiendo porque no podemos quedarnos aquí—me quejé.  —Llevas más de tres meses encerrada a cal y canto. De la casa a la de la doctora o a la Universidad—rodé los ojos—¿cómo vas a tener experiencias así? —He tenido muchas.  —Pero no en Nueva York—se mordió el interior de la mejilla—y yo también las necesito.  —¿A dónde iremos, Brown? —A un bar, tampoco te voy a llevar a una de las fiestas alocadas de Soho.  Hice un puchero falso que la hizo sonreír.  —Ya te juntas con uno de los hombres más famosos de esa zona. Si quieres ir, dile a él.  —No es mala idea.  —Conmigo irás a un bar, algo tranquilo, Santillán.  Reí, pensando en las extravagantes fiestas a las que Dylan me había invitado pero me había negado a ir. No le mentía cuando le decía que ese no era mi ambiente, a mí realmente me gustaba más la idea de Anne o quedarme en casa explotando todo el alcohol que pudiese comprar. Era un viernes en la noche, así que el bar estaba lleno.  —¿Cómo conociste este lugar?—cuestioné. Nos habían sentado en una mesa apartada, que mi amiga había tenido previsión de reservar. Estábamos en la zona universitaria de Nueva York, yo había venido una sola vez a este lugar y me encontraba algo perdida.  —Cuando estudiaba solían hacer ensayos de poesía aquí.  —Patético.  Ella alzó la copa vacía, que adornaba la mesa, para brindar conmigo.  —En efecto, pero es de los lugares donde venden los mejores Cosmpolitans.  —Espero que tengan buen tequila.  Así como yo era amante del tequila, mi amiga tenía una pasión por los cocteles que casi se asemejaba a lo que sentía por Michael Robinson. Una vez que nos sirvieron los tragos, comenzamos a charlar. Una de las cosas que yo más amaba de mi amistad con Anne era la capacidad que teníamos para hablar de cosas nuevas aunque nos viéramos todos los días. Éramos lo suficientemente apasionadas como para seguir cualquier tema en polos opuestos y pasar horas en ello. Nunca me cansaría de una amistad como la que teníamos.  —¿Ustedes qué hacen aquí?—exclamó Anne, molesta.  La abrupta interrupción de nuestra discusión acerca de las diferencias del socialismo y el comunismo me hizo alzar la cabeza. Palidecí al encontrarme de frente con Adam y Michael, que parecían estar buscando a alguien. ¿Y si Adam me estaba siguiendo como los otros hombres? No podía negar que los había visto, incluso mi amiga se había puesto algo nerviosa por las cosas que gritaban hacia mí. Anne fulminó con la mirada a Michael, quien vio a Adam de manera culpable, pero el rubio no hizo amago de disculparse, viéndolo con la mirada estricta. Se sentía tan incómodo como yo y eso me hizo notar que no quería estar en ese lugar.  —Fue tu idea, colega—se excuso el rubio.  —Queríamos saber qué tal iba la cita entre Margot y Wick—dijo Michael. —¿QUÉ?—exclamamos las dos al mismo tiempo—¿ESTÁN AQUÍ? Ahora entendía porque habían llegado, pues Adam señaló discretamente una mesa en el lado opuesto del local al que nos encontrábamos nosotras.  —No debieron haber venido—dije con desaprobación.  —¡Es lo mismo que le dije a Michael! —Acepta que eres tan chismoso como yo y querías saber qué iba a pasar entre ellos.  —No sabía que estaban aquí—se disculpó de nuevo, viéndome a los ojos.  Le dediqué una media sonrisa, pues no quería que se diera cuenta que había pensado que me acosaba. En mi defensa, tenía derecho de creer aquello.  —Váyanse—dijo Anne con un dedo amenazador—No tienen porque estar aquí.  —¿No nos dejaran quedarnos, vida mía?—Michael se había hincado para quedar frente a nosotros—Aunque sea un ratito… Anne negó con la cabeza, pero sabía que estaba cediendo ante la idea. Rodé los ojos, sabiendo que se había terminado nuestra noche de chicas. Estaba pensando como excusarme para irme en ese mismo momento cuando vi algo que me sorprendió todavía más.  —¿Quién es el chico con el que está Nina?  Adam y Michael se habían sentado junto a nosotros, como buenos hombres chismosos. Ahora los cuatro estábamos apretados en la misma pequeña mesa del bar. Michael había llamado al mesero, pidiendo dos cervezas para ellos. A cada movimiento que hacia sentía como el roce de Adam contra mi cuerpo. ¿Cómo era posible que estuviéramos todos en el mismo bar? —Se llama Louis, o algo así—Adam se encogió de hombros—Hace muchos años eran amigos en NYU.  —Es físico—completó Anne—Era de las personas que venían a los clubes de poseía del bar. Tiene sentido que la haya traído aquí.  Negué con la cabeza.  —¿No había otro lugar más común? —Aparentemente no—me dijo Anne viéndome con ojos de disculpa.  —Me debes una, Brown.  —Las que quieras, Santillán. Ahora nos veremos el chismesito completo.  —¿A qué te refieres?  Señaló al frente, donde pude ver como las miradas de Nina y Wick se encontraban. ¿No podía haber peor momento para todo esto? —Chicos—me sentía repentinamente nerviosa—¿y si mejor nos vamos? —Pero…esto se va a poner bueno. —No debemos entrometernos—concedió Adam—Es un grave error haber venido, Michael.  —Yo solo quería saber qué Margot estaba bien.  —Ya vimos que todo esta en orden. Ahora, ¿por qué no terminamos esta fiesta en otro bar?  Asentí fervientemente con la cabeza. Iba a levantarme e irme en ese mismo momento, con tal de no ver lo que iba a pasar, así fuera con Adam Harris. Para mi sorpresa, ambos asintieron con la cabeza y continuaron en lo suyo. —No me lo puedo creer—dijo Michael.  Mi teléfono sonó con un mensaje de texto.  —“Sé que están aquí”.  Los miré a todos con molestia.  —Nina ya nos vio. Su mensaje fue tan frío que estoy segura que nos dirá algo en cuanto tenga oportunidad.  —¿Qué hacemos? —Nosotras—señalé a Anne—vamos a ir a buscar otro bar, y ustedes van a irse a sus casitas o a donde quieran—les dije a los chicos.  —Pero Margot… —Estará bien.  Resignados, terminaron sus cervezas y después de una sesión de besos entre Anne y Michael que nos forzó a mirar a otro lado con Adam, conseguimos que se fueran.  —No se atrevan a irse sin mi.  Nina había pasado por nuestra mesa antes de ir al tocador. Había pagado su cuenta y se había despedido de su acompañante antes de volver a la mesa.  —¿Y Michael y Adam?—preguntó. —Logramos convencerlos de que se fueran.  —¿Margot? Señalamos la esa, donde Wick y Margot continuaban su conversación perdidos en su mundo. No sabía qué pensar respecto a aquello, mi amiga merecía ser feliz pero no estaba segura de que William fuera el hombre correcto para ella. Me recordé que no era nadie para juzgar, además de que Nina se veía contenta al despedirse de su acompañante.  —Entonces, ¿qué hacemos?—preguntó Nina.  —Vas a sentarte aquí y nos vas a contar todo.  —¿Por qué? Anne rió y tiró de ella hasta convencerla de que se sentara en la mesa con nosotras. Pusimos todas nuestras cosas en la silla que sobraba, permitiendo que pudiera descansar mis piernas encima de ellas. Nina pidió otro coctel, así que le seguí con un vodka en las rocas. No teníamos intención de emborracharnos completamente, pero queríamos tomar lo suficiente para que las lenguas comenzaran a destrabarse, haciéndonos sentir todavía más en confianza.  —Porque somos amigas—hice un puchero—y tiene mucho que no te veo… —¿Culpa de quién es? —Lo siento, me mantuvo ocupada la presentación para el Congreso. —¡Le fue increíble!—dijo Anne alzando la copa. —¿Solo eso te mantenía alejada?  Sabía que Nina estaba preocupada por mi, pues en la escuela evitaba encontrarla y contestaba sus mensajes con escuetos monosílabos porque sabía que si la veía le preguntaría por Adam. Ahora había comprobado que estaba bien, no nos dijimos nada inusual pero pude ver en sus ojos que seguía tan triste como yo.  —Sabes que no—negué con la cabeza—pero ahora vamos a hablar de ti.  Nina se encogió de hombros.  —Tomé tu consejo. Louis es un amigo de hace mucho tiempo, ha estado tratando de salir conmigo desde la universidad.  —¿Cómo se conocieron?  Quería saberlo todo, podía ver en su rostro que mi amiga se sentía realmente en paz con él, aunque su mirada se perdía de vez en cuanto en la mesa donde se encontraban Margot y William. También quería saber cómo había ido aquello, pero no iba a ser yo la que los interrumpiera.  —Compartimos clases, él es una buena persona… Por la forma tan vaga en la que hablaba supe que no era el momento de preguntarle. Ya me encargaría yo de sacarle toda la información necesaria. Nina no era usualmente cerrada, pero se sentía extraña en el bar.  —¿Y si terminamos la noche de chicas en casa? —Pero, Lele—rezongó Anne.  —¡A callar! Me la debes por no haber corrido a Michael y Adam al primer momento.  Nina rió, pero Anne suspiró resignada y pedimos la cuenta. Aún era temprano, así que decidimos irnos en metro. Sería la forma más fácil de llegar a casa sin gastar tanto. Ibamos tomadas del brazo, riendo y charlando, sintiendo como el alcohol comenzaba a subir por nuestros cuerpos, dejándonos las mejillas sonrosadas. Todo iba tan tranquilo hasta que Nina se detuvo en seco. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR