—¿Estás bien?
Elevo la mano, un dedo tembloroso mostrando algo entre las luces de la ciudad. Frente a nosotras había una persona colgada. Su cuerpo se balanceaba macabramente frente a la estación del metro.Las tres apresuramos el paso hasta la seguridad que proporcionaba la entrada del metro, sin saber qué decir. Habíamos visto un muerto, a pesar de estar en el accidente de mis hermanos, tenía la fortuna de no recordar nada. Era la primera vez que veía directamente un cadáver.
—Mi madre se suicidó cuando Alex y yo teníamos diez años—dijo rompiendo el silencio.
La tomé de la mano. Anne no supo qué decir, solo me miró con preocupación. Estábamos solas en unos de los vagones del tren, cosa que provocaba que su voz resonara fuerte y clara aún cuando lo decía todo en voz baja.
—Lo siento mucho, Nina.
Nina continuaba perdida en su mundo, viendo silenciosamente al techo del tren. Me estaba poniendo bastante nerviosa, pero no sabía que decirle. Continúe apretando su mano cuando noté que estaba temblando.
—Nina, yo…
—Ella cerró las puertas de la casa, el día antes de hacerlo—hablaba en susurros, como si estuviera diciendo algo prohibido—No supe dónde dejó las llaves hasta mucho tiempo después. Estaban encima de la alacena, en el puñetero bote de galletas. Había comida suficiente, la encontramos en la bañera y no supimos qué hacer. Alex trataba de despertarla cada mañana, pero yo ya me había resignado desde el momento en que la vi con los ojos abiertos. Vivíamos en un quinto piso y no podíamos saltar. No había vecinos en aquel lugar sucio y abandonado. Nos encontró la policía, cinco o seis días después…
No se podía decir nada a eso, ¿o sí? Era algo horrible de presencia, sobre todo para una niña de 10 años. Me imaginaba a mi amiga de niña, por las fotografías que tenía en su apartamento. A pesar de la adoración que Alex parecía sentir por su madre, sabía que ella sentía rabia.
—El tío Erik llegó al otro día. Enterró a mi madre sin un funeral, dijo que ya no había necesidad y nos trajo a los Estados Unidos de América.
El silencio se hizo presente entre nosotras hasta que llegamos a la estación más cercana a la casa. Bajamos del tren, caminando por el famoso parque neoyorquino, Nina temblaba de pies a cabeza, aferrándose a mí para seguir caminando.
—Hace frío—comentó aún perdida en su mente y sus recuerdos.
—Mejor llamemos a los chicos…—me susurró Anne—No creo que Nina o nosotras debamos estar solas.
Asentí con la cabeza, ayudando a Nina a sentarse en una de las banquetas. Escuché a lo lejos como Anne hablaba rápidamente por el teléfono, para después sentarse al otro lado de Nina, ambas la abrazamos y esperamos en Central Park. Menos de media hora después, Michael había llegado, acompañado de Alex y Adam. El Colombiano se arrodilló rápidamente frente a su gemela. Le murmuró algo al oído y ella simplemente asintió con la cabeza. Ni siquiera necesitaban palabras, algo en su idioma gemelo los hacia entenderse con solo gestos.
—Me llevaré a mi hermana a casa…—dijo Alex en un hilo de voz—Gracias, chicas, por todo…
Ambas asentimos con la cabeza, sorprendidas de ver al siempre hiperactivo Alex tan callado y ausente. Tomó a su hermana del brazo y prácticamente la empujó hasta que se perdieron en el parque. Mortificada, miré varias veces a la oscuridad.
—¿Deberíamos seguirlos?
—Creo que el único que puede ayudarla es él.
Anne no pudo reprimir un escalofrío, lo que hizo que Michael la abrazara.
—¿Qué paso, nena?
La voz de Adam me hizo girarme. Se veía tan cansado como yo, pero una arruga de preocupación sé hacia más pronunciada ahora que me estaba mirando.
—Vimos…a una persona colgada. Cerca de la entrada del metro.
Anne sollozó, el peso de lo que habíamos visto cayendo súbitamente sobre nosotras.
—Las acompañamos a casa.
Michael y Anne iban delante de nosotros, mientras que Adam y yo solo caminábamos en silencio, lado a lado, sin necesitar nada más que la presencia del otro. Quería mirarlo de nuevo, poder sentir sus brazos alrededor de mi cuerpo; tener la seguridad que tenía Anne en ese momento, pero no podía hacerlo con un momento de debilidad. En poco tiempo, llegamos al Brownstone. No tenía ganas de entrar, no quería sentirme encerrada; sí cerraba los ojos volvería a ver aquel cadáver balanceándose frente a mi. Estaba segura que había podido distinguir el color de sus ojos abiertos, la mandíbula desencajada y todo lo que conlleva la nada delicada figura de un ahorcado.
—Estaremos dentro—me dijo Michael al oído—le haré un té a Anne, ¿quieres uno?
Asentí con la cabeza.
—Me quedaré con ella—dijo Adam con firmeza.
No tuve fuerza para negarme. Dejaron la puerta abierta, encendiendo todas las luces en busca de tranquilidad. Me senté en las escalinatas de la casa, con Adam a mi lado. Su mano se posó sobre la mía, tratándome de hacer sentir algo mejor.
—Lamento que hayas visto eso, cariño.
Negué con la cabeza, no quería hablar de eso. Quería enterrarlo en lo más profundo de mi alma.
—Pobre Nina—susurré—su madre, todo lo que ha tenido que vivir…
—Ojalá pudiéramos hacer algo para ayudarla.
Si algo tenía que reconocerle a Adam era que siempre estaba pendiente de sus amigos, leal a ellos hasta el final.
—¿Cómo has estado?—pregunté, en parte porque quería saber y en parte para desviar la conversación.
—Bien, todo ha sido tranquilo—tomó aire—he visitado a mi madre; a las Jones; y Michael me ha recomendado un buen terapeuta. Un amigo suyo que ayuda a los veteranos de guerra.
Entrelacé sus dedos con los míos, viendo nuestras manos unidas.
—Eso me alegra.
—Te dije que iba a mejorar. Tengo mucho que hacer aún, pero quiero reconquistarte, Lele.
—Adam…
Rebuscó en su chaqueta y yo suspiré, recordando que yo tenía varias cosas de él en mi habitación, entre ellas otra chaqueta y una sudadera. No me animaba a devolvérselas porque seguían oliendo a él y me ayudaban a dormir mucho mejor cuando estaba envuelta en ellas. Para mi sorpresa, sacó un pequeño objeto que yo solo reconocía de las películas o libros americanos a los que pude echar mano en México.
—¿Qué es eso?
—Se llama atrapasueños, quería que lo tuvieras.
Jugueteé con el artefacto entre mis manos.
—¿Por qué?
Adam respiró profundo antes de seguir hablando.
—Mi madre le ayudó mucho tiempo a los Nativos americanos para que pelearan por sus derechos y ellos nos contaron su historia. Encontré este entre mis cosas y me recordó a ti.
—¿A mi?
Adam se encogió de hombros.
—Se supone que sirven para filtrar los sueños.
Lo miré con curiosidad.
—¿Y eso cómo funciona?
—Para el pueblo lakota, las pesadillas pasan a través de la red mientras que los sueños buenos quedan atrapados en los hilos y se deslizan por las plumas hasta la persona que está durmiendo debajo.
Esa era una idea muy bonita, que me hizo sonreír sin pensarlo.
—¿Pensaste en mi con esa historia?
—Siempre estoy pensando en ti—dijo Adam con un dejé de resignación que no supe si me halagaba o me dolía—pero me dio la idea de que tal vez, si funciona, podrías dejar atrás las pesadillas que te aquejan.
—Tu también necesitas el tuyo.
Por fin soltó una carcajada, no me había dado cuenta de cómo extrañaba ese sonido.
—Tengo varios, se los regalaban a mi madre todo el tiempo.
—Nunca los ví…
—Prometo mostrártelos. Incluso he llegado a restaurar algunos.
—Wow, no sabía que eras artista…
Asintió con la cabeza.
—Mi madre me ha enseñado a respetar y querer a todas las culturas por igual.
—Suena como una gran mujer.
—Quiero que la conozcas, en cuanto esté recuperada.
Me quedé en silencio, no quería decirle que si porque no quería comprometerme a nada. Seguía muy enojada y dolida con Adam, además de que no sabía cómo reparar esos tres meses separados. Adam rompió el silencio.
—También tengo otra cosa para ti.
Ladeé la cabeza, curiosa y me permití sonreír.
—¿Qué es?
—Algo que puede ayudarte con el pasado.
—¿Otro tótem de sus tribus?
Negó con la cabeza, entregándome una pequeña tarjeta de presentación. Cuando la leí, sentí cómo se me erizaban todos los vellos del cuerpo.
“Paola Duran-Tatch. Centro de Ingeniería Avanzada. Space X. Hawthorne, California.”
Apreté la mano de Adam con fuerza, ni siquiera sabía qué decir. En alguna ocasión, durante mis primeros años de la universidad, me había planteado saber algo más de Paola, pero siempre me arrepentía. En alguna ocasión tecleé su nombre en el buscador de internet, pero no encontré nada. Paola Durán se había encargado de borrar todo rastro de su hija en México.
—Nena, no quería entrometerme…
—Gracias—susurré.
No sabía qué otra cosa decirle. Podía enojarme, quizá, pero Adam me estaba brindando una oportunidad que nadie más había hecho. Era capaz de aceptar mi pasado, sin querer esconderlo o enterrarlo, al contrario, me estaba ayudando a enfrentarme a él. Estuvimos en silencio por largo rato, mientras jugueteaba con la tarjeta en las manos. ¿Qué haría con ella? Por lo que decía, sabía que le había ido bastante bien y eso me quitaba un peso de encima. Nunca me pareció justo que ella tuviera que irse por todo lo que habíamos hecho, mientras yo me quedé en la ciudad, pretendiendo que no pasaba nada.
—¿Lele?
Michael habló, haciendo que yo alzara la vista al tiempo que escondía la tarjeta de presentación que Adam me había entregado. Anne iba junto a él, los ojos rojos declaraban que había llorado muchísimo. Me apené por ella, que nunca había visto a alguien morir. Yo sí que lo había hecho, igual que Nina, pero mi amiga había tenido mucha más suerte que nosotras. Me levanté como un resorte.
—¿Qué pasa, Michael? ¿Están bien?
Anne negó con la cabeza, así que la abracé.
—Me iré a dormir con Michael—me dijo en un hilo de voz—No puedo…no puedo soportar estar sola.
La entendía perfectamente.
—Está bien—sonreí de lado—Ten cuidado y, no hagas nada que yo no hiciera.
—Eso es difícil, Santillán. Creo que tú ya has hecho de todo.
Había logrado hacerla reír y eso me hizo sentir bastante mejor. No la solté hasta que Michael tiró de su mano para llevársela a su apartamento. Me sentí sumamente sola, mientras veía como se alejaban de nosotros hasta perderse en la oscuridad de la esquina. Suspiré, resignándome a permanecer con mis pesadillas aquella noche. Tenía que ser fuerte, pero no podía. Aquel cuerpo colgado en la ventana me recordó cuando vi a Joaquín por última vez. Un muñequito inanimado en la cama blanca del hospital.
—Adam…—la voz se me quebró—¿quieres…quieres pasar?
El rubio solo asintió con la cabeza, pasando una mano por encima de mi hombro para que entráramos juntos al Brownstone. Nunca me había parecido un lugar tan oscuro y tan vacío. Estaba acostumbrada a la soledad, pero ahora me pesaba como en pocas ocasiones.
—¿Subimos?
Por su cara pude ver que estaba muy preocupado, cosa que solo sirvió para alterarme más. Me solté de su agarre y subí corriendo al ático, escuchando sus pisadas apresuradas detrás de mí. Entré a la habitación, abriendo la puerta de golpe. Necesitaba la frialdad del sanitario. Sentía la taza del wáter aún sin verla. Antes de que pudiera registrar lo que estaba pasando, tenía dos dedos metidos en la garganta, provocándome el vomito. Cuando el conocido sabor del ácido se subió por mi garganta, llegó el alivio con él.
—¿Nena?
No podía voltearlo a ver, mi rostro se estaba tornando completamente rojo por el esfuerzo y la vergüenza. Aunque me había visto forzada a contarle a Adam que sufría por aquello, nunca me había visto vivirlo. Horrorizada, me di cuenta que aquel hombre sabía mis tres mayores secretos. Nunca los había depositado en la misma persona. Cuando mi cuerpo no fue capaz de expulsar nada más, me levanté del suelo, cerrando como violencia la tapa del bao y tirando de la palanca.
—Lamento que hayas visto eso—fue lo único que atiné a decir.
Adam solo me limpió las lágrimas del rostro.
—Vamos a lavarte.
Era incapaz de reaccionar, mientras tiraba de mí hasta la taza. Me hizo sentarme encima de ella, yo era como una muñeca de trapo, sin poder moverme. Con cuidado, me limpió el rostro, llevándose el maquillaje; las lágrimas y los restos de vomito. Salió del cuarto de baño una sola vez, para buscar mi pijama. Volvió con ella en la mano y me desnudó, todo el tiempo me miraba a los ojos, cuándo terminó se intentó acercar a mis labios pero yo me aparté con violencia.
—Tengo que lavarme los dientes.
Me dio mi espacio, quedándose en el marco de la puerta. Reduje la violencia con la que el cepillo pasaba en las mejillas porque sus penetrantes ojos azules me miraban desde el espejo. Cerraba y abría fuertemente los ojos para acompañarme. Después de enjuagarme, caminé hasta la cama, donde me dejé caer con fuerza.
—Ven aquí, por favor.
Adam me hizo caso y se acostó junto a mí, completamente vestido. Por inercia, me acurruque junto a su cuerpo. Ninguno de los dos hablaba, no había necesidad de hacerlo. En estos meses que habíamos estado juntos comprendí que solo necesitaba de su respiración para poder estar en paz.
—Estoy contigo, princesa.
—No…no tienes que estar aquí—dije con un hilo de voz.
—La diferencia es que yo quiero hacerlo.
—¿Me ves diferente?—pregunté.
No habíamos encendido la luz de la habitación, así que todo estaba completamente a oscuras. Iluminados por la luz de las escaleras y del sanitario, me sentía mejor para decirle las cosas.
—Diferente, ¿por qué?
—Por todo lo que leíste.
—Ya te dije que lo hice por intentar ayudarte…
Giré, dándole la espalda.
—Sea por la razón que fuera, leíste y supiste todas las cosas que hice en la adolescencia.
—Nadie tiene una vida libre de secretos.
—¿Por qué buscaste a Paola?
—Las pocas veces que llegaste a hablar de ella, tus ojos se llenaron de lágrimas. Sabía que necesitabas quitarte esa espina del corazón.
Me mordí el labio, reprimiéndome a mí misma por no ser capaz de dejar de sentir. Paola era un tema que no podía dejar cerrado. No había podido despedirme de ella La última vez que la vi, era completamente diferente a la alegre niña que fue mi compañera en la infancia. Vi una persona rota, a la que le estaban arrebatando su mundo. Tal vez no hubiéramos sido las mejores amigas, pero siempre tuve la seguridad de que ella estaba para mí y yo para ella.
—¿Crees que deba buscarla?
—Eso queda en ti, muñequita—Adam suspiró, pasando sus manos por mi espalda—recuerda que eres la única dueña de tu pasado, y de las decisiones que tomarás con respecto a él.
Volvimos a sumirnos en el silencio, hasta que mi teléfono móvil comenzó a vibrar. Con un gruñido de molestia, me levanté de la cama y lo tomé, ignorando el hecho de que la tarjeta que Adam me entregó estaba junto a mi monedero.
—Celeste Santillán.
—¡Hermana!
—¡Camila!
Aún teníamos un poco de resentimiento la una con la otra por la discusión de unos meses atrás, así que nuestras llamadas se habían espaciado. Me moría por preguntarle todo acerca de la boda, o que me aconsejara o saber de los chismes de amores de la gente de nuestro pequeño pueblo; pero mi orgullo no me lo permitía.
—¿Cielo? ¿Estás bien?
Por más que intentara, no podía engañar a Camila. Respiré profundo varias veces, antes de saber cómo comenzar. Adam se había levantado al escucharme hablar en ruso y me tomó de la cintura, moviéndome hasta que estuve sentada en la cama, entre sus piernas. Al final, eso fue lo que me hizo empezar a hablar.
—Hay muchas cosas volviendo a mi vida.
—¿REGRESASTE CON ADAM?
Reí un poco, mientras dicho hombre me besaba la espalda. Técnicamente no había regresado con él, además de que no podía distinguir si el tono en que lo dijo fue de emoción o de decepción.
—No, Mila…no, no es eso.—tenía que ser sincera—no lo sé. No todavía, de eso estoy segura.
Estaba hablando muy rápido, y con muletillas rusas, cosas que indicaban claramente que estaba nerviosa.
—Creo que no es de lo que hablas, ¿o sí?
Cuenten siempre con Camila Santillán para conseguir que yo sacara lo que realmente tenía guardado dentro.
—¿Recuerdas que una chica descubrió lo que había pasado con Paola?
Mi hermana bufó.
—¿Quieres que la mate? Franco y yo aún podemos ser como esos asesinos gringos, ¿cómo se llamaban? Ah, sí, ¡BONNIE Y CLYDE!
Sonreí de lado al sentir la carcajada de Adam en mi espalda. No había entendido nada más que esos nombres, pero parecía ser suficiente para él. Podía ver cómo no prestaba atención a la conversación, solo se esforzaba a mantenerme tranquila.
—Aunque lo apreció, creo que no te quiero ver en un podcast de asesinos. Pero no era eso lo que te quería decir.
—¿Entonces?—casi pude escuchar cómo rodaba los ojos—¡LE ESTÁS DANDO MUCHAS VUELTAS AL ASUNTO!
—Adam me consiguió el contacto de Paola.
Escuché como su respiración se cortaba. La línea permaneció en silencio por tantos minutos que llegué a pensar que se había cortado la comunicación.
—¿Camila?
—Perdón, estoy aquí. Pero…¿Cómo? ¿Dónde?
—Vive aquí en América. En un lugar llamado California.
—¿EN HOLLYWOOD?
—Definitivamente, necesitas apagar la televisión y volver a agarrar un libro.
—¿Qué sabes de ella?
—Es ingeniera, como tú y trabaja en un lugar llamado…—me levanté para buscar la tarjeta de presentación, volviendo a los brazos cálidos de Adam—¿Space X?
—¡NO ME JODAS! ¡SPACE X!
Al otro lado del teléfono, escuché a Franco correr, probablemente, a donde estaba mi hermana, tirando algunas cosas en su camino.
—¿Es un lugar importante?
—¡ES EL EQUIVALENTE PRIVADO DE LA NASA!
—Oh vaya…
Mi hermana e Franco cuchichearon un rato.
—Ponlo en altavoz, Mila…de todos modos, Franco conocía a Paola también.
Guadalajara era una ciudad bastante pequeña, así que los tres habíamos ido a la misma escuela, junto a Daniel y algunas otras personas con las que aún tenía encuentros cordiales cuándo iba a casa. Procuraba llevar la fiesta en paz, porque si no lo hacía todo mi pasado corría el riesgo de salir a la luz.
—¿Quieres hablar con ella?
Franco soltó la pregunta antes de que mi hermana volviera a hablar. Eso era lo que realmente debía haberme planteado desde el principio, pero no había sido lo suficientemente valiente para hacerlo.
—Lo haré—le dije a Camila y a Franco—Hablaré con ella.
—Dile que no la conocí mucho, pero espero que esté bien.
—Gracias, Camila.
A veces mi hermana no era tan egoísta como lo parecía. Sabía que ella también tenía muchas cosas para decirme, y que esperaba que le pidiera una disculpa, pero había sido capaz de dejar eso de lado para escucharme. Me despedí de ellos, prometiéndoles que les contaría todo lo que pasara con Paola.
—¿Está todo bien, nena?
—Voy a…—tomé una bocanada de aire—voy a mandarle un correo electrónico a Paola.
Asintió con la cabeza. Su rostro estaba escondido en mi cabello, pero podía sentir todos sus movimientos.
—No te vayas, por favor—supliqué—Necesito que me ayudes a hacer esto.
Me apretó aún más contra él, mientras yo abría la aplicación de correo electrónico en mi teléfono. Aunque venía su número en la tarjeta, yo era demasiado cobarde como para marcarle. Siempre me expresaba mejor entre acciones y palabras escritas que hablando con los demás. Por eso mi relación con Adam había fallado, él necesitaba hablar en el momento en que yo necesitaba callar.
Tecleé casi sin ver, concentrándome en la respiración de Adam que se acompasaba a la mía.
“Paola:
No elimines este correo antes de leerlo. Soy Celeste Santillán. ¿Te acuerdas de mí? Solo quiero saber que estás bien. Estudio en Nueva York. Estoy haciendo el doctorado. ¿Tú estás bien? He pensando mucho en ti desde que dejaste Guadalajara. Cualquier cosa que necesites, puedes comunicarme conmigo.
Con cariño, Lele Santillán”.
Decidí que lo mejor era escribir todo en inglés y dejar mi correo universitario, porque no sabía nada de ella. ¿Qué tal si me bloqueaba con solo ver un correo en español? Lo pensé por más de media hora, hasta que pude darle click al botón de enviar. En ese tiempo había buscado su nombre en google, encontrando su fotografía dentro del organigrama de la empresa para la que trabajaba. Eso me dio una esperanza de que me contestaría. Rendida, apagué el teléfono, permitiéndome un acto más de cobardía. Me giré para ver a Adam, cruzándome de brazos.
—¿Qué esperas para ponerte un pijama?
Adam se encogió de hombros.
—No tengo nada aquí.
Bufé y tomé una sudadera que le había robado, así como unos pantalones cortos.
—Su pijama, señor.
—Gracias, princesa.
Se cambió de ropa y volvió a la cama. Eran cerca de las tres de la mañana, pero con Adam dormía tan profundamente cono nunca en la vida. Fuera mi amigo o mi amante, era la persona que me estaba ayudando a salir del abismo por primera vez en mi vida. Al día siguiente me levante demasiado temprano, gracias a un beso en los labios. Contuve la respiración, tratando que fuera lo suficientemente lenta para que Adam no se diera cuenta que estaba despierta.
—Tengo que irme nena, perdóname.
Escuche cómo garabateaba algo, seguramente una nota, me había girado para no verlo. No podía enfrentarme a él ahora que había luz, así no era capaz de verlo a la cara. Suspiré cuando se fue, levantándome de la cama, directamente a leer la nota. Estaba sorprendida al nota que tenía puesta la sudadera que le había dado para dormir.
“Nena, me han llamado para resolver unas cosas del trabajo. Volveré a verte más tarde. Sé que no quieres hablar conmigo, pero no tienes porque estar sola. Permíteme acompañarte a pelear contra tus demonios. A.”