Mi amor

4301 Palabras
Sonreí con tristeza, porque eso era algo muy común en nuestra relación cuando dormíamos juntos: en la madrugada solía darme frío, así que Adam se quitaba la sudadera medio dormido para ponérmela y volverme a abrazar. A pesar de todo lo que habíamos pasado despiertos, dormidos seguíamos siendo los mismos dos locos que se querían. Pasé toda aquella mañana con el teléfono apagado porque no quería ver que Paola no me había respondido. Mientras hacia los ejercicios de la clase que estaba tomando, mi mente vagaba a la infinidad de momentos que pasé con la que fue mi primera amiga verdadera. Recordaba con fuerza las veces que Paola y yo habíamos sido felices en la infancia; la niña que me había defendido de los demás compañeros en la escuela; la adolescente que me enseñó a ser rebelde. Esa era mi Paola. Había tenido cientos de pesadillas cuando se fue en las que me pedía que la ayudara a volver a casa. Fallando estrepitosamente en clase, con los ojos de la profesora en mí porque parecía seguir inconforme con el hecho de que se me hubiera permitido ingresar a la escuela solo por ser de México. Así tuviera que tomar aquella clase 300 veces les demostraría a todos que era la mejor en lo que hacía, sin importar de dónde venía.  —Espero que tengas esto perfeccionado, Santillán. —Si profesora.  —Debes ser consciente que te han dado una oportunidad gracias a las influencias de la profesora Vanderbilt, pero eso puede esfumarse con una sola mala presentación.  Salí bufando de clase, olvidando que estaba tratando de no usar el teléfono celular, necesitaba desahogarme con alguien que entendiera el horror de esta Universidad así que lo encendí para marcarle a Nina. Me detuve en seco cuando vi un mensaje de un número desconocido, parpadeando entre las notificaciones de la aplicación de mensajería.  “Hola, Lele. Soy Paola Durán, creí que era más fácil hablar por mensajes.” “Hola,  creo que tienes razón ¿cómo estás?” Contesté muy rápido, esperando nerviosamente cuando leí que estaba escribiendo. Parada en el centro del jardín de la escuela, mis ojos iban de las bailarinas de danza contemporánea al teléfono celular. Casi lo arrojé lejos de mí cuando Paola contestó.  “Muy bien, me sorprendió saber qué estás en Estados Unidos. Pensé que nunca saldrías de México. Me tomé el atrevimiento de buscarte en internet y descubrí que eres bastante importante en tu trabajo. ¡Lograste lo que siempre soñaste! ¡Felicidades!”  “Gracias, por lo que leí también tú lo conseguiste, ¿no?” “Se podría decir que sí. Soy ingeniera aeronáutica y trabajo con Elon Musk. Me va bastante bien. He formado una familia.” Sentí como los ojos se me llenaban de lágrimas mientras me prometí buscar quién era esa persona. Pensé mucho que contestarle, pero finalmente dejé que fuera mi corazón y no mi cerebro el que hablara.  “No tienes idea de lo feliz que estoy de que me hayas contestado”.  “Y yo igual. Pensé mucho en buscarte, tampoco he podido olvidarte”. Acto seguido, junto al mensaje, se adjuntaron un par de imágenes. Eran de nosotras en la infancia y la adolescencia.  “Aún conservo algunas cosas que pude traer conmigo, aprendí que recordar solo lo bueno resulta mejor que seguir abriendo las heridas del pasado. No olvides eso, Cele”.  Sonreí entre lágrimas, pues nadie aparte de mi familia me llamaba así. En esas fotografías quedaba plasmado el recuerdo de una infancia llena de inocencia. Las imágenes guardaban para siempre una felicidad de todo lo que pudimos ser, un momento en el tiempo donde la alegría era todo lo que importaba. Quizá Adam tenía razón y nada del pasado importa, solo es necesita construir nuestro futuro aparte.  “Gracias por las fotografías, Paola. Me gustaría saber más de ti, de lo que has pasado en estos años”.  No quería decirle que nos viéramos, pues no estaba preparada para eso, pero quería asegurarme de que estaba bien. Tal vez no podríamos volver a ser amigas, pero esto me estaba haciendo sentir mucho mejor de lo que nada en muchos años, excepto Adam Harris. Sonreí de lado, pensando que tenía que contarle aquello.  “Espero que podamos hablar pronto, aunque sea por teléfono. Me gustaría que conocieras a mis hijos”.  Contuve el aliento. ¿Hijos? ¿En plural? Teníamos 25 años, no podía ser madre aún. ¡Éramos apenas unas jóvenes aprendiendo a vivir! Definitivamente, necesitaba saber más de lo que había vivido Paola Durán.  “¿Hijos? ¡Es bueno saber qué tienes familia!”.  No le iba a decir que estaba prácticamente en shock, eso me lo iba a reservar para mí y para Adam, Camila e Franco.  “Esa fue una de las razones por las que me fui de México, pero creo que es mejor contártelo todo en una llamada. Tengo que volver a trabajar, ¿hablamos pronto?” “¡Claro que sí! Gracias por contestarme”.  Guardé mi teléfono celular en el bolso de entrenamiento, olvidando lo pesado que había sido mi día. Caminé apresuradamente pues solo quería ir a ver a Adam, iba a contarle todo. No me importaba que hubiera pasado entre nosotros, se estaba convirtiendo en mi mejor amigo. Podía confiar en él mucho más que incluso en mi hermana, ella no podía ser partícipe de todos los secretos de mi corazón. Entré al laboratorio; por primera vez por la puerta principal y pagando la admisión. Sin detenerme a ver las obras de arte del museo, me fui al piso donde estaban las oficinas de Adam. Al salir del elevador, escuché gritos. Sorprendida, caminé a ellos pues podía distinguir muy bien la voz de Adam, junto a la de otro hombre que no conocía. Era tanta la furia que podía distinguir en su voz, que no me atreví a entrar.  —¿QUÉ ES LO QUE QUIERES AQUÍ? ¡LARGATE! ¡NO TE NECESITAMOS!  —Aún me debes mucho dinero—le contestaba la otra voz, visiblemente más tranquila—No olvides que yo pagué por toda tú educación.  Esto parecía exaltar más a Adam, pues yo incluso era capaz de escuchar su respiración aunque estaba del otro lado de la puerta. Llevaba casi un año en Nueva York y ya había tenido la mala suerte es escuchar dos conversaciones ajenas escondida como si fuera una espía de las películas. Decidí que, a partir de ese momento, iba a comenzar a avisarle a la gente antes de llegar a algún lugar.  —¡TE DARÉ LOS PAGARÉS QUE NECESITES! ¡DÉJAME EN PAZ!  Escuché una carcajada, de aquella voz masculina a la que yo desconocía.  —¿Cómo? ¿Sigue siendo Dalilah Jones tu albacea? Esa pobre chica está tan loca por ti que no esperará que le pagues.  —Lo haré, no necesitas meterte también en eso.  —Hijo mío, siempre estaré presente. Me he enterado que has buscado a un psicólogo, ¿ves el mal que te ha hecho dejar la armada? ¡Si tan solo me hubieras hecho caso desde que eras niño? Pero no eres más que una decepción.  —¡TE HE DICHO QUE NO TE METAS EN MI VIDA! Conocía el tono de Adam, sabía que estaba a punto de golpear a la persona frente a él, así que entré a la sala. Si no lo detenía se arrepentiría de aquello.  —Adam. Estoy aquí.  Ambos hombres se giraron para verme. Eran muy parecidos, no podía negar que aquel era el padre de Adam. Por lo que me había contado, sabía que su relación era casi inexistente así que no podía entender qué hacía aquel hombre en el SCAL. ¿En verdad un padre era capaz de buscar a su hijo para pedirle que pagara lo que le había dado para educarlo? No pude evitar pensar que mi padre nunca sería capaz de hacer aquello, él no había permitido que Camila y yo trabajáramos hasta que fuimos mayores de edad e, incluso, nos ayudó económicamente por bastante tiempo hasta que ambas tuvimos el camino claro y bien despejado para abrirnos paso por nosotras mismas. —¿Tú quién eres?—la voz de aquel hombre era agresiva y golpeada.  —Mi nombre es Lele Santillán—sentí que mi rubio era el que debía saber qué había alguien que lo apoyaba incondicionalmente—soy la novia de Adam.  Eso bastó para que su padre me examinara de pies a cabeza. Mi rubio pasó su brazo por mi hombro, atrayéndome a él, y me besó la cabeza; yo enrollé su cintura con mis brazos. Al estar tan juntos podía sentir como su corazón estaba tan acelerado que parecía que tenía taquicardia.  —Vaya…encima estás engañando a la pobre chica. ¿Qué opinarían Dalilah y Donna de todo esto? —Ellas saben muy bien que es de mi vida, a diferencia de ti, que nunca te ha importado.  —Me importaría si llevaras una vida digna de un hombre que yo crié. Mírate ahora, con una putita al lado.  —Nunca hiciste nada por mi.  Sentía su ira vibrar hasta mi cuerpo. Sus puños apretados se entornaban contra mi cintura. Decidí que sería yo la que hablaría antes de que ocurriera un desastre mayor.  —Señor Harris…—me aclaré la garganta, maldiciendo cuando mi inglés tan bien practicado se rompió y el acento ruso salió a flote—¿podría retirarse? —Volveré cada fecha de pago, Adam. Dile a tu madre que no lo olvide.  —¡NO TE ACERQUES A ELLA!  El hombre se encogió de hombros y camino hacia afuera para irse, dejándonos solos en la sala de arte de Adam, donde sus obras restauradas a medio ordenar eran testigos silenciosos de lo que acababa de ocurrir. Adam se despojó de la careta en cuanto Joseph Harris se fue. Su cuerpo se sintió súbitamente pesado y podía ver sus hombros moverse, estaba llorando. —Cariño, vamos a la oficina.  Sabía que había personas alrededor del museo, puesto que era un día normal para todos. Adam no querría que lo vieran así. Al igual que yo, era una persona difícil para expresar sus verdaderos sentimientos. Conocía poco de él, pero me destrozaba verlo llorar de esa manera. No se parecía en nada a lo que había ocurrido cuando me pedía perdón. Me limité a acariciarle el cabello, puesto que se había sentado en su silla de trabajo. Estuvimos en silencio por un largo rato; ambos perdidos en nuestros pensamientos. ¿Cómo era posible que estuviéramos tan fuera de sincronía que cuando yo encontraba algo muy bueno de mi pasado el encontraba algo muy malo?  —Adam, ¿quieres que vayamos a otro lado?  Asintió con la cabeza, sabiendo que tampoco trabajaría mucho aquel día. No después de semejante visita. ¿Qué carajo tenía que ver Dalilah Jones con todo esto? Una punzada de culpa me recorrió por todo el cuerpo. ¿Y si por mi culpa Adam se peleaba con ella y se endeudaba más? No hablaba, pero seguía temblando. Apreté su mano firmemente contra mi pecho, quería que su corazón comenzara a latir al mismo que el mío, para que se tranquilizara. Logramos poner buena cara mientras salíamos del laboratorio, incluso unos cuantos amigos de Adam lo saludaron y él respondió con charlas pequeñas. Me presentó con ellos, bastante orgulloso, como su novia. No hablé mucho, pero alcancé a sonreír con delicadeza. Me besaba la mejilla en varias ocasiones, buscando más su calma que la mía.  —¿A tu apartamento?—cuestioné. —¿Podemos?  Sabía que me preguntaba por la situación en la que nos encontrábamos. Ni siquiera habíamos tenido oportunidad de volver a hablar de nuestra situación, no íbamos a retomar algo que se había roto por la mitad cuando apenas comenzaba. Pero ahora eso era lo menos importante, una persona que me importaba mucho me necesitaba y yo estaba dispuesta a estar con él para lo que fuera.  —Adelante, cariño.  Me puso el casco, en nuestra vieja rutina antes de todo el caos y me subí a la moto. Incluso al momento de conducir podía sentir la tensión entre sus omoplatos. Quise acariciarlo, pero no podía, así que me limité a besarlo en repetidas ocasiones como él lo había hecho en la noche anterior para que supiera que yo estaba con él. Llegamos a Brooklyn más rápido de lo usual, seguramente Adam había violado algunas cuantas leyes de tráfico para ello. Estacionó la motocicleta en la calle, bajando de ella de cualquier manera y caminando hacia su viejo edificio. Hasta en sus pasos era posible notar lo molesto que estaba. Prácticamente corrí detrás de él, alcanzando a entrar en el elevador antes de que este se cerrara.  —Pensé que no te quedarías.  A diferencia mía en un mal momento en el que reaccionaba con furia y violencia, su voz sonaba derrotada. Parecía que ni siquiera tenía ganas de seguir intentando nada, ni existir. Me pegué a la rejilla del elevador, quedando frente a él. Sus ojos seguían llenos de lágrimas sin caer.  —¿Entonces por qué vendría hasta acá?—preguntó con los puños apretados.  —Porque, a diferencia mía, tú si eres una buena persona.  Me contuve de rodar los ojos, sabiendo que estaba hablando del día en el apartamento de William. No era posible que pensara más en aquello que en todo lo que había leído de mi.  —No vamos a hablar de eso ahora, Adam.  El sonido del elevador, indicando que habíamos llegado a su piso, nos interrumpió. Quitó la llave de su apartamento, dejando la puerta abierta de par en par. Negando con la cabeza, cerré y comencé a ordenar las cosas porque el lugar era un verdadero desastre. No se parecía en nada al lugar donde solíamos hacer el amor y desayunar panqueques con vino a medio día. Escuchaba a Adam hacer ruido en su habitación, así que me apresuré a enviarle un mensaje a Camila contándole que había tenido noticias de Paola y otro a Anne para decirle que llegaría hasta la hora de cenar. No quería que ninguna de las dos se preocupara. Cuando terminé, el apartamento se veía mucho más limpio que antes. Satisfecha con mi trabajo, me quité los zapatos y estiré los dedos en la mullida alfombra hasta la habitación de Adam. Lo encontré acostado en su cama, con sus manos en los costados, viendo directamente al techo.  —No debiste haber ordenado la casa—me reprendió—Soy un adulto y puedo hacerlo solo.  —Adam… —La puerta está sin llave, Celeste.  Comprendía que había algo dentro de él que lo estaba haciendo reaccionar de esa manera. ¿Qué tantos secretos ocultaba Adam Harris? —No voy a dejarte cariño, te lo juro.  Me acosté junto a él en la cama, sin saber como más reiterarle que no tenía porque pasar por eso solo. No soporté mucho tiempo estar viendo hacia arriba sin hacer nada, así que me giré a verlo. Las lágrimas corrían por sus mejillas y era incapaz de hablar. Pasé las manos por sus mejillas, logrando que volteara a verme.  —Le debo bastante dinero a Dalilah, Lele. Esa es una de las razones por las que no me alejo de ella.  Pensé que buscaría la manera de ayudarle a que no tuviera que deberle nada a nadie, nunca más.  —Yo no soy nadie para que me des explicaciones.  —Eres una persona muy importante para mí.  Suspiré, no estaba preparada para enfrentarme a aquella confirmación de que seguíamos sintiendo lo mismo.  —¿Sabes quién le dijo donde encontrarte? —No es muy difícil. Seguro usó sus influencias entre los veteranos.  —¿También era militar? Adam asintió con la cabeza, también se había girado y sus manos vagaban por mi cintura concentrándose en ellas mientras hablaba, probablemente para mantenerse alejado de lo que me estaba contando.  —Estuvo en Vietnam. Desde que era muy joven quiso ser militar, era su sueño más grande. Por mucho tiempo vivimos en la base, hasta que una lesión lo obligó a retirarse. Aún así, trabajaba como oficinista para ellos.  —¿Por eso fuiste a Irak?  Asintió con la cabeza.  —Ya te he contado que nunca aceptó que mi forma de ser fuera diferente a la de él. Con mi madre enferma, no teníamos mucho remedio aparte de obedecerle. Como había perdido su puesto en la escuela militar después de un altercado, esperaba que yo como su hijo tuviera un rango con el que pudiera mantenerlo.  —¿Sólo eso quería?  Me parecía inconcebible que una persona pudiera pensar de esa manera acerca de sus hijos. La referencia que yo tenía de padres era muy diferente.  —Siempre pensó que la razón de tener hijos era heredar su legado. Es una de las tantas razones por las que no quiero una familia.  Asentí con la cabeza, entendiéndolo. Yo tampoco quería tener hijos, porque sabía que  eso arruinaría mi carrera; pero eso nada tenía que ver con el amor  y el respeto por las decisiones, en el que había sido educada.  —¿Por eso le debes dinero?  —Cuando mi madre se fue a vivir a la casa de asistencia, y yo con los Robinson, lo presionaron para que pasara una pensión para pagar por mi educación. Yo no quería problemas, así que le dije que iría a Irak al terminar la educación preparatoria.  —¿Quién lo convenció? Estaba algo confundida, no preguntaba por presionar, solo quería saber su historia para entenderlo mejor y encontrar una manera de ayudarlo a salir de todo aquello.  —Dalilah es la mejor amiga de mi madre, ya la conoces, también es abogada. Ella, junto al padre de William, estudiaron con mi madre en NYU. Cuando me fui a Irak pensé que todo había terminado, así que volví a la escuela de artes pero a partir del día que cumplí 21 años, los recibos de pago comenzaron a llegar—No sabía qué decir, así que acaricié su rostro, animándolo a hablar—Dalilah llevaba un par de años en la empresa de su padre, se había hecho de un nombre en ella, además de tener una cuenta fuerte de ahorros, herencia de su abuelo. Antes de que yo supiera, ella había firmado el primer pagaré.  Dudaba que esa mujer hiciera algo por puro altruismo, pero me mordí la lengua, Adam no necesitaba esa clase de comentarios ahora.  —Yo le he ido pagando cómo he podido y estaba a punto de terminar con los pagos a Dalilah, los recibos volvieron a llegar.  Esta vez se trataba de pagos de hospitales de mi madre, de cuando yo era un niño.  Enrojecí de ira, incapaz de albergar pensamientos buenos con ese hombre.  —¡Eso no es justo! ¡Además, no te corresponden!  —Me corresponden al ser el representante legal de mi madre, nena. Tienen años peleando una demanda por ese dinero, pero mi madre ha empeorado y no quiero que ese disgusto se la lleve.  Entendía el origen de su impotencia, de su rabia y de todo lo que sentía. Quería ir yo misma a pagarle a su padre para que no tuviera que tener todos esos problemas, pero me era imposible. Odié no poder ganar lo mismo que una artista de televisión o de cine. Si tan solo nuestros problemas se resolvieran de maneras sencillas, seguramente podríamos enfocarnos más en nuestra relación.  —Haces bien en no decirle—fue lo que alcancé a comentar—pero tienes que decir algo. No puedes permitir que te siga manipulando.  —No me manipula, me tiene controlado.  Lo primero que salió de mi cabeza no fue exactamente lo que yo quería preguntarle.  —¿Es mucho lo que le debes a Dalilah? ¿A los Jones? —La cuenta ahora ha aumentado, sí. Pero no es lo importante ahora. Si ha venido a buscarme es porque quiere algo más. —Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos—dije resuelta.  Adam se alzó sobre sus antebrazos, quedando encima de mí. Me veía profundamente, diciéndome con la mirada algo que yo no era capaz de descifrar. No sabía exactamente qué era lo que quería de mí, pero su alma me pedía a gritos que lo amara y lo siguiera acompañando a lo largo de su camino.  —¿Estás segura de eso, Celeste de mi vida?—Ví como dudaba, sabiendo que intentó llamarme de una forma más cariñosa pero algo lo detuvo—Puedes llamarme como quieras, Adam. Realmente no es importante.  —Para mí si lo es. El nombre que le damos a las situaciones o a las personas es lo que dignifica todo. Por eso nunca he sido capaz de llamar “padre” a Joseph Harris.  Yo pensaba de la misma manera que él en ese sentido.  —Entiendo que te avergüence llamar con cariño a la mujer cuyo nombre leíste en todos aquellos mensajes.  Su mano sobre la mía subió hasta mi mejilla, que sostuvo con cariño.  —No merezco llamarte “mi amor”, cuando me volví a acercar a ese nombre a través de una razón malintencionada. Dalilah no tenía ningún derecho a mencionar algo de tu pasado, por más que yo le deba dinero eso no la hace mi dueña. Estoy dispuesto a vender todo lo que sea necesario para volver a pagarle, pero no la quiero cerca de mi, cerca de nosotros.  Intenté bajar la mirada, pero él la mantuvo sobre la mía. —Yo te quiero, Adam. Sigo muy enojada contigo…pero te quiero. Depositó un suave beso en mis labios, casto, sin atreverse a más. —Yo también te quiero, nena. No lo dudes nunca.  Se dejó caer en sus brazos, cansado de todas las emociones vividas. Su cabeza había quedado en mi regazo, así que jugueteaba con sus cabellos. No teníamos más que hablar. ¿O sí? —Adam…—susurré—no quiero que las cosas sean como antes.  Alzó la vista para verme, en su rostro arrugado notaba la preocupación. Parecía que algo en él había perdido vida desde la casa de Wick. —Nena, no me voy a cansar de pedirte perdón. Quiero que tengas muy claro que me voy a esforzar en conquistarte de nuevo.  —Justo por eso—tragué saliva—no más secretos, ni verdades a medias. Si vas a hacer algo respecto a mí, a ti o a nosotros tienes que decirme.  Me miró fijamente.  —Tú también.  Asentí lentamente.  —Sé que cada uno tiene sus propios problemas, pero podemos intentar caminar juntos mientras vamos a resolverlos.  —Los resolveremos juntos—dijo con firmeza, pero yo negué. —Podemos ayudarnos, eso sí, pero cada quién tiene que hacerse cargo de las cosas que viene arrastrando en el pasado. Si las depositamos en el otro, nunca saldremos de ellas. —En eso tienes razón.  Nos quedamos en silencio, por unos instantes.  —¿Y ahora? —Paso a paso—fue lo único que pude decirle.  Volvió a asentir, besándome en la frente y acomodándose de nuevo en mi regazo. Ninguno de los dos tenía apetito y estábamos bastante cansados. Adam tomó el control de la televisión y dio zapping por los canales, buscando algo que pudiera ocupar nuestra mente. De pronto, se levantó de un salto para verme fijamente.  —¡NENA! ¿Qué hacías en el laboratorio? Tiré de él para que se volviera a acostar conmigo. No soportaba tenerlo lejos, no después de tanto tiempo; mucho menos después de saber todo lo que había sufrido estos meses en solitario.  —Fui a contarte algo—me mordí el labio.  —¿Qué pasó? —Paola me contestó al correo, quiere que hablemos por teléfono.  Con la primera sonrisa del día, Adam se sentó en la cama jugueteando con mis manos mientras me pedía que le contara acerca de aquella conversación. Eso nos llevó a mi infancia, por lo que lo llené de historias divertidas de lo que había vivido en Guadalajra, disfrutando escuchar su risa y observar sus gestos. Incluso, en un arranque de valor, le mostré las fotografías que Paola me había mandado.  —¡Eras muy linda!  —Esa ropa, ¡por dios! ¡Qué horror! —De la moda lo que te acomoda, ¿no? —Solo regresaría en el tiempo para decirle a mí yo adolescente que no se vistiera así.  Adam entrecerró los ojos.  —¿Únicamente por eso?  Necesite unos segundos para hacer un repaso mental de lo que había sido mi vida hasta ese punto. Dos padres amorosos, estrictos y sobreprotectores; una hermana cómplice y peleona en la misma medida; amigos con los que contaría para siempre; más experiencias para presumir de las que habían vivido la mayoría de las personas de mi edad. Quizá me arrepentía de muchas de las cosas que había vivido, pero había una serie de certezas que tenía en la vida.  —Si pudiera, impediría el maldito incendio que se llevó a mis hermanos, pero de resto no cambiaría nada.  —¿Estás segura?  —Creo que si. Honestamente, es algo en lo que trato de no pensar. Tu mismo me has dicho que no tiene caso remover el pasado para frustrar el presente.  —Es solo que me ha dado curiosidad.  —¿Por qué?  —Por la seguridad que yo tengo de que todo lo que vivimos nos lleva a un lugar único en el mundo.  —Coincido contigo. —¿En serio? Lo tomé de la camisa para besarlo firmemente en los labios.  —Estoy justo donde quiero estar, Adam Harris. 
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