Irresistible

4995 Palabras
Las cosas avanzaban muy lentamente en mi vida. Había llegado casi a la mitad del posgrado y, lo que tanto me emocionaba antes, ahora se tornaba monótono. Era casi tedioso tener que repasar la parte teórica química, una y otra vez. Sentía que volvía a ser lo mismo que la universidad, solo que ahora tenia que darle una coherencia yo sola. Por no hablar de las clases que debía dar para completar mis créditos como alumna, y el constante acoso que recibía por parte de algunos compañeros de trabajo, además de las personas que me gritaban cosas en la calle mientras yo me recordaba constantemente no hablar en español. —No puede ser—susurré con frustración.  Mis alumnos, que al inicio se habían comportado emocionadas de explorar los misterios de la química, eran adolescentes después de todo. Ahora solo recibía a cinco chicos quejumbrosas que me recordaban las veces que intenté torcerle el cuello a Camila. ¡INSOPORTABLES!  —Chicos, necesito que se tomen esto en serio. Parecieron no escucharme, así que me resigné. ¡Qué hicieran lo que quisieran! Sería la vida misma quien se encargaría de enseñarles cómo funcionaba el mundo en realidad. Di por terminada la clase antes de que cometiera un asesinato y me apresuré al encuentro de Adam. Seguíamos siendo amigos, decididos a conocernos mejor y a lidiar con nuestros problemas antes de aventarnos al abismo de tener una relación. Cada vez teníamos menos tiempo de hacer cosas juntos, pero procurábamos comer juntos o charlar unos minutos al día. Me esperaba en el establecimiento de Alex, que habíamos designado como nuestro punto de reunión. No lo veía en la entrada, así que me aproximé a la mesa donde se encontraba Nina sentada.  —¿Y Adam?  Mi compañera alzó una ceja. Yo solo quería que me abrazara, pues uno de los hombres me había seguido hasta la casa de Anne, e incluso había intentado tocarme el trasero. De no haber sido por la oportunidad intervención del señor Ollivier, pudo haberlo hecho.  —¿Volvieron?  Me ruboricé, queriendo ocultar mi rostro en algún lado, pero fue en vano. Nina se echó a reír a carcajadas, llamando la atención de todos a nuestro alrededor.  —¡Nina!—amonesté—No, Adam y yo somos buenos amigos. —¿No eso eran antes? —¿Cómo van las cosas con Louis?  Madura como siempre, me lanzó una bolita del pan que comía. Fruncí el entrecejo mientras intentaba quitármela del pelo, escuchando detrás la voz de Adam Harris. Giré a verlo, dándome cuenta que la preocupación le surcaba el rostro, haciendo ver sus ojos cada vez más triste.  —¿Todo bien, cariño?  Por más que me jurara que a mí misma que las cosas iban a ir mucho más despacio que antes, no podía evitar lo afligida que me sentía cuando lo veía tan angustiado. Hablamos poco de la cuestión de dinero, pero no había dejado que yo lo ayudara de manera económica. Decía que él se había metido en eso por su propia cuenta y de esa misma manera saldría. Parte de mí quería poder pagar todo aquello para que tuviera paz y pudiera concentrarse en su posgrado, y para que no le debiera a Dalilah, pero no podía hacerlo. Era un límite de confianza que no iba a cruzar porque sabía que dañaría su orgullo.  —No he conseguido vender ni una sola de las antigüedades que tenía mi madre. Llevaba varios días intentando hacer negocios con algunos inversionistas de varios museos, con ayuda de  Cooper, porque todo el dinero que obtenía de la beca iba íntegramente a la manutención de su madre. Yo no conocía a Donna Harris, pero esperaba hacerlo pronto.  —¿Nada?—preguntó William—¿Ni lo que has hecho tú?  William había llegado momentos antes solo y con cara compungida, pero se negó a contarnos, a Nina y a mí, que era lo que le pasaba. Simplemente le había pedido un café cargado a Alex, dejándose caer melancólicamente en la silla junto a Nina. No prestaba mucha atención hasta que Adam habló, levantando la vista de su teléfono móvil. —¿Cuáles?—pregunté con curiosidad. Para mi sorpresa, las orejas de Adam ardían de vergüenza. ¿Por qué estaba avergonzado? —¡LAS QUE HA HECHO ÉL!—intervino William–¡SON MARAVILLOSAS! ¿NO SABÍAS QUE ES UN ARTISTA DE MEDIO PELO? Estaba muy impresionada por eso, parpadeando varias veces frente a él. Me sentí un poco mejor cuando Nina se encontraba igual de perpleja que yo.  —¿PINTAS? No podía ocultar mi asombro. Ese hombre definitivamente era un estuche de monerías. Ahora tenía otra fantasía, pensé mientras me mordía el labio, tal vez podría convencerlo de que me pintara…o al menos pintara algo para mí.  —Hago algunas cosas—dijo quitándole importancia—mayormente retratos y paisajes, pero prefiero la ciencia. —¿Puedo verlas?—pregunté con timidez, no quería inmiscuirme en sus asuntos sin que él me lo permitiera.  Adam suspiró viendo a William, quien simplemente le levantaba los pulgares para darle ánimos. Supe que no era algo que el rubio hacia constantemente, como si siempre le hubieran dicho que no era lo suficientemente bueno.  —No es la gran cosa, Lele.  Me pasó su teléfono móvil, donde había algunas fotografías de lo que pintaba.  —Verdaderamente no le hace justicia, tienes que verlos en vivo y a todo color—interrumpió William.  Sonreí de lado, viendo cómo el moreno intentaba proteger al rubio de cualquier cosa. Esa era una amistad que simplemente crecía con los años. Las pinturas eran bastante buenas, tal vez no era Van Goh o Rembrant, pero nadie podía negar que Adam Harris tenía talento.  —A mí me gustan bastante, cariño.  —¡SIEMPRE LE HE DICHO QUE SON BUENAS! Nina había visto las imágenes sobre mi hombro y asentía vigorosamente.  —Tienes talento, Harris.  Adam simplemente nos veía, completamente ruborizado.  —¿Si intentas negociar con tus pinturas?—dijo William. —Quizá podría dejar los pínceles por un tiempo y  dedicarme a la pintura de casas—dijo con un mohín—Eso podría ayudarme.  Lo vi sin saber qué hacer.  —Ni lo pienses—me dijo William, leyendo mi mente—Ese testarudo no va a permitir que le prestes dinero.  Me crucé de brazos, sintiendo la mirada de Adam fijamente en mí.  —Yo lo he intentado—dijo Alex, llevando nuestros pedidos. —Y yo—afirmó Nina. —Creo que todos—terminó William.  —Conocen mis razones.  —¡Déjate ayudar, Harris!  Sus brazos me rodearon los hombros y me atrajo a él, besando repetidamente mi mejilla.  —Con que estén conmigo es más que suficiente, nena.  Nina me miró con el ceño fruncido. —¡Qué bueno que son solo amigos!  Nos separamos como impulsados por un resorte, mientras los otros tres se burlaban de nosotros. Comimos con calma, tratando de convencer a Adam de qué vendiera sus pinturas.  —¿Y si hacemos una feria? —¿Cómo? —Yo puedo tocar, Lele puede coordinar; Alex la comida; tú tus pinturas y ellos—señaló a William–armas o antigüedades.  Teníamos una idea en mente, así podríamos ayudar a Adam.  —¿Qué opinas? —Creo que eso puede funcionar.  Con Adam un poco más tranquilo ahora que ya teníamos un plan, me despedí de ellos para volver a clases. Mi horario en el posgrado estaba saturado, haciéndome sentir más cansada de lo que debería estar. Desde que elegí está vida supe que no tendría un horario de oficina, de ocho a tres, y en realidad no se me antojaba, pero tenía que reconocer que me sentía exhausta.  —¡MALDITA SEA! Había llegado a la clase de química analítica casi media hora antes. No quería tener un encontronazo con la profesora, quien me acusaba de seguir en el posgrado gracias a la influencia de Anne Vanderbilt después de mi accidente. Yo sabía muy bien que podía atenerme a aquello, pero no pensé que fuera tan difícil. El día que salí del hospital me juré que podía vivir con dolor, que sería sencillo. Camila había vuelto a caminar después del incendio; mis padres siguieron a adelante después de la perdida de sus hijos; incluso en mis amigos veía situaciones mas complicadas que la mías. ¡Por supuesto que yo podía con un poco de dolor físico! Con lo único que no contaba era que fuera extenuante. No había día que no me sintiera cansada. Me dolía incluso acostarme en la cama. Podía sentir cómo cada uno de mis músculos ardía por la dificultad de mantener una misma posición por mucho tiempo. Pero no podía dejar que nada, ni nadie me detuviera, ni siquiera yo misma y mis impedimentos físicos.  —¡Hola, Jennifer! ¿Qué tal estás? Levantándome del suelo me acerqué a ella con una sonrisa, extendiendo mi mano. No estaba acostumbrada a los saludos americanos, para mi sorpresa, Jennifer me dio dos besos en las mejillas.  —Queriendo ver a la niña prodigio de Anne Vanderbilt.  Detrás de mí, la profesora bufó.  —¿Usando tus influencias Santillán?—el resto de mis compañeros comenzaba a juntarse—Jennifer los observará hoy y me dará la opinión más objetiva que pueda acerca de ustedes. Espero que cumplan las expectativas.  —Es tu turno, Lele.  Me limité a asentir con la cabeza, caminando hasta el centro del aula para comenzar con mi presentación. Mis compañeros me miraban con recelo, sabía que era mi culpa. Yo no era buena lidiando con la gente, así que prefería no hablar con ellos. Nina se había acercado a mí, trabando conversación y haciéndome salir de mi escondite emocional.  —Concéntrate, Celeste—musité en español.  Hice una señal para que el ingeniero de sonido pusiera la pista y comencé a bailar. A pesar del dolor y la tensión que sentía en el músculo, me concentré en la técnica que estaba exponiendo. No podía hacer el ridículo frente a Jennifer. La pesadilla terminó antes de lo que yo esperaba. Respirando profundamente, me encontré con la mirada de la doctora Jennifer en la mía.  —Tienes mucho talento, Lele—mencionó Jennifer y yo sonreí—pero no veo demasiadas expresiones en tu rostro. Dejaste que tu voz hablaran, pero debes divulgar la ciencia con todas las partes de su cuerpo.  Me mordí el labio, sin saber qué decir. Estaba tan concentrada en no demostrar mi dolor que había terminado por no comunicar nada. La clase terminó con los comentarios para mis otros compañeros, pero yo me quedé con un nudo en la garganta y la horrible sensación de que había arruinado mi oportunidad. Ni el posgrado, ni la vida daban segundas oportunidades. Después de aquello terminaba mi día, así que salí a toda velocidad de la escuela. Le marqué a Adam, que no me contestó. Apenas escuché su voz en el mensaje pre-grabado de la contestadora, comencé a sollozar.  —Te necesito… Colgué, porque no fui capaz de decir nada más. Caminé apresuradamente hasta el Brownstone y, al no escuchar ruido, subí directamente a mi habitación. Ni siquiera sabía porque me sentía tan mal, o porque estaba llorando, si era capaz de recibir criticas mucho más destructivas en Rusia. Me abracé a mis piernas, sin hacer ruido, dejando que las lágrimas corrieran por mi rostro hasta que escuché un ruido que me hizo alzar la vista.  —¿Adam? Había acudido a mi llamado, abriendo la puerta del ático.  —¿Qué pasa, nena? Anne me ha dejado pasar antes de irse.  No lloriqueé, no pedí consuelo. Necesitaba olvidar aquel día de mierda. Tiré de él besándolo con necesidad. Adam jadeó antes de corresponder el beso. Mandé al carajo todas mis buenas intenciones de esperar hasta que decidiéramos que diablos íbamos a hacer con nuestra relación. Lo quería sin ropa en mi cama, ahora mismo. Adam separó sus labios de los míos.  —¿Estás segura, Lele? —Cállate y bésame de nuevo.  En vez de responder, sus besos comenzaron a bajar por mi cuello, haciéndome gemir y suspirar. Estábamos solos en el ático, con el ruido de la ciudad de Nueva York como fondo. Sus besos se hacían cada vez más lujuriosos, mientras yo le quitaba la camisa lo más rápido que podía.  —Alguien está desesperada—dijo mientras tiraba de mi camiseta, jalando con ella mi sostén.  No pude contestarle, pues su boca tiró de uno de mis pezones, succionando suavemente. Tomé su cabeza con mis manos, para pegarlo más a mi rostro, mientras él pasaba las manos por debajo de mis piernas para hacerme enrollarlas en su cintura. Caminamos a tientas, con los ojos cerrados, hasta que escuché como sus piernas chocaban contra mi cama. Se dejó caer en ella, conmigo sentada en su regazo.  —Nena…nena.  Su voz era un gemido lujurioso que me impedía escuchar nada más. El mundo se había apagado y solo existía él en mis sentidos.  —Cariño—gemí mientras jugueteaba con el botón de mis pantalones de mezclilla.  —¿Qué pasa, nena? —Deja de jugar.  —Tus deseos son ordenes, princesa.  Levanté las caderas para permitirle que me despojara de mis pantalones. No me quitó las bragas de encaje, pero mantuvo su mirada fija en ellas por varios segundos, mordiéndose el labio. Una de las cosas que más me gustaba de Adam Harris era su capacidad de hacerme sentir sensual con una sola mirada. Sus manos bajaron por mis caderas, mientras tiraba de mi cuello para volver a unir nuestros labios. Con una de ellas acariciaba mi espalda desnuda, mientras que la otra comenzaba a juguetear con el encaje de mis bragas. Al tiempo que nuestros pechos se pegaban, yo me iba olvidando de lo que había pasado aquella tarde. Solo había espacio para él en mi mente. Su dedo pulgar acarició mi c******s, haciendo que yo arqueara la cabeza, dándole un mejor acceso a mi cuello.  —Me encantas, Lele. No tienes idea de lo que me provocas.  —Demuéstramelo—dije entre jadeos.  Debajo de mi sentía su m*****o erecto. Sin perder más tiempo, abrí la bragueta y tiré de él, relamiéndome los labios al verlo.  —¿Me extrañaste?—dijo con una sonrisa ladina.  —A tí no…—musité— a él.  Me miró mal, pero no le di tiempo de nada más, pues tiré del lóbulo de su oreja haciéndolo gruñir. Mi mano bajó a su m*****o, esparciendo el liquido per-seminal alrededor de la cabeza. Adam me apretó la espalda con más fuerza, seguramente para tener algo en que aferrarse, pero yo me separé de él. Con cuidado, puse las rodillas en el suelo, dejando su m*****o a la altura de mi rostro.  —Celeste… Lamiendo de manera tímida al inicio, comencé a sentir como me humedecía al escucharlo gemir. Se aferró a las sábanas, cuando me lo introduje en la boca. Ignoré el reflejo, para poder masturbarlo con pasión. No éramos nada silenciosos, así que yo gemía al escuchar a Adam maldecir. Sentía como su m*****o se ensanchaba. Tiró de mi cabello para hacerme mirarlo.  —Me voy a correr. Con eso tiró de mis brazos hasta volverme a sentar en su regazo. Hizo a un lado mis bragas, introduciendo un dedo de golpe. Grité, sin poder evitarlo. Su labio tiró del mío, mientras su mano hacia maravillas entre mis pliegues. Estaba bastante mojada, así que solo necesité que introdujera otro dedo mientras su pulgar jugueteaba con mi c******s para correrme. Todavía navegaba en los segundos placenteros de mi orgasmo cuando me penetró con dureza.  —¡ADAM! ¡JODER! —Oh nena, amo cuando maldices en español.  Con sus manos en mis caderas comenzó a dirigir el movimiento. Gemíamos sin ningún pudor, mientras yo buscaba alcanzar un segundo orgasmo. No había nada que nos importara en ese momento, solo la sensación de nuestros cuerpos chocando el uno contra el otro. Bajo las manos a mi culo, apretándolo con fiereza y posesión.  —Mía—gruñó en mi oído.  Debería matarlo, pero me excitaba tanto que me considerara suya porque yo a él lo consideraba parte de mí. Me soltó cuando su orgasmo se aproximaba, así que aproveché eso para moverme a mi propio ritmo. Eso lo hizo dejarse caer en la cama, presa del placer. Mis manos estaban sobre su pecho, queriendo alcanzar sus labios. Eso lo hizo levantarse y besarme de nuevo. No había nada más placentero de sentir como nuestras lenguas se unían y nuestros besos se acompasaban al ritmo que él me penetraba. Nos corrimos al unísono, gritando el nombre del otro. Sin que saliera de mí, se dejó caer en la cama, tirándome a su pecho. Me escondí en su pecho, incapaz de creer qué habíamos hecho aquello. No iba a llorar, porque lo había disfrutado, pero me sentía tonta y débil por haber sucumbido a la pasión y no ser lo suficientemente madura para llevar una relación normal con Adam. Salió de mí, haciéndome sentir completamente vacía. Tomó la sábana y nos cubrió a ambos para protegernos del frío otoñal. Nos quedamos largo rato en silencio, con sus manos paseando sobre mi piel desnuda, sin saber qué decir exactamente. Al final, fui yo la que rompió el silencio.  —¿Te quedas, entonces? Alcé una ceja, provocativamente. Estaba cubierta con la sábana, pero podía dejarla caer en cualquier momento. Adam sonrió y me atrajo a él, rozando su nariz con la mía, pero no la besó.  —¿En tu cama o en tu vida?—me preguntó. Suspiré, sintiéndome enamorada de nuevo. Esa sensación explosiva, de abrir los ojos y ver colores brillantes, me la había contado mi hermana pero nunca pensé llegar a sentirla. Cuando terminé con Fyodor estaba convencida de que el amor no era para mí, al menos en el sentido romántico de la palabra. Adam Harris fue quien llegó a cambiar todas mis expectativas de la vida y las relaciones personales. Quería gritarle que si, que quería que se quedara para siempre a mi lado, pero tenía que ser objetiva. Habíamos prometido trabajar en nosotros mismos, tratar de ser amigos y de conocernos, y habíamos fracaso estrepitosamente.  —Creo que debemos ponerle un rumbo a esto—dije señalándonos a ambos.  Asintió vigorosamente con la cabeza, haciéndome reír pues no se separaba de mí. Intentó sentarme sobre su regazo, pero me negué. Terminaríamos teniendo sexo de nuevo y no hablaríamos de nada. A pesar de que nuestra relación era sumamente s****l, uno de los dos debía mantener la cabeza fría, al menos por ahora.  —Tienes razón, nena. Estoy consciente de que quiero seguir contigo, para siempre, y por ello debemos fijar nuestra posición.  Me sentía aliviada de que él pensara como yo. Así podríamos hablar en paz, no a gritos como lo habíamos hecho las última veces que hablamos de nuestra relación. Tomé sus manos y lo miré fijamente, decida a ser la primera en hablar. No volvería a quedarme con las ganas de decirle algo. Si algo me enseñó la vida es que es demasiado corta para guardarte lo que sentías.  —Como te dije ayer, te quiero y mucho…—no estaba preparada para decirle que le amaba—pero quiero saber si estás dispuesto a seguir con esto con lo que conoces de mí.  —Nena, ya te dije que no voy a juzgarte…lamento mucho que mi comportamiento te haya hecho sentir así, pero te juro que dedicaré el resto de mis días a ser tu espacio seguro.  Le di un apretón en la mano, sonriendo débilmente.  —No es solo eso, cariño. Yo sé que no vengo con un historial limpio y tranquilo, pero aún te falta mucho por conocer de mi.  —Y a ti de mi—concedió—no hemos sido completamente sinceros el uno con el otro.  —Comenzamos con el pie izquierdo.  Bajé la mirada, pero él sostuvo mi rostro entre sus manos.  —No cambiaría lo que llevamos juntos por nada del mundo, nos ha hecho aprender mucho.  —¿Y ahora?  —Yo te pedí que no fuéramos amigos que follaban, porque quiero que seas mi novia.  Me separé de él, como impulsada por un resorte.  —Adam, no… —¿No quieres? En ese momento era lo que más quería del mundo, pero estaba aterrada.  —No, no podemos… —¿Por qué no, nena?  Mandé lo que me quedaba de firmeza al carajo cuando vi sus hermosos ojos azules viéndome con esperanza.  —Porque no quiero que nos reconciliemos y peleemos como el resto de las parejas. No podría soportarlo. —En mis planes no está romperte el corazón. Aunque sé que ya lo he hecho.  —¿Entonces cómo pretendes que vuelva a ser tu pareja? —Porque esta vez voy a hacer las cosas bien.  Le dediqué una mirada de sorpresa, no sabía a qué se refería con el hecho de hacer las cosas bien.  —¿Qué pasa?—me preguntó al ver mi mirada de duda.  —No has hecho nada malo, Adam.  —Eso es mentira, Lele. Empezamos con que ni siquiera te pedí que fueras mi novia.  Eso hizo que me echara a reír. ¡Definitivamente éramos muy tontos a pesar de que pretendíamos ser adultos!  —Ya somos mayores para eso, cariño. Si queremos acompañarnos en la vida, no es necesario hacer una gran escena romántica.  —Pero…¿te gustaría? —A todas las chicas nos gusta soñar de vez en vez con un príncipe azul; con una propuesta romántica; con velas; con flores; con toda la parafernalia cursi que nos venden en las películas… Adam se quedó en silencio por unos segundos, sonriendo con picardía.  —¿En qué piensas? —En todo lo que voy a hacer para ti.  —No tienes que hacer nada—dije suspirando—solo quiero que seamos honestos el uno con el otro.  —Seré lo más honesto posible, nena. Y eso significa que quiero compartir mi vida contigo. ¿Aceptas que volvamos a tener una relación?  —¿Aceptas que no haya secretos entre nosotros? ¿Qué te apoye en lo que sea necesario? —Sin dudarlo. —Entonces sí, Adam. Quiero volverlo a intentar contigo.  Me besó tan entusiasmado que no pude dejar de sonreír. Seguía sin creer que, después de tantas peleas y malentendidos, volviéramos a estar juntos de una manera tan fácil. Reprimí un escalofrío cuando la vocecita pesimista que vivía instalada en mi cabeza me decía que las cosas podían volver a salirnos mal de un momento a otro.  —¡LELE!—la voz de Anne interrumpió nuestro momento—¡TRAJIMOS CENA! ¡BAJA!  Con una gran cantidad de besos, logré que Adam volviera a ponerse ropa. Bajamos las escaleras riendo, sin soltarnos de las manos, disfrutando aún más la mirada de perplejidad de Michael y Anne. No nos escapamos de qué se burlaran de nosotros, pero al menos pudimos tener una cena tranquila los cuatro. Me sentía tan bien volviendo a estar con Adam así, sin tener cuidado de lo que decía o pensaba. Extrañaba a mi amigo, mi cómplice. Lo que comenzó como un día de mierda, terminó siendo una noche gloriosa, de las mejores que recordaría en mi vida.  Antes de que pudiera darme cuenta, el semestre estaba por terminar. Pronto cumpliría un año en los Estados Unidos de América. Me resigné a la idea de que los medicamentos para el dolor me acompañarían por el resto de mi carrera. Tenía que ser lo más firme posible para hacer los ejercicios de fisioterapia que me habían indicado si es que quería volver a disfrutar la danza. Seguí el consejo de Jennifer y recordé que hacia esto porque lo amaba, no porque me obligarán.  —Casi vuelves a ser la misma Lele que conocí—decía la profesora Vanderbilt, complacida—Temía que Harvard y su dureza hubiera quitado la parte salvaje que tiene los rusos a la hora de bailar.  Negué con la cabeza.  —¿Salvaje?  —No me malinterpretes, me refiero a que ustedes tienen un modo mucho más natural de trabajar que nosotros. Sonreí sin poder evitarlo.  —Supongo que solo tenía que recordarme que esta es mi pasión.  —No la olvides, Lele. Puedes ser la más talentosa, pero si no tienes pasión nunca llegarás a nada.  Con esas palabras se despidió de mí, recordándome que los exámenes generales comenzarían la siguiente semana. Era viernes, así que no tenía otras clases aquel día. Adam me había avisado que tenía una reunión con un comprador así que me fui directo a casa. Estaba cansada, así que planeaba dormir hasta que mi cuerpo dijera que era suficiente.  —¿Anne? ¿Señor Ollivier?  La casa estaba sospechosamente vacía para ser un día como aquel. Si bien era cierto que mi amiga cada vez pasaba más tiempo en casa de Michael Robinson, su padre se encontraba en casa los viernes y ella, religiosamente, regresaba para pasar la tarde con él. Después de llamarlos por un largo rato, dándome cuenta que no estaban, le escribí un mensaje de texto a Anne pues me estaba preocupando.  —“¿Todo bien?”. —“Si :)” —“¿Dónde están?” —“Los padres de Michael nos invitaron a mí y a mi padre a comer”. —“Perfecto, los veo a la noche. Suerte con los suegros.” Suspiré, quitándome los zapatos y dejándome caer al sillón.  —¡CASA SOLA! ¡PIZZA, PIJAMA Y A DORMIR!  Extendiendo la espalda como un gato, me dispuse a relajarme. Me merecía un descanso después de tantos días pesados. Ya tendría tiempo de estresarme por la dieta cuándo viera el vestuario que la profesora Vanderbilt tenía preparado. Buscaba mi pizza en la aplicación del teléfono móvil donde pedir comida cuando escuché un ruido en la parte de arriba de la casa.  —¿Anne?—racionalmente sabía que ella no estaba pero no podía evitar preguntar—¿Nina? Tal vez mi amiga le hubiese dejado una llave a la colombiana, que se había quedado a dormir con nosotras varias veces pues su trabajo terminaba muy tarde y desde el episodio del metro, se negaba a volver sola hasta su casa. Esperé unos segundos a que me respondiera, pero solo se escuchaban ruidos. Parecía que alguien estuviese arrastrando algo en mi habitación. Yo era la única que dormía en el ático. Nerviosa, tomando un paraguas para defenderme de cualquier persona, o cosa, que hubiera arriba, comencé a caminar. Revisé segundo piso, entrando en todas las habitaciones y comprobando que estaba vacío. Contuve la respiración, pero seguía escuchando el ruido arriba. No cabía duda, estaban en mi habitación. —No seas cobarde, Celeste.  Alcé la cara, soltando maldiciones en ruso para que se dieran cuenta que había alguien allí. Seguramente lo primero que debía hacer era llamar a la policía, pero no pude pensar en eso antes. Ahora ya estaba subiendo y me podían escuchar. Respiraba profundamente, dándome ánimos. Caminaba con pasos fuertes, pensando que así podría ahuyentar al ladrón. Abrí la puerta de mi recámara para sorprender a la persona, pero la sorprendida fui yo.  —¿Qué es todo esto?  El ático estaba completamente repleto de rosas rojas. Colocadas en el suelo, en floreros, incluso entre mis libros de teoría de la danza y en las redes del atrapasueños. El único espacio que quedaba vacío era un pequeño camino donde yo podía caminar hacia el centro de la habitación. —Querías un príncipe, ¿no?  Me quedé muda. Adam Harris estaba parado frente a mi escritorio, cruzado de brazos y con su hermosa sonrisa coqueta plasmada en el rostro. Yo allí mismo me moría feliz.  —¿Qué? ¿Qué haces aquí? —Haciendo algo muy lindo por mi chica.  —¿Tu chica? Alcé una ceja, sosteniendo con nerviosismo mi bolso de entrenamiento. No podía creerlo, nadie había tenido ningún gesto así de romántico conmigo. Adam solo sonreía y nos mirábamos a los ojos. Estaba esperando que yo diera el primer paso. Asentí para mi misma, caminando por el espacio que había dejado hasta llegar a él. Afuera, Nueva York había decidido hacer mi día aun mejor y estaba comenzando a nevar. Era simplemente perfecto.  —Además, vine a darte algo.  —¿Las rosas? Sostenía mis manos entre las suyas, mientras yo sonreía como una idiota. Las mejillas me dolían de tanto hacerlo. Nunca me había sentido así en mi vida. Adam negó con la cabeza, soltando una de mis manos para entregarme un dibujo. Era un retrato mío, dormida, seguramente de alguno de los días en los que me quedé a dormir en su casa.  —Trae un mensaje detrás—me dijo, incapaz de contenerse.  Parecía un niño en la mañana de Navidad. Así que, obedientemente, giré el dibujo para encontrarme con la frase más bonita del mundo. Las palabras que cambiarían mi vida.  “¿Te gustaría ser mi chica para siempre, para atrapar todos nuestros sueños juntos?, A.” Los ojos se me llenaron de lágrimas inmediatamente. Adam extendió su mano a mi mejilla para limpiarla, pero yo me negué. No quería que borrara esto, no iba a permitir que me quitaran los mejores sentimientos que brotaban en ese momento. Debí pasar bastante tiempo en silencio, porque Adam me preguntó en voz alta lo que estaba escrito en la tarjeta. —¿Quieres ser mi novia, Celeste Santillán? —Si, Adam—no sé como recobré la voz, pero me tiré a sus brazos al tiempo en el que hablaba—siempre sí. Una y mil veces.  Ambos nos estábamos dando una segunda oportunidad y, al menos yo, no pensaba desperdiciarla. —Eres mi novio—dije con una sonrisa boba. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR