Más problemas

3872 Palabras
¿Qué palabra tan tonta y tan importante a la vez? Adam Harris era oficialmente mi pareja.  —Tu eres mi novia—besó mi frente—y mi chica. Te quiero mucho, Lele.  —Y yo a ti te quiero con todo mi corazón Adam.  Los dos nos quedamos mirando con ganas de decirnos más.  —Ya tendremos tiempo—dijo sonriendo de lado—todo el del mundo para decirnos lo que sentimos.  Nunca me pude explicar cómo era capaz de leerme el pensamiento. Alcé el rostro para besarlo de nuevo, pero mi estómago hizo ruido y nos interrumpió.  —Parece que mi novia tiene hambre.  No me cansaría de escuchar aquella palabra, pero lo golpeé en el pectoral.  —Demasiados experimentos—me quejé, haciendo un puchero.  —Me lo suponía. Mi bailarina necesita un descanso y muchos mimos.  —Eso mismo pienso yo. Estaba por pedir una pizza, ¿interesado en compartir?  Como respuesta, me sonrió ampliamente y me tomó en brazos.  —¡ADAM!—grité riendo—¡Bájame! —Dije que te iba a mimar.  —Te puedes lastimar.  A pesar de mis protestas, ya íbamos bajando las escaleras hacia la planta principal. Me depositó con cuidado en el sillón, sentándose a mi lado. Juntos pedimos una pizza que él juraba, era la mejor de toda la ciudad.  —¿Crees que la traigan ahora que nieve? —¿En México no hay muchas lluvias y todo sigue como si nada? —Allá no hay servicio de entregas de comida—dije sacándole la lengua.  Me mordió la mejilla, y luego el labio, de manera juguetona. Sin poder evitarlo, solté una carcajada. —¿Qué?—mi novio se rascó la cabeza—¿qué es tan gracioso, nena? —Chiste local.  —¿Con? —Camila.  Sonrió sin dejar de mirarme, haciendo que me ruborizara.  —¿Qué tanto me miras? —Eres muy bonita cuando recuerdas las cosas que te hacen feliz.  ¿Qué se contesta a eso? Me limité a esconder el rostro en su pecho, al tiempo que él me rodeaba con sus brazos para atraerme más a él. Si por mi fuera, nos quedaríamos así para siempre. Después de inhalara profundamente su aroma, volví a hablar.  —Me gusta que me digas así…—dije en un susurro.  —¿Bonita? Asentí.  —Me parece una palabra tan natural, inocente y llena de luz. No encuentro nunca segundas intenciones en ella. Solo se llama “bonito” a lo que, en verdad se siente así. O al menos eso creo yo.  —Tienes razón. Y eso eres para mí. Bonita—me besó en los labios—mi bonita.  —Adam…  Algún día sería lo suficientemente fuerte y confiada para decirle que lo amaba. En lugar de eso, le respondí con besos, sentándome en sus piernas. Disfrutaba mucho estar entre sus brazos. Nos mantuvimos en esa posición hasta que llegó la pizza. Insistí mucho hasta que Adam aceptó que pagáramos la mitad de la comida.  —Nena—reprochó—yo quería sorprenderte con una cena romántica que acompañara lo de allá arriba.  —¡Nada de eso!—exclamé poniéndome las manos en las caderas—quedamos de ser pareja, eso quiere decir que somos parejos en todo.  —Pero… —Lo siento, señor Harris, pero ha caído usted en las manos de una princesa que se salva sola. Puede ser un príncipe que pelea junto a ella o convertirse en un dragón.  —¿En un dragón? —Así es, para qué pueda montarlo y sobrevolar el cielo.  No capté lo que había dicho hasta que vi cómo me miraba con lujuría.  —Puedes montarme todas las veces que quieras, nena.  Rodé los ojos, aunque me ruboricé.  —No me refería a eso. Pero también entra en la cuenta.  —¿Entonces me dejas ser tu dragón? —Todo lo que tú quieras, mientras no me quieras encerrar en una torre.  —Solo si me encierras contigo.  —Suficiente de las metáforas de cuentos—dije cubriéndome la cara—¡Tengo hambre y si seguimos así no comeremos pronto!  Su carcajada franca me hizo sonreír de nuevo. Parecía que en aquel día no dejaría de hacerlo. Pusimos la mesa y nos sentamos a comer, compartiendo una botella de agua mineral. Adam tenía razón, la pizza era lo mejor que había probado. La terminamos entre los dos y yo incluso, me relamí los dedos.  —Parece que este dragón ya sabe dónde perderá a su princesa.  —¡Calla!  Después de comer, subimos a mi habitación. Los dos estábamos cansados, así que apenas nos sentamos en la cama, Adam cerró los ojos y me abrazó para quedarse dormido a los pocos minutos. Sabía que estaba trabajando hasta altas horas de la noche, haciendo reparaciones en casas de Brooklyn o vendiendo cuadros, así que lo dejaría descansar cuánto pudiera. Yo no podía dormir, demasiado emocionada por los eventos de aquel día, así que me dediqué a revisar mi teléfono celular. Desde los mensajes originales, Paola y yo no habíamos vuelto a hablar, pero sabía que pronto volveríamos a hacerlo y eso me alegraba más que muchas cosas en la vida. Me metí a las r************* , aburrida de que Adam no se despertara. No tenía muchas, la mayoría eran para ver los chismes que ocurrían en mi pequeño pueblo. Me encontré con una fotografía nueva en el perfil de mi hermana, cosa que era rara pues ella casi nunca publicaba nada. Decía que prefería vivirlo a verlo en internet. Y yo le daba toda la razón, aunque no iba a negar que mi parte artística disfrutaba mucho más de las fotografías que ella. Era una imagen que yo había tomado, de Franco y ella en un viejo bar en Ciudad de México.  “Empieza la cuenta regresiva para que ese tonto se amarre a esta tonta para siempre”. Al leer aquello me apresuré a escribirle un mensaje.  —“¿Ya definieron fecha?”. —“Apenas hace unos minutos…¿cómo sabes?” —“Internet.” —“Por eso no publico nada. Le quita la espontaneidad a las cosas”.  —“¿Cuándo?”. —“Después de Navidad. ¿Vas a venir?” —“¿Quieres que vaya?” —“Estúpida.” Sonreí con ganas, sabiendo muy bien que Camila me quería y me necesitaba con ella. Era un sueño que había tenido desde que era muy chiquitita, casarse de blanco, con mi padre llevándola al altar y su familia junto a ella. —“Allí estaré. Cuenta conmigo…y con Adam.” No tardó ni un minuto en contestarme.  —“Tienes que contarme todo.” Consulté la hora en el reloj.  —“Te marcó mañana”. —“Júralo”.  Después de despedirme de ella, observé las imágenes en el internet, de nuevo, girando mi cabeza para ver a Adam. No podía creer que mi hermanita de 24 años fuera a casarse, era una niña aún. Yo tenía demasiados planes para mi futuro, pero si cerraba los ojos en ese preciso momento, podía imaginarme un ramo de novia formado de puras rosas rojas como las que se encontraban junto a mi cama, siempre y cuando quien me esperara al final del pasillo fuera Adam.  Antes yo no quería casarme, así que me mordí el labio pensando, ¿qué demonios quería yo para mi futuro? Estaba tan decidida a que las cosas fueran distintas ahora que solo esperaba que todo saliera mal. Cada vez que algo nos iba bien, la sorpresa y la esperanza se apoderaban de mí. Seguíamos teniendo problemas, pero la nieve parecía hacerlos mínimos. Todo estaba detenido por el invierno en Nueva York.  Únicamente me faltaba la presentación del recital para dar por terminado mi semestre número dos en el posgrado. No quería saber nada de los boletos de avión para México, o me estresaría de antemano, pero necesitaba comprarlos pronto. Aún no hablaba con Adam acerca de la posibilidad de que fuera conmigo porque seguía teniendo muchos problemas de dinero.  —Quería ir a patinar en el hielo. Seguro te pateaba el trasero—hice un mohín viendo la pista que se formaban en el enorme lago de Central Park. —Ya tendremos oportunidad después del trabajo, cario.  Adam tomó mi mano, enfundada en un guante y la besó con ternura. Habían pasado dos semanas desde el día en que me pidió ser su novia y, aunque mi negatividad seguía teniéndome preocupaba, cada minuto que pasaba a su lado me daba la oportunidad a mí misma de disfrutarlo. Esos días habían estado plagados de sexo, citas y muchos mimos. Ahora íbamos a reunirnos con nuestros amigos, prácticamente por obligación.  —Aún podemos escaparnos.  —Lele—me dijo mirándome severamente.  —Ya, ya…igual los extraño, pero prefería pasar más tiempo a solas contigo.  Me dedicó una sonrisa que no supe descifrar.  —Podremos hacerlo luego.  Llegamos al restaurante de Alex que volvía a ser nuestro punto de reunión. En una de las tantas conversaciones que tuve con Nina y Margot me enteré que ninguno del grupo, excepto Adam y Margot, hablaban con Dalilah. A pesar de que me habían dicho una y otra vez que no tenía que sentirme mal por ello, no podía evitarlo. Ella había sido su amiga primero, y yo llegué a usurpar un lugar. Sin embargo, ninguno de ellos me daba indicios de estar incómodo con mi presencia.  —¿Dónde estaban?—preguntó William frunciendo el ceño—¡Está por empezar a nevar y quedaremos atrapados aquí! —¿Quieres bajarle al drama?—rebatí—Estás peor que mi padre cuando vivía sola en la ciudad.  —No me preocupo por ti, me preocupo por Addie.  Lo dijo con tal afectación, imitando el tono de Dalilah, que Nina le dio un golpe en la cabeza. Riendo, nos sentamos junto a ellos. En efecto, por la nevada, la cafetería estaba semi-vacía. Me gustaba cuando era así, porque no teníamos que esperar a que Alex terminara de atender para sentarnos a charlar.  —¿Qué ha pasado con lo de los hombres de Brooklyn? Me había unido a Nina en la barra para ayudarles un poco, pues toda la gente llegaba a pedir bebidas para calentarse. Mi amiga era la única que sabía que estaba pasando en mi vida; no quería que Adam se enterara de que me habían vuelto a seguir a su apartamento, que me gritaban cosas y me tomaban fotografías. Realmente estaba muy asustada, pero no tenía forma de poner una denuncia porque mi visa estaba cada vez más cercana a expirar así que podría ponerme más en peligro a mí misma que a ellos.  —Nada nuevo, Nina—suspiré—Solo quiero que se termine, ser capaz de ignorarlos con suficiente poder para que se alejen de mí. —Sé que eres capaz de eso y más.  —¿Y si echo todo a perder?  —Le decimos a Adam y a los chicos para que les den una lección. Nos reímos a carcajadas, haciendo que la mesa de nuestros amigos se volviera a mirarnos. Margot estaba ocupada viendo su teléfono celular, mientras que Wick la fulminaba con la mirada.  —¿Qué les pasa? —Llevan días así—me dijo Nina—Pero no quieren contar nada.  Adam me dedicó una mirada de extrañeza, haciendo que yo los señalara con la cabeza. Nina y yo volvimos a entretenernos con las bebidas, hasta que escuchamos un golpe sordo en la mesa.  —¡MARGOT!—la voz de William tenía un tono de burla—¿Me vas a contar con quién estás hablando? —¡No te importa!  La rubia levantó su teléfono móvil, pero William era más alto así que, en un acto infantil se lo quitó. Abrió el aparato y comenzó a leer los mensajes en voz alta.  —¡BASTA WICK! ¡CÁLLATE! Adam se encontraba desesperado al encontrarse en medio de ellos. Michael y Anne veían todo con confusión; mientras que Alex reía a carcajadas, alimentando más las acciones de William. Margot se levantó de su asiento, siguiendo al moreno que caminaba a grandes zancadas para evitarla. Estiraba las manos para no entregarle su aparato electrónico.  —¡No tienes derecho a hacer eso, Wick!  —Wick, colega…devuélvelo.  Parecía que mi novio no tenía experiencia para tratar con niños, o personas que actuaban tan infantilmente que necesitaban una chupeta en la boca. Margot dio un salto, logrando tener su teléfono de vuelta, pero William la agarró de la cintura. Hábilmente, ella se soltó y salió corriendo del establecimiento, con el hombre detrás de ella. No tardaron ni diez minutos antes de que se escucharan los gritos.  —¿Pensamientos detenerlos?—preguntó Anne al aire.  El resto de los amigos nos quedamos viendo sin saber qué hacer. Finalmente, fue Nina la que tuvo el valor de ir a ver qué estaba pasando entre Margot y William.  —Se puede poner peor con Nina allí—dijo Adam con preocupación.  —Es una chica grande y puede cuidarse sola—Alex le quito importancia.  La cafetería había quedado vacía, salvo nosotros, así que nos dispusimos a ayudarle a recoger.  —¿Qué habrá pasado?—quise saber. —Margot le dijo a Wick que quería tener una relación abierta.  —Eso huele a problemas.  —Como pueden ver—dijo Michael—nuestro amigo no se lo tomó muy bien.  Asentimos con la cabeza, tratando de hacer el mayor silencio para escuchar el pleito. Sí, éramos chismosos, pero nadie podía culparnos. No teníamos mayor circulo social que el resto de las personas que se encontraba en el restaurante.  —¿Creen que se congelen afuera? —Bien merecido se lo tendrían—musité—por cabezotas.  Anne me aventó un trapo mojado que usaba para limpiar. —¡Oye!  —Eres la más hipócrita del mundo por hablar de eso.  Enrojecí, escondiéndome en el pecho de Adam. Siguieron molestándonos, hasta que los tres entraron de vuelta al restaurante. William parecía avergonzado, Margot molesta y Nina, ¿resignada? Quería saber qué era lo que había pasado, porque no podíamos desentrañar nada de los gritos. Pero fue en vano, ninguno de los tres parecía romper esa especie de voto de silencio que tenían.  —¿Y si tienen una relación entre los tres?—le susurré a Anne—No se me ocurre nada más.  —¿Tú le preguntas a Nina y yo a Margot?  Nos quedamos viendo fijamente, dispuestas a cumplir la misión de averiguar ¿qué carajo había ocurrido? La noche cayó mientras intentábamos descubrir qué estaba pasando. Estaba sentada en las piernas de Adam, mientras interrogábamos a Nina, Margot y Wick.  —¿Por qué tanto interés en nosotros?—preguntó Nina, tratando de parecer ofendida.  —Porque ellos dos ya no tienen chiste ahora que volvieron a estar juntos—dijo Alex señalándonos.  —¿Me repites porque somos amigos?—dije enfurruñada.  —Porque soy parte del Ninacombo.  —¿Dónde la devuelvo?—preguntó la hermana, haciéndonos reír.  Bajó un poco la nieve, cosa que nos permitió despedirnos e irnos. Disfrutaba mucho estar con mis amigos, no cabía duda que habíamos aprovechado mucho aquel tiempo con ellos.  —¿Te quedas conmigo?—le dedique una sonrisa a Adam—el señor Ollivier no está…y hace frío.  —Parece que mi muñequita necesita un poco más de calor en la noche. Le regalaré una cobija nueva en navidad.  —Creo que te prefiero a ti en un suéter. Me pasó el brazo por los hombros, mientras caminábamos por Central Park. Era todo un espectáculo, tan parecido y diferente a lo que yo había visto en México. La nieve, igual que la lluvia, me llevaban a una paz casi mística. Podía quedarme por muchas de horas en silencio, viendo cómo caían del cielo. Esos climas invitaban a imaginar un mundo de fantasía, una realidad que nunca era mala. Pronto, Anne y Michael nos habían alcanzado, pues los cuatro estábamos compartiendo el Brownstone desde que el señor Ollivier se había ido de viaje.  —Por esto debemos conseguir nuestro propio apartamento, Anne—dijo Michael uniendo a nosotros.  Adam hizo un puchero de burla para su amigo.  —¿No te gusta vivir con nosotros, Michaelin? Anne rodó los ojos, tirando de la mano de su novio mientras entrábamos a la casa. Sabía que cada vez estaba más convencida de irse a vivir con Michael, pero no le iba a decir aquello hasta que hablara con su padre. Ambas éramos mujeres hechas y derechas pero nos criamos como hijas de papá, así que nos costaba trabajo dejarlos atrás. En resumidas cuentas, no la culpaba.  —¿Cenaremos?—fue lo primero que preguntó Anne, dirigiéndose a las cocinas.  —Creo que paso…—murmuré—me siento muy cansada.  Mi amiga me dedicó una mirada de preocupación, pero yo solo me encogí de hombros. Realmente tenía días arrastrando un cansancio terrible, que iba acompañado con algunas migrañas.  —Yo si tengo hambre—dijo Adam, dándome un beso en la cabeza antes de seguir a Anne—¡Te ayudo con la cena!  Michael los siguió, así que subí con calma las escaleras. Entré a mi habitación y me despoje de la ropa, quedando solo en bragas y una sudadera de mi novio. Hacia demasiado frío, así que me metí bajo las cobijas, tomando mi teléfono móvil para hablar con Camila. Sentí como si un balde de agua fría me cayera en la cabeza cuando leí la notificación en la pantalla de inicio.  RETRASO EN EL PERIODO: 7 DÍAS.  No podía estar embarazada. Simplemente no era posible. Racionalmente sabía que, aunque Adam y yo habíamos follado sin protección cuando nos reconciliamos, las fechas de aquello no coincidían. Pero la paranoia ya se había instalado en mi mente: todo lo que había sentido en los últimos días se volvió automáticamente un síntoma de embarazo. Abrumada por eso comencé a llorar. Cuando Adam abrió la puerta, yo lloraba tanto que tenía hipo. Mi novio prácticamente se lanzó a la cama, asustado al verme en aquel estado.  —Lele, cariño…¿qué pasó? —Adam…yo…amor—ni siquiera podía formar una frase coherente—no puedo…yo.  Me hizo mirarlo, tomando mi rostro entre sus manos. Abrí los ojos con dificultad, tratando de concentrarme en su mirada.  —Necesito que me digas que pasa, por favor.  —Creo que estoy embarazada.  Se quedó callado por unos momentos y en su mirada de pánico pude ver que él tampoco lo quería. No pude evitar volverme a desmoronar, llorando de nuevo. Adam me estrechó contra su pecho.  —¿Estás segura? —Tengo una semana de retraso. Eso debe decir algo, ¿no? —Compra una prueba, nena. Después de eso, veremos.  Estaba entrando en pánico, no podía evitarlo.  —¿Qué vamos a hacer? —Primero, salir a comprar una prueba de embarazo. Has estado sometida a mucho estrés y…—se rascó la cabeza—puede ser cualquier cosa. Si no, nos casamos y ya. No hay tanto problema.  No quería decirle algo que nos hiciera pelear, así que solamente asentí con la cabeza. Bajamos las escaleras, sintiendo alivio cuando vimos que nuestros amigos no estaban por ningún lado. Caminamos apresurados hasta la farmacia, sin soltarnos de la mano. No podía dejar de pensar en lo que pasaría ahora. ¿Un bebé? Eso arruinaría mi carrera, ni siquiera la gran Marie Curie pudo recuperar su carrera al cien por ciento después de tener hijos. No me disgustaban los niños, incluso la idea de tenerlos fue atractiva en un momento de mi vida; pero ahora no. Apenas estaba comenzando a vivir libremente, no iba a atarme a nadie, mucho menos a una persona a la que tuviera que darle todo de mí, incluso lo que no tenía. Le tenía casi tanto repulsión a eso como al matrimonio.  —Vamos, cariño.  Adam me empujó hacia la farmacia, pero yo estaba demasiado nerviosa para hablar así que él fue quien compró la prueba. La metí en mi bolso y volvimos a la casa en el mismo silencio en el que salimos. Subimos las escaleras hasta el ático. El frío había quedado olvidado, antes de salir me había puesto un pantalón deportivo, del cual me despojé en cuanto entramos. Cerró la puerta con seguro y se sentó en la cama.  —No puedo—dije aterrorizada.  —Claro que si—me dijo con seguridad—Yo estaré esperándote de este lado de la puerta.  Entré al sanitario con la prueba en mano, a penas me bajé las bragas quise llorar de alegría. ¡Mi periodo había llegado! Sabía que debía hacerla, pero ahora me sentía mucho más tranquila. Seguí las instrucciones de la prueba y, después de esperar los minutos necesarios, comprobé que era negativa. Al salir del cuarto de baño, me abalancé a Adam, tirándolo a la cama.  —¡NO ESTOY EMBARAZADA!  Adam se contagió de mi alegría, riendo a carcajadas. Los dos nos sentíamos profundamente tranquilos. Me besó el cuello, las mejillas y la boca, haciéndome cosquillas con su barba. Por mi podríamos ser él y yo para siempre. —Yo sabía que no podía ser posible…no somos tan descuidados, pero el miedo es real.  —Era algo que nos iba a pasar tarde o temprano—dijo Adam. Ambos nos sumimos en un silencio tranquilo. Los dos teníamos muchas cosas que pensar. Sentía que la última hora de mi vida había pasado demasiado lento, mi corazón aún resonaba en mi pecho. ¿Por qué había sentido tanto pánico? Los niños en general me gustaban bastante, tanto como para llegar a ser niñera. Los hijos de mis primos eran mi adoración, solía pasar todas mis vacaciones en Guadalajara con ellos, pero sabía que yo no quería hijos…al menos no de momento.  —Adam, ¿quieres hijos?  Me tenía atrapada en la cama, pero en ese momento me dejó libre. Había caído sobre la cama, girando para verme fijamente. Nos había caído la noche, completamente fría y silenciosa, solo se escuchaba el sonido de la nieve caer a nuestro alrededor. Adam respiró profundamente antes de hablar. —No…no lo sé. Realmente no lo sé, Lele. Solo podría decirte que ahora no es el momento. Tengo demasiadas deudas; mil cosas en la cabeza donde un niño no entra.  —Te entiendo.  —Por tu reacción, supongo que tampoco quieres hijos—me dijo Adam.  Negué con la cabeza.  —Me está costando mucho recuperarme del accidente, no voy a dejar ir mi carrera por la borda. Quizá algún día, cuando yo sola decida retirarme del escenario, pero no ahora. No de sorpresa.  —Definitivamente tenemos que ser más cuidadosos  —Iré a ponerme un implante—me ruboricé—me gusta más cuando follamos sin condón.  —Te acompañaré.  —No es necesario—dije firmemente—todavía tengo que conseguir un médico aquí, porque no me ha visto nadie excepto el doctor del hospital cuando me caí. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR