Había sido bastante descuidada al no haber aprovechado el seguro médico de Harvard para vigilar mi salud. Salvo por la fisioterapia y las citas consecuentes al accidente, no había necesitado ir. Nunca fui una niña enfermiza, y la vida como bailarina de ballet me tenía encadenada a una dieta balanceada; ejercicio cotidiano; todas esas cosas que los médicos decían eran las necesarias para estar sano. No se me había ocurrido pensar, ni por un momento, que las mujeres necesitábamos cuidarnos mil veces que los hombres.
—Claro que es necesario. Esta es una decisión de una vida en pareja, Celeste. Probablemente la primera de mucha y…no quiero que lo hagas sola.
—Adam, si es por el dinero, no te preocupes. Ni quiero que te sientas mal por lo que paso hoy, fueron mis hormonas hablando. De verdad, yo puedo sola. Anne seguro me acompaña.
—Voy a ir contigo—me aseguró—Permíteme estar a tu lado, por favor.
No debería sentirme especial por tener a mi lado un hombre que se portara de esa manera, cuando todos debían ser así, pero era tan raro que existieran y uno de ellos era mío. Lo besé con emoción, incapaz de decir algo más.
—Al final, ¿fue estrés, nena?
Adam estaba realmente preocupado. A pesar de que la prueba resultó negativa, su rostro no cambiaba desde qué me encontró llorando. Su ceño seguía fruncido, aunque yo lo acariciaba para relajarlo.
—Supongo que si—me encogí de hombros—mi periodo ha llegado, entonces solo debo estar pendiente.
Una de las cosas que más me gustaba de estar con él era que no tenía porque esconder esa clase de cosas. Enamorarte de tu mejor amigo te daba esa ventaja. Cuando intenté separarme de él pero me abrazó con más fuerza.
—¿Te sientes bien? ¿Necesitas algo?
—Para nada, cariño. Estoy bien. Solo necesito descansar.
—¿Segura?
—Te prometo que si me siento mal te lo diré.
Asintió sin parecer muy convencido, pero me dediqué a mimarlo hasta que se mantuvo tranquilo. No podía dormir, debido a la adrenalina de las horas pasadas así que alcé la cara de su pecho.
—¿Has pensado qué cuadros llevarás para la feria?
Michael y William habían vaciado la bodega de armas para que Adam pudiera vender sus cuadros. Al final, terminamos haciendo una pequeña exposición de arte donde todo lo recaudado iría para pagar las deudas de Adam, aunque él se negaba a aceptarlo. Nos había dicho que nos pagaría a todos lo justo por nuestro trabajo, pero nosotros encontramos una forma de depositarlo de nuevo. Tenía que aprender a dejarse ayudar, por la buena o por la mala.
—Aún estoy escogiendo.
—¿Todavía?—fruncí el ceño—¡La presentación es mañana por la tarde!
—Creo que los terminarás escogiendo tú—me dijo riendo—soy demasiado indeciso.
—Por eso me encontraste a ti—bromeé.
—Y nunca te cambiaría por nadie.
—¿Seguro?—acné una ceja—Si dice eso, señor Harris, no se puede arrepentir.
—Completa y totalmente seguro, nena. Te tengo atrapada para siempre.
Reí a carcajadas, besándolo de nuevo. Nos quedamos en silencio hasta que nuestras respiraciones se acompasaron, su respiración junto a la mía me ayudaba a dormir. Como una persona que tenía problemas de insomnio desde la adolescencia, había aprendido que la verdadera seguridad estaba en aquellos brazos en los que te dormías sin pensar en nada. Junto a Adam no había pesadillas, solo sueños pendientes para realizar.
—Buenas noches, mi amor.
—Descansa, nena.
Musité algo más en español, pero ya no lo alcanzó a entender. No pudo escuchar qué le decía que lo quería más que a nadie. Al día siguiente la prueba de embarazo se fue a la basura y nosotros nos concentramos en el presente que teníamos por delante. Apenas conseguimos desayunar porque debíamos ir a escoger los cuadros de Adam; preparar la bodega y esperar a que nuestros amigos llegaran a aquel lugar. Ya había visto una presentación de mi novio, pero nada se comparaba a esto. Creía que iba a explotar en cualquier momento. Me limité a apretarle la mano y prometerle que todo saldría bien.
—No puedo. ¡Escoge tú, nena!
Había tantos cuadros amontonados que pensé que me sería imposible escoger. Él pintaba tan rápido como yo montaba piezas nuevas de ballet. Finalmente, cuando ya estábamos sobre tiempo, encontré mis diez favoritos.
—¡ESTOS!
—¿Segura?
—No me hagas dudar o te mataré. Ya no hay más tiempo.
No se notaba del todo convencido pero William comenzó a gritar que nos tardábamos demasiado. Entre risas, bajamos por las escaleras con los cuadros dispuestos para la venta. Como no entraban en la cajuela, hice uso de mis mejores habilidades elásticas para poder entrar con ellos en el asiento trasero. Los dos hombres venían en el asiento delantero, charlando amenamente.
—Podrían apurarse. No estoy precisamente cómoda aquí atrás.
—Pensé que las bailarinas eran capaces de entrar a cualquier espacio, Tattie.
—Aún puedo patearte las pelotas desde aquí, Willy.
Logramos llegar a la bodega. Margot salió a nuestro encuentro, ignorando completamente a William. Adam se quedó sin palabras al ver cómo habíamos ordenado aquel lugar. Verdaderamente era una feria de las artes.
—No debieron haberse molestado—exclamó emocionado—Les juro que podía haber hecho cualquier otro trabajo…son los mejores amigos.
—Cualquier otra cosa sería aburrídisima.
Alex caminaba con una charola de comida, sonriendo con todos los dientes. Me abracé a Adam rápidamente, para después ir a traer las pinturas con ayuda de Margot. Nina se encargaba de armar el escenario junto a Michael, mientras que Anne montaba el puesto donde se vendería comida.
—Parece que está todo listo.
Habíamos terminado apenas quince minutos antes de abrir las puertas de la bodega. Nina y yo nos encargamos de invitar a todos nuestros conocidos de Juilliard, pues sabíamos que eran personas tan apasionadas del arte como nosotras. Caminaba por la feria esperando que se llenara, buscando a Adam de vez en cuando. No quería dejarlo solo, porque se pondría más nervioso de lo usual.
Al inicio, llegaron únicamente uno o dos curiosos. Estaban acostumbrados a que aquel edificio de ladrillo estuviera lleno de armas y solo entraban a él personas que las compraban o iban a repararlas. Era algo nuevo que estuviera lleno de vida, arte y color.
—¿Y si no viene nadie?
—Piensa positivo, Brown—espeté—Aquí la única que puede ser negativa soy yo.
Estaba tan nerviosa que sentía la sangre manar lentamente de la piel que me había arrancado del labio inferior. No podía mostrarle esa faceta a Adam, así que le pedí a Nina que comenzara a tocar para nosotros.
—¡Vamos! Será la forma en que llenaremos de gente. La música es un arte que atrae a todos.
Nina no parecía muy segura de aquello. La abracé, dando saltitos y haciendo pucheros al mismo tiempo.
—Nunca te he visto tocar. ¿Me vas a dejar sin esa oportunidad?
—¿Por qué eres tan chantajista?
—Las cosas que he aprendido de mi hermana.
Negando con la cabeza se subió al escenario. Nadie le ponía mucha atención, así que ella aprovechó para sacar su saxofón con calma y acomodarse en la mejor posición. Comenzó a tocar y yo abrí la boca sorprendida. Definitivamente Nina tenía más talento que todos nosotros juntos. Estaba perdida en la música, tocando un viejo vals checo. La gente se giró para mirarla, pero ella los ignoraba. Mi amiga se había ido a otro mundo. Eso funcionó, pues las personas entraron al escuchar la música, depositando una gran cantidad de billetes y monedas en la funda de su saxofón. Con los cuadros expuestos, Adam comenzó a hacer negocios. Tanto Michael como William se encargaban de algunas ventas, mientras Alex y Anne vendían comida. Yo me dividía entre cuidar el escenario de Nina, recibir personas y asegurarme de que Adam no muriera de un ataque de desesperación.
—¡Vengo a comprar un cuadro!
La voz de Dylan Vanderbilt me hizo saltar, entraba junto a Francis Lincoln. Para mi sorpresa, Adam sonrió de lado.
—Gracias por venir, Dylan.
—Es un placer—dijo con una sonrisa extendiéndole la mano—¡me alegro de qué nos invitaran!
—Son socios de Alex y amigos de mi novia—dijo Adam, simplemente.
Se estrecharon las manos y hablaron de cuadros por un largo rato. Esa conversación me daba la idea de que Adam estaba cambiando. Aún teníamos un largo camino por recorrer pero lo importante era que lo haríamos juntos. Francis y Dylan no fueron nuestros únicos invitados especiales esa noche. La familia Robinson estaba completa, por lo que después de bailar estuve por un largo rato escuchando preguntas acerca del ballet por parte de cuatro emocionadas niñas. Ahora entendía de dónde venía William. También llegó Dalilah Jones, que traía los dulces que iba a vender Margot, acompañada de Dalilah. La morena me escaneó de arriba a abajo, pero no me dijo nada. Por inercia, o quizá por ser una posesiva de lo peor, me abracé a Adam cuándo ellas se acercaron.
—¿Cómo va la venta, Adam?
Dalilah Jones madre era una mujer completamente diferente a su hija mayor. Me preguntaba si Dalilah era parecida a su padre o quizá la habían recogido de un basurero en un acto de buena voluntad. Adam sonrió emocionado al ver a su tía, a la que quería como una madre.
—Esto va mejor de lo que esperaba. No pensé que sería tan buena idea.
—Desde que Margot me lo dijo supe que era algo que debimos hacer desde antes. No entiendo porque no aceptas que mi marido te ayude.
Adam apretó los puños y yo le acaricié la mejilla. Dalilah nos fulminó con la mirada.
—No es necesario, Dalilah.
—¿Cuándo visitarás a tu madre?—dijo la mujer, suspirando—Ha estado preguntando por ti. William y yo no sabemos qué decirle.
—Iré en cuanto tenga el dinero para que los acreedores del hospital no hablen conmigo frente a ella.
—Más te vale, Harris.
—¡Si señora!
Cerramos la venta cuando los cuadros fueron entregados a sus dueños y toda la comida se hubo terminado. Una vez que estábamos solo los amigos, Margot y Anne comenzaron a contar el dinero.
—Esto fue todo un éxito—afirmó Nina contando los billetes.
Adam veía todo aquel dinero sin poderlo creer. Para ser sincera, yo tampoco lo creía del todo. Compartimos una mirada de triunfo entre todos, así que dejamos que fuera Margot la que dijera lo que pensábamos, después de todo era su amiga más antigua. Para mi sorpresa, la rubia extendió una fotografía de su infancia junto al sobre de billetes.
—Ni te atrevas a decirnos que nos pagarás, Adam Grant Harris. Esto es lo que hacen los amigos.
—PERO.
—¡NO TE ATREVAS!—chilló Margot, haciendo que nos taparemos los oídos—Esta fotografía es un recuerdo de que siempre he confiado en el arte que puedes proyectar.
—¡Gracias Margot!
Se abrazaron por un largo rato, sonriendo. Me sentía conmovida por esa amistad, me recordaba mucho a la que tenía con Franco.
—Eres mi hermano, Adam. No lo dudes. Todos nosotros te queremos mucho.
—Sobretodo Lely aquí presente—dijo William cortando el momento.
Le levanté el dedo miedo a William, haciéndolo reír mientras me sacaba la lengua.
—¿Qué son esos modales, Wick?—dijo Margot poniéndose las manos en la cintura.
El susodicho bajó la cabeza, mientras todos volvíamos a reír. Habíamos cerrado y nos encontrábamos alegres, disfrutando de nuestra victoria.
—¡Nos guardé un poco de comida!—exclamó Alex, sacando una charola de sandwiches.
No me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba. Entre el baile, la adrenalina y la emoción del día; comer era lo último en lo que pensé aquella tarde. Mi estómago rugió, pero nadie lo escuchó después de que los cuatro amigos hombres se abalanzaron contra la comida. Descorchamos una botella de vino, para celebrar nuestro éxito.
—¡Deberíamos hacer de estas ferias algo cotidiano!—dijo Margot.
—¿Cómo una especie de negocio entre amigos?
—Podría ser…—concedí—Y guardar dinero para cuando lo necesitemos.
—Esa suena como una buena idea—dijo Michael—pero, ¿seremos capaces de llevarlo a cabo? Debemos tener muchísima disciplina.
—Creo que con los trabajos que todos tenemos, disciplina es lo que sobra—dijo Adam.
—Hay que planearlo bien—insistió Margot—pero ahora, hay que disfrutar de lo que cosechamos.
Sonreímos, tomando directamente de la botella de vino, disfrutando la noche. Aunque ya no nevaba, era un día bastante frío. William había puesto la chimenea, sentándose entre Margot y Nina, quienes hablaban entre ellas ignorándolo olímpicamente.
—¿Qué demonios pasa entre ellos tres?
En respuesta, Anne tiró de la camisa de Alex para que se acercara a nuestra conversación.
—¡Hey! ¿Por qué me maltratan?
—¿Sabes que pasa entre tu hermana, Margot y William?—pregunté en ruso, casi en un susurro, para que no nos entendieran.
El chico del mechón blanco se encogió de hombros.
—No tengo la menor idea. Son demasiado extraños.
—¿Y no te preocupa?
—Nina es una chica grande.
Rabiando porque no le conseguimos sacado información, lo dejamos ir. Adam me abrazó por la cintura, riendo bajito mientras me besaba el cuello.
—No puedes con la curiosidad, ¿verdad?
—¡Bromeas! Por supuesto que no. No voy a poder dormir hasta que sepa que es lo que está pasando entre ellos—una idea corrió por mi mente—¿puedes preguntarle a William, amor? Es tu mejor amigo.
—Nena, eso no me corresponde.
—¡Por favor!—rogué—¡Quiero saber qué pasa!
—Lele—me dijo con severidad—no lo haré, pregúntale a Nina.
Arrugué la nariz, pero él la llenó de besos, haciendo que volviera a sonreír. No importaba lo que pasara, fuera pequeña o grande, Adam siempre lograba que las cosas regresaran a un momento donde estuviéramos sonriendo los dos.
—Quiero que me acompañes a pagarle a Dalilah, Lele.
Me quedé completamente muda de asombro, retractándome de lo que había pensado dos minutos antes. ¿Por qué los hombres eran tan estúpidos a veces?
—¿Para qué?
—Eres mi novia, y sin ti o sin Margot no podría haber hecho esto. Después de todo, Margot va a estar en su casa, así que solo me vas a faltar tú.
No podía ni siquiera pensar en lo que seria estar frente a Dalilah Jones después de haberla golpeado. Giré a todos lados por ayuda, hasta encontrarme con la mirada de Margot.
—Si Adam quiere secuestrarte para que seas su musa desnuda, grita uno.
—¡DOS!
Mi amiga rubia sonrió y se fue a sentar con nosotros, dejando a Nina con William. La morena la miró mal, pero continuó lo que parecía ser una acalorada conversación.
—¿Qué pasó?
—Quiere que lo acompañé a ver a Dalilah y no puedo hacer eso…¡Auxilio!
—¿Por qué no? No es como que mi hermana sea…—pareció reaccionar y yo me golpeé en la cabeza—Por lo de la cafetería.
—¿Qué ocurrió en la cafetería?—inquirió Adam.
Yo estaba tan roja de la vergüenza como mi cabello. No podía creer que estaba pasando eso, pensé que sería algo que podía enterrar en lo más profundo de mi alma pero no era posible cuando era la novia de Adam Harris.
—Puede que yo…—bajé la voz—haya golpeado a Dalilah, más de una vez.
Adam abrió varias veces la boca, sorprendido.
—¿Qué hiciste qué?
—Golpeé a tu ex-novia, en una cafetería, frente a su hermana. ¿Contento?
Todos nos estaban escuchando, las conversaciones se habían acallado.
—¡TE VOY A INVITAR UNA CERVEZA POR ESO!—gritó William mientras Alex aplaudía.
—No puedo creerlo—fue lo único que dijo Adam.
—¿Lo siento?—musité, subitamente nerviosa.
—Nena, sé que tuviste una muy buena razón para eso.
Me besó en la mejilla y me hizo sentir más tranquila.
—¿Ves por qué no puedo ir?
—Son cosas aparte. Además, por lo que conozco a Dalilah no creo que no haya contestado, ¿me equivoco?
—Por supuesto que contestó.
—¡Pero Lele se defendió como una campeona!—dijo Margot.
—Deja de avergonzarme, Jones—contraataqué—¡Mejor muéstrame la fotografía con Adam de niños!
Desde que se la pasó tenía ganas de verla bien, quería conocer a mi novio siendo pequeño.
—Solo si tú me muestras una tuya.
Rebusqué en el móvil, mientras ella me tendía la imagen.
—¡ADAM ERAS PRECIOSO! ¡MARGOT! ¡QUÉ BONITA!
Me moría de ternura con aquella imagen.
—Quisiera que mi madre te conociera—dijo Adam con melancolía.
—Le debes por lo menos una llamada de teléfono—amenazó Margot—No puedes estar en silencio por quererla proteger. Ella puede pensar que ya no te importa.
—Tienes que hablarle a tu madre—le dije con una sonrisa triste—Debe estar preocupada por ti.
—¿Me acompañarías a verla?
—¿YO?
—Eres mi novia, y me emociona que la conozcas.
Me quedé con una sonrisa boba impregnada en la cara. Esa clase de compromiso me llenaba todavía más que muchas acciones románticas. Era un paso para decir que estábamos el uno en la vida del otro. Nos despedimos de nuestros amigos alrededor de la media noche, caminando las pocas calles que separaban el apartamento de Adam de la bodega. Le había pedido sus llaves con el pretexto de volver por un cuadro, pero la realidad era que ahora yo le tenía una sorpresa.
—Cariño, me daré un baño.
—¿A la medianoche?—dijo alzando una ceja.
—¿Vienes conmigo o qué?
Corrí a meterme al cuarto de baño, con Adam persiguiéndome. Dejé la puerta abierta para que él entrara, pero se quedó de pie frente a mi.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Una sorpresa para mi pintor favorito.
—Nena…
Adam suspiró mientras yo me desnudaba. La bañera estaba llena y las velas adornaban todo. Había planeado que se relajara después de esos días tan largos y pesados.
—Entra a la bañera, Harris—le dije con una sonrisa de lado—Me toca hacer que te relajes.
—Eso lo haces estando a mi lado.
Me cubrí el rostro con las manos, avergonzada. Odiaba que me hiciera ruborizar aunque estuviera completamente desnuda frente a él, señal de que podía entrar a mi alma algo más difícil de hacer que entrar a mi cuerpo.
—Deja de decir cosas tan románticas y hazme caso.
—Sus deseos son ordenes, princesa.
Adam se desnudó y yo me recreé en la visión que tenía frente a mi. Me mordí el labio sin poder evitar disfrutar sus pectorales mientras dejaba su ropa tirada frente a la bañera. Se metió en ella y yo me senté frente a él. Nos sonreímos, suspirando de felicidad al sentir el agua caliente en nuestros cuerpos.
—¿Contento?
—Tiene mucho tiempo que no me sentía tan bien. Desde que has vuelto a mi vida, las cosas han ido mejorando. Cada vez me doy cuenta que las mentiras, los celos y los limites obsesivos me estaban separando de lo único bueno que tengo en la vida.
Estiré la mano para tocar sus labios, acariciándolos como modo de callarlo. Tomó mis dedos, besándolos uno a uno.
—No pienses en eso. Ahora solo debemos disfrutar el ahora.
—¿Qué pretender hacer ahora?
—Empezar a cumplir las fantasías que nos prometimos.
—¿Eh?—mis manos se separaron de él, mirándole fijamente. Sus ojos habían oscurecido por la lujuría.
—Tócate para mi, Lele.
Aquel recuerdo de nosotros dos, en el mismo apartamento, contando todo lo que nos queríamos hacer bastó para que yo comenzara a mojarme. Aquel día le había pedido que hiciéramos esto, pero nunca pensé que estaría tan lleno de erotismo y amor al mismo tiempo. Sin separar sus ojos de los míos, bajé mis manos por mi cuello. No necesitamos música, solo nos acompasaba el latido de nuestros corazones. Ví como su mano bajaba directamente a su m*****o, mientras gruñía. Volvió a tomar mi mano entre las suyas, humedeciendo mis dedos con leves chupetes de sus labios. Una vez que la soltó, bajé hasta mis pechos, amasándolos con fuerza y tirando de mis pezones con la otra mano. Encontré mi c******s entre mis pliegues y abrí las piernas, decida a darle un espectáculo.
—Eres mi musa, nena.
Él conseguiría que me corriera tan solo con hablarme al oído. Jugueteaba con mi c******s, tratando de seguir el mismo ritmo con el que él se masturbaba. No podía evitar gemir, echando la cabeza hacia atrás. Con toda la fuerza de voluntad posible, abrí los ojos para verlo de nuevo. Estaba cada vez más excitado, mordiéndose el labio sin dejar de mirarme.
—¡ADAM!
Solo podía imaginarme que eran sus manos las que me tocaban. Sentía que estaba en un plano diferente al mío, a pesar de que estábamos tan cerca. Excitada, introduje dos dedos en mi interior de un solo golpe, abriendo las piernas lo más posible. Los metía y los sacaba con rapidez, mientras tiraba de mis pezones. Adam gruñó cuando su orgasmo se aproximaba. Yo giré uno de mis dedos, sintiendo como tocaba un punto delicioso en mi interior.
—No puedo aguantar más.
Adam se corrió en aquel momento, con fuerza, y se aproximó a mi. Uno de sus dedos le hizo compañía a los dos míos en mi interior, mientras que su boca se estampó contra la mía. Jamás nos habíamos besado con tanta desesperación. Gemí en sus labios, cosa que hizo que me besará suavemente en los labios para besarme el cuello, los pechos. Sus caricias de mariposa se posaban por todo mi cuerpo, para volver inevitablemente a mi rostro. Mi mano seguía teniendo el control, mientras que él solo seguía el movimiento. Su pulgar acariciaba mi c******s, haciéndome gritar y gemir cada vez más alto. Estaba hincado en medio de mis piernas, besándome, adorándome y yo no podía pedir nada más. Gritando su nombre, me corrí. Con cuidado, sacó su dedo de mi interior mientras unía su frente a la mía.
—Wow, nena. ¡WOW!
—¿Impresionado, americano?
—Más que impresionado—dijo con una sonrisa—Enamorado…y feliz.
Sonreí de lado, dejando que sus labios se volvieran a unir a los míos. No quería pensar en lo que sentía, solo quería vivirlo.
—Te quiero Lele Santillán—musitó deletreando las letras entre mis labios.
—Te quiero tanto, tanto, Adam Harris.
Me jaló hacia él, dándome un beso en la frente. El agua aún seguía tibia, así que nos quedamos en ella por otro rato. Estaba sentada en sus piernas, mientras él me acariciaba la espalda. Las velas poco a poco comenzaban a apagarse, pero la luz de la luna neoyorquina era lo único que nos iluminaba. Solo necesitaba a Adam para alumbrar mi camino. Lo que habíamos vivido antes de eso valía la penas para llegar a ese momento. Cerré los ojos, suspirando en su cuello, no había más que paz en aquel lugar. Aquel era mi lugar. No lo iba a dudar nunca.