32. Cuando llegamos Simón se fue directo a su cuarto y mi padre a la sala para prender un cigarrillo y buscar el cenicero que hace mínimo dos años no usaba nadie. No se había deshecho de él porque a veces lo visitaban sus amigos del trabajo y porque se lo había obsequiado mi mamá. Me quedé quieto como una estatua en el medio del pasillo. Miraba todo a mi alrededor. Me sentía mal por lo que había desatado en el coche, prácticamente había arruinado la comida y el resto del día. El que me preocupaba más era mi hermano. Tenía que ir a hablar con él y arreglar las cosas. Quería ayudarle pero era tanta responsabilidad que me hundía los hombros como si llevara a alguien en la espalda. Me apoyaba en la baranda mientras iba subiendo la escalera, frunciendo la frente y pensando en lo que iba a d

