Capítulo 17: "Sobrio".

1929 Palabras
Isabel se hallaba fumando en el porche de su casa, acompañada por su primo. Estaba amaneciendo, y no había dormido nada en toda la noche. Sabría que no podría hacerlo, debido a la conversación con su padre y que Salomé no había regresado a buscar a Micaela. Tampoco a traer la evidencia ¿Qué estaría haciendo? Por lo menos, al día siguiente no tendría que ir a trabajar, ya que la niña se encontraba en su vivienda. Samuel estaba a su lado. Él no se había marchado porque Benjamín le había pedido que durmiera allí, pero no había podido hacerlo. Habían tenido una noche excesivamente larga. —Es el tercer cigarrillo que fumás —observó Sam con desaprobación. —Estoy nerviosa ¡Ahora mi papá sabe todo! Literalmente. Todo. Samuel le había mostrado los recuerdos de Isabel. Benjamín había reaccionado con un llanto ruidoso. Su sobrino le había explicado sobre Culturam y los Fraudes, las razones por las cuales creían que la habían asesinado y le habló de los experimentos. Le contó que él tenía sangre letal y que su prima era la única persona inmune a la misma. Además, le explicó su teoría respecto a la herida de bala de Juan Cruz, y los planes que tenían a futuro. Para culminar, Sam narró el desarrollo de su vínculo con Isabel —incluso cuando la había calmado en el panteón cuando le había dado un ataque de claustrofobia. Vergonzoso. —Creo que fue lo mejor. Ezequiel es tan ignorante que, queriendo hacer una obra malvada, acabó haciendo una obra de bien. —Temo por mi papá. No quería que él supiera tanto… —No te preocupes, Isa. Yo los protegeré —se quedó pensativo unos instantes—. Me asombra que no haya desconfiado de mí por ser hijo de Horacio. —Si yo confío en vos, él también lo hará. Además, dijo que sentía remordimiento por haberte dejado solo. —No me dejó solo —objetó Sam—. Se había distanciado de mi madre y, por ende, de mí también. Fue lo más sano para él. Si intentaba acercarse cuando yo era un niño, lo hubieran aniquilado al igual que a su hermana… Isabel volvió a inhalar humo. Se sentía increíblemente abrumada. Este verano habían ocurrido un montón de cosas difíciles de asimilar, entre ellas, que Juan había resultado herido por una bala desconocida. —Te prometo que buscaré un sitio en donde vivir, no quiero pasar mucho tiempo aquí. Sería incómodo. —Sí. Puedo imaginar a Juan Cruz poniéndose sobreprotector o a mi padre pensando: “mi sobrino tiene pensamientos incestuosos con mi hija”. Sam hizo una mueca, y comentó: —Luego de que hablamos de nuestros abuelos y de mi madre… tu papá se veía muy conmovido ¿Estás segura de que querés seguir adelante con lo nuestro? Isabel le tomó la mano a Sam. —Es demasiado tarde para dejar de quererte. Prefiero vivir con la incomodidad de ser parientes antes de tolerar tu ausencia. Samuel le dedicó una sonrisa. Ingresó a la vivienda, y al cabo de un minuto, volvió a salir. Tenía el chocolate que ella le había regalado en la mano. —Dejé tu peluche sobre el sofá —comentó—, ¿Querés comer? —Mi dieta está bastante desordenada —replicó—, pero qué más da. Me vendría bien engordar un poco. Apagó su cigarrillo, y cortó un cuadradito del alimento dulce. —No averiguamos nada sobre la pulsera —susurró, mientras se metía un bocado de chocolate a la boca. —Lo haremos después. Necesitás descansar. —Vos también. Has tenido unos días bastante intensos. Samuel le tomó la mano a Isabel. —Espero que esto termine pronto. No soportaría que ellos quisieran lastimarte a vos o a tu familia. —Nuestra familia, Sammy. Más allá de la relación que tenés conmigo, Juan y mi papá están dispuestos a crear un vínculo con vos. En ese momento, Isabel se paró frente a Sam, y le acarició el rostro. Pasó las yemas de sus dedos por las ojeras del muchacho, por sus mejillas y posó las manos en su cuello. Él la rodeó de la cintura, y la atrajo contra sí. —No olvides mis palabras —le susurró la adolescente, mientras contemplaba fijamente el semblante de su primo—: nunca, pero nunca jamás, podría dejar de quererte. Y pensá en lo siguiente: si no nos hubiéramos conocido, yo hubiese investigado de todas formas. El mes pasado, estaba empecinada para que mi mamá descubriera la verdadera cara de Damián y lo dejara… —¿Y qué pensás sobre eso ahora? —Creo que ella ha descubierto algo, pero que no lo abandona por temor. He aprendido durante este verano que tampoco puedo hacerme cargo de las decisiones de los demás. En el caso de mi mamá, ella eligió casarse con él. —¿No sentís que la abandonaste? —No. Ella nos abandonó a mí y a Juan primero —suspiró Isabel—. El día que entré al estudio de Damián, ella me trató muy mal. Cuando mi hermano discutía con Bustamante, ella defendía a su esposo. No importa que haya sido por temor, a nosotros nos hizo sentir miserables. En ese instante, vieron una figura esbelta y grácil acercarse. Samuel se apartó de Isabel y se puso de pie. —Es Salomé —comentó—. ¿Por qué tardó tanto? —Ahora le preguntaremos. La muchacha tenía el cabello revuelto, hojas y tierra pegadas a sus prendas y una expresión malhumorada. Ni bien estuvo lo suficientemente cerca, lanzó su mochila en dirección a Samuel. Éste la atrapó de inmediato. No los saludó, y masculló: —No pienso ir al local de pirotecnia. Dormiré toda la mañana —luego miró a Isabel—. ¿Podrías llevar a Mica a mi casa al mediodía? —¿Qué ocurrió? ¿Tus tutores no se enojarán si…? —la señorita Medina intentó interrogar a la muchacha. —Todo salió bien. Nadie me descubrió —la interrumpió Salomé—. En la mochila está todo. —¿Por qué viniste tan tarde? —intervino Samuel, sin despegar la mirada del cabello alborotado de la señorita Hiedra. —Me crucé a Ezequiel, y tuve que entretenerlo un rato. Isabel pudo imaginarse por qué le llevó tanto tiempo su encuentro con Acevedo: eso explicaba su aspecto andrajoso. Se limitó a mantenerse callada. —Muchas gracias, de verdad —le dijo el joven Aguilar. —No lo hice por vos, sino por mí y por mi hermana. Me gustaría que fuésemos libres. No te olvides de investigar y de reclutar amigos —le guiñó un ojo. —Claro que no. Que descanses, Salomé. La joven Hiedra se marchó. Samuel miró la mochila y le dijo a Isabel: —Será mejor que ingresemos. —¿Cuándo revisaremos la mochila? —Cuando yo salga del local de pirotecnia. Luis estaba de buen humor. Esa noche, no se drogaría. Quería estar sobrio, para recordar cuán valiente había sido al permitir que un par de mutantes se llevaran la evidencia que le había salvado el pellejo durante casi nueve años. Decidió ir a pasear al lago, en lugar de volver a su roñosa vivienda. Compró una lata de cerveza en el camino, y mientras andaba perezosamente, no pudo evitar recordar cuánto sufrió en su adolescencia y en su juventud por las acciones de su padre. Vivió en la calle. Fue torturado por los Fraudes. Lo obligaron a exponer su mente en la máquina de los recuerdos. Gracias a las drogas, dicho aparato no funcionaba en él. Su madre había muerto cuando era un niño. No tenía tíos ni primos, y vivió durante mucho tiempo de ayudas estatales. Parecía un vagabundo. Había pensado en quitarse la vida en repetidas ocasiones, pero decidió no hacerlo. Primero, porque no tenía las agallas para suicidarse. Segundo, porque de ese modo, hubiera hecho felices a los Culturam. Esos científicos locos merecían un castigo, no un premio. Pensó en su padre una vez más: él había formado parte del asesinato de Daniela Medina. Había intentado sacar beneficios de las acciones de los Fraudes, y sus errores le habían costado su propia vida, y prácticamente, la de su hijo. A Luis le parecía justo que, al llevar la sangre de Benicio Roldán en sus venas, le ayudara a Samuel a resolver el crimen de su mamá. Samuel. Qué chico tan particular. Era tan aterrador como sensible. Era la fortaleza y el talón de Aquiles de Culturam. Deseaba de todo corazón que el joven Aguilar destruyera a los Fraudes. De esa forma, Luis, Sam, los Medina y las víctimas de Heredia y sus secuaces podrían estar en paz. Se sentó a orillas del lago, y abrió la lata de cerveza con la navaja que le había regalado Benicio. Bebió un trago, y suspiró. Se sentía cansado pero satisfecho. Se imaginó a sí mismo con un trabajo digno, y durmiendo en paz: sin tener pesadillas o el sueño liviano por temor a que alguien intentara asesinarlo. En ese momento, vio una figura a cincuenta metros de distancia. Llevaba una pequeña bolsita en su mano. Luis hizo la cerveza a un lado, y se puso de pie, para poder observar mejor la escena. Ese hombre alto… ¿No era Damián Bustamante? ¿Qué hacía allí? ¿Acaso lo habría seguido? Maldijo para sus adentros. Decidió esconderse detrás de un árbol y esperar a que él terminara de arrojar el contenido sobre el lago. A pesar de la distancia, notó que se trataban de unas pequeñas piezas oscuras ¿Qué serían? Pasaron unos quince minutos. Bustamante tomó una rama y revolvió el agua, para que los fragmentos se mezclaran con las rocas del fondo ¿Qué estaría escondiendo? Contempló el espejo líquido un rato largo, y luego se marchó. Luis le mandó un mensaje de voz a Isabel. —Acabo de ver a Damián arrojando algo en el lago. Sospechoso. Iré a investigar. Guardó su celular, y salió de su escondite. Horacio Aguilar estaba de mal humor. Esa noche, en lugar de dormir, tuvo que quedarse en Culturam. Los experimentos con animales mutantes no habían salido bien y algunos de ellos se habían descontrolado. Además, le habían dado la noticia de que Juan Cruz no era compatible con Samuel como Isabel. —Vamos a tener que pedirle al joven Aguilar que venga hasta aquí —comentó el doctor Franco, secándose el sudor del rostro con un pañuelo—. Con una gota de su sangre, puede detener fácilmente a estos monstruos alborotados. —Culturam se volvió completamente dependiente de mi hijo para resolver problemas —observó Horacio con preocupación—. Lo llamaré yo mañana. Usá las muestras de su sangre que quedaron en el laboratorio. —Ya no hay más… —Que los encargados de limpieza se ocupen de encadenar a las bestias, entonces. Mi hijo no vendrá hasta mañana. No quería que Samuel sintiera que tenía poder en aquella sociedad: eso haría que, eventualmente, le importara un bledo la mentira que le había dicho sobre el supuesto chip que habían implantado en Isabel. Además, desconfiaba de él por el asunto de Cárdenas y por la tranquilidad que había mantenido durante los últimos días, incluso luego de lo que había sucedido con Juan Cruz. Presentía que su hijo estaba tramando algo. Sin embargo, su paciencia estaba llegando a un límite. Si Samuel no hacía lo que él le pedía, debería tomar medidas drásticas. Existían miles de cosas aún más dolorosas que la muerte.
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