Damián aprovechó que Benjamín y Ezequiel estaban entretenidos conversando, y salió disparado hacia su búnker. Debía deshacerse del teléfono de Juan Cruz con urgencia ¡Le generaría graves problemas que los Culturam descubrieran su error!
Los Medina eran un dolor de cabeza.
Rogaba a las fuerzas del universo que su hijastro no recordara que le había disparado en la pierna. Si bien no le importaba que lo denunciaran a la policía (ya que éstos no se involucraban con Culturam ni con sus colaboradores), Soledad le pediría el divorcio, y su madre, Herminia, lo desheredaría.
—Puedo tolerar diversos crímenes —le había dicho su progenitora—, pero no lastimes a ningún niño. Sería demasiado cruel —ella no tenía idea de que él había sido cómplice de las mutaciones de los ochenta.
Ingresó en su búnker. Cerró con llave: Ezequiel no se atrevería a forzar la puerta.
Tomó una fundidora portátil, y empezó a derretir las piezas del teléfono, arrojando los restos irreconocibles del mismo sobre el suelo. Luego los juntaría y los desecharía en el lago. Le importaba un bledo la contaminación del medioambiente, sólo quería que Heredia y Aguilar no descubrieran que había cometido un error. Sus ingresos ya eran menores a los de ellos, no les daría excusas para que sigan quitándole dinero.
Al fin y al cabo, era él quien había realizado la mayoría de las tareas sucias de los “Fraudes”. No merecía un trato inferior.
No pudo evitar hacer una mueca burlona al pensar en el sobrenombre que le había dado Sam al grupo. La descripción les sentaba bien. Eran unos criminales que se vestían con ropa lujosa y utilizaban la última tecnología del Valle.
—¡Andate de ahí! —volvió a exclamar Roldán por décima vez.
Salomé lo ignoró. Se tomó su tiempo para dejar la lápida de Edith Mouro tal y como la había encontrado. Mientras lo hacía, había aguzado sus sentidos para intentar escuchar algún sonido u olor que la obligara a marcharse. Sin embargo, no percibió nada.
—Me iré de aquí —dijo Luis al cabo de un rato—, no quiero que me ataquen de sorpresa. Te dije decenas de veces que huyas de allí porque no veo ni a Bustamante ni a Acevedo. Es peligroso para ambos.
—Andate, cobarde. No te necesito más… ya terminé.
Escuchó un suspiro a través del comunicador. Luego, él musitó:
—Excelente. Nos mantenemos en contacto, Hiedrita.
—No me llames así.
—Adiós.
La muchacha se trepó al techo del panteón, luego a un árbol y así escapó del cementerio. De los mutantes, era la más ágil y sigilosa. A pesar de que cargaba con una mochila pesada —y con una evidencia importantísima en contra de Horacio Aguilar—, se movía a una velocidad y precisión espeluznantes.
Sentía un profundo alivio al no haberse cruzado con Damián ¿Qué estaba haciendo aquel hombre que no había ido a vigilar la zona donde estaba la tumba de Edith? La falta de vigilancia que tenía ese lugar le traería problemas a él en el futuro. Pero eso no le importaba a Salomé.
Mientras trotaba por una arboleda, alguien la tomó del brazo. Se dio vuelta, dispuesta a golpear brutalmente a esa persona que había osado tocar su cuerpo sin su consentimiento.
—Me costó seguirte el ritmo —Ezequiel esbozó una sonrisa—, ¿De dónde venís? ¿Por qué estás tan apurada?
No la había visto salir del cementerio. Excelente.
—Este es mi ritmo normal cuando ando sola de noche. No deseo tener que golpear a ningún acosador —eso era cierto—. Voy a mi casa. Vengo de espiar al señor Medina. En la mochila tengo unos binoculares y detectores de ADN.
—Ah… —le creyó. Era evidente que la misión de él, entonces, había sido vigilar a Damián Bustamante—. ¿Querés que te acompañe a tu vivienda?
La señorita Hiedra tenía planeado ir a la casa de los Medina, pero tendría que retrasar su llegada.
—Está bien.
Mientras caminaban, ahora un poco más lento, ella preguntó:
—¿Qué hacías hablándole tanto al padre de Isabel? ¿Intentabas socializar con el hombre que nunca será tu suegro?
Él hizo una mueca.
—Le dije que Samuel era un monstruo.
—¿Para qué? De todas formas, su hija seguirá viéndolo —replicó, sin poder ocultar su resentimiento.
—¿Estás segura? También le conté que él era su sobrino ¿Creés que permitirá que su hija tenga sexo con su primo hermano?
—Medina parece bastante blandengue —reflexionó Salomé—, es probable que el carácter temperamental de Isabel lo abrume.
—Ahora que lo decís, creo que tenés razón —se quedó pensativo unos instantes—. Le he soltado verdades hirientes en la cara, y él ni siquiera intentó discutir conmigo. Probablemente estaba a punto de mearse encima del miedo.
—No sos para nada aterrador, Ezequiel. Es más, tenés aspecto de niño mimado.
El joven Acevedo le quitó la mochila, y empujó a Salomé contra el suelo. La aplastó con el peso de su propio cuerpo. La había pillado sorpresivamente, por eso ella no había podido defenderse.
—¿Qué estás haciendo, idiota? —bramó. No estaba de humor para tolerar las estupideces del mutante preferido de Culturam.
—¿No te da miedo lo que pueda hacerte? —sus ojos brillaron.
La muchacha comprendió rápidamente lo que él quería: hacía mucho que no tenían sexo, y no había nadie en aquel sitio. Si lo hacían, ningún ser humano se enteraría. Además, evitaría de ese modo que Acevedo le hiciera preguntas.
Ella metió la mano dentro del pantalón de Ezequiel, y le acarició el m*****o. Éste se endureció rápidamente.
—Sos vos el que debería temerme a mí —replicó la adolescente—. Podría lastimarte el pene y hacerte llorar.
—No lo harás. Sé que querés volver a sentirlo.
Empezaron a besarse salvajemente. Honestamente, no sólo lo hacía para que él no la interrogara… Salomé pensó que se merecía una buena distracción física. Al fin y al cabo, Acevedo estaba muy bien dotado y sabía cómo moverse para hacerla estremecer de placer.
Ambos respiraban con violencia mientras apretaban sus cuerpos el uno contra el otro. Era consciente de que estaban siendo ruidosos, pero no había ni un alma allí.
Una de las manos de Ezequiel se deslizó por debajo de la remera de Salomé, acariciándole los senos. Con la otra, le desabrochó los pantalones e invadió el interior de sus bragas con los dedos.
—Estás súper húmeda…
—Callate, y métemelo —jadeó.
Debía admitir que hacía mucho que no tenía relaciones sexuales con un chico, (no lo había hecho con Juan Cruz porque él era menor de dieciséis y no quería tener problemas). Se excitaba de sólo imaginarse al m*****o duro y grueso de Ezequiel en su interior. Era aún más emocionante hacerlo al aire libre, sobre el césped, en una noche fresca de verano.
Acevedo se bajó los pantalones, e hizo lo que ella le pidió.
Isabel recibió una llamada justo cuando estaba por buscar información sobre el brazalete.
—¿Hola?
—Isa, soy Luis. Todo salió bien. Tu papá debe estar por llegar a tu vivienda. Ella tiene lo que buscábamos —habló en código por si sus teléfonos estaban interferidos.
—Muchas gracias, amigo. Creo que te debemos una cerveza.
—Hablás como si tuvieras veintiún años —intervino Juan Cruz, quien no formaba parte de la conversación—. Con tu edad y ese aspecto, los comerciantes te venderán únicamente jugo de manzana.
Samuel soltó una carcajada. Isabel fulminó a su primo y a su hermano con la mirada, y volvió su atención a la llamada telefónica con Luis.
—En serio, cuando esto termine, deberíamos juntarnos a comer ¿No te gustaría?
—Claro, Isa. Me encantaría. Que tengan buenas noches.
Una vez que colgó, tenía la intención de regañar a su hermano menor por el comentario que había hecho. Sin embargo, el ruido de la puerta de entrada la desconcentró.
Benjamín Medina había regresado a su vivienda. Tenía los ojos rojos y el cabello enmarañado. ¿Habría estado llorando? No se tomó la molestia de saludar a sus hijos, ni a Micaela.
—Samuel —lo llamó con voz ronca—. Vení.
El joven Aguilar miró de reojo a Isabel, quien estaba tan confundida como él. Sam se colocó frente a su tío tímidamente.
Benjamín, quien era apenas unos centímetros más bajo que él, lo abrazó con fuerza. Pronto, rompió en llanto.
—Perdoname, Samuel. Perdoname.
El joven Aguilar le devolvió el gesto de cariño, aunque se encontraba perplejo por la reacción del señor Medina.
Isabel se llevó las manos a la boca: era evidente que su papá había descubierto su parentesco.
—Perdoname por no haberte buscado. Perdoname por haber abandonado a tu madre —tomó el rostro de su sobrino entre sus manos—. Tus ojos son como los de ella.
Samuel tuvo que contener las lágrimas. Movió los labios, pero no emitió ningún sonido.
Isabel se preguntó cuáles serían los pensamientos de su primo en ese momento. Quería abrazarlo ella también. Tuvo que agachar la mirada: la señorita Medina había comenzado a lagrimear.
—Te dejé solo con la bestia de tu padre —lloriqueó Benjamín—. Es mi culpa que vos e Isabel sean pareja, porque jamás supieron el uno del otro. Podrías haber sido el hermano mayor de mis hijos si no te hubiera abandonado… Podrías haber tenido una vida mejor.
Las palabras del señor Medina fueron como una cachetada para Isabel: “podrías haber sido el hermano mayor de mis hijos”. ¿Se estaba culpando por la relación incestuosa que mantenía con Sam? ¿Acaso lo veía como algo funesto? Se cubrió el rostro con ambas manos, para que nadie notara que estaba llorando.
Ella había dicho que enfrentaría a quien fuera para poder estar con Samuel, pero el sufrimiento de su padre le resultaba intolerable.
—Tío —musitó Sam, esforzándose para no sollozar—. Lamento no haberle contado la verdad el primer día…
—No te preocupes por eso. Sé quién te dio la orden para que no lo hicieras —miró a su hija de reojo, y luego volvió a concentrarse en su sobrino—. Espero que aprendas a perdonarme por no haberte buscado cuando murió mi hermana…
—Tío —Isabel presintió que Samuel disfrutaba de emplear ese vocablo—. Lo habrían asesinado si intentaba acercarse a mí. Sospecho que mi madre se alejó de usted y de sus padres para protegerlo…
Benjamín dio un paso hacia atrás, y apoyó sus manos en los hombros de Sam.
—Tus abuelos murieron algunos años antes que Daniela ¿Querés que te cuente sobre ellos y sobre tu mamá? —parecía haberse recuperado un poco de la conmoción.
—Me encantaría.
—Con respecto a tu romance con Isabel… —oh no, pensó la muchacha. No era un buen momento para eso—. ¿Pueden explicarme cómo surgió? ¿Cuándo se enteraron de su parentesco? ¿Juan lo sabe? No puedo prohibirles que se quieran, pero…
No les prohibiría nada, eso era un alivio. Sin embargo, se sentía bastante abrumada por la forma prematura en la que su padre había descubierto la verdad.
—Perdón que los interrumpa —intervino la adolescente—. Papá ¿Cómo te enteraste de la verdad? —la única persona que podría habérselo dicho era Ezequiel. Si Damián hubiese querido crear ese tipo de conflictos, se lo hubiese contado a su esposa el mes pasado.
—Micaela —intervino Juan Cruz—, ¿Vamos a jugar videojuegos a mi cuarto?
La niña asintió. Ambos comprendían que los Medina y Sam debían tener una conversación privada.
—Sí, fue él. Soy ignorante en muchas cosas, hija, pero noté que él está resentido con vos y con Sam. Lo has rechazado ¿Verdad?
Era extraño tener que hablar de su padre sobre muchachos.
—Sí. Es un idiota.
—Lo supuse.
Pronto, el señor Medina secó de la nevera tres latas de cerveza. Isabel lo contempló sorprendida: el ex esposo de Soledad Martínez normalmente no le permitiría beber alcohol un domingo a la noche.
—Tenemos que ponernos al día —dijo el padre de la muchacha, y se sentó. Le hizo una seña a su sobrino para que se colocara a su lado.
Isabel miró intensamente a Samuel, esperando que él entendiera su expresión: le habían prometido a los Fraudes que no le dirían la verdad a Benjamín y que tampoco seguirían investigando. Su primo comprendió, y retrucó:
—No tiene más sentido seguir escondiendo lo que estamos haciendo, Isa —luego miró a su tío—. ¿Está dispuesto a saber la verdad, aunque ésta sea increíblemente dolorosa?
—Si unos muchachitos como ustedes han podido soportarla, yo también lo haré.
Samuel tomó la tableta digital que estaba sobre la mesa, e ingresó un par de códigos.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Isabel, y bebió un poco de cerveza. Se sentía increíblemente abrumada y preocupada.
—Le mostraré tus recuerdos. Están cargados en la nube.
—¿Sus recuerdos? —Benjamín parecía confundido.
—Isabel fue testigo de la muerte de mi madre, y se ha sometido una tortuosa extracción de su memoria para que podamos comprobarlo. Aquí tengo el archivo.
Ella no quería volver a ser testigo del asesinato de su tía ¡Había sido demasiado horrible! Sin embargo, no fue capaz de despegar los ojos de la pantalla.