Capítulo 15: "Las iniciales <>"

2235 Palabras
Benjamín Medina ingresó al cementerio, y fue directo a la tumba de su hermana. Sabía que ella había sido cremada, pero aquel sitio era simbólico. Se sentía increíblemente preocupado por sus hijos. Primero, Isabel le había mentido y le había dicho que Juan Cruz se había estado drogando. Más tarde, le confesó que eso no era cierto, pero no porque confiaba en su padre, sino porque su hermano necesitaba la atención de un médico particular. Las personas que habían atacado a Juan eran las mismas que habían asesinado a su hermana. Soledad le había dicho que sus hijos solían escaparse de noche con sus respectivas parejas. Era evidente que Isabel y su hermano menor habían estado investigando el asesinato de Daniela. Lo que no comprendía era por qué Samuel acompañaba siempre a su hija ¿Sería para protegerla? Había algo en ese chico que le resultaba muy familiar, pero él mismo le había dicho que no estaba relacionado con Horacio Aguilar. Qué dolor de cabeza. Esperaba que en estas semanas de vacaciones pudiera ayudar a sus hijos. Ambos tenían vicios, ambos se sentían tristes y desamparados. Y tampoco lo veían como una figura paterna, sino Isabel no le contestaría de forma tan insolente. Cuando estaba por llegar a lápida de su hermana, un muchacho de cabello rubio platinado y cuerpo musculoso se le acercó. Vestía ropa deportiva y zapatillas de corredor. Debía de tener dieciocho o diecinueve años. —Buenas noches, señor Medina —lo saludó. —¿Acaso nos conocemos? —No exactamente. Conozco a su hija y a Samuel. De hecho, trabajo con él. —¿En el local de pirotecnia? —Sí, y en otro lugar… En ese momento, sonó el teléfono de Benjamín. —Disculpá —el señor Medina atendió la llamada—. ¿Hola? —Papá —Isabel masculló—, lee el mensaje que te envié. —¿Qué…? —estaba confundido, y a su vez, algo molesto ¿Era normal que una jovencita de diecisiete años le diera órdenes a su padre? —¡Papá! ¡Haceme caso! —exclamó, y colgó. Había recibido un mensaje de texto que rezaba: “Entretené a Ezequiel… cuando vuelvas a casa te explicaré todo”. Benjamín guardó rápidamente su móvil, para que aquel jovencito no viera el mensaje. Evidentemente, no podía confiar en ese muchacho. Cuando volviera a su vivienda, le pediría explicaciones a su hija. Debían intentar ser una familia normal de una buena vez. —Jovencito, me dijiste que conocías a mi hija y a Samuel ¿Cómo te llamás? —Ezequiel Acevedo. —¿Sos amigo de ellos? —Amigo de Samuel. Nos conocemos de toda la vida. Prácticamente nos criamos juntos. —Ah, ¿Sí? Supongo que se llevan muy bien. —Bastante… con nosotros trabaja la ex novia de Juan Cruz, Salomé. —¿Ex novia? —sintió una punzada de dolor. Este joven desconocido sabía más sobre sus hijos que él. —Sí. Lo dejó porque está enamorada de Samuel. Presentía que Ezequiel quería generar discordia en su familia. Se limitaría a “tomar con pinzas” las palabras del muchacho rubio, y escucharía a Isabel cuando regresara a casa. —Hablaré con Juan más tarde sobre ello —replicó el señor Medina. Al joven Acevedo le brillaron los ojos con malicia. Por alguna razón, sintió miedo. —¿Puedo preguntarle una cosa, señor? No podía negarse. —Claro. —¿Cómo es capaz de aceptar la relación de su hija con Samuel? —¿Por qué no la aceptaría? Él parece un buen muchacho —Benjamín estaba empezando a sentirse irritado. No sabía si sería capaz de entretenerlo durante mucho tiempo. Le caía mal. —Porque es un monstruo. El padre de Isabel frunció el entrecejo. —Ezequiel, deberías cuidar tus palabras… —Sé lo que le estoy diciendo, señor. Se lo advertí a su hija en su momento, pero ella no me escuchó. Hasta le mostré evidencia de ello. A Benjamín le dio la impresión de que ese joven estaba hablando así simplemente porque su hija debía haberlo rechazado. Parecía el tipo de muchacho que no toleraba que una mujer se negara a estar con él. Se limitó a apretar los labios. —Pregúntale a Isabel. Ella confirmará lo que le estoy diciendo. —Ezequiel, me parece que… —¿Me daría su código, así puedo contactarlo? —lo interrumpió—. Si Horacio me lo permite, le enviaré un video de Samuel en acción. Benjamín vaciló. —¿Horacio? Tragó saliva. No le dio su número de teléfono, presentía que eso sería un error. —Horacio Aguilar, el padre de Samuel. Su cuñado, señor. No podía ser cierto. No… —Sam me dijo que no tenía relación con él —retrucó, aunque ya no era capaz de ocultar cuán nervioso se sentía. Dios mío, no podía ser ese tal Horacio que tanto detestaba. —Porque Isabel se lo ordenó. Ella era consciente de que usted no aceptaría una relación incestuosa… Dios mío, no podía ser cierto. Benjamín sintió que le temblaban las piernas, y que estaba a punto de colapsar. Samuel era ¿Su sobrino? ¿El hijo de Daniela? ¿El niño que había gritado desesperadamente en el funeral de su hermana? Él en el fondo lo sabía, simplemente no había querido aceptarlo. Sam tenía el mismo color de ojos que su madre, y el mismo color de cabello que Juan Cruz. La sangre Medina corría por sus venas. Benjamín nunca supo el nombre de su sobrino, nunca lo buscó, nunca intentó ayudarlo. El remordimiento le afloró nuevamente, haciéndolo sentir increíblemente abrumado y culpable. Ezequiel pudo interpretar su expresión consternada. —¿No sería mejor que regresara a su vivienda? Su sobrino debe estar besuqueándose con su hija… Deseó pegarle un puñetazo en la boca a ese adolescente. Sin embargo, controló sus emociones. Isabel le había pedido ayuda. Se comportaría como un padre, y haría lo que su hija le había solicitado. —Ya basta —Benjamín gruñó. Ezequiel era una mala persona, no dudaba de ello. Se había acercado para generar discordia en su familia. —Sólo le estoy diciendo la verdad, señor. —Me quedaré un rato en el cementerio. Necesito visitar la tumba de mi hermana… ¿Podrás quedarte a mi lado? —odiaba pedírselo, ya que ese muchacho le caía muy mal. Sin embargo, confiaba en Isabel—. Quiero hacerte algunas preguntas sobre Horacio. —Claro. Veré qué puedo responder. Como puede imaginar, algunas cuestiones son confidenciales. Benjamín se sentía increíblemente abrumado. Sin embargo, salió disparado hacia la lápida de su difunta hermana. Estaba decidido a entretener a aquel adolescente. Luego lidiaría con la cuestión de su parentesco con Samuel y la relación que éste mantenía con Isabel, y principalmente, con sus propios remordimientos. Samuel hizo clic en el último apartado, el cual rezaba: “MERCADO ILEGAL”. En el mismo, aparecieron listados de transacciones ilegales a cuentas fantasmas: los Fraudes estaban robando el dinero que le pertenecía a Culturam para cuestiones personales. De las ganancias obtenidas por la comercialización de tecnología (robots y otros instrumentos), desviaban importantes sumas para su propio beneficio. A su vez, por lo que podían leer, habían estafado a diferentes empresas y luego habían “desaparecido” (habían empleado perfiles falsos para ello). El joven Aguilar tenía conocimientos sobre el tema, pero no tenía idea de que su padre y Heredia hubieran engañado a tantas personas para obtener dinero. Le llamó la atención que Cárdenas tuviera tanta información guardada ¡Sus enemigos probablemente no tenían idea de ello! Según el archivo, los que sacaban más porcentajes de las transacciones ilegales eran Víctor Heredia y Horacio Aguilar. Luego le seguían Damián Bustamante, Sergio Benítez —quien había sido expulsado del grupo por cometer muchos errores—, Salvador Olivera, Benicio Roldán —el padre de Luis—, y Toribio Castellán recibía una modesta suma. —No conocí a ese tal Salvador —comentó Samuel, luego de haber observado cientos de números y diferentes cuentas fantasmas que utilizaban los Fraudes para robar el dinero de Culturam—, pero presiento que tuvo que ver con la muerte de mi madre. Hasta el momento, sabemos que Roldán y Benítez participaron en su asesinato, que Damián no estuvo allí, pero fue cómplice y ¿Quiénes nos quedan? ¿Debemos investigar a Olivera y a Castellán? Mi padre y Heredia jamás se ensuciarían las manos. —Quizás contrataron a un sicario para que los ayudara —reflexionó Juan Cruz. —Ella quizás descubrió esto —pensó Isabel—, debe haberse enterado de las estafas y de los múltiples asesinatos. No la deben haber aniquilado simplemente porque querían experimentar con vos, Sam. Tenemos que investigar al mayor número posible de potenciales sospechosos. —Pienso lo mismo —suspiró Samuel. La cuestión de la muerte de su madre le resultaba súper dolorosa. Pobrecita. Daniela había sido una mujer amable y bondadosa ¡No merecía morir de la forma en la que lo había hecho! —Tenemos que saber exactamente cómo ha sido llevado a cabo su asesinato. Conocemos el momento exacto de su muerte, pero no las situaciones previas. Quisiera saber qué sucedió en marzo del noventa y uno… —Ya lo averiguaremos, Isa. Recordá que vos no podés salir a investigar, y que todo lo tendrás que buscar por Internet —replicó Samuel. —Lo sé, querido… —suspiró—. ¿Qué hacemos con el brazalete? ¿Lo investigo yo, o todos juntos? —Podríamos hacerlo ahora, si es que tu papá no nos interrumpe. —¿Por qué se está tardando tanto? —preguntó de repente Juan Cruz—. ¿No debería haber regresado ya? —Quizás está cubriendo a Salomé —intervino Micaela de repente. —Si no vuelven en un par de horas, iré a por ellos —aseguró Samuel. Salomé estaba de muy mal humor. Odiaba que las cosas no le salieran como ella las había planificado. Ahora debía depender de la visión binocular de Luis para poder hurtar la evidencia de la tumba de “E.M.” Edith Mouro. Se hizo famosa por su lucha a favor de los derechos de los seres vivos. Murió prematuramente. —Roldán, sos un cínico —balbuceó Salomé para sí misma. Daniela y Edith, por lo que había escuchado, habían tenido personalidades similares. Salomé se encontraba caminando sigilosamente por el cementerio, cual depredadora. Había ingresado por una entrada alternativa. Sabía que en el ataúd se encontraban las fotos del crimen de la señora Aguilar y alguna que otra evidencia. Debía ser cuidadosa: aquella información había mantenido a Luis con vida durante casi nueve años. Lo más prudente sería que nadie fuese testigo de lo que estaba a punto de hacer. Cargaba en una mochila diferentes utensilios. Los emplearía para no dejar rastros de que la tumba de la señora Mouro había sido ultrajada. Además, tenía el cabello recogido y guantes en las manos. No quería que sus huellas dactilares quedaran grabadas en alguna parte del cementerio. Ingresó al panteón. Una vez frente a la tan buscada lápida, tomó un láser. Empezó a ablandar el metal que sellaba el sitio de descanso de Edith. El proceso era algo lento, por lo cual, Salomé se encontraba nerviosa. —Luis —susurró, a través de su comunicador—, ¿Cómo está todo allá afuera? —Estoy intentando leerle los labios a Ezequiel y al señor Medina, pero no lo logro. Hablan muy rápido. —¿Aún están conversando? —no pudo evitar sorprenderse. —Se ven bastante entretenidos. —¿Y Damián? Luis no contestó. —¿Dónde está Damián? —insistió Salomé con nerviosismo. De los tres, el que peor reaccionaría si la encontraba allí sería él. —Hasta recién estaba observando a Ezequiel, pero ahora se me perdió de vista. —Estabas demasiado concentrado en los labios de Medina y Acevedo ¿Acaso sos homosexual? —inquirió, algo irritada. —Mi orientación s****l no es de tu incumbencia. Concentrate en tomar la evidencia y huir de allí. Retiró el metal con una destreza increíble: apenas un tirón con ambos brazos y la lápida se salió. —¿Quién necesita a un hombre fuerte cuando se tiene el ADN alterado? —musitó, elogiándose a sí misma. Tomó el ataúd con ambas manos, y lo levantó. No estaba tan pesado como creyó que se encontraría ¿Bustamante habría abaratado los costos de los mismos? Era probable, él era una rata avariciosa. Rápidamente, lo depositó delicadamente sobre el suelo. Salomé sabía cómo ser silenciosa. Se apresuró a levantar la tapa del mismo. Por unos instantes, se quedó petrificada por la sorpresa. No había absolutamente nada en el cajón. Las sábanas blancas estaban impecables, como si las hubieran cambiado el día anterior. En un rincón, camuflado con la tela, había un sobre de papel mate. La joven Hiedra metió el mismo en su mochila, y empezó a colocar todo en su respectivo lugar. —¡Salomé! —exclamó Luis de repente. Ella dio un respingo. —¿Qué ocurre? —musitó, mientras acomodaba el ataúd en el interior de la tumba. —¡Salí de ahí! —¡Tengo que reparar la lápida! ¡De lo contrario, sabrán lo que hemos hecho! —No hay tiempo para eso ¡Perdí a Ezequiel y a Damián de vista! ¡Seguramente están yendo al panteón!
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