Capítulo 14: "Los enemigos II".

1994 Palabras
—¿Cuáles son tus planes a futuro, muchacho? —preguntó Damián, mientras bebía un poco de vino Malbec de su copa. Estaban en la parte administrativa del cementerio. Se puso a resolver cuestiones burocráticas en línea mientras Ezequiel le hacía compañía. —No tengo nada planeado, señor. —¿Vas a quedarte en Culturam para siempre? —No lo sé, señor. Bustamante no pudo evitar pensar que Acevedo era el menos inteligente de los tres mutantes ¿Acaso no tenía deseos, sueños, metas? —¿No te gusta alguna chica? —Me gusta su hijastra, pero ella lo quiere a Samuel. No sé qué le ven las chicas a él… —¿Por qué lo decís? —bebió un poco más de vino. —A Salomé también le gusta. —A las mujeres les gustan los hombres que parecen sensibles —comentó Damián—, cuando seas mayor ya habrás aprendido a fingir diferentes emociones. —Estoy poniendo eso en práctica, señor. Es la manera más fácil para poder llevar a una chica a la cama… En ese momento, escucharon un ruido proveniente del exterior… ¿Eran pasos? —Señor —musitó Ezequiel—, usted debería invertir en vigilancia para el cementerio. Aquí está desprotegido sin cámaras ni sensores. —Heredia y Aguilar lo han querido así… aunque creo que tenés razón —si alguien le hacía daño, quedaría evidencia. Sin embargo, no había forma en la que pudiera instalar un sistema de seguridad sin que sus compañeros se enterasen. Ambos salieron de la sala de administración, para saber quién se había acercado al cementerio. Quizás eran personas comunes y corrientes que preferían visitar a los difuntos a las nueve y media de la noche… Damián reconoció rápidamente aquella figura. Se trataba de un hombre de su edad de cabello oscuro, no muy robusto. Vestía pantalones caquis y una camisa clarita ¿Qué demonios hacía por allí? —¿Ese hombre no es…? —empezó a decir Ezequiel, pero Damián lo interrumpió: —Benjamín Medina, el padre de Isabel y de Juan Cruz. Es el hermano de la difunta esposa de Horacio, y el tío de Samuel. No sé qué está haciendo aquí. —No tengo idea, señor. Sin embargo, puedo hacer mi aporte para que se vaya. —No le hagas daño, por favor. Sabés lo que puede sucedernos si Samuel se enoja… Estaba harto de que los Medina estuvieran merodeando por el cementerio ¡Y pensar que todavía tenía que deshacerse del teléfono de Juan Cruz le ponía los pelos de punta! —Descuide. Seré cauteloso. —No puedo creerlo —dijo Luis, espiando desde un árbol con unos binoculares de alta tecnología—. ¡Hay un montón de gente entre las lápidas! —¿A qué te referís? —Salomé, quien estaba a su lado colgada de la planta, le quitó el aparato para poder ver—. Oh, no… Benjamín Medina, Ezequiel Acevedo y Damián Bustamante están en el cementerio. Pensé que Bustamante vendría más tarde… Y los otros dos, ¿Qué hacen aquí? —Ezequiel probablemente tiene la intención de espiar a alguien, pero no sé a quién… Si a Medina o al dueño de la funeraria del valle… —¿Cómo haremos para conseguir la evidencia esta noche si están todos ellos? —resopló Salomé. —Creo que el cementerio hace un tiempo que está más vigilado y oscuro que antes —observó Luis—. Supongo que tendremos que cambiar el plan. —Llamaré a Isabel —musitó Salomé, quien se apresuró a sacar su móvil de su bolsillo y telefonear a su ex cuñada. La joven Medina atendió rápidamente. —¿Qué hace tu papá en el cementerio? —soltó sin pelos en la lengua. —¿Qué…? —Está hablando con Ezequiel ¿Qué hace aquí? No podremos buscar la evidencia si hay tanta gente en el cementerio… —Al contrario —la interrumpió Isabel—, será de ayuda. Llamaré a mi papá y le pediré que entretenga a Acevedo. Damián va a estar ocupado observando la situación. Utilizá alguna entrada alternativa, y que Luis te vaya dando indicaciones. Tienen un comunicador ¿Verdad? —Sí. Enviame un mensaje cuando ya hayas hablado con tu papá, por favor —musitó Salomé, y colgó. Le irritaba muchísimo que las cosas no salieran como estaban planeadas. Además, temía que la descubrieran. Si Micaela se encontraba en peligro por su culpa, ella no dudaría en hacer lo que fuera necesario para salvarla. Horacio Aguilar y Víctor Heredia fueron en sus vehículos hasta la vivienda de Cárdenas. Los bomberos del Valle se habían encargado de apagar las cenizas. Sólo quedaban escombros de la edificación, el cuerpo podría haber quedado atrapado entre aquellos desechos calcinados. Los hombres descendieron de su carro, y observaron la casa de cerca. —No puede haber sobrevivido luego de haber tocado la sangre de Samuel, y mucho menos, ante semejante incendio —reflexionó Heredia. Sin embargo, Horacio desconfiaba de la supuesta obediencia de su hijo. Él había heredado el carácter justo y sensible de su madre. A pesar de que genéticamente era un monstruo, psicológicamente nunca estuvo preparado para matar. La mayoría de las veces había vacilado al hacerlo o se había negado a hacerlo. Además, era consciente de que Samuel había estado investigando sobre la defunción de Daniela Medina: aquella vez que había irrumpido en su vivienda, había dejado unas gotitas de sangre que lo delataron (para poder ingresar al laboratorio), y había tocado la máquina de los recuerdos ¿Para qué la habría utilizado? ¿Qué buscaba en su propia cabeza? Horacio suspiró. A él le hubiera gustado que su hijo amara la ciencia, pero jamás había logrado inculcarle su pasión. El joven de rastas se veía interesado en la tecnología, y en utilizar su tiempo investigando sobre la muerte de su madre, junto con su prima Isabel. Isabel, Isabel… ¡Qué error habían cometido al no experimentar con ella cuando era una niña! Ahora su sangre podría servir de antídoto para contrarrestar los efectos de la de Samuel, pero nada más. Ya era muy grande para convertirla en una mutante, y causaba demasiados problemas para seguir invitándola a Culturam. Sabía que pronto debería tomar medidas drásticas con respecto a ella ¡Si tenía que encerrarla para que ya no molestara, lo haría! Interrumpiendo sus pensamientos, Heredia musitó: —¿Han encontrado el cuerpo? En ese momento, una señora de setenta años o más, quien lucía un vestido desgastado de color celeste y unas pantuflas, intervino: —No, señores. Ayer estuvo aquí la policía, pero no encontraron al difunto. Dijeron que era posible que hubiera quedado hecho pedazos debajo de todos los escombros —se encogió de hombros—. ¿Ustedes eran amigos de ese pobre periodista? —Conocidos —explicó Heredia. —Ah… —la anciana miró la casa con melancolía, y luego replicó—: que tengan buenas noches, señores. Un perro enano siguió a la señora y se metió con ella hasta su vivienda. Evidentemente, había salido para que el animalito hiciera sus necesidades. —Espero que el desgraciado esté realmente muerto entre todos estos desechos —la expresión de Víctor se había ensombrecido—. De lo contrario… —Tranquilo —Horacio le dio unas palmaditas en el hombro—. Está muerto. Dudaba de su hijo tanto como Heredia, pero no quería decirlo en voz alta. —Papá —Isabel llamó a Benjamín—, lee el mensaje que te envié. —¿Qué…? —¡Papá! ¡Haceme caso! —exclamó, y colgó. Le había escrito un mensaje de texto que rezaba: “Entretené a Ezequiel… cuando vuelvas a casa te explicaré todo”. Isabel resopló con nerviosismo. Micaela la contempló con curiosidad, y preguntó: —¿Vos siempre le das órdenes a tu papá? —Siempre le da órdenes a todo el mundo —explicó Juan Cruz—, no importa si se trata de personas mayores o menores que ella. —Sus padres son muy tranquilos —observó Samuel, algo divertido—. Si yo le hablara así a Horacio, me rompería la cara de un puñetazo. Bueno, aunque no lo hace, ya saben por qué —por su sangre letal. Isabel fulminó con la mirada a los jóvenes Aguilar y Medina, y comentó: —Normalmente respeto a los mayores —dijo Isabel, sin estar segura de ello—, pero en este caso, tuve que gritarle a mi padre para que entienda la importancia del asunto. Además, no quise hablar mucho por teléfono. Temo que esté interferido. —Ah… —Micaela suspiró. —¿No te preocupa que papá esté con ese tal Ezequiel? —preguntó Juan Cruz. Isabel negó con la cabeza, y Samuel replicó: —No le hará daño. Ahora revisemos el apartado caratulado: “ENEMIGOS”. El joven Aguilar cliqueó en dicha carpeta. Apareció un listado de alrededor de doscientas personas que habían sido víctimas de los abusos de los Fraudes. Había una frase que figuraba como encabezado de la planilla: “Los Culturam que han estado callando estas atrocidades, son tan monstruos como Heredia y Aguilar”. Y luego, el listado: Nombre del enemigo (que aún vive) Datos Personales Motivo de enemistad Lena Alarcón 52 años. alarconlena@gmail.com Estafa: le cobraron el precio de mil robots para su empresa, y le entregaron la mitad del producto. No pudo hacerles juicio por la ilegalidad de las transacciones. Pablo Barrera 43 años. pablobarr2057@gmail.com Policía. Él quería investigar a Culturam por la cuestión de las mutaciones de bebés, pero lo removieron del cargo. Adrián Campos 60 años. camposadrianmail@gmail.com Mataron a su hijo, quien trabajaba para Culturam. Se desconocen las causas exactas de su defunción, pero Adrián se volvió alcohólico desde entonces. Elsa Cuevas 40 años. elsacuevas@gmail.com Asesinaron a su esposo, quien trabajaba en Culturam en la sección de limpieza. Sandra Doblado 39 años. Sandritadob082061@gmail.com Extorsión: obligaron a Sandra a entregar gratuitamente metales para armar los robots, y a cambio, Heredia y sus colegas no aniquilarían a su familia. Jonathan Fletcher 62 años. jonfletch@gmail.com Asesinaron brutalmente a su esposa porque él no había querido entregar información confidencial sobre las mutaciones genéticas y la clonación. Penélope Gaitán 55 años. pennygaitan55@gmail.com Estafa: compró una centena de robots para su empresa, de los cuales un cuarto de ellos, tenían fallas. No le hicieron caso a sus reclamos. Manuel Ibáñez 37 años. manu_ib_22@gmail.com Asesinaron a su hermano brutalmente mientras sus pequeños sobrinos estaban encerrados en el baño, por una deuda no saldada con Culturam. Nicolás Juncos 48 años. juncosnicolasok@gmail.com Ex empleado de Culturam. Mantiene silencio para que no lo asesinen, pero los ha acusado por sus crímenes en diferentes ocasiones. Rebecca Lemus 71 años. rebeccalemussss@gmail.com Fiscal retirada. Ha intentado investigar la cuestión de las mutaciones genéticas en bebés, pero se vio obligada a detenerse para que no asesinaran a su familia. Lo peor era que el listado continuaba. Había por lo menos cien personas más en la lista de enemigos de Culturam. Asimismo, había vínculos que comprobaban que la información que se encontraba en la planilla era cierta ¿De dónde había obtenido el periodista aquellos datos? —Ibáñez… —musitó Sam, con sus ojos llenos de lágrimas. Juan Cruz y Micaela no entendían la reacción del joven Aguilar, pero Isabel, sí: “Asesinaron a su hermano brutalmente mientras sus pequeños sobrinos estaban encerrados en el baño, por una deuda no saldada con Culturam”. Samuel había aniquilado con su sangre a ese hombre, y había tenido pesadillas por ello. —Es tu oportunidad de redimirte, Sammy —la señorita Medina lo tomó de la mano. —Los hechos no cambiarían. —Sin embargo, los crímenes de Culturam acabarían —objetó. —No entiendo nada ¿De qué están hablando? —preguntó Juan Cruz. —No importa, Juan. Ahora tenemos a todos estos enemigos… seleccionaremos a los más aptos y confiables y los contactaremos mañana. Sigamos con el siguiente apartado.
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