Capítulo 13: "Los enemigos".

2460 Palabras
Samuel e Isabel regresaron a la vivienda de Benjamín al anochecer. Se habían divertido mucho. —Quiero más días así —le susurró la muchacha en el oído, antes de que ingresaran a la edificación. El joven Aguilar no pudo resistirse, y apretó sus labios contra los de ella. Su prima reaccionó apasionadamente, tomándolo del cuello y metiéndole la lengua en la boca. —Mi amor, estamos frente a tu casa —la detuvo—. Deberíamos entrar… —¿Cuándo vas a mudarte solo? —lo interrumpió. Era evidente que deseaba a volver a tener intimidad con él. —Intentaré hacerlo en estos días, no seas ansiosa —le acarició el rostro, y le hizo un gesto para que pusiera la contraseña. —Esperá —le dijo, y tomó su teléfono móvil—. Quiero que nos saquemos una foto juntos. No es peligroso ahora que todo el valle sabe que salimos ¿Verdad? —Tenés razón ¿Qué pose hago? —Poné tu brazo sobre mi hombro y sonreí —le indicó Isabel. Tomó un par de imágenes. —¡No hagas una sonrisa falsa! —Nunca me he tomado fotos voluntariamente. Esto es nuevo para mí —se justificó Sam. —Es hora de que aprendas a hacer cosas normales, querido —le dio un beso en la mejilla, y sacó la foto en ese preciso instante. La señorita Medina le prestó su celular a Samuel para que mirara las imágenes que había tomado. Sin querer, él deslizó su dedo por la galería de archivos de la muchacha y se encontró con una fotografía de ella en el cementerio. Estaba fumando. Una de sus manos reposaba sobre sus caderas. —¿Y esto? —enarcó una ceja. Le había causado gracia la imagen, pero no podía decírselo en voz alta. —La tomó Juan Cruz en año nuevo, justo antes de que se cortara la luz misteriosamente en el panteón. —Oh —Sam recordó que los títeres de los Fraudes estaban buscándolo, entre ellos Damián, porque no había querido llevar a cabo una misión. Suspiró, y trató de disimular sus emociones—. Te ves hermosa en la imagen. Isabel lo contempló con suspicacia. Sin embargo, no dijo nada. Se limitó a colocar la contraseña para ingresar a su vivienda. Samuel la siguió. Cuando llegaron al comedor, ambos se encontraron con una sorpresa: Micaela y Juan Cruz estaban mirando una película en la pantalla principal. La niña saludó a los jóvenes con la mano. —Hola, Mica —dijo Isabel, y luego le lanzó una mirada inquisitiva a Juan Cruz. Samuel recordó que Salomé le había dicho que, para llevar a cabo la búsqueda de la evidencia, debía dejar a Micaela al cuidado de los Medina. También rememoró las palabras que le había dicho la señorita Hiedra: —“Mi hermanita conoce la verdad a medias, y a pesar de ello, siempre está en peligro. Ahora ya no importa que ustedes revisen los archivos de Cárdenas delante de ella. Es una niña que sabe guardar secretos. Le he explicado en quiénes puede confiar y en quiénes, no”. —Salomé me ha pedido que la cuidara —expuso Juan Cruz. —Ah… ¿Y papá? —preguntó la muchacha. —¿No te acordás que dijo que saldría? Desearía que tuviera una novia. Isabel hizo una mueca, pero no respondió. El joven Aguilar aprovechó para interrumpir: —Tenemos que hablar. Los tres —Sam apoyó una mano en el hombro de su prima. El joven Medina observó a su pariente con cara de pocos amigos. —Me prometiste que no la confundirías, pero ahora son novios —resopló—. Recordá que estuvo tres días seguidos llorando por vos aquella vez… —¡Juan! —lo interrumpió Isabel. Se veía realmente molesta. —Tranquilo, amigo… No le haré daño. La protegeré con mi vida. —No tenés que darle explicaciones —intervino la muchacha, sin poder ocultar cuán irritada estaba—. Le dije claramente que yo te quería y que me importaba un carajo lo que pensaran los demás sobre lo nuestro. —Me preocupa que pueda lastimarte —Juan Cruz se encogió de hombros. —No discutan más —Micaela habló de repente—, ¿Acaso no tenían que hablar de cosas importantes? —La pequeña tiene razón —musitó Sam—, es hora de que nos pongamos al día. Vos sabés guardar secretos ¿Verdad, Mica? —Claro. Salomé dice que siempre estoy en peligro, sin importar si soy ignorante o no sobre ciertos asuntos. Los hermanos Medina intercambiaron unas miradas inquisitivas. —Sentémonos, entonces —anunció Isabel—, dialoguemos. De repente, el joven de rastas recordó que debía asegurar la conexión de red de la vivienda. —Esperen… antes tengo que instalar unos programas en su hogar. No me tardaré mucho. Damián esa noche fue más temprano al cementerio. Recordó que había dejado en su búnker el teléfono de Juan Cruz Medina. Estaba apagado y lo había aplastado a martillazos, pero no se había deshecho del artefacto. Si Aguilar o Heredia se enteraban de que él había cometido semejante error, se encargarían de disminuirle el porcentaje de ganancias… o peor: ¿Y si le pedían a Samuel que lo asesinara? A veces le costaba creer que las cosas hubieran ido tan lejos. Damián era un hombre de negocios que conoció a los científicos Víctor y Horacio hacía veinte años, cuando apenas se había convertido en dueño de la funeraria del Valle. Se habían hecho amigos inmediatamente. Se juntaban a tomar cerveza todas las noches en sus lujosos apartamentos. Aguilar andaba de novio con Daniela Medina en aquel entonces, era común que ella fuera partícipe de las reuniones. Recordó una de sus conversaciones más importantes: —Nosotros formamos parte de una sociedad secreta de doctores y maestros de la tecnología —comentó Heredia, evaluando la expresión de Bustamante—. Hace algunas décadas que existe, fue creada por nuestros padres. Hay más de cuatrocientos empleados allí, todos obligados a mantenerse en silencio. Sin embargo, junto con Aguilar y algunos más, hemos decidido crear un subgrupo… —¿El gobierno solventa los gastos de su comunidad? —fue la primera pregunta que hizo Damián. Víctor y Horacio soltaron unas risotadas. —El Estado y la policía ya saben que no deben meterse en nuestros asuntos. Damián se quedó perplejo. Parpadeó, y esperó a que los demás continuaran con su explicación. —Dentro de nuestra querida sociedad, hay una sala de construcción. Allí se crea la tecnología que empleamos para trabajar en nuestros experimentos. Una parte es vendida en el mercado nacional con un nombre falso. El resto es comercializado de forma ilegal a precios desorbitantes… No somos la única organización científica que existe en el mundo ¿Sabías? Daniela Medina suspiró, y desvió la mirada hacia la ventana. Horacio le puso las manos sobre los hombros: —Querida, todo lo que hacemos es por el bien de la humanidad. Si no te gusta nuestra conversación ¿No querés esperarnos en el comedor? Prometo preparar una rica cena. La mujer de cabello castaño y ojos verdes apretó los labios, y salió del cuarto. Heredia susurró: —Tenemos grandes planes. Podemos darte un buen porcentaje de esa tecnología, si nos das una mano. Damián se acercó con interés. “Dinero”, era su palabra favorita. —Hemos escuchado que no tenés problema para realizar ciertos… trabajos. Además, sos dueño de la funeraria del Valle y controlás el cementerio… —¿Debo esconder a las víctimas de sus experimentos? Ambos científicos asintieron. —Y regalarnos algunos cadáveres en nombre de la ciencia ¿Qué te parece? —preguntó Horacio—. Por supuesto, no tendrá que tener vigilancia la edificación, para evitar problemas a futuro… —¿De cuánto dinero estamos hablando? Damián se bajó de su vehículo, e ingresó al cementerio. Le dolía la cabeza, y estaba preocupado por el asunto del teléfono de Juan Cruz. A pesar de que Heredia, Aguilar y él habían jurado amistad eterna en su juventud, sabía que la ambición de esos hombres no conocía límites. Recordó, además, que esa noche Horacio le había susurrado en el oído: —Daniela es una mujer bellísima. La embarazaré, y haré de nuestro bebé un espécimen evolucionado de humano, sin que ella lo sepa. —¿Qué…? —Si nos ayudas, podrás ganar mucho dinero con las mutaciones también. Hay oportunidades que se presentan sólo una vez en la vida, amigo. La madre de Damián siempre detestó a Heredia y a Aguilar. Cada vez que Bustamante se juntaba con sus amigos, ella le hacía reproches y soltaba con resentimiento: —Esos dos van a usarte, y te desecharán. No confíes en ellos. Lo peor era que, la mujer que le había dado la vida no tenía idea de los negocios que llevaba a cabo con Horacio y Víctor. Su mamá era una vieja perspicaz. Por cierto, debía llamarla en estos días ¡No la veía desde año nuevo! Se pasó las manos por la cabeza, mientras caminaba hacia su búnker. Estaba algo tenso, pero sabía que recuperaría la calma cuando desechara el teléfono de Juan Cruz. Para su sorpresa, Ezequiel Acevedo se hallaba parado en la puerta del panteón. Vestía ropa deportiva y lucía su cabello rubio algo alborotado. —Vino temprano, señor —comentó con suspicacia. —Tengo que arreglar unos trámites de la funeraria —explicó Damián, tratando de sonar lo más tranquilo posible. A pesar de que el adolescente rubio era su mutante favorito (porque era el más obediente y el que menos causaba problemas), no pudo evitar sentirse vigilado. Si estaba allí, era por orden de Heredia y Aguilar. —Mientras trabajo en línea ¿Querés que tomemos un poco de vino? —Damián trataba con mayor amabilidad a Ezequiel que a Samuel y a Salomé. ‘Tendré que encargarme del teléfono más tarde’. —Claro ¿Tiene Malbec? Samuel se tomó treinta minutos asegurando el internet de los Medina, y luego un cuarto de hora más chequeando que no hubiera sensores en la edificación. Más tarde, habló con sus primos sobre Cárdenas y el acuerdo al que había llegado con Salomé. —Emilio me dio un chip con información sobre los enemigos de Culturam, y también algunos archivos extras que ha logrado recolectar. Él estará escondido hasta que yo logre mi objetivo. La señorita Hiedra me dio la pulsera que encontró luego del incidente de sus padres —trató de ser lo más sutil posible para que Micaela no se entristeciera. La niña se tomó las cosas con calma. Posiblemente ya conociera la existencia de aquel brazalete. —¿Qué hacemos primero? —inquirió la adolescente. —Leer el contenido del chip. Luego investigarás vos la procedencia de la pulsera. Isabel asintió. Colocaron el circuito integrado en una tableta para poder revisar sus datos. En la pantalla, aparecieron tres carpetas caratuladas de la siguiente manera: “ENEMIGOS”. “MUTACIONES”. “MERCADO ILEGAL”. —¿Cuál abro primero? —La segunda —indicó Isabel—. Los enemigos no irán a ninguna parte, y la cuestión del dinero no me parece tan interesante. —Concuerdo con mi hermana. Micaela no dijo nada. Samuel hizo cliqueó en la carpeta de “mutaciones”. En la misma, había fotografías de cadáveres de niños, artículos de revisas web en donde había padres que se quejaban sobre las muertes de sus hijos e información sobre la alteración genética. —Aquí están escritos los nombres de las víctimas de mutaciones —señaló la pantalla—. Hay decenas de criaturas que no soportaron el suero prenatal. No figuran las identidades de los sobrevivientes. —¿Cómo funcionan las mutaciones? —quiso saber Juan. —Por lo que dice aquí y lo que he aprendido a la fuerza, les inyectaban un líquido a las madres embarazadas. Algunos bebés han logrado nacer con vida, pero han muerto al poco tiempo: sus cuerpos se habían deformado y sus órganos dejaban de funcionar correctamente. Sólo los más fuertes genéticamente hemos soportado el suero. Nos han colocado otras sustancias para reforzar la mutación, pero esos detalles no figuran aquí. Cárdenas no sabía tanto al respecto. Veo que sus descripciones de la alteración genética son bastante generales. Lo que podemos utilizar de aquí son las imágenes y videos de las víctimas, ya que son las únicas pruebas concretas de lo que sucedió. Los artículos de la web podemos leerlos si quieren, pero seguramente son testimonios no verificables del dolor de decenas de padres… —¿Qué pasa si reproducimos uno de esos videos? —preguntó Micaela de repente. —¿Están seguros de que quieren verlo? La pequeña Hiedra fue la primera en decir que sí. Juan Cruz e Isabel intercambiaron unas miradas, y luego asintieron. Samuel hizo clic en el primer archivo. En el video, había un bebé en una cuna digital, cuya piel se había vuelto casi morada, sus venas se le marcaban como líneas de carbón sobre la piel, y sus extremidades estaban súper hinchadas. No lloraba, sólo tosía, dejando rastros de un líquido rojo oscuro sobre sus sábanas blancas y sobre su pequeña boquita. —No quiero seguir viéndolo —dijo Isabel, con lágrimas en los ojos—. Esto es atroz. Los Culturam son unos monstruos. Samuel quitó el video. Miró a Juan Cruz, quien se había quedado impactado por la imagen. Micaela, por el contrario, permanecía inmutable. —Fueron Heredia y mi padre los que llevaron a cabo personalmente estas mutaciones. Los demás los ayudaban o callaban. Nadie se atrevió a enfrentarlos por sus crímenes. —Sammy, ya sé que te dije esto en repetidas ocasiones, pero vos no sos un engendro como te han hecho creer. Ellos lo son. Lo que hicieron no es humano. —Ahora sé que tenés razón, Isa. Gracias por hacérmelo ver. Juan Cruz intervino: —¿Por qué creés que no han querido experimentar con Isabel? Tiene el mismo tipo de sangre que vos. —Por algo evidente: ya no es una bebé sensible. No saben cómo podría funcionar la alteración genética en una adolescente. —¿Y qué hay de mí? ¿No sabés si somos compatibles? —No tengo idea, pero por las dudas, mantenete alejado de mi sangre —replicó Samuel. —Hagamos un resumen —dijo Isabel, visiblemente recuperada de la conmoción—. Tenemos videos y fotos de las mutaciones y, además, los nombres de las víctimas. Podemos contactar a los papás para que nos ayuden a acabar con Culturam ¿Están de acuerdo? —Por supuesto, Isa —asintió Samuel—, ahora pasemos a la siguiente carpeta ¿Cuál revisamos?
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