Isabel se despertó tarde ese día, porque era domingo. Aprovechó a descansar, ya que Juan estaba recuperándose y Sam había logrado exitosamente su misión: engañar a los Culturam. Sabía que luego tendrían que contactarse con los enemigos de los Fraudes, buscar la evidencia de la cual Luis les había hablado, entre otras cosas. Sin embargo, hoy se tomaría el día libre. Estaba cansada.
Isabel, Juan Cruz (quien debía manejarse por la vivienda con muletas robóticas) y Benjamín almorzaron juntos. El señor Medina había preparado unos sorrentinos caseros de verdura con una salsa italiana.
—Anoche llovió en la madrugada, y como hoy está nublado y fresco, pensé que sería buena idea comer pasta —comentó el señor Medina.
—Está riquísima la comida, papá. Hacía mucho que no cocinabas vos mismo —Isabel se metió un sorrentino entero en la boca, y se quemó la lengua.
—Me parece buena idea que empecemos a pasar más tiempo juntos —Benjamín bebió un poco de agua, y agregó—: me he pedido dos semanas de vacaciones de mi empleo. No puedo concentrarme en los trámites virtuales que debo hacer en mi trabajo y cuidar de mis hijos simultáneamente.
—No lo harás para vigilarnos ¿Verdad? —preguntó Juan Cruz de repente.
—Un poco —admitió su padre—. Quiero saber en qué están metidos, deseo protegerlos y ayudarlos en lo que precisen.
—Juan necesita más cuidados que yo —replicó Isabel, quien se rehusaba a ser controlada por su padre.
—¡Isa! —protestó su hermano menor.
—Estaré atento a ambos. Juan hará reposo durante algunas semanas, por lo cual no podrá salir de casa. Ninguno tendrá nada prohibido, pero deberán avisarme a dónde van y con quién. Aquí no vivirán de la misma forma que lo hacían con su madre.
Isabel no dijo nada. Entendía que su padre estuviera preocupado por ellos ¡Su hijo menor estaba recuperándose de un disparo en la pierna!
—¿Lionel podrá venir a visitarme?
—Claro, te hará bien ver a tus amigos. Podés llamar a tu novia si querés —sugirió Benjamín, metiéndose un sorrentino entero en la boca.
Justo en el ángulo, pensó la adolescente. Juan Cruz estaba triste porque Salomé lo había dejado el día anterior.
—Rompimos, papá —el joven Medina se encogió de hombros.
—Oh, cuánto lo siento… —Benjamín se veía realmente apenado—. Si no era la indicada, quizás era lo mejor… —no sabía bien qué decir para consolarlo, por lo cual agregó—: ¿Querés que miremos películas hoy a la tarde?
—De acción, por favor —replicó el muchacho.
—Excelente —luego miró a su hija mayor—. Esta noche tengo que salir ¿Podrás cuidar de tu hermano?
—Claro, papá.
Terminaron de almorzar, e Isabel se marchó hasta su cuarto.
Estuvo un rato preparando una tarjeta electrónica para Samuel y le había comprado un chocolate, porque recordaba que hoy era San Valentín. Se preguntó si a su primo le parecería raro que ella le hiciera un obsequio ¿Eran novios? ¿Eran familia? ¿Cómo podrían describir su relación? No habían vuelto a besarse desde aquel incidente en Culturam, pero le había dicho a Umma y a Juan que habían vuelto a ser pareja.
Decidió sincerarse, y tipear en la tarjeta el siguiente mensaje:
“Te quiero tanto, que me importa un carajo nuestro lazo de sangre. Estoy feliz de haberte conocido… gracias por existir”.
Luego, empezó a revolver su guardarropa. Aun no se acostumbraba a su nueva habitación y a sus muebles digitales, por eso prefería buscar ella misma sus prendas. Lo único que extrañaba de su antigua vivienda era la máquina maquilladora ¡Estaba ensamblada al muro y no pudo quitarla antes de mudarse!
Como el día estaba fresco, optó por ponerse un jean n***o, una blusa floreada y una chaqueta. Se miró al espejo y se sintió muy fea ¡Le entraron ganas de echarse a llorar! ¿Por qué las prendas le quedaban tan mal? Terminó poniéndose un pantalón blanco de bengalina con lazo, un top color bordó que dejaba sus hombros al descubierto y unas sandalias que combinaran. Se llevaría una campera de hilo por si sentía frío.
Justo cuando decidió enviarle un mensaje a Umma preguntándole cómo estaba y si mañana tenía un rato libre, alguien tocó la puerta de su cuarto.
—Han venido a verte, Isabel —anunció Benjamín.
Ella salió apresurada hacia el living.
Allí estaba él: vestido con un jean azul, una camisa blanca y sus típicas cadenas y anillos, incluyendo el colgante que le había regalado Isabel. En su espalda, cargaba una mochila. Se había acomodado las rastas hacia atrás y se había perfumado.
Isabel sintió un hormigueo en el estómago. Parecía que hacía un siglo que no salía con él como pareja.
—Hola —Sam le dedicó una sonrisa—, ¿Querés que vayamos a merendar? Conozco una cafetería muy bonita que no queda lejos de aquí.
—Hola, me encantaría —afirmó, y luego le gritó a los Medina—: ¡Me voy! ¡Vuelvo antes de que anochezca!
Llegaron a un bar en donde había mesas en el exterior. Se sentaron, y ordenaron en la pantalla que se encontraba a su lado sus pedidos: Isabel pidió un café Latte y Samuel un cappuccino. También ordenaron galletas caseras.
Mientras esperaban que les llegara su merienda, la señorita Medina comentó:
—Se siente extraño hacer algo normal. No me acostumbro a no ser perseguida por algún lunático o a salir con vos en plena luz del día.
—Vas a ver que ya te adaptarás. Pronto seremos una pareja normal —que él dijera en voz alta que eran novios le provocó un cosquilleo en el estómago.
—Por cierto, te felicito por lo de ayer —ella le guiñó un ojo.
Samuel le hizo una seña para que hiciera silencio, y susurró:
—Ha sido tu idea.
—Pero vos la llevaste a cabo, sos un genio.
—Shh —se llevó el dedo a los labios—, cuando terminemos nuestra cita, tengo que mostrarte algo… pero primero, disfrutemos de San Valentín.
En ese momento, sacó de su mochila un osito de peluche de cuarenta centímetros de alto. Era de color beige, y en sus manos, sostenía una rosa negra hecha también de felpa.
—Feliz día —le dijo Sam y se lo entregó.
Isabel lo tomó entre sus manos, y lo acarició. Era suave y agradable al tacto. Se quedó sin palabras durante unos instantes, pensando en cuán tierno era Samuel, a pesar de que todo el mundo se empecinaba en llamarlo monstruo.
—Muchísimas gracias, es hermoso. Es pequeño y adorable.
—Igual que vos —bromeó Samuel.
—¡Más respeto! —exclamó Isabel juguetonamente.
—De hecho, creo que es más alto que vos —agregó, divertido—. ¿Cuánto mide? ¿Cuarenta centímetros?
La señorita Medina frunció sus labios y murmuró:
—Dormiré con él todas las noches y con vos no —retrucó.
—Eso es cierto —resopló el joven de rastas.
Rápidamente, Isabel sacó de su cartera el chocolate y la tarjeta electrónica.
—Esto es para vos —lo dejó sobre la mesa. No era fanática de las cursilerías, y era la primera vez que le regalaba algo a alguien en San Valentín.
Samuel leyó el mensaje. En su rostro se dibujó una sonrisa.
—Esto es muy vos… No podías decir algo romántico sin usar un término vulgar ¿No es así? —parecía encantado con el regalo.
En ese instante, llegaron sus órdenes: los cafés y las galletitas.
—La rosa negra también es muy vos —la muchacha mordió una masita—, ¿Te acordás de la primera vez que me dejaste una flor en mi habitación? Me pareció bastante raro, a decir verdad.
—Nunca me había gustado una chica, no sabía cómo expresarlo —se encogió de hombros—. Lo peor es que me enamoré de alguien que tampoco es muy normal.
—¿Por qué lo decís? —ella bebió un poco de su café. Estaba delicioso.
—Por lo que he aprendido este tiempo, podría decir que las adolescentes normales no se escapan a mitad de la noche para seguir a un muchacho ¿Verdad?
Tenía razón. Isabel se rió de sí misma y acotó:
—Tampoco van solas al cementerio y se olvidan el teléfono móvil. Sin embargo, a pesar de que soy caprichosa e impulsiva, mi comportamiento te ha salvado en más de una ocasión.
—Eso es innegable —Samuel sonrió, y bebió un poco de su cappuccino—. A pesar de que nos unen muchas situaciones desagradables, quiero tener un futuro normal con vos, Isabel.
—Yo también, Sammy. Quiero que volvamos a bailar despreocupadamente en la discoteca.
—¿Siguiendo los pasos de los personajes de videojuegos? ¡Claro! —el joven Aguilar se veía realmente animado—. Además, quiero disfrutar de mi juventud. He estado pensando, y le pediré a mi padre que me pague un salario por el trabajo que hago en el local de pirotecnia. Con ese sueldo, podré mudarme solo e invitarte a dormir.
—Me parece una idea genial. Te hará bien alejarte de él y tener tu espacio personal.
Estuvieron dialogando un largo rato sobre diversas temáticas hasta que ambos acabaron su merienda. Guardaron el peluche y el chocolate en la mochila de Sam, y se prepararon para marcharse.
Samuel abonó la cuenta, a pesar de que Isabel protestó e insistió en que ella no necesitaba que un muchacho pagase por ella.
—No seas arisca, tomalo como un regalo de mi parte. Ahora quiero que vayamos a caminar.
—¿A dónde querés ir? —Isabel estaba fascinada con el hecho de que Samuel tomara la iniciativa para hacer algo: la había invitado a merendar, y ahora deseaba pasear a su lado. Le agradaba que ya no reprimiera sus emociones.
—Tenía pensado ir al parque ¿Te apetece?
—Claro.
Anduvieron tomados de las manos. Soplaba una brisa bastante fresca, pero Isabel no tenía frío. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía feliz.
—Siempre me gustaste, Isa —comentó él en tono casual—. Creo que, desde año nuevo, cuando nos quedamos encerrados en el panteón. A pesar de que no hablamos mucho esa noche, supe que eras diferente a todas las personas que había conocido…
—¡Menos mal! —la señorita Medina acostumbraba a interrumpir las cursilerías de Sam con una broma—. Hubiera sido caótico para vos que me pareciera a alguno de los Culturam ¿No creés?
—Siempre te burlás de mis emociones —protestó Samuel, aunque su tono de voz no mostraba seriedad—. Aquella vez que te regalé bombones, te reíste cuando te escribí que eras la chica más hermosa del valle…
—Lo siento. Vos no sos el único que no sabe cómo comportarse normalmente. He tenido dificultades para relacionarme con la gente de mi edad durante años. Umma ha sido la única que ha podido tolerar mi carácter.
—No podés ser igual que los demás cuando has vivido experiencias traumáticas —reflexionó Sam—. Pero a mí me gusta cómo sos.
—Entre lunáticos nos comprendemos ¿No es así? —comentó Isabel.
Sin que lo hubiera notado, habían llegado al parque. Había unos niños jugando en las hamacas y toboganes electrónicos, pero no había gente en la arboleda que rodeaba al espacio público.
Samuel arrastró a Isabel hasta allí. Arrinconó a la señorita Medina contra la corteza de un árbol, apoyando los brazos contra la rígida superficie. Ella podía sentir su perfume dulzón y los latidos violentos de su corazón.
—Isa —le susurró al oído—, ¿En verdad no te importa que seamos primos?
—No te voy a negar que es un poco raro… pero puedo vivir con ese hecho.
—No le has dicho la verdad a tu papá ¿No?
—Todo a su tiempo, Sammy. Él no está listo aún —suspiró, y agregó—: luego de todo lo que hemos pasado juntos, ya no me causa el mismo efecto pensar que nuestra relación es incestuosa y que somos genéticamente compatibles. De hecho, me importa un carajo lo que diga la sociedad o mi familia si se enteran de que somos primos.
—Éramos dos desconocidos que se enamoraron y eventualmente descubrieron su parentesco. No nos criamos como parientes… así que a mí tampoco me importa la concepción moral de los demás sobre nuestra relación.
Samuel sonrió, y se inclinó para poder apretar sus labios contra los de ella. Isabel disfrutó del contacto cálido de sus bocas, y se puso en puntas de pie para poder besarlo mejor.
Sus lenguas se enredaron, las manos de él acariciaron los hombros desnudos de ella, provocándole escalofríos. Isabel sentía que le temblaban las piernas ¡Había anhelado tanto ese contacto con Sam! ¡Lo quería tanto!
La adolescente lo rodeó del cuello con sus brazos y apretó su boca aún más contra la de él. Samuel la tomó de la cintura, sin deshacer aquel beso desesperado. Isabel se sentía extasiada, y no le importaba nada más que no fuera disfrutar del momento.
—¡Chist! —susurró alguien—. ¡Chist!
Samuel apartó sus labios de los de Isabel, y miró hacia un costado.
Había una abuela parada al lado de los adolescentes, frunciendo el entrecejo.
—¿Podrían ir a besuquearse a otro lado? ¡Hay muchos niños en el parque!
—Disculpe, señora —el joven de rastas se encogió de hombros.
Una vez que la mujer se marchó, Isabel estalló en carcajadas.
—¡Te asustaste porque una abuelita te regañó!
Samuel comenzó a reír también.
—Estoy cansado de tus burlas ¿Sabés qué? Ya que estamos aquí, podemos jugar como si fuéramos unos críos ¿Qué te parece si intentás atraparme?
—No es justo, no tengo la ropa adecuada —señaló su pantalón blanco de bengalina.
—Te daré ventaja, te lo prometo —musitó, y se echó a correr.
Salomé arrastró a Micaela hasta la vivienda de los Medina.
—¿Por qué no puedo quedarme en casa? —protestó la niña.
—Porque nuestros tutores son títeres en los cuales no se puede confiar. Esta noche tengo que salir, y no quiero dejarte sola con ellos.
—Vos ya no sos la novia de Juan ¿No será incómodo para él que yo esté ahí?
La pequeña de nueve años y medio era bastante perspicaz. Decidió no contestarle.
Tocaron timbre en la vivienda de Benjamín. El hombre de mediana edad fue quien las recibió.
—Hola, señor ¿Está Juan Cruz? —preguntó Salomé con fingida timidez.
—Claro…
El joven Medina apareció por la entrada con unas muletas robóticas. Vestía una camiseta verde desgastada y unos shorts deportivos. La venda que cubría su pierna herida se hallaba al descubierto.
—Hola, Juan ¿Podrían cuidar a Micaela esta noche? Tengo una misión.
—Isabel no está, se fue a celebrar San Valentín con Samuel —replicó, tajante. Era evidente que le guardaba rencor, y que estaba buscando una forma de hacerla sentir mal.
Sin embargo, a ella no le importaban las banalidades comerciales como el día de los enamorados.
—¿Vos no podés cuidar de ella?
—Claro, aunque perdí mi teléfono ¿Tenés el número de Isabel? Así la llamás cuando estés por volver.
Juan Cruz le dictó el código del celular de su hermana, e invitó a la niña a ingresar a su vivienda.
—Gracias por la ayuda —la joven Hiedra le dedicó una sonrisa.
El adolescente asintió, y cerró la puerta.
Salomé no tenía tiempo que perder: debía encontrarse con Luis y organizarse para poder buscar la evidencia de la muerte de Daniela Medina.