Capítulo 11: "La estrategia de Isabel".

2038 Palabras
Benjamín estaba a punto de ingresar a la vivienda, cuando vio que Isabel y Juan Cruz estaban con una tableta, sentados codo a codo, petrificados en la pantalla. Ambos se veían asombrados por algo: tenían los ojos y las bocas abiertas. El señor Medina se quedó un rato observando a sus hijos desde el exterior. A veces sentía que no los conocía lo suficiente: no tenía idea en qué estaban metidos (ya que Isabel no se lo había especificado), no sabía por qué le habían disparado a Juan Cruz y qué era lo que hacían cada vez que salían a la calle. Había hablado con su ex esposa al respecto. Soledad le había dicho que ambos solían escapar de la vivienda junto a sus parejas, y que creía que estaban llevando a cabo investigaciones peligrosas durante las noches. Benjamín presentía que estaban buscando la verdad sobre la muerte de su hermana. Si estaba en lo correcto, sabía que no se detendrían, especialmente Isabel, quien era la persona más obstinada que jamás había conocido. Más tarde, sus hijos hicieron la tableta a un lado. Dialogaron sobre algo que él no pudo oír: parecían estar debatiendo y exponiendo sus opiniones. Isabel se asomó a la ventana y prendió un cigarrillo. Soledad le había comentado que su hija fumaba mucho, y le había pedido que le ayudara a controlar su vicio. Era hora de intervenir. —¿Qué están haciendo? —inquirió, frunciendo el entrecejo. Pensó que, de ese modo, la adolescente apagaría el cigarrillo… pero no lo hizo. Se limitó a contemplarlo fijamente, y a afirmar: —Lo siento, papá. Tengo un vicio: fumo cada vez que estoy nerviosa. —Últimamente vivís nerviosa —acotó Juan Cruz. Isabel lo fulminó con la mirada. Benjamín no pudo evitar preguntarse: ¿Por qué sus dos hijos tenían vicios? ¿Qué había pasado durante estos meses, que estaban tan diferentes? ¿Acaso la convivencia con Damián les había robado su alegría? Ellos le habían insistido durante un largo lapsus de tiempo a Benjamín para que apurara los trámites de la mudanza ¿Y si ahora ya era demasiado tarde? Se sentía increíblemente frustrado, y un mal padre. Los Medina eran buenos muchachos, si ambos tenían adicciones, debía ser porque ninguno era capaz de lidiar con ciertos problemas. Al fin y al cabo, no eran más que un par de adolescentes. —Chicos, no quiero que continúen consumiendo/inhalando sustancias nocivas. Si necesitan ayuda de algún profesional para abandonar sus vicios, no dudaré en… —No dejaré de fumar —retrucó Isabel—. Lo siento, papá. Dentro de diez meses, seré mayor de edad… pero estuve viviendo este verano como si ya lo fuera. He transitado por situaciones muy difíciles de sobrellevar, y en ocasiones, mi única compañía ha sido el cigarrillo. Podés castigarme o no darme más dinero, no me importa. Tengo trabajo, y puedo mantener mis propias adicciones… —Isabel… —balbuceó su padre. Su hija era muy buena argumentando, sería una excelente abogada en un futuro. Además, era muy obstinada, y disuadirla era una tarea muy complicada—. Sólo me preocupo por tu salud… —Lo dejaré cuando yo considere que ha llegado el momento —replicó. Benjamín apretó los labios. No era capaz de enfrentar a su hija, de castigarla, de decirle que la obligaría a dejar su vicio: sentía que no tenía derecho a hacerlo, ya que los adolescentes habían vivido muchas experiencias horribles por sí mismos. Debe de haber sido muy duro para ella haber recordado que fue testigo del asesinato de su tía. Benjamín imaginó que la señorita Medina, quien parecía fría como el hielo por fuera, había estado durante días llorando en su habitación, sin saber cómo contarle la verdad a su propio padre. Esas ideas lo hicieron estremecer. Trató de llegar al corazón de Isabel de otra forma. —Antes no te veías tan triste… ¿Hay alguna forma en la que pueda ayudarte? Podés contarme qué están tramando vos y Juan… —sentía ganas de llorar, pero se contuvo. Quería que sus hijos lo respetaran y confiaran en él. —Cuando llegue el momento —replicó Isabel, tajante. Samuel arrastró los pies hasta la vivienda de Horacio Aguilar. Estaba sucio y cansado. Su cuerpo emanaba un hedor a hollín mezclado con sudor, el cual era bastante desagradable. Además, tenía sangre suya y de Cárdenas pegada en la piel. Sin embargo, se sentía satisfecho. Estaba seguro que había logrado engañar a los Culturam con semejante actuación. Y todo fue gracias a la mente brillante de Isabel. —No te ahogues en un vaso de agua —le había murmurado ella en el oído—. Nunca has intentado burlarte de tu padre ¿Verdad? Sus palabras lo habían pillado por sorpresa. —¿Cómo? Ella movió los labios sin articular sonido: —Cárdenas tiene los días contados a menos que colabore con vos —se mostró segura de sí misma. Tenía razón. —Es cierto. —Averiguá si él tiene algún pasadizo secreto en su casa, para que pueda escapar sin que tu papá y sus colegas lo noten. Pedile el plano de su vivienda para que seas capaz de pensar en una estrategia de combate. Deben pelear de verdad, y luego deberás fingir que lo asesinás con tu sangre letal —hizo la mímica con la boca—. Para que no busquen el cuerpo, sugiero que incendies su casa. El resto de los detalles, ajustalos vos con Cárdenas. Asegurate de filmar todo para que los Culturam y yo podamos verlo. Además, él puede ayudarte a contactarte con enemigos de los Fraudes ¡El periodista también necesitará de ellos para sobrevivir! Samuel había quedado impresionado por la inteligencia de su prima. Jamás se le había ocurrido que podría engañar a su padre ¡Y de una forma tan sutil! Cuando había atravesado aquella arboleda para hacer un pacto con Emilio, se había cruzado con Salomé. Ellos también se habían puesto de acuerdo para que la señorita Hiedra lo cubriera mientras él acordaba con Cárdenas un plan para que pudiera sobrevivir. —Será duro quemar mi vivienda y permitir que me golpees —admitió Emilio—, pero creo que es la única forma en la que podré sobrevivir. Tenés que terminar con la tiranía de Culturam, muchachito. —Necesito saber quiénes son sus enemigos y ponerme en contacto con ellos. No quiero que los Fraudes mueran, sino que sean castigados por sus crímenes. Quiero que paguen por haberme convertido en un monstruo. El periodista le entregó un microchip. —Ahí tenés la evidencia que buscás, y la lista de enemigos de tu padre. Esperaré a que vos termines con Culturam para volver a salir a la luz. —¿Dónde te esconderás? —habló en un susurro. Temía que la casa de Cárdenas estuviese siendo vigilada. —Hay un túnel debajo de mi vivienda que conecta con un búnker que fue construido durante la Segunda Guerra Mundial… —Genial. Bueno, entonces haremos lo acordado ¿No? Un error podría causar tu muerte y la de mi novia. —No te preocupes. Deseo tener una larga vida —le había dicho el cuarentón. Cuando se retiró del hogar del periodista, Salomé había estado esperándolo. —Mañana a la noche iré al cementerio —dijo ella—. Vos encárgate de contactarte con las posibles futuras víctimas de los Fraudes. Samuel, mientras caminaba hasta la vivienda de su padre, no pudo evitar sonreír al recordar todo aquello. Había tenido que golpear a Cárdenas para que éste pudiera vivir. Casi siempre había sido al revés: lastimaba a la gente para asesinarlos, no para que sobrevivieran. Rememoró el momento en el que tomó una cuchilla y pinchó un sachet de pintura roja oscura en la palma de su mano, y la actuación brillante de Emilio al fingir las convulsiones luego de que le tocara el rostro con el colorante artificial. Ingresó en la casa de su padre. Necesitaba ducharse, y buscar algo de dinero: al día siguiente se celebraba “San Valentín”, y quería invitarla a Isabel a merendar en alguna cafetería. También quería comprarle un regalo. Haberla conocido le había cambiado la vida. Debía demostrárselo. Arrojó por el inodoro el pequeño sachet vacío de pintura, y apretó el botón del retrete para que el agua se lo llevara por las alcantarillas. Se quitó la ropa sucia y desgarrada, y se metió en la ducha, sin quitarse el preciado brazalete que le había dado Salomé, al cual le había insertado el chip que le había entregado el periodista. Mientras se despegaba los restos de sangre y colorante, no pudo evitar pensar que esa noche tendría que dormir allí. Juan Cruz ya había despertado y estaba bien, no era necesario que fuera a cuidarlo… y ahora que se habían mudado con Benjamín, la ventana del cuarto de Isabel no daba hacia el patio, por lo cual no podría irrumpir más en su vivienda. No quería descansar bajo el mismo techo que su padre: no deseaba que éste se le burlara de sus pesadillas o que le echara en cara que todavía lo necesitaba, pero no tenía alternativa. Además, se sentía animado para caminar hasta el local de pirotecnia con el propósito de acostarse sobre el suelo frío y rígido. Una vez que terminó de bañarse, se secó y se puso un pijama. Caminó perezosamente hasta su cuarto. En el camino, vio que el laboratorio había sido asegurado con nuevas trampas, al igual que la habitación que solía pertenecer a su madre. Suspiró. De todas formas, no pensaba volver a exponer a sus primos para que Juan Cruz recuperara su memoria. Investigaría él mismo quién había sido el hijo de perra que le había disparado en la pierna. Ingresó a su dormitorio y vio que su mochila estaba abierta, y que su padre se encontraba sentado sobre su cama, con el ordenador de Cárdenas en la mano. —Has hecho un buen trabajo, Samuel. Me has sorprendido. —Lo hice para que no lastimaras a Isabel —gruñó—, no para obedecerte. Horacio asintió. —Me llevaré esto —señaló la computadora portátil—. La revisaremos en Culturam. —Hacé lo que quieras. —Como premio, mañana tendrás el día libre —hacía años que su padre no le daba un día de ocio. Era su forma de extorsionarlo para que continuara matando por él—. También te he transferido dinero a tu cuenta bancaria. —Bien —quería que su padre se marchara de su cuarto para poder descansar. —Siempre que trabajes para mí, ganarás, Samuel. No te rebeles, y seguí aportando a la ciencia… —No entiendo cuál es el progreso científico que brinda asesinar brutalmente a tus enemigos —el joven Aguilar no era capaz de callar sus pensamientos. —Todo es por una causa noble: Culturam. Nuestros experimentos serán la salvación de la r**a humana en el futuro. Lo entenderás cuando seas mayor. —Ya soy mayor: tengo dieciocho años —refutó con impaciencia. —Cuando seas más maduro, quise decir. Dormí, hijo. Se marchó con el ordenador de Cárdenas, cerrando la puerta detrás de sí. Samuel se acostó en su cama. Se sentía física y mentalmente exhausto ¿Cuándo había sido la última vez que había descansado apropiadamente? No lo recordaba ¿Había sido en su cumpleaños? Rememoró todo lo que había preparado Isabel ese veintinueve de enero: la cabaña, la torta, el collar y… lo otro. Mañana era San Valentín ¿Qué podría obsequiarle a la chica más hermosa e inteligente del Valle? Nada estaba a su altura. Al día siguiente, se levantaría temprano para comprarle un regalo. Contempló la pulsera que le había dado Salomé. Pensó que lo mejor que podría hacer era dejarla al cuidado de la señorita Medina. Si hacía eso, debería colocar una red de protección cibernética en la conexión de internet de los Medina, para que sus búsquedas en la web y los archivos que abrieran en sus dispositivos no pudieran ser espiados desde el exterior de su vivienda. Sabía que su prima investigaría el brazalete y el contenido del chip, y necesitaba asegurarse de que no surgieran eventuales problemas por ello.
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