Samuel había encendido la cámara que tenía en su colgante de plata (el cual todo Culturam sabía que había recibido de parte de Isabel). A través del proyector, podrían ser testigos de lo que él hacía, en vivo y en directo.
Horacio Aguilar, Damián Bustamante, Víctor Heredia y Toribio Castellán estaban contemplando la pantalla que se encontraba en la sala de transacciones.
—Pensé que Samuel llevaría a cabo la misión más temprano —comentó Damián con suspicacia.
—Él tiene sus tiempos —replicó el padre del muchacho de rastas—. Seguramente fue a besuquearse con Isabel antes de hacer su tarea. Nunca pensé que mi hijo sería tan vulnerable ante la belleza femenina. Actúa como si no pudiera respirar cuando no está con ella…
—No le importó ni que fuera su prima. Continuaron juntos —masculló Heredia.
—No hay forma de separarlos —suspiró el progenitor de Sam con resignación—, lo importante es mantenerlos controlados.
—¡No hablen! —los regañó Damián—, quiero prestarle atención a lo que hace el muchachito.
—Tenés miedo de que tu plan fracase ¿Verdad? —Heredia parecía divertido—, no querés perder dinero.
El señor Bustamante apretó los labios, pero no dijo nada. No quería empezar una nueva discusión.
A través de la pantalla, los cuatro hombres podían ver cada movimiento que realizaba Samuel. El adolescente estaba parado frente a la vivienda del periodista Cárdenas, y movía lentamente su mano derecha sobre el panel de ingreso a la edificación.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Toribio de repente.
—Mi hijo es un genio de la tecnología. Seguramente está hackeando el código para ingresar a la casa.
—Para él, eso será pan comido —agregó Heredia—, esa casa parece de clase media. No debe tener el mismo nivel de seguridad que una mansión.
Damián estuvo de acuerdo con las palabras de Víctor, pero no lo expresó en voz alta. Observó la vivienda: era una construcción conformada por una planta baja y un primer piso, un jardín delantero, una cochera y unas tejas de cristal. Las paredes estaban pintadas de celeste claro.
—Bastante amplio el lugar para alguien que vive solo —observó Horacio.
—Seguramente lleva prostitutas a ese sitio ¡Si no tiene familia! —acotó Heredia.
Al cabo de dos minutos, Samuel desbloqueó el código.
—Fue más rápido de lo que creí —comentó Castellán.
—Les dije que para él eso era pan comido —Víctor se estiró en su silla.
Damián se encontraba algo nervioso por la misión que él había sugerido que Samuel debía realizar ¿Y si fallaba? No, el joven Aguilar era el mutante más peligroso de Culturam, no había posibilidades de error. Sin embargo, él era consciente de que el muchacho no era obediente como Hiedra y Acevedo. ¿Y si en ese tiempo que se ausentó, le había contado la verdad a Isabel? ¿Y si ella había ideado un plan? Horacio y sus compañeros no conocían a la señorita Medina tanto como él. Ella siempre había sido la mejor alumna de su escuela, y era culta e inteligente. Presentía que, aunque le hubieran exigido que dejara de investigar, lo seguiría haciendo.
—Entró a la casa sin hacer ruido. Es todo un depredador —se enorgulleció Horacio.
En ese momento, los cuatro hombres se quedaron en silencio, atento a las acciones del adolescente de rastas.
El living de la vivienda de Cárdenas se hallaba vacío pero iluminado. Contaba con una decoración minimalista: una alfombra gris en el suelo, una pantalla gigante y un sofá digital.
Samuel caminó lenta y sigilosamente hasta la cocina, en donde Emilio se encontraba bebiendo un café y mirando un documental en el proyector hologramático que estaba conectado a la pared.
—¿Por qué está tardando tanto? —preguntó Toribio de repente. Los demás le hicieron un gesto con la mano para que hiciera silencio.
El joven Aguilar esperó a que el periodista terminara su brebaje caliente, y depositara la taza en el fregadero. Entonces, saltó hasta pararse detrás de él, y lo tomó del cuello con sus brazos. Pronto, tapó la boca del hombre con sus dedos largos y llenos de anillos.
—Si no querés sufrir, deberás hacer todo lo que yo te digo —le susurró al oído.
Damián estaba sorprendido. Samuel nunca había sido de muchas palabras y mucho menos de soltar amenazas tan crueles ¿Acaso el miedo a que le hicieran daño a Isabel lo hacía actuar de ese modo?
Emilio se veía aterrorizado. Asintió con la cabeza, y dejó que el joven Aguilar lo arrastrara hasta el patio trasero de la vivienda.
Allí había varias masetas con cactus, diversos plantines con flores, helechos y enredaderas. Evidentemente, el periodista disfrutaba de la jardinería.
—Tomá una pala, y empezá a cavar —espetó Samuel, empujando a Cárdenas contra el suelo.
—Una… ¿Pala? —balbuceó el cuarentón con voz trémula.
El joven Aguilar asintió de mala gana.
Emilio hizo lo que el muchacho le indicó, y empezó a hacer un pozo en la tierra.
—¿Por qué me hacen esto? —sollozó—, la violencia no es la forma correcta de resolver los conflictos entre las personas.
—Quizás pueda lograr que mi padre te perdone si me decís qué es lo que sabés sobre Culturam, y qué evidencia escondés sobre su mercado de tecnología…
Cárdenas dejó de cavar, para contemplar al muchacho a los ojos.
—No sé de qué me estás hablando —musitó, sin ser capaz de ocultar el terror que sentía.
—No mientas —resopló Samuel—. Sé que estuviste investigando a mi padre y a sus colegas…
El joven Aguilar se acercó perezosamente hasta colocar un brazo sobre el hombro de Cárdenas. Al periodista le temblaron las piernas.
—No me gusta hacer sufrir a la gente —confesó Sam con tranquilidad—, por eso voy a pedirte que colabores conmigo…
Sin que el adolescente pudiera terminar la frase, Emilio alzó la pala y golpeó las piernas del muchacho con todas sus fuerzas. El ruido del hierro al chocar con el cuerpo del joven causó un horrible estruendo.
Horacio, Víctor, Damián y Toribio soltaron un grito de sorpresa ¡No se esperaban que el periodista fuera tan valiente!
Samuel cayó de rodillas al suelo. Cárdenas aprovechó el momento para salir disparado hacia el interior de su vivienda, sin soltar la pala. El joven Aguilar se puso de pie rápidamente ¡El golpe apenas lo había lastimado! Pronto, se apresuró para ir a por su presa.
—El periodista no tuvo tiempo de colocar las contraseñas para salir de su casa. Debe estar escondido en alguna habitación —observó Heredia.
Horacio le hizo un gesto con la mano para que no opinara: todos estaban atentos a la pantalla.
Samuel entró en la vivienda de Emilio, buscando a su futura víctima.
—¡No compliques las cosas, Cárdenas! ¡Salí de tu escondite, y decime qué sabés sobre Culturam!
No recibió respuesta.
El joven Aguilar tomó un cuchillo de la cocina, y se cortó la palma de la mano izquierda. La sangre oscura comenzó a brotarle rápidamente de la herida, y se deslizaba lentamente por su piel, hasta tocar el suelo.
Samuel revisó el living. No había rastros de que Emilio hubiese estado allí. Además, en dicho cuarto no podría esconderse apropiadamente, no había casi muebles ni cortinas. Caminó hasta el dormitorio: sólo se encontró con una cama grande, un recuadro enorme de una fotografía de un barco, y un guardarropa digital. Allí no podría haber ingresos hacia pasadizos secretos: no había nada en los muros, ni siquiera teclas u proyectores de hologramas.
Soltó un suspiro.
Damián se sentía inquieto por la pereza que tenía Samuel para llevar a cabo las misiones ¡Debería haber aniquilado al periodista con su sangre letal desde el principio! Aunque su padre le había pedido que averiguara el paradero de la evidencia, la prioridad de la tarea del adolescente era acabar con la vida del cuarentón.
El joven Aguilar se dirigió al baño de la edificación. Ni bien abrió la puerta, Cárdenas se abalanzó sobre él sosteniendo la pala en alto.
Samuel logró esquivar su golpe, le lanzó una patada que le hizo perder la estabilidad y el periodista cayó hacia atrás. El adolescente se apresuró para quitarle la herramienta de jardinería de las manos, y pegarle un puñetazo en el rostro con su mano derecha.
—¿Por qué no usa su sangre letal? —preguntó Toribio con impaciencia.
Sus compañeros no le respondieron. Estaban demasiado atentos a la pantalla.
El joven Aguilar se abalanzó sobre Cárdenas, aplastándolo con el peso de su propio cuerpo. Ambos medían más de un metro ochenta, pero el cuarentón no era tan fuerte como Samuel, por lo cual no pudo liberarse de él, aunque pataleó y chilló.
—¿Dónde está la evidencia?
Cárdenas mordió la mano derecha de Samuel con fuerza, pero el adolescente ni siquiera se inmutó. Le quedó saliva pegada en la piel, pero no logró lastimarlo.
—¿Dónde está la evidencia? —el joven de rastas le pegó un puñetazo en la nariz a Emilio.
Y otro.
Y otro.
La sangre de Cárdenas le salpicó el rostro. Estaba tibia.
—¿Dónde está…?
Una vez más lo golpeó.
El hombre comenzó a toser. Escupió un líquido carmesí de su boca. Tenía los labios rotos y la nariz quebrada.
—En mi ordenador. Con mi huella digital ya podés acceder a la información —replicó con voz ronca.
Samuel resopló.
—¿Por qué tardaste tanto en decírmelo? —no se apartó de encima del hombre—, podrías haberte ahorrado la golpiza.
—Te dije dónde está la evidencia, no que te la daría —contestó, y luego escupió un poco más de sangre—. Sé quién sos. Sé que sos un mutante sumamente peligroso… Vos no querés matar gente ¿Verdad? Además, me dijiste que había posibilidades de perdón…
Samuel dejó caer unas lágrimas sinceras.
—Eso no es de tu incumbencia. Ahora que sé dónde está la información, no tengo más nada que hacer aquí.
En ese instante, apoyó su mano izquierda sobre el rostro de Emilio. Ni bien tuvo contacto con su sangre, el hombre sufrió de unas violentas convulsiones por unos segundos. Instantes más tarde, su cuerpo se quedó inmóvil.
Había muerto.
Samuel le cerró los ojos al hombre, y lo arrastró hasta el comedor. Guardó en su mochila el ordenador portátil del difunto Cárdenas, y abrió las hornallas de la cocina, dejando escapar el gas de la misma.
A su vez, sacó de su bolso una botella de querosene.
—¡Va a quemar el cuerpo! —exclamó Castellán, sorprendido por la crueldad de Samuel.
—Cumplió con la misión para que no le hiciéramos daño a Isabel, y de la mejor manera: al liberar el gas de la cocina y luego causar el incendio, la gente creerá que se trató de un accidente. El cuerpo estará calcinado, y no podrán realizarle una autopsia.
A pesar de que Damián sabía que Samuel era inteligente como su padre, no esperaba que fuera capaz de tanta crueldad. Tragó saliva, y comprendió por qué todos en Culturam le temían: era realmente un monstruo.
En ese instante, Samuel roció el living con querosene, y encendió un fósforo. Contempló la vivienda con melancolía, suspiró… y más tarde, lanzó el palillo sobre el líquido inflamable, causando rápidamente un incendio.