Capítulo 9: "El brazalete".

2124 Palabras
Juan Cruz no podía dejar de llorar. Trató de disimular sus sentimientos delante de Salomé, pero cuando ella se marchó, las lágrimas brotaron automáticamente de sus ojos. Su ex novia lo había usado durante un mes y medio para olvidarse de Samuel ¿Por qué había sido tan estúpido y no se había dado cuenta de ello? Necesitaba dialogar con la señorita Medina. —¡Isabel! —exclamó, llamando a su hermana—. ¡Isa! A pesar de lo devastado que se sentía, estaba decidido a recuperar sus recuerdos. Salomé no lo ayudaría, pero una buena conversación con Isabel, quizás sí. La muchacha ingresó rápidamente al cuarto de Benjamín. —¿Estás bien? —se veía preocupada. El joven Medina tragó saliva. —Tenés los ojos rojos —ella era muy observadora—. ¿Estuviste llorando? Vi que Salomé se fue apresuradamente, arrastrando a Micaela… —Cortamos —la interrumpió Juan Cruz, sin ser capaz de ocultar su tristeza—. Me dejó. Lamento no haber escuchado tu advertencia el mes pasado… —Oh —Isabel le tomó la mano a su hermano menor—, no quiero que estés apenado… —Me dijo que está enamorada de Samuel —sollozó—, y que cuando vio que vos y él se besaban, supo que no debía seguir lastimándome… La señorita Medina lo contempló con melancolía, y comentó: —A pesar de que ahora te duele, creo que ella hizo lo correcto. Supongo que te has ganado su cariño, y prefirió dejarte antes que hacerte sufrir. Juan Cruz se sorprendió por la respuesta de su hermana. —¿Ahora le das la razón? —No. No debería haber salido con vos si siempre estuvo enamorada de Sam… A pesar de ello, supongo que intentó enmendar su error. Cuando te hallabas inconsciente en Culturam, yo fui testigo de que ella te revisó para chequear tu estado físico… Juan Cruz soltó un largo suspiro. —Presiento que no me has puesto al corriente con los últimos sucesos de estos días —masculló el muchacho—. Salomé me ha comentado que vos y Sam son pareja nuevamente, y me pidió que te preguntara por un tal Benítez —pronunciar aquel apellido le provocó una punzada inexplicable de dolor en su cabeza. Se masajeó las sienes con la yema de los dedos. —No quería abrumarte con información… —Y ahora, defendés a Salomé. Debe haber una extraña razón para ello —si bien Juan Cruz no era tan inteligente como su hermana mayor, tampoco era un bebé de pecho. Era muy perspicaz. Isabel le hizo una seña para que le dejara espacio en su cama, y se sentó al lado de él. —Hace unos días, fui sola al cementerio a buscar evidencia sobre la muerte de nuestra tía. Allí, un tipo llamado Benítez quiso abusar de mí… —se le puso la piel de gallina, y agachó la mirada—. Afortunadamente, Samuel lo detuvo. Sin embargo, él estaba cegado por la ira… casi lo mata… —¡Yo también hubiera querido asesinar a esa basura! —exclamó Juan Cruz, sin poder ocultar su enojo ¿Por qué existían hombres tan pervertidos y malvados? —No te alteres, por favor. La historia continúa —se aclaró la garganta—. Samuel no asesinó a Benítez, se limitó a dispararle con un arma medidora de metabolismo. Sergio le prometió que le daría evidencia sobre la muerte de Daniela Medina. Más tarde, uno de los títeres de Horacio Aguilar, Toribio Castellán, apareció por allí a pedirnos que lo acompañásemos hasta el escondite de Culturam. Nuestro querido primo entregó la evidencia tomada por el arma, para que los científicos comprobaran el estado de excitación de Benítez cuando Sam me defendió… Al cabo de un rato, nos avisaron que el pervertido había sido asesinado. Era obvio que nos habían obligado a retirarnos del cementerio para poder cometer el homicidio sin testigos. Luego, fuimos a la mansión de Benítez para buscar información. Su hija, Magdalena, nos permitió revisar sus dispositivos, pero no encontramos nada de gran relevancia, sólo un archivo con datos escritos sobre los asesinos de Daniela, pero no servía de prueba. Lo que sí vimos fueron videos de la niñez de Salomé… No justifico su accionar, pero puedo comprenderlo —suspiró—. Ha sufrido mucho. Sus padres eran unos científicos locos al igual que el señor Aguilar… No les bastó con experimentar con la mayor de las Hiedra, también querían hacerlo con Micaela. Para salvarla, Salomé hizo un pacto con los Culturam: protegerían a su hermana menor si ella se convertía en su títere… —¡Qué historia tan triste! —exclamó Juan Cruz, tratando de contener las lágrimas ¿Cómo haría para olvidar a una chica tan maravillosa? —Sam la ayudó a sobrevivir —agregó Isabel—. Por eso ella lo quiere a él. A pesar de todo, la respeto —se sinceró—. Ha cometido asesinatos con el único objetivo de proteger a su hermana menor. —Entiendo. —Esa noche, Sam me acompañó hasta casa. Vi que tenía llamadas perdidas tuyas, te envié un mensaje y me acosté a dormir. Pensé que estabas con Salomé. Al día siguiente, tuve una charla con mamá, eso ya te lo he contado. Cuando no aparecías, fui al negocio de pirotecnia a preguntar por vos. Luego, los Fraudes se comunicaron con la señorita Hiedra: le habían indicado que fuéramos a buscarte a Culturam. Fuimos ella, Sam y yo. Salomé se quedó a tu lado cuando estabas inconsciente, y nos obligaron a Sam y a mí a realizar un experimento. Fue exitoso… Pero no sabía que lo sería, por eso lo besé. Supongo que todo el mundo vio nuestro beso a través de las pantallas, allí no hay privacidad —se encogió de hombros—. Lo siento, Juan. No quería darte la noticia de esta forma, pero le dije a Sam que no pensaba separarme de él. Luego de todo lo que hemos pasado juntos, un puto lazo de sangre no me apartará de su lado. También les prometí a Heredia y a Aguilar no volver a investigar. En fin… Sam y yo vinimos en la ambulancia de Culturam hasta aquí. Al principio, le dije a Benjamín que te habías drogado, pero luego, le solté que te habían atacado las mismas personas que asesinaron a nuestra tía… —¿Le dijiste que la mataron? —abrió los ojos como platos. —Me vi obligada a hacerlo. Tuve que pedirle a papá que llamara a un médico particular, porque no confiábamos en la medicación que te habían dado en Culturam. Sam te revisó, y notó que te habían robado la memoria y disparado en la pierna ¿No recordás nada de eso? Juan Cruz negó con la cabeza. Sabía que, si se esforzaba para rememorar los sucesos, nuevas punzadas de dolor atravesarían sus sienes. —Supongo que has sido testigo de algo que no debías ver —resopló Isabel. Luego, continuó—: No podemos utilizar la máquina que hemos empleado para revisar tus recuerdos, porque Horacio no lo permitiría. Seguramente ha cambiado las contraseñas de su vivienda y la mantiene en vigilancia. Además, ya no podemos investigar… Sam es el único que tiene libertad para hacer ciertas cosas, siempre y cuando cumpla con sus “misiones”. Esta nochecita, llevará a cabo una nueva y horrible tarea. —¿Qué tiene que hacer? —Tiene que terminar con la vida de un periodista. —¿Y así nomás me lo decís? —Juan Cruz estaba horrorizado. Isabel soltó un largo suspiro. —Ahora voy a hablarte de temas serios, hermanito. Quizás te ayuden a recordar, o a comprender mejor algunas cosas. Luego de todo lo que has vivido, sé que serás capaz de comprender. Las palabras de su hermana lo alarmaron. —¿Qué tenés que decirme? —Está relacionado con Salomé, Ezequiel, con Sam e incluso conmigo. Se trata de experimentos atroces. Damián sabía de esto, e incluso nuestra tía, y creo que ese fue uno de los principales motivos de su asesinato. Aún no encontramos pruebas concluyentes, pero tenemos nuestras sospechas… —Isabel, no des más vueltas ¡Hablá! ¡Necesito saber toda la verdad para poder recordar! Salomé estaba siguiendo a Samuel a través de una arboleda. Se sentía increíblemente deprimida: no la hacía feliz haber roto su vínculo con Juan Cruz Medina. Solía entretenerse cuando estaba a su lado, era muy buen besador y tenía un corazón enorme. Sin embargo, no podía seguir mintiéndose a sí misma: siempre había estado enamorada del joven Aguilar, y no sería capaz de olvidarse de él. Había intentado relacionarse con otros muchachos de su edad, incluyendo a Ezequiel Acevedo, pero no había logrado quitarse a Sam de su cabeza: la única persona que la había ayudado cuando más lo había necesitado. A su vez, era consciente de que el joven Aguilar jamás había reparado en ella. Ahora, que él estaba profundamente enamorado de Isabel Medina, había perdido la oportunidad de conquistarlo. Lo había espiado en diferentes ocasiones: Sam estaba buscando evidencia sobre la muerte de su madre, y quería independizarse de Culturam. Había decidido ayudarlo, y tenía herramientas para ello. Salomé también quería liberarse de Heredia y sus secuaces. No soportaba que la amenazaran constantemente con hacerle daño a Micaela ¿Esa era la vida que le esperaba? Si seguía trabajando para los Fraudes, no podría estudiar en la universidad, no tendría amigos y mucho menos, conocería a un chico guapo que la hiciera olvidarse de Samuel. Para su sorpresa, el hijo de Horacio se detuvo. Volteó rápidamente, y preguntó: —¿Por qué me estás siguiendo? —Hola, compañero. Tenés los ojos hinchados ¿Estuviste llorando? —No te burles, Salomé. Estoy seguro de que ya te han informado de la misión relacionada con el periodista Cárdenas. —Algo sabía… —suspiró—, pero no es esa la razón por la cual te seguí. Necesito hablar con vos de forma privada. Eso captó su curiosidad. —¿Qué ocurre? —Estoy cansada de Culturam, Sam. No quiero continuar escuchando sus amenazas y que todo el tiempo me extorsionen con Micaela. Sé que vos estás trabajando para independizarte, y quería decirte que contás con mi apoyo. Samuel la contempló con suspicacia. —¿Cómo puedo saber que no me estás mintiendo? ¿Por qué debería confiar en vos? Salomé sacó de su bolsillo una pulsera que tenía una inscripción, y le hizo una seña a Samuel para que abriera la palma de su mano. —Dos, uno, tres, uno, de, ese, ce, jota, ca —leyó el muchacho. Segundos más tarde, abrió los ojos como platos, y se llevó la mano a la boca por la sorpresa. —Sé que estuviste investigando a Benítez —explicó Salomé—, él ha sido uno de los asesinos de mis padres. Presiento que aquellos homicidas también estuvieron involucrados en la muerte de tu madre. El joven de rastas acarició con la yema de sus dedos el metal del brazalete. —Sos la única persona en la que confío, Samuel. Sé que sos un buen chico a pesar de que estás algo loco, y que no me traicionarías. Por eso te entregué la pulsera, creo que podrías investigar vos mismo su procedencia. Deberíamos trabajar en equipo… —Ellos jamás sospecharían de vos —la interrumpió el joven Aguilar—. Sos buena actriz, podés enredarlos en engaños… —…mientras vos te ocupás de la acción —concluyó Salomé, esbozando una sonrisa—. ¿Lo ves? ¡Podemos ser un gran dúo! Es una pena que no se nos haya ocurrido antes… ‘Antes de que se enamorara de Isabel’, pensó, pero no lo dijo en voz alta. Samuel, sin embargo, estaba preocupado por otro motivo: —¿Qué le diremos a Ezequiel? Es muy chismoso, y no podemos confiar en él. Hace lo que le conviene, sin preocuparse por los demás. —Yo me encargaré de entretenerlo, Sam. Él puso cara de póquer. —¿Cómo? Salomé resopló. —Si tengo que volver a tener sexo con Acevedo, lo haré. Tampoco es tan malo, ya que la tiene bastante grande… —¿Y Juan Cruz? —frunció el entrecejo. Se preocupaba más por su primo que por ella ¿Por qué no le había preguntado si realmente deseaba acostarse con Ezequiel? —Cortamos. Samuel apretó los labios y no opinó al respecto. Al cabo de unos instantes, musitó: —Bien, vamos a organizarnos para trabajar. Si queremos ser independientes, no debemos cometer errores. —Asimismo, debemos ponernos al día con la información que posee cada uno —agregó Salomé—. Empecemos.
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