Prólogo
1325 a.C.
Valle de los Reyes
Los danzantes Muu se mueven de un lado a otro frente a la entrada de la tumba real preparando el camino hacia el ritual funerario más importante: La apertura de la boca y los ojos. Yo, Khepri, fiel escriba de los archivos reales del palacio, tengo el deber de plasmar con ayuda de mi cálamo y papiro, la última gloriosa etapa del rey Tutankamón.
—Mi boca es abierta por Ptah, las a******s de mi boca son soltadas por el dios de mi ciudad—recita el cortesano Ay revestido de piel de leopardo tocando con su bastón la boca de nuestro recién fallecido faraón—. Toth, tú que has venido totalmente equipado de encantamientos, desata las a******s de Seth de mi boca—vuelve a tocarlo, pero ahora con la punta de su uerhekau, un cuchillo con la cabeza de una serpiente en el mango—. Atum me ha dado mis manos, que se colocan como guardianes sobre mí. Me es dada mi boca, mi boca es abierta por Ptah con ese cincel de metal con el que abrió la boca de los dioses. Soy Sejmet-Wadjet que habito en el oeste del cielo. Soy Sahyt entre las almas de On.
Ay, portando las ropas del sacerdote Sem y con ayuda de su compañero quien se encuentra vestido del dios Anubis, continúa con los setenta y cinco pasos del ritual para darle a nuestro difunto rey la mejor guía hacia el más allá. Con cada toque del bastón y el cuchillo, le son abiertos los ojos, nariz, oídos y boca para que en su otra vida pueda comer, beber, hablar, oír, oler y ver las grandezas que nuestros dioses le tienen preparado para su descanso eterno. Esta, es la confirmación de que la muerte no es el final, sino el principio de una nueva vida que durará eternamente.
—Esta noche—dice Ay abriendo la boca y los ojos de la momia—, te ofrecemos a ti, oh faraón Tutankamón, estas ofrendas—coloca delante del sarcófago los alimentos y una copa de agua—. Que sean multiplicadas tus fuerzas para el largo camino que te resta hacia la Duat, el inframundo.
Debido a la condición de Tutankamón y su muerte tan repentina, el cortesano Ay y, dicho sea de paso, ahora sucesor al trono, decidió colocar el cuerpo embalsamado en el hipogeo; una especie de galería subterránea que tendrá como función otorgarle el merecido descanso al difunto joven faraón. Nuestra viuda reina Anjesenamón, mejor conocida como la ¨Dadora de herederos¨, llora en silencio a un costado de la tumba en compañía de sus doncellas sin siquiera poder mirar el cuerpo de Tut. Es una mujer muy joven, sin embargo, Ay decidió casarse con ella saltándose el protocolo funerario. ¿Pero quién es este hombre del que tanto hablamos? Jeperjeperura Ay, mejor conocido por el pueblo como Ay II, es abuelo de nuestra reina Anjesenamón. Esta unión entre familias suena algo terrible para nuestros vecinos aliados, no obstante, no es un hecho considerado bajo un concepto s****l sino de interés político; todo esto con la intención de evidenciar una continuidad con la dinastía, y por supuesto, legitimar su posición de faraón. Muchos en el palacio tomaron a mal esta acción tan precipitada, pero guardaron silencio para preservar sus vidas… Yo, soy una de ellas. A pesar de que mi puesto como mujer escriba sea de alto rango, no tengo ningún derecho a opinar acerca de nuestros faraones y lo que acontece en la familia real.
Después de dos horas y tras haber colocado las pertenencias en la cámara funeraria, el faraón al fin descansa en su sarcófago. Tutankamón, último monarca de la dinastía XVIII, ahora dispone de todos los elementos necesarios para una vida plena junto a Osiris.
—¿Sabes lo que murmuran en el palacio? —susurra Hasani a mi lado mientras los sacerdotes purifican el lugar con incienso y agua lustral—Que el propio Ay fue el causante de la muerte del faraón Tut.
—No hablemos aquí—murmuro escribiendo las últimas líneas en el papiro—, podría ser muy peligroso.
—¿Te veo en Tebas? —dice rozando mi mejilla.
—Nos veremos allá—asiento prestando atención a las últimas palabras del sacerdote frente a la tumba a punto de ser sellada.
—¡Ahora comienza el inicio de una nueva era para Egipto! ¡Larga vida al faraón! —proclama Ay alzando sus manos.
—¡Larga vida al faraón! —exclaman todos en el valle.
Dos días después
—Hasani, amor mío—digo apreciando el Nilo junto a él—, ¿no se supone que uno de tus trabajos como primer ministro del faraón es encargarte de la justicia y los pequeños detalles de la casa real? No abuses del poder que te han otorgado para hacer esta clase de trueques—bajo la voz al ver a las doncellas de palacio pasar. Hacen una pequeña reverencia y siguen su camino—. Si Ay descubre que estuviste ayudando a la reina a sus espaldas, te asesinará y… No podría soportar tal dolor.
—Mi estrella de la mañana—susurra tomando mi mano para besarla—. Por más que sea el chaty (primer magistrado) del faraón y tenga a mi cargo los cuarenta rollos de la ley, no puedo negarme a las súplicas de mi reina. La muerte de Tutankamón fue planeada por el mismo Ay para asumir el trono, estoy seguro.
—Todavía no tienes prueba de que haya sido así. Acompáñame—suspiro dirigiéndome hacia uno de los pilares del templo de Luxor. Miro con cautela a los sacerdotes y soldados merodeando por el lugar y me quedo en silencio tratando de buscar las palabras adecuadas—. Hasani, Tutankamón fue, es y seguirá siendo mi faraón, mi rey, pero… No podemos arriesgar nuestro futuro por una deslealtad como esta.
—La reina se encontraba desesperada, Khepri—se acerca más y me observa con sus maravillosos ojos de miel—. La carta que escribió al rey hitita a las pocas horas de la muerte de Tut, la tengo bajo mi poder. Nadie tiene por qué enterarse de tal suceso.
—No estoy tan segura. Los hititas son nuestros máximos rivales y créeme, enfurecieron con el arresto del príncipe Zannanza de Anatolia—respondo preocupada—. Ahora se encuentra en las mazmorras esperando a ser ejecutado por la noche frente al pueblo—pongo mi mano en su pecho—. Si llega a confesar que fuiste tu quien se dirigió hasta su padre para entregarle la carta de nuestra reina, todo acabará.
—Tan preocupada estás por mí, ¿amada mía? —pregunta acariciando mi hombro—Siempre trabajé con justicia y verdad, sigo las tradiciones y mantengo en alto mi moral religiosa. Anubis es el único que determinará la virtud de mi alma cuando deje esta tierra. Si él me considera merecedor de una vida pacífica después de la muerte, entonces hay esperanza.
—Pero, mi amado—digo con pesar—, nos casaremos dentro de dos lunas. Prometimos delante del mismo sol que uniríamos nuestras vidas para no separarnos nunca más. No puedes hacerme esto, no sé qué haría sin ti.
—Khepri, hija de la diosa Seshat; eres la escriba real. Fuiste elegida para redactar las enseñanzas destinadas a los sucesores del faraón y plasmar en cada papiro todo lo que tus ojos admiren con fervor—alza la vista al cielo y sonríe—. Eres una mujer privilegiada, única, y no hay nadie que iguale tu inteligencia en este reino. Si yo muero, sabrás que hacer sin mí.
Agacho la cabeza contemplando sus ropas largas y el gran cetro aba en su mano. Este es mi amado, el que alegra mi corazón cada mañana, quien huele mejor que la flor de loto o la mirra del templo de Amón, y el que me enseña a cada instante la dulzura de la vida. Sin él, mi corazón no resistiría, no podría mirar ni desear el amor de otro hombre. Si mi sol muere, me iré tomada de su mano al más allá.
—Necesito darte algo antes de que Ay me llame para el informe del país de las dos tierras. ¿Vienes conmigo? —estira su brazo con delicadeza sin quitar la vista de mis ojos.
—Vamos—respondo aferrándome a su mano.
Aposentos de Hasani
Lado oeste del palacio real
—Cuando tu padre quiso obligarte a contraer matrimonio con aquel arquitecto del templo de Karnak, le supliqué a nuestro faraón Tutankamón que nos ayudara—confiesa hurgando en el cofre que se encuentra junto a su cama—. Todas las noches le pedía a la diosa Hathor y a nuestro buen Rá que guiaran los pasos de mi señor faraón para que pudiera darse cuenta de que nuestro amor era verdadero—saca una serie de papiros y los despliega poco a poco—. Cuando negó mi petición, fue la reina quien se apiadó de nuestras almas. Gracias a ella y a la divina mano de la diosa Qadesh, hoy podemos gozar de nuestro amor frente a todo Egipto.
—Por todos los dioses—susurro sorprendida—, no sabía que habías hecho tal petición, amado mío. Cuando mi padre canceló el matrimonio arreglado, no me dio ninguna explicación.
—¿Ahora comprendes por qué no podía negarme a ayudar a nuestra reina? —dice dejando todos los papiros en las sábanas de lino, excepto uno. Alza la mano con él entre los dedos y me lo entrega—. Aquí está la carta que debía llevar al rey de los hititas. Ábrelo.
Desenrollo el pequeño papel y leo— «Mi esposo ha muerto. No tengo ningún hijo varón, pero dicen que tú tienes muchos hijos. Si me das a uno de ellos, se convertirá en mi esposo. Jamás escogeré a uno de mis súbditos como mi señor. Tengo miedo…»—guardo silencio al leer las demás peticiones escritas.
—Al poco tiempo de haber entregado el mensaje, el rey hitita mandó a sus espías para cerciorarse de que lo que nuestra reina decía, era verdad. Ella, con suma indignación, volvió a escribirle—dice entregándome otro papiro—. Lee, amada.
—«¿Por qué dijiste que te estaba engañando en este asunto? Si hubiera tenido un hijo varón, ¿acaso le habría escrito acerca de mi vergüenza y la de mi país a una tierra extraña? Aquél que era mi esposo ha muerto, y no tengo descendencia. No he escrito a ningún otro país, sólo me dirijo a ti. Entrégame a uno de tus hijos: será un esposo para mí y un rey para Egipto».
—Después de esta segunda carta, el rey no lo pensó ni un momento más y envió a uno de sus hijos.
—El príncipe Zannanza—susurro.
—Con su aprensión, el plan quedó en ruinas y ahora Ay es nuestro nuevo faraón.
—Y la reina sigue sin tener hijos—finalizo yendo hasta la jarra de agua. Me sirvo un poco en el vaso de alabastro y medito unos segundos—. Amor mío, mi sol… No deseo que esta verdad se sepa; por el bien de nuestra reina y del tuyo… del nuestro.
—Saldrá a la luz apenas el faraón interrogue al príncipe antes de asesinarlo—responde sacando una pequeña caja de madera de su cofre.
—Que caja tan extraña. ¿Qué contiene en su interior?
—Este, es un regalo que los mercaderes de Canaán me dieron cuando regresaba a Egipto la otra noche. Los amorreos dicen que tiene poderes mágicos y que, conforme al alma y las acciones de la persona que lo sostenga en sus manos, puede concederle todos los deseos que pida.
—Déjame verlo—digo acercándome para abrir la tapa—Cupiditatem—leo las letras labradas en oro de la pequeña estatua de mármol acompañada de varias monedas de plata—. Hasani, esto le pertenece al imperio romano, seguro es robada. No podemos quedárnosla.
—Demasiado tarde. Nuestra diosa Bastet lo bendijo antes del alba—sonríe rodeando mis manos con las suyas—. Quiero que lo conserves, Khepri. Si el faraón manda llamarme y no regreso, nos veremos en el más allá, junto a los campos de juncos para ser felices en compañía de nuestros dioses. Pero, si esta magia de Cupiditatem funciona, podrás hacerme regresar las veces que tú así lo desees para estar a tu lado. El tiempo será eterno para nosotros, para nuestro amor.
—Sabes que no creo en nada de lo que esté a las afueras de Egipto, mi adorado Hasani—digo dejando la caja en la cama—. Pero por ti, vale la pena intentar cualquier magia.
—Recita aquel poema que tanto amo escuchar de tu boca—susurra abrazando mi cintura—. Por favor.
—A mi amado encontré en su lecho, mi corazón rebosaba de alegría. Le dije en un susurro ¨nunca te abandonar騗sonrío sin quitar mis ojos de su extrema belleza—. Mi mano se ha unido a la suya para caminar juntos, para acompañarlo a todos los lugares agradables—entrelazo mi mano con la suya—. Para él, yo aventajo a todas las mujeres. Para mí, él jamás me romperá el corazón.
—Te amaré en esta tierra y en la eternidad que Osiris, el señor de la vida, tiene preparada para nosotros, mi bella Khepri.
—Nuestra pasión trascenderá y quedará viva a través del tiempo, amor mío—digo acercándome hasta sus labios—. Todos sabrán que estas almas fueron hechas por los dioses para dejar sellado y constatado en la historia que el amor siempre es más fuerte; incluso más poderoso que la mano de faraón y todo su séquito—lo beso impregnándome de su dulce calor.
Mi amado es el mejor remedio, más que cualquier fármaco. Cuando nos besamos y sus labios se entreabren, vuelo a la altura de las nubes sin cerveza y aterrizo sobre las suaves ondas del Nilo. «¡Tú eres mío, mi querido, mío para siempre, mío desde el día que por primera vez musitaste mi nombre!» pienso cuando sus ojos de miel se posan sobre mi cuerpo.
—Dioses de Egipto, de nuestros ancestros y de todo lo que habita en la tierra, protejan a Hasani, su servidor—musito con lágrimas en los ojos—. Cupiditatem, si de verdad posees la magia y el poder que te otorgan los amorreos y el pueblo cananeo, concédeme la dicha de disfrutar a mi sol cada mañana hasta que Osiris nos llame al Duat para cosechar los frutos de nuestra unión.