4pm
Dos horas después
Han pasado dos horas, dos largas horas desde que la gigantesca tormenta de arena cubrió el valle por completo dejándonos en plena oscuridad. Para variar, no sé nada de Yamile, de Malek o el grupo de excavación. ¡Ah! Y para rematar, no he podido meter ni un solo dedo en la dichosa investigación desde que pisé este sitio. ¿Qué más me tiene que suceder? ¿Acaso este árabe bien hablado tendrá razón y hay algo o alguien que no nos quiere aquí? Si fuera una mujer normal, diría que son meras tonterías, pero como no lo soy y me apasionan los misterios y descubrimientos, opto por decir que tiene cierta pizca de razón. ¿Por qué lo digo? Simple, se dice que toda persona que se acerque a la tumba de un faraón egipcio estará condenada a perecer en breve. Con esto no quiero decir que vayamos a morir dentro de poco, pero sí que podemos estar bajo la mira.
Verán, en el año de 1922, cuando Howard Carter encontró la tumba de Tutankamón, dio la increíble ¨casualidad¨ de que las personas relacionadas al descubrimiento empezaron a morir. Si mal no recuerdo, el caso más famoso fue el de Lord Carnarvon, el mecenas que financió la excavación. Se dice que falleció tras ser picado por un mosquito en la mejilla; solo que, parece ser que al afeitarse se infectó la herida y provocó el fatal suceso.
Después de él le siguió su hermano, Aubrey Herbert, quien, dicho sea de paso, fue testigo del descubrimiento de la momia. Tampoco se salvó el hombre que dio el último golpe al muro que blindaba la cámara donde se encontraba el sarcófago ni el otro que radiografió a Tutankamón. ¡Oh! Pero eso no es todo. Aquí viene lo mejor. ¿Listos? Se dice que a la momia le encontraron una herida en la misma mejilla donde a Lord Carnarvon le picó el mosquito. ¿Coincidencia? ¿Realidad? ¿Ficción? No lo sé, pero, sea lo que haya provocado esta horrible tormenta el día de hoy, espero no nos castigue como a aquellos hombres.
—¿Cuánto más estaremos encerrados aquí? —pregunto a mitad del corredor con las ideas dándome vueltas por la mente.
—Liusaeidani allah (Dios, ayúdame)—susurra agotado cerrando los ojos—. Debe ser la vigésima vez que lo preguntas.
—Y lo preguntaré cuantas veces sean necesarias—me cruzo de brazos y apoyo mi espalda en la fría pared de piedra—. Lo que no logro comprender es como puedes estar sentado tan tranquilo sabiendo lo que acaba de suceder.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que vaya afuera, me ahogue con la arena y te deje sola? —se levanta de un salto y apoya su brazo en el barandal frente al sarcófago—Prefiero quedarme aquí, gracias.
—Cobarde—susurro.
—¿Cobarde? ¿Me llamaste cobarde? —ríe negando con la cabeza, como si no creyera que puedo hablarle así—Si tantas ganas tienes de averiguar lo que sucedió allá afuera, ¿por qué no sales tú?
Me volteo para no mirarlo porque sé que tiene razón. Podría salir, pero también tengo miedo de perderme en medio de la oscuridad.
—Mira, Nathifa, llevemos la situación de la mejor manera posible mientras permanecemos aquí—dice con ese acento tan deleitante—, ¿te parece?
—Como gustes—alzo los hombros.
—Hey, shwkulata…
—¿Cómo me llamaste? —me doy vuelta de golpe—Repítelo.
—Shw..ku…lata—deletrea despacio sin dejar de sonreír.
—Tengo casi un año en Egipto y jamás me habían llamado así. ¿Qué significa?
—¿Por qué eres tan curiosa?
—Porque soy egiptóloga, chulo—digo como si fuera obvio—. Me dedico a indagar cada rincón que me sea posible. Ahora—estiro mi mano y muevo los dedos impaciente—, el significado de esa palabra tan interesante.
—Chocolatito—responde jugando con su cadena de oro—, te llamé chocolatito.
—Ja, ¿disculpa? —río abriendo los ojos—Que descaro el tuyo, por favor.
—Ah, entiendo—coloca ambas manos en los bolsillos de su pants n***o y camina despacio hacia mi—. Lo que tú quieres es que te diga habibi.
—¡¿Qué?! A ver, no… No, no, no—sonrío nerviosa. Retrocedo unos cuantos pasos, pero el sigue aproximándose sin quitar sus ojos de los míos—No te confundas conmigo, ¿de acuerdo? Apenas si te conozco. Y… no porque seas guapo significa que voy a dejar que te me acerques y me hables como te dé la gana.
—Al menos reconoces que te atraigo. Ahabu dhalik (Eso me gusta).
—Yo jamás dije…—mi voz se debilita al sentir su mano en mi mejilla—Podrías… ¿Podrías dejar de tocarme? Gracias—giro mi cabeza y me hago hacia atrás de nuevo—. Mira, tú mismo lo acabas de decir. Llevemos la situación de la mejor manera posible, eh…
—Ghali—responde echando los hombros hacia atrás—, me llamo Ghali.
Por todos los santos, este tipo no se parece en nada a los egipcios con los que me he topado. Admito que es hermoso, intrigante y tiene una pinta bárbara de ser muy culto, pero, no quiero que se haga malas ideas conmigo. El que sea un sueño de hombre no significa que tenga derecho a acorralarme y llamarme ¨chocolatito¨.
—Ghali—murmuro—. Ghali, ¿qué?
—Repito, eres muy curiosa—sonríe—. Quizás te diga mi apellido más tarde.
—Vaya, te gusta hacerte el interesante, ¿no es así? —lo miro de arriba abajo y le sonrío de vuelta.
—No me gusta hacerme el interesante, Nathifa, lo soy.
—Wooooow—expreso sin poder creer su modestia—. ¿Cómo es que hablas tan bien el español si eres egipcio?
—No soy egipcio—frunce el ceño haciendo una mueca de disgusto con los labios—. ¿Acaso lo parezco?
—No, la verdad es que no—ladeo la cabeza para apreciarlo mejor—. Más bien pareces, hmmm… entre catarí e italiano. Lo digo por tus facciones.
—¿Mis facciones? Ilústrame.
—Veamos—me acerco hasta él para señalar su rostro—. Cejas abultadas, ojos grandes y nariz a juego son facciones cien por ciento árabes, claro está. Por otro lado, tu cabello al mero estilo pompadour, los labios gruesos y ciertas expresiones en tu dialogar me hablan de tu otra posible procedencia. Además, según mi experta amiga Yamile, los italianos tienen fama de ser muy cuidadosos en su aspecto físico a tal grado de salir a la calle como vestidos para una pasarela de moda.
—Gracias por tu pequeño y simple análisis—dice con una ligera sonrisa en los labios—. Esa amiga tuya parece saber un poco acerca del tema.
—No tienes ni idea—sonrío.
—Acertaste en cuanto a mi procedencia italiana, sin embargo, no soy catarí. Nací en Los Emiratos Árabes.
—Aaaah, eres saudí.
—Correcto—asiente—. Cuando cumplí los cinco años, mi padre decidió mudarse a Barcelona por cuestiones de negocios. Ahí tienes la razón del porqué hablo español.
—Y, sin embargo, no se te nota el acento tan marcado, ya sabes, las zetas y esas típicas palabras en castellano—digo pensativa—. ¿Tu padre es alguna especie de jeque o algo así? Digo, disculpa por entrometerme, pero, no pareces vivir mal—miro su Rolex—, ni pasarla mal tampoco.
—No tanto como un jeque, pero pudo haber sido un emir—dice atrapando mi completa atención—. Rechazó ese puesto para casarse con mi madre. Según él, ha sido la mejor decisión de su vida y no se arrepiente—suspira tranquilo—. Ahora solo se dedica a los negocios internacionales y no lo veo muy seguido debido a lo mismo.
—Buenos, al menos lo tienes—murmuro con pesar—. Yo no sé nada de mi padre desde su última expedición.
—¿Expedición?
—Era arqueólogo en México, mi país. Si, soy mexicana, aunque no lo parezca—agrego debido a su cara de asombro—. Mi padre era originario de Tanzania, por eso es por lo que tengo este increíble color en la piel.
—Y tu cabello—responde haciendo ademán de tocarlo—, es hermoso.
—Muchas gracias—sonrío halagada—. El punto es que, mi padre vivía la arqueología. Era una pasión demasiado grande la que sentía, ¿sabes? Disfrutaba, respiraba, comía y soñaba con la historia todo el tiempo. Era y seguirá siendo una inspiración para mí.
—Hablas en pasado. ¿Acaso falleció?
—Todavía no lo sé—suspiro con pesar—. Hace dos años se fue para realizar una expedición a un gigantesco y profundo pozo de agua y no hemos vuelto a saber de él desde entonces. ¿Sabes lo que es mas curioso? —digo mirando a la nada—El informe policial indica que no encontraron restos de él, ni ropa o sus objetos de estudio. Es como si la misma tierra se lo hubiera tragado.
—Entonces, existe cierta esperanza—toca mi hombro con suavidad haciéndome alzar la mirada—. Ojalá lo encuentren pronto. Se nota que es un excelente padre.
—El mejor, el más increíble de todos—digo tratando de disipar mi dolor—. Pero bueno, si hay algo que debo resaltar es que dijiste que es un buen padre. Tiempo presente—sonrío—. Te lo agradezco. Aumenta mis esperanzas.
—Al menos puedo ayudarte en algo—suspira frotando mi brazo.
No estoy acostumbrada a que ningún hombre me muestre este tipo de afectos ni tampoco permito que lo hagan; no después de mi fallida relación con mi exnovio jarocho. Si, larga historia. La única enseñanza que me llevo es que, cuando alguien que dice amarte no te apoya en tus sueños ni te anima a proyectarte, no vale la pena. No, ni una pizquita; nada. Así que si, no me arrepiento de haber dejado a Antonio por estar aquí, en medio de lo que me apasiona y me hace feliz. Oh, y créanme, lo volvería a hacer. Sin duda.
—Cambiando un poquito de tema—camina de espaldas y regresa hasta el barandal, donde puede apreciarse a mi hermoso faraón niño—. Se nota que sabes mucho de él, ¿no es así?
—Mi rey Tut fue el primer faraón que me encandiló—digo yendo hasta él para asomarme con cuidado—. Quizás el hecho de que fue la única momia en descubrirse repleta de tesoros o que comenzó a reinar a los nueve años, abrieron mi hambre por descubrir más y más acerca del interesante mundo del Antiguo Egipto.
—Dime algo que te haya impactado de él.
—Absolutamente toooodo—sonrío como una enamorada—. Hay tanto misterio a su alrededor, empezando por su muerte. ¿Sabías que el corazón era el órgano más importante que se llevaba a la otra vida?
—Continúa—sonríe.
—En aquella época, el corazón era considerado más importante que el cerebro. Por ende, durante la momificación, quitaban el cerebro y dejaban ese músculo bombeador—mordisqueo mi labio—. Cuando Carter encontró al rey Tut, este no tenía corazón. ¿Acaso no se te hace todo un misterio?
—Bastante—asiente pensativo—. También se dice que esto podría haber sido porque murió estando muy lejos de casa.
—Lo sabes, por supuesto—murmuro recordando nuestro pequeño intercambio de información frente a los turistas—. Otra anomalía en relación con su momificación es la gruesa capa de líquido n***o que cubría su ataúd.
—Tú como egiptóloga, ¿a qué crees que se deba?
—¿La capa de liquido n***o? Hmmm, lo más coherente es que se deba a un intento fallido por hacerlo parecer a Osiris, el dios del inframundo.
—Muy de acuerdo contigo—sonríe satisfecho.
—Eres egiptólogo, ¿verdad?
—Algo así—rasca su barba y señala la pared frontal de la tumba—. ¿Todavía sigues creyendo que allí no puede estar Nefertiti?
—Después de oír tu investigación y haberme enterado de que realizaron pruebas genéticas hace dos meses… Estoy empezando a creer que es posible.
—Supongamos que no está—alza las manos—. ¿Quién más podría ocultarse detrás de esas paredes falsas?
—Su mujer, quizás algún siervo fiel o su escriba real—me encojo de hombros haciendo un puchero—, ya sabes, alguna persona que haya significado demasiado para él.
—¿Y que hay de los famosos Ushebtis?
—¿Los sirvientes de ultratumba? —abro los ojos—Diría que sería una perdida de espacio, puesto que esos famosos sirvientes son simples figurillas funerarias. Juegan un papel importante, pero no al grado de hacerle una cámara propia.
—Buena respuesta—sonríe—. Se dice que, durante el reinado de Tutankamón, existió un hombre llamado Hasani. Era el primer ministro y el encargado de mantener la justicia y el orden en la casa real—mira los jeroglíficos en la pared y continúa—. Fue un siervo fiel incluso después de la muerte del faraón.
—Sigue, sigue, por favor—lo animo prendida de su historia—. Quiero saber más.
—Ciertos papiros y algunas pocas cartas escritas por una escriba real de la época realzan que el sucesor de Tutankamón lo habría asesinado por traición. Incluso se lee que la propia reina, es decir, su nieta política, también desapareció del mapa sin dejar rastro.
—Oh, ¡lo sabía! Desde mis inicios tuve la espina clavada con ese tal Ay, alias la peste de Egipto.
—¿También tenías la idea de que robó la verdadera tumba de Tut y lo enterró en esta?
—¡Siiiiiiii! ¡Siiiiii! —exclamo con el pecho lleno de emoción—Siempre dije que este lugar parecía más el closet de un departamento c***o que una tumba real. Por favor, ¿has visto la de Nefertari? Es un palacio bajo tierra, la cosa más hermosa que he visto jamás.
—Da la sensación de que la pintaron hace una semana atrás.
—¿Verdad? Es decir, hasta el delineado de los ojos, las manos, la ropa; los muros… ¡Jesús de Veracruz! Todo te quita el aliento. En cambio—miro a mi alrededor—, la tumba de Tut es hermosa, pero no calza con él—niego apretando el moño en mi cabeza—. Sigue contándome más acerca de las cartas y jeroglíficos, por favor. ¿Cómo es que jamás llegó esa información hasta el museo de El Cairo?
—Hasta el momento continúa como confidencial—susurra arrimándose—. Te sorprendería saber todos los descubrimientos que aún no se han expuesto al público.
—Pues que privilegiado eres de tener esta clase de conocimientos. Oh, y bueno, ahora yo también. Santísimo, estoy temblando de la ansiedad—digo moviéndome impaciente en mi lugar—. Continúa, continúa contándome lo que sepas.
—Hay una historia entre Hasani y esa mujer de las cartas.
—¿La escriba real? A ver, ¿cómo?
—Se llamaba Khepri. Según sus escritos, ambos servían a Tutankamón y la esposa real, Anjesenamón. Fueron fieles incluso hasta después del ascenso al trono de Ay—hace silencio escuchando el suave silbido del viento entrando por el corredor—. Sin embargo, se dice que la reina, al saber su trágico futuro y la desdicha de no poder concebir hijos, pidió ayuda a los hititas. ¿Recuerdas quiénes son?
—Eran enemigos a muerte del reino de Egipto.
—Exacto—asiente—. Ahora, aquí viene la mejor parte. Hace unas semanas atrás, se descubrió que Hasani ayudó a la reina enviando ciertos mensajes al rey de los hititas para que le entregara a su hijo y así poder concebir.
—Oh, pero eso sería condenado como traición al faraón, es decir, Ay.
—Y lo fue. Al parecer, aquella misma noche, Ay condenó a muerte a Hasani, la reina e incluso al hijo del rey hitita.
—No me imagino lo que debió haber sido aquel momento—digo haciéndome toda una película en la cabeza—. Peor aún, lo que habrá sentido la escriba real al saber que Hasani sería asesinado.
—En las cartas lo describe como su gran amor, su remedio; su sol. Supongo que debió haber sufrido demasiado.
—Que coooosa—expreso derritiéndome—. No puedo creer que estuviera perdiéndome de esta historia tan interesante, tan… No lo sé, llena de intriga.
—Y todavía hay más—saca su teléfono, busca entre sus carpetas y me lo entrega—. Fíjate en esta imagen y trata de leer lo que dice.
—Déjame ver—digo tomando su teléfono—. ¿Estas son las cartas? Dime que sí.
—Una de ellas. Hazle zoom a la parte inferior.
Hago lo que me pide y aumento el tamaño de la foto.
—«Los amorreos aseguran que… posees poderes mágicos y que, conforme al alma y las acciones de la persona que te sostenga en sus manos… puedes concederle todos los deseos que te pida»—leo de corrido—. «Cupiditatem, si esta noche me escoges, pediré por él, por mi sol. Estaremos juntos por la eternidad…»—toco la pantalla como si acariciara la carta—. Vaya. ¿Qué es Cupiditatem?
—Es una especie de talismán romano que dice cumplir los deseos de quien lo encuentre—cambia la foto para mostrarme una pequeña caja de madera—. Creemos que el amuleto venía en esa caja, pero aún no es nada seguro. Seguimos realizando excavaciones para encontrarlo.
—Ghali, esto es…—digo asombrada por lo bien conservada que está—Es una maravilla. Si lograron dar con él y las cartas de la escriba real, entonces es seguro que el amuleto no está lejos.
Le entrego su teléfono quedándome con la espina de esta nueva puerta que se abre frente a mí. Me carcome saber más acerca de Cupiditatem, de entender cómo un objeto romano haya caído en manos de un egipcio y sea capaz de conceder deseos. Por otro lado, este hombre que apenas conocí hace unas horas atrás me intriga aún más. Es lógico que es egiptólogo, pero ¿cómo es que tiene información privilegiada y yo no? ¿Será porque es rico? ¿Trabajará para alguna universidad?
—No me dirás que eres o cómo tienes la fortuna de poseer esta clase de información, ¿verdad?
—Me gustaría hacerlo, pero…
—¡Nathi! ¡¿Estás aquí?! —escucho los gritos de Yamile en la entrada—¡¿Hola?!
—¡Aquí estoy! —exclamo sin dejar de mirar a Ghali—¡Ya subo!
—Me dio gusto haber pasado estas cortas horas contigo. Fue muy gratificante—dice mirándome como si fuera la mujer más bonita del valle. Soy yo o ¿no quiere irse?
—Lo mismo digo—sonrío a medias dando un ligero suspiro—. ¿Nos veremos en otro momento?
—Puede ser—toma mi mano—. Nathifa, ¿no quisieras…
—¡¡Nathi!! Oh cielos, gracias a Dios—interrumpen los alaridos de Yamile.
Ghali me suelta de inmediato al ver que mi amiga viene corriendo por el corredor para abrazarme con fuerza.
—Estoy bien, estoy bien—musito abrazándola de vuelta—. Por lo visto, la tormenta ya pasó.
—No sabes el miedo que sentí al ver esa endemoniada bola de arena venir hacia nosotros—me inspecciona de arriba abajo—. Que bueno que sigues en pie.
—Si—sonrío dándome cuenta de que Ghali nos observa con curiosidad—. Eh, quiero presentarte a Ghali, el hombre que me hizo compañía todo este rato.
—Jesús de Veracruz—susurra con la boca abierta—. ¿Esto te hizo compañía? Con razón no querías salir, mulatita.
—Yami—la codeo.
—Mucho gusto—dice él dándole la mano—. Ghali.
—El gusto es todo mío—responde ella sonrojándose—. Yamile Abdo López.
—Rayiys (Jefe)—dice Malek caminando hacia nosotros—. Ya laha min niemat 'an takun huna (Que bendición tenerlo aquí).
Ghali lo mira fijo moviendo la cabeza para hacerlo callar al instante. ¿Me estoy perdiendo de algo?
—La taqil shayyan (No digas nada)—responde dándole la mano—. Bueno, debo aprovechar y regresar a la ciudad.
—Yo llevaré al señor—dice Malek mirándonos—, traeré carro.
Ghali me observa una vez más, sonríe y camina al lado de Malek mientras le habla en árabe por el corredor. Oh, como quisiera saber qué es lo que dice.
—La excavación se suspendió—susurra Yami a mi lado—, pero al menos estuviste encerrada y entretenida con semejante dios.
—No es ningún dios, solo—ladeo la cabeza—, es un hombre culto; demasiado culto y fascinante.