Capítulo 1: El muro de cristal
LILIANA ASHFORD
El segundero del reloj de pared en mi oficina parece martillear contra mis sienes. Tic, tac. Tic, tac. En esta habitación insonorizada, donde tomo decisiones que afectan a decenas de familias y manejo presupuestos de siete cifras, ese es el único sonido que me permito escuchar cuando necesito pensar. Son las seis de la tarde de un viernes, el momento exacto en que la ciudad de Nueva York comienza a encender sus luces de neón y a respirar con esa energía frenética que promete de todo menos descanso.
A través del enorme ventanal de cristal reforzado que separa mi despacho del área de juegos principal de The Ashford Sanctuary, observo a mis hijos. Este lugar, con sus paredes en tonos pastel, sus pisos acolchados de corcho natural y su ejército de nanas altamente capacitadas, es mi fortaleza. Lo construí desde cero, ladrillo a ladrillo, para asegurarme de que nunca más me sintiera vulnerable.
Mis pequeños son el centro absoluto de este universo blindado, y un fascinante rompecabezas genético de nuestra familia. Santiago, con ese cabello rubio rebelde que le robó a su tío Liam y esos ojos azules gélidos que son la firma indiscutible de mi hermano Blake, está saltando sobre un bloque de espuma gigante. Su risa, aunque inaudible a través del cristal, reverbera en mi pecho. A su lado, sentado con una postura casi impropia para su edad, Louis es mi vivo retrato: tiene mi cabello n***o azabache, el mismo que también comparte Blake, y esos ojos esmeralda que son el sello histórico de los Ashford, compartidos por Liam y por mí. Louis organiza sus piezas de Lego por color y tamaño con una precisión casi quirúrgica.
Son mi mundo. Mi paz absoluta. El motivo por el cual mis manos no han dejado de temblar en secreto desde que acepté que mi vida, tal como la conocía, se había acabado hace cinco años en una sala de emergencias.
—Si sigues mirando ese cristal con tanta intensidad, vas a terminar agrietándolo, Lili, y me costará una fortuna reemplazar un vidrio de grado balístico.
No necesito girarme. Esa voz, cargada de una madurez fría, un sarcasmo fino y una seguridad que bordea en la arrogancia, pertenece a Blake. Mi hermano menor por solo un par de años, pero quien, desde que tengo memoria, siempre ha actuado como si fuera el patriarca indiscutible de este linaje. Escucho el roce de la lana italiana de su traje a medida mientras se acerca.
Blake Ashford, el abogado más temido de Nueva York, el hombre que cuadruplicó la fortuna familiar trabajando de forma independiente para clientes que nadie más se atreve a tocar. Siempre serio, siempre implacable, al menos hasta que Georgia llegó a su vida hace seis años para desordenarle la existencia y recordarle que tiene un corazón latiendo bajo sus camisas almidonadas.
—Están bien —añade Blake, colocándose a mi lado. Su presencia es como un muro de contención de metro y medio de grosor—. Santiago acaba de derribar una torre de cubos y Louis lo ha mirado con la misma desaprobación analítica que tú me diriges cuando no uso corbata en las cenas familiares. Están a salvo, Liliana. Aquí dentro, y allá afuera.
—Lo sé —susurro, aunque mis músculos no se relajan ni un milímetro. Cruzo los brazos sobre mi pecho, aferrando los codos—. Solo revisaba el reporte de expansión. Necesitamos abrir dos sedes más este año si queremos mantener la cuota de mercado frente a las franquicias de bienestar.
—Mentirosa —interviene una tercera voz, entrando en la oficina con la ligereza de un vendaval que no pide permiso.
Liam, el menor de los tres Ashford y el dueño del coeficiente intelectual más alto de la familia, se deja caer en una de las sillas de cuero frente a mi escritorio. Lleva unos vaqueros gastados, zapatillas de edición limitada que cuestan más que un auto compacto, y una sudadera oscura. Es el genio que estudió leyes por obligación impuesta por Robert, nuestro difunto padre, pero que prefirió conquistar el mundo de la tecnología fundando Bengalsoft. El hombre que no solo es billonario gracias a la creación de microchips de última generación, sino que vive la vida con una despreocupación que secretamente envidio todos los días.
—Vengo a rescatarte de tu propio perfeccionismo —dice Liam, apoyando los codos en las rodillas y mirándome con sus ojos verdes, tan idénticos a los míos—. Georgia y Saanvi te están esperando. Esta noche es la despedida de soltera y, como la única hermana mayor y la cuñada favorita, tienes que dar el ejemplo. O al menos, dejar de ser la jefa de hierro por unas malditas horas.
Siento un nudo frío formarse en la boca de mi estómago. Georgia y Saanvi. Mis cuñadas no son solo la familia política; son mis heroínas personales y mis mejores amigas. Dos abogadas brillantes, letales en un estrado, que dirigen una firma de ayuda legal exclusiva para personas que no tienen voz ni recursos. Recuerdo cuando empezaron hace cinco años. Aunque Liam puso el capital inicial millonario para arrancar el proyecto, ellas trabajaron día y noche hasta devolver cada centavo. Y Liam, siendo el filántropo silencioso que es, donó ese dinero a través de su empresa al centro de ayuda para mujeres maltratadas que yo misma dirigí antes de fundar mi propio negocio. Somos un ecosistema de apoyo mutuo.
—No puedo, chicos. De verdad que no —trato de buscar una excusa, retrocediendo hacia mi escritorio para tomar mi tablet como si fuera un escudo protector—. Santiago ha estado muy inquieto, tuvo pesadillas hace dos noches. Y Louis... Louis no ha querido comer sus vegetales hoy. Además, tengo que revisar la lista de candidatos para el socio inversionista.
Blake suspira, un sonido que denota que su paciencia de abogado está llegando a su límite. Me quita la tablet de las manos con un movimiento suave pero firme y la deja boca abajo sobre el escritorio. Su mirada plateada se clava en la mía, sin dejarme espacio para escapar.
—Nosotros nos encargamos de los vegetales y de los monstruos debajo de la cama, Liliana. Saanvi se traerá Arthur, el pequeño torbellino rubio de Georgia y Blake, y nosotros cuidaremos a los niños. Es una noche de Ashford contra el mundo.
—Es cierto —apoya Liam, poniéndose de pie y acercándose a nosotros—. Escucha, Lili. Has dedicado cada segundo de los últimos cinco años a levantar este lugar por tu cuenta. Sabemos que quieres expandirte a nivel nacional, que quieres socios externos y que te niegas rotundamente a usar nuestro dinero para lograrlo. Te respetamos por eso. Admiramos esa terquedad tuya. Pero para conquistar el país, primero tienes que conquistar tu miedo a salir de esta maldita oficina.
Miro a mis hermanos, intercalando mi vista entre los dos. Blake, el pilar de orden inquebrantable; Liam, el genio del caos controlado. Sé, de manera lógica y racional, que mis hijos están en las mejores manos de todo el estado de Nueva York. Si alguien intentara acercarse a ellos, Blake lo destruiría legalmente y Liam se encargaría de borrar su existencia del mapa digital.
—Georgia te necesita ahí —insiste Blake, y su tono se suaviza, volviéndose el del hermano mayor que a veces le toca ser—. Es su despedida de soltera. Y tú... tú necesitas recordar qué se siente al respirar aire que no esté filtrado por los purificadores del Santuario. No dejes que el pasado gane otra noche más de tu juventud. Ese infeliz está encerrado. No puede tocarte. No dejes que su fantasma te siga dictando cómo vivir.
La sombra de mi exmarido intenta asomarse en mi mente. El recuerdo de su voz, del sonido de una puerta cerrándose con pestillo. Me estremezco, pero la presencia física de mis hermanos a ambos lados me ancla al presente. Ellos la aplastan. Ellos son los Ashford. Somos asquerosamente ricos, somos influyentes, somos poderosos, pero, por encima de todos los títulos y los ceros en nuestras cuentas bancarias, somos una manada. Y la manada se protege.
Miro de reojo a Louis a través del cristal. Levanta la vista, me ve flanqueada por sus tíos, y me regala una pequeña y rarísima sonrisa, levantando su bloque de Lego rojo en señal de saludo.
Dejo escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Solo serán unas horas —susurro, finalmente cediendo, sintiendo cómo el vértigo se apodera de mí.
—Esa es mi chica —Liam sonríe ampliamente, acortando la distancia para darme un beso sonoro y rápido en la mejilla—. Ve, sube a tu cueva. Ponte algo que no sea un traje sastre aburrido, algo que no grite "voy a despedirte", y recuerda cómo es sonreír sin tener que mirar un balance de resultados. Si los gemelos estornudan dos veces seguidas, te llamaré de inmediato, lo juro.
Asiento, todavía con el corazón latiendo desbocado. Salgo de la oficina y me dirijo al ascensor privado que me lleva al ático, mi hogar, situado justo en el último piso del edificio del centro.
Las puertas se abren a mi refugio silencioso. Todo aquí es minimalista, prístino, ordenado. Me dirijo a mi habitación y me detengo frente al espejo de cuerpo entero. La mujer que me devuelve la mirada parece exhausta. Mi piel está pálida bajo las luces frías, mis ojos verdes han perdido el brillo de la veintena, reemplazado por la cautela perpetua de una madre leona.
Me despojo del blazer, la blusa de seda abotonada hasta el cuello y la falda lápiz negra. Son mi armadura. Camino hacia el fondo del inmenso vestidor y mis dedos rozan las fundas protectoras hasta que me detengo en una que lleva meses ignorada. Abro el cierre y saco un vestido de seda color champán. Lo compré en un impulso ridículo durante un viaje a París el año pasado, convenciéndome de que algún día tendría una razón para usarlo. Es de tirantes finos, con un escote en V que no es escandaloso pero sí sugerente, y una caída que se abraza a las caderas como agua líquida.
Me lo pongo y el roce de la seda contra mi piel desnuda me hace soltar un pequeño jadeo. Es un lujo táctil que había olvidado. Me siento en el tocador, cepillo mi cabello n***o hasta que cae en ondas sueltas y pesadas sobre mis hombros y mi espalda. Abro un cajón y saco un tubo dorado. Un labial rojo intenso. El color de la audacia. El color que él odiaba porque llamaba demasiado la atención.
Mientras deslizo la barra de color sobre mis labios, siento un escalofrío recorrer mi espina dorsal. No es miedo. Esta vez no lo es. Es el primer crujido real de un muro que lleva cinco largos años protegiéndome, pero que también me ha estado asfixiando lenta y silenciosamente.
Me pongo unos tacones de aguja que me elevan un par de centímetros más por encima del mundo y me miro una última vez. La madre asustada se ha quedado escondida en el armario; la empresaria gélida se ha quedado en la oficina del piso de abajo.
Esta noche no soy la jefa del Santuario ni la madre inquebrantable de los gemelos. Esta noche, soy simplemente Liliana Ashford. Una mujer de treinta y cinco años con ganas de respirar.
Lo que no sé, mientras tomo mi bolso de mano y apago las luces del ático, es que mi "despertar" está a solo unas copas de distancia, y tiene el cabello cobrizo y los ojos color tormenta.