En menos de veinte minutos llegamos al departamento de Santiago, ambos estamos empapados y temblando, pero lo que más me preocupa son mis nervios, que parecen intensificarse con cada paso que damos hacia la puerta. El sonido del agua goteando en el suelo contrasta con el silencio tenso que se ha apoderado de nosotros. Cada vez que levanto la mirada, encuentro la suya fija en mí, llenando la habitación con una intensidad que casi puedo sentir en mi piel húmeda. Las gotas de agua se deslizan por su rostro, reflejando la incertidumbre en sus ojos mientras me mira, como si estuviera tratando de leer mis pensamientos antes de que siquiera los formule. El aire se carga de expectativa y tensión, mientras nos preparamos mentalmente para lo que está por venir. — ¿Que pasa, amor? — Pregunta mientra

