Me despertaron los rayos del sol en mi rostro, parpadeé los ojos para adaptarlos a la luz. Santiago se veía fresco como una lechuga y yo como un zombi despeinado. — ¿Cómo estás tan fresco? — Soy tempranero, floja —él dejó un beso en mi cuello. — Eres lindo, morenito. — ¿Apodo? — Sí, tú me dices sol. ¿Te molesta? — Me encanta. Mamá me decía así. — Nunca hablas de ella. — Es doloroso. — Entonces no pienses en eso. Me acomodé encima de él y dejé un beso en sus labios, el cual él siguió. —Compré el desayuno y ropa para ti. Reí. —Tuviste tiempo para todo eso. —Sí, mientras dormía, mi bella durmiente. Tienes el sueño pesado. —Muy gracioso. Hace calor. —Entonces, ¿nos duchamos? Reí. —Solo piensas en eso. —Obviamente, mi vida. Me hice adicto a tu cuerpecito. Debo regresar a la re

