El vacío era absoluto.
Una oscuridad pesada que se apoyaba sobre mis hombros como mantas de lino empapadas. No había suelo, no había cielo, solo ese n***o infinito que parecía no tener fin.
Y, sin embargo, no sentía miedo.
Sentía una presencia.
—Amada mía...
La voz no llegó a mis oídos. Vibró directamente en mi pecho, como si mi corazón fuera un instrumento afinado para escucharla. Era una melodía antigua, dulce, cargada de una paz que parecía anterior al tiempo mismo.
Intenté moverme, buscar el origen de aquel sonido, pero mis brazos y mis piernas se desplazaban con lentitud, como si nadara en miel.
—Sabes que te amo más que a mi propia vida —continuó la voz, ahora más cercana, casi un susurro cálido contra mi nuca—. Hoy y siempre será así, como desde el primer instante en que respiraste. Supe que serías mi otra mitad, mi alma gemela, aunque para algunos nuestra unión estuviera marcada por lo prohibido. He desafiado a las estrellas y a la misma muerte para decírtelo cada día: te amo... y lo haré por los siglos de los siglos.
Sentí el roce de una mano invisible en mi mejilla.
Una caricia que quemaba y consolaba al mismo tiempo.
Quise responderle.
Gritar su nombre.
Pero, ¿cuál era?
La palabra danzaba en la punta de mi lengua, poderosa, sagrada, como si pronunciarla pudiera salvar mundos... pero antes de que pudiera hacerlo, la oscuridad se resquebrajó.
Una luz blanca y cegadora estalló frente a mí.
Un estruendo metálico y rítmico me arrancó del abismo.
—¡Maldita sea! —gruñí, incorporándome de golpe.
El despertador saltaba sobre la mesa de luz como si disfrutara torturarme. Sin pensarlo, estiré el brazo y, con una puntería digna de una atleta olímpica, lo lancé contra la pared. El plástico se rompió en mil pedazos.
Me dejé caer otra vez sobre la almohada, con el corazón acelerado. Miré el techo de mi habitación en Nueva Orleans mientras el sudor frío se deslizaba por mi frente.
—¿Cuántos van este mes? —murmuré—. ¿Tres? ¿Cuatro?
Había perdido la cuenta.
Lo extraño no era el despertador roto.
Era la sensación que aún recorría mi piel.
Todavía podía sentir el calor de aquella mano sobre mi mejilla. Como si alguien hubiera velado mi sueño con una devoción inquietante.
Me obligué a levantarme.
El calor húmedo de Luisiana ya se filtraba por las persianas, mezclándose con el aroma a café que subía desde la cocina y con el perfume dulce de las flores del jardín.
Arrastré los pies hasta el baño.
Cuando encendí la luz frente al espejo, me quedé inmóvil.
Me acerqué tanto al cristal que mi aliento empañó la superficie.
Durante un segundo —apenas un parpadeo— mis ojos no eran los de siempre. En lugar del verde habitual, un destello dorado, como oro líquido bajo el sol del desierto, brilló en mis pupilas... antes de desaparecer.
—Definitivamente necesito dormir más —susurré, frotándome los ojos con fuerza.
Me lavé la cara con agua helada, tratando de borrar la voz de mi mente, y me puse un vestido ligero de flores. Me recogí el cabello en una trenza descuidada y respiré hondo.
No era momento para volverse loca.
Al bajar las escaleras, el ruido cotidiano me devolvió a la realidad.
Mi padre, Jawad Arafat, ya estaba en la cocina, tarareando una canción árabe mientras revolvía el café. A sus cincuenta años conservaba una energía contagiosa que lo hacía parecer el gerente más alegre de toda Nueva Orleans.
—¡Buen día, mi pequeña luz! —exclamó al verme, abriendo los brazos.
Me abrazó con fuerza, como si temiera que desapareciera.
Papá era nuestro pilar. Podía ser el cocinero más tierno del mundo... o un león si alguien tocaba a su familia.
Mi madre, Leila, entró con un fajo de solicitudes bajo el brazo. Profesora de historia contemporánea en la Universidad de Luisiana, siempre tenía ese aire de elegancia firme que imponía respeto incluso en pantuflas.
Y, por último, apareció Matthew, mi hermanito de cinco años, arrastrando su dinosaurio de juguete.
—¡Sofi! —gritó, tropezando conmigo—. Hoy soy un dragón.
—Entonces cuida el castillo —le dije sonriendo.
—Sophie, otra vez te quedaste leyendo hasta tarde, ¿verdad? —me reprendió mi madre—. Tienes ojeras.
—Solo un poco, mamá. El examen me pone nerviosa.
Mi nombre es Sophiane Arafat, aunque todos me dicen Sophie.
Me llamaron así por mi abuela, una mujer que —según mi madre— irradiaba una luz interior imposible de explicar.
Tengo veintitrés años y soy lo que muchos llamarían "extraña": piel clara, cabello rubio y ojos que cambian de color según mi humor. Verde esmeralda cuando lloro. Celestes o grises cuando estoy en calma.
Pero mi vida no es tan sencilla como parece.
Mis padres nacieron en Egipto. Se conocieron en El Cairo, crecieron como amigos y se enamoraron contra todos los pronósticos. Cuando yo estaba en camino, decidieron abandonar su tierra para protegerme del caos que comenzaba a consumir el mundo.
No fue fácil.
Como inmigrantes musulmanes en Nueva Orleans, enfrentaron prejuicios y miradas desconfiadas, pero mi padre prosperó con su empresa de electrodomésticos y mi madre se convirtió en una de las profesoras más respetadas de la universidad donde ahora —irónicamente— también estudiaba su hija.
Curso Restauración de Obras de Arte.
Amo esa carrera.
Aunque tener a tu propia madre como profesora significa que las exigencias se duplican.
Ella conoce mi potencial y no me deja descansar.
Mientras desayunábamos, la televisión murmuraba de fondo.
"...nuevas ejecuciones públicas en la capital del Nuevo Egipto..."
"...El Elegido promete estabilidad..."
"...La Sombra se adjudica otro sabotaje..."
El mundo ya no es lo que fue.
Hace cincuenta años, la Tercera Guerra Mundial casi borró a la humanidad. De las cenizas surgió una nueva potencia: El Nuevo Egipto.
Al principio trajo orden.
Después llegó él.
Azael Walk.
"El Elegido".
Nadie lo ha visto jamás, pero su miedo gobierna todo. Lo que empezó como una causa justa se convirtió en una tiranía donde cualquier disidencia se paga con sangre.
Frente a él se alza La Sombra, una organización rebelde que lucha por devolvernos la libertad.
Pero la mayoría prefiere sobrevivir... antes que resistir.
—¿Sophiane? El café se enfría —dijo mi padre.
—Lo siento, papá. Pensaba en la beca.
Era mi gran oportunidad.
La facultad otorgaba pasantías en los mejores museos del mundo: el Museo Británico, el Louvre... o el Museo de El Cairo.
Había puesto mi alma en ese examen de tres horas.
Quería ganar la plaza en Egipto.
Necesitaba pisar la tierra de mis ancestros.
Sentir la arena que mis padres describían como si fuera sagrada.
—Confía en Alá, hija —dijo papá, como si pudiera leerme el alma—. Lo que sea para ti, llegará.
Asentí, aunque un nudo me apretaba el estómago.
Había algo más que no le había contado a nadie.
No eran solo los sueños.
Ni los ojos que cambiaban de color.
A veces, en medio de la noche o entre la multitud, escuchaba voces.
Murmullos que parecían guiarme. Advertirme.
Si lo confesara, terminaría en un hospital psiquiátrico.
Así que guardaba el secreto bajo siete llaves.
Me quedé mirando la taza de café, como si en el fondo oscuro pudiera leerse mi destino.
Un viento frío se coló por la ventana, helando mi piel.
Por un instante, juraría que escuché un murmullo en un idioma que no conocía, como un eco antiguo escondido en el aire.
Matthew dejó su dinosaurio sobre la mesa y, sin saber por qué, dibujó con el dedo en el vidrio empañado de la ventana un símbolo extraño: un ojo abierto rodeado de líneas.
—¿Qué es eso, dragón? —pregunté, intentando sonar divertida.
—No sé —respondió él, encogiéndose de hombros—. Solo... lo vi en mi cabeza.
El aire se volvió pesado.
Mi madre frunció el ceño, como si también hubiera sentido algo. Mi padre, en cambio, se limitó a acariciar la cabeza de Matthew y a encender la radio, buscando disipar la tensión con música.
Pero yo no podía apartar la vista de ese dibujo.
El ojo parecía observar.
El ojo parecía reconocerme.
El murmullo volvió, más claro esta vez, como un susurro que atravesaba el tiempo:
"El destino ya despertó".
Sacudí la cabeza, tratando de ignorar la sensación.
No sabía que aquel gesto inocente sería la primera señal.
No sabía que aquel día marcaría el inicio de algo imposible de detener.
Ese sería el último día de mi vida... tal como la conocía.
(Editado-bajo revisión final)