Cicatrices en el alma

1369 Palabras
El ataque en el almacén. El dolor no era una sensación . Era una entidad viva. Algo que devoraba mi brazo izquierdo y mi pierna derecha desde adentro, como si un animal me estuviera masticando los huesos con una paciencia cruel. Cada latido de mi corazón era una explosión nueva. El mundo olía a óxido, a pólvora y a sal marina. Un olor espeso, imposible de ignorar. El almacén estaba a oscuras, apenas iluminado por una bombilla rota que colgaba del techo y parpadeaba como un ojo moribundo. Cajas viejas, redes de pesca abandonadas y rastros de huellas en el suelo hacían un escenario de guerra improvisada. El eco de disparos aún resonaba en mis oídos. Podía jurar que las paredes guardaban el grito de las balas. Con los dientes apretados y la visión comenzando a nublarse, desgarré un trozo de mi camisa con un tirón torpe. Mis dedos, resbalosos y rojos, lucharon por anudar un torniquete improvisado alrededor de mi muslo. El entrenamiento militar que una vez fue mi vida regresó como un eco distante: Detén la hemorragia o muere aquí, Jad. No había lugar para el miedo. Solo para la supervivencia. Cada movimiento era un martillazo. El brazo me colgaba inútil, atravesado por una bala que había entrado y salido como si se burlara de mí. La pierna me ardía. El aire se volvía espeso. El almacén giraba lentamente, como si el mundo se deshiciera en espirales. Saqué el celular del bolsillo con dificultad. La pantalla estaba manchada de huellas sangrientas. Mis manos temblaban tanto que casi no podía desbloquearlo. Marqué el único número que podía salvarme. —Ven... a buscarme... almacén... del puerto... san... gre... —Las palabras salieron pesadas, arrastradas, como si las empujara con los pulmones llenos de agua. El teléfono resbaló de mi mano y cayó al suelo con un golpe seco. Me dejé caer contra una caja de madera húmeda, respirando con dificultad. El sonido distante del mar se mezclaba con un pitido agudo dentro de mi cabeza. Pensé en nombres que no debía pensar. En secretos que no debían existir. En errores que nunca se perdonan. En ese momento, la paz del desmayo se sintió como una bendición. Un refugio. Un lugar donde las balas, los secretos y los nombres prohibidos ya no podían alcanzarme. El hospital El despertar fue un desierto de agujas. Abrí los ojos con dificultad, encontrándome con un techo blanco que me cegó por un instante. El pit-pit constante de una máquina me indicó que seguía vivo. Tenía cables por todo mi cuerpo, vendas envolviéndome como si fuera una momia antigua, y un dolor sordo que palpitaba bajo la piel, recordándome que no había sido un sueño. El pánico inicial fue sofocado por una voz que conocía mejor que la mía. —Tranquilo, cariño. Ya estás a salvo. Era Saya. Su rostro estaba demacrado, los ojos rojos de tanto llorar. Se inclinó sobre mí con cuidado, como si temiera que pudiera romperme. —Mira que darnos este susto... a mi chico y a mí... no es lindo, Jad —intentó bromear, pero la voz se le quebró—. La próxima vez, intenta no atravesarte frente a las balas, ¿quieres? Quise sonreír. Quise decirle que estaba bien. Que no era la primera vez. Que sobrevivir era casi una costumbre. Pero solo logré levantar la mano unos centímetros antes de que la puerta se abriera con firmeza. José. Joseph, para los papeles. José, para los amigos. Y mi hermano de armas desde hacía quince años. Entró con el ceño fruncido y la mandíbula apretada. —Nada de esfuerzos, bro —ordenó—. Nos costó una eternidad sacar la bala de tu pierna. Perdiste tanta sangre que casi no llegas al quirófano. La del brazo fue más limpia... Entró y salió sin tocar hueso. Pero vas a tener un bonito recuerdo de esta noche por un buen tiempo. —A...gua... —logré decir, con la garganta convertida en arena. Saya corrió a traer un vaso con sorbete. Mientras bebía pequeños sorbos, José se sentó a mi lado. Sus ojos ardían, no por mí... sino por lo que estaba afuera. —Descansa —murmuró—. Aquí nada malo te va a pasar. Te lo juro por los dioses antiguos... esos tipos van a pagar. Quise preguntarle qué sabía. ¿Quién había disparado? Cómo me habían encontrado. Pero el sedante ganó la batalla y el mundo volvió a apagarse. Semanas después El sol de Egipto golpeaba las persianas de mi habitación, dibujando líneas doradas sobre la alfombra. Habían pasado semanas desde el ataque en el puerto. Mi cuerpo estaba casi recuperado. Pero mi mente seguía atrapada en ese almacén. Me quité la última venda del brazo frente al espejo. Jad Sabagh. Treinta y dos años. Profesor de Filosofía y Arqueología en la Universidad de El Cairo. Tutor del museo. Y un hombre con una vida que se desmoronaba por una causa que ni él mismo terminaba de comprender. ¿Valía la pena? ¿Valía la pena arriesgar a Saya? ¿Perderla como había perdido a mis padres, tíos, a mi pasado... y mi nombre real? —No pienses en lo que no puedes solucionar hoy, Jad —me dije en voz baja. Hoy era un día importante. Una nueva alumna de intercambio llegaba desde Estados Unidos. Por normas absurdas y falta de hoteles seguros, debía alojarse en mi casa. Yo debía protegerla... Y ocultar quién era realmente. Me metí en la ducha. El agua fría recorrió mis cicatrices como un recordatorio de que seguía vivo. Como cada noche desde hacía años, ella volvió a mis sueños. La mujer sin rostro. La marca detrás de su cuello. El beso que me quemaba por dentro. —Si alguien supiera esto... me internan —murmuré. Un escalofrío me recorrió. Al limpiar el vapor del espejo, vi un reflejo detrás de mí. Un hombre con ropa de otra época. Me giré de golpe. Nada. —El cansancio... —susurré. Me vestí: jeans oscuros, camisa de lino y mi kufiyya. Bajé a la cocina. El aroma a pan caliente y especias me recibió como siempre. —¡Sabah Alkhyr! Saya estaba pegada al teléfono, gesticulando con emoción. Cuando colgó, volvió hacia mí con los ojos brillando. —¡Sabah Alkhyr, primo! Era el director del museo. Mi amiga llega el lunes... bueno, más tarde el martes; dijo que se retrasó el traslado. No dio detalles, solo eso. Tienes que ir a buscarla al aeropuerto porque, técnicamente, eres su tutor oficial. —¿Sophiane? —pregunté, como si el nombre pesara más que el aire. —Sí, Sophiane Arafat. Sophie. Mi mejor amiga. Pasó un año desde que viví con ellos en Luisiana. Me trataron como a una hija, Jad. Su madre fue mi tutora y ahora te toca a ti devolver el favor. Es mi mejor amiga, así que ni se te ocurra ser el profesor gruñón con ella. Me reí, aunque una extraña opresión empezó a crecer en mi pecho. —Está bien, está bien. Iré a buscarla. Pero recuerda, Saya... anonimato. Después de lo que pasó en el puerto, no podemos llamar la atención. —Lo sé, amor. Seguridad ante todo. Mientras ella subía las escaleras saltando de alegría, me quedé solo en la cocina. El silencio se volvió pesado. La marca de nacimiento en mi muñeca comenzó a arder. Era una sensación punzante, como si me hubieran presionado con un hierro caliente. Me tapé la muñeca rápidamente, ocultando el dolor. Solo me había pasado una vez antes, hace muchos años, y fue el preludio de una tragedia. Miré hacia la ventana, hacia el horizonte donde las pirámides se alzaban como gigantes dormidos. Un mal presentimiento se instaló en mi estómago. El aire se volvió más denso, como si el tiempo mismo se detuviera. —Sophiane Arafat... —susurré, probando el nombre en mis labios. No era solo una alumna. No era solo un intercambio académico. La marca ardió con más fuerza. Las pirámides parecían observar desde la distancia. Y lo supe. Sophiane no venía a estudiar. Venía a despertar lo que llevaba miles de años dormido. Y yo... no estaba seguro de estar listo para enfrentar lo que eso significaba.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR