Ottawa, con su mezcla cautivadora de historia y modernidad, se había convertido en el refugio temporal de Charisse. Pues el mismo domingo, a tempranas horas de la mañana, decidió tomar un vuelo y acompañar a su hermano, tal como él le había propuesto el viernes pasado. Tal como se sentía, no era bueno estar sola en casa, con sus ánimos por el suelo. Desde el momento en que puso un pie en esta ciudad, la belleza única de la capital de Canadá la había fascinado con cada uno de sus encantos. Lograba distraerla con cada cosa. Ya fuera la grandiosa arquitectura del Parlamento o los mercados bulliciosos de Byward, cada rincón tenía una historia que contar, se asombraba con cada lugar a donde iba y lo disfrutaba al máximo, se pegaba largos paseos solo ella, mientras su hermano estaba ocupado.

