La noche se había extendido sobre la hacienda como un manto sereno, tibio y lleno de murmullos de grillos. El cielo, despejado y plateado por la luna llena, parecía una promesa de calma. Pero dentro de Ana María, no había calma… solo un torbellino de emociones que empezaban a remover la tierra de su pasado. —¿Me acompañas un rato bajo la luna? —preguntó Enrique con una sonrisa tranquila, mirándola directamente a los ojos. Ana María lo sostuvo con la mirada unos segundos antes de sonreír también. —Claro —respondió con voz suave—, me encantaría. Se levantaron del comedor. El silencio del resto de la casa contrastaba con el sonido de sus pasos lentos sobre los azulejos. Salieron por la puerta principal y caminaron hacia el patio. El aire del campo los envolvió de inmediato, fresco, puro,

