— ¿D-Disculpa? —tartamudeé con incredulidad. La mirada es sus ojos se volvió más aguda. — Pregunté que qué demonios haces aquí —repitió, como si nada. Viéndola de frente no parecía estar teniendo una mala vida aquí, lucía limpia y arreglada, similar a la habitación en que se encontraba donde hasta su cama se dejaba ver pulcra y ordenada. — Vine a verte —me sinceré, aún sin comprender su molestia—, estaba preocupada por ti, Rita. Bufó, cruzando los brazos a la altura de su pecho. — Siempre te lo he dicho, tienes una conciencia culpable —suelta, llevándose el dedo índice a la sien—, por eso no puedes dormir por las noches y por eso terminarás igual de loca que todas esas monjas que tanto idolatras. — No sé a qué te refieres —respondí, bajando la mirada. — ¡No me mientas! —gri

