Quince minutos bastaron para que la enorme bandera turca ondeara desde su asta color blanca, con ese magnifico color rojo intenso. Cuando mi vestido se llenó de sangre, no imaginé que pudiera volver a casa. Papá me había dicho una vez que sin importar en que parte de Turquía estuviera, siempre debía sentirme en casa y vaya que fue así. Desde que pisé el suelo, supe que estaba de vuelta en el lugar al que mi corazón pertenecía. —No hay nada más bello que ver la gran mezquita azul de noche o el brillo precioso que emana de la torre Galata en cielos nocturnos y estrellados. Cuando era niña, mi padre decía que podría subir al mirador con el hombre al que amara para poder casarme con él. Las leyendas dicen que toda pareja que sube allí estará destinada a casarse para siempre—narré recordando

