LIPARI, CALABRIA. Renata sintió que el cuerpo le temblaba. Tenía la garganta seca y un nudo que casi le impidió respirar. Gianni le había dicho todo con la mirada y remató con una frase que se convertiría en su mayor tormento. Sentía que el sudor que emanaba de su cuerpo era helado, muy frio. De no ser porque estaba en medio de todas esas personas, se habría echado a llorar. Sentía una sensación irracible de perdida. No podía estarlo perdiendo todo. ¡No podía! —Quien la daña, me daña a mi. Quien le dispara a ella, me dispara tambien—había pronunciado mientras les señalaba con el arma antes de lanzar una dosis nueva de disparos a Farnese—. La próxima vez espero que todos sepan medir sus palabras, a menos que deseen terminar con el corazón lleno de balas. Sus ojos nunca habían estado má

