- Despierta, hermosa. Escucho la voz de Alexander susurrando las palabras a mi oido con dulzura. -Es muy temprano aún. Déjame dormir cinco minutos más -me quejo con voz chiquita y haciendo pucheros. -Vamos tomatico, no seas perezosa y despierta, mira que ya nos tenemos que ir. - Pero todavía no me has dicho para donde vamos. - Y no te diré. Es una sorpresa así que vamos, levántate de la cama y así me acompañas a ducharme -me guiña un ojo. - Hubieras empezado con esa invitación, bombón -suelto con picardía. Hago a un lado el grueso edredón que era lo único que cubría mi desnudez. Alexander se muerde el labio inferior y su mirada lobuna me recorre de pies a cabeza y no puedo evitar cubrir con mi mano el lugar donde tengo la enorme cicatriz que me quedo tras el trasplante de corazón.

