¿Qué tan pequeño puede ser el mundo para que, después de todo un maldito año visitando la cafetería, todo me explotara en la cara de la manera más ridícula posible?
No es el café, tampoco las tortas, ni siquiera el ambiente tan tranquilo que se respira en ese lugar que huele a pan recién horneado, es solo ella.
¿Cómo iba a esperar yo que la misma latina de curvas sabrosas con la que me relacionaba en cada uno de mis viajes, terminara siendo la nueva novia de mi amigo?
La visitaba por gusto, por ganas, porque su sonrisa logró estremecerme cada vez que atravesé esa puerta y sonaba la campanilla que avisa de la llegada de un cliente.
¿Cuándo sucedió eso? ¿Cómo se conocieron ellos? ¿Cómo terminé sintiendo un hambre terrorífica por una mujer que, automáticamente, pasó a ser prohibida para mí?
No lo sé, pero fue una mierda.
Conocí a Joshua Wilson en la universidad. Nos hicimos amigos después de colaborar en un trabajo en equipo y compartimos todas las materias el resto de la carrera después de eso. Si puedo decir algo sobre él, es que lo considero un verdadero amigo. Un americano en Italia que llamaba la atención casi tanto como yo, que, sin ánimos de molestar a mi ego, era el centro de atención en absolutamente todo.
«Eso hace el ser heredero del bufete más importante de toda la zona».
El pelirrojo de ojos marrones que me acompañaba, era tan puto y descarado como yo, aunque le encantaba esconderse tras el aura de chico inocente que aparenta tener. Pero luego de graduarnos, él regresó a su país, a su ciudad, Nueva York. Fue uno de los motivos por los que no me pareció mal el tener que visitar la ciudad regularmente.
Me emocionaba volver a salir de fiesta con mi amigo, y llevábamos juntándonos en clubes y bares más de un año, cuando recibí una invitación suya a un restaurante elegante.
«Joshua estaba enamorado, y tenía novia».
Me río bajo por lo que eso me hace sentir. Pura rabia, confusión.
Y molestia conmigo mismo por no poder olvidar a la mujer que debería estar fuera de mis límites.
Por no poder dejar de recordar con angustia y furia el momento exacto en que entendí que debía dar un paso atrás.
«Joshua es un presuntuoso».
Me río de mis pensamientos mientras entro al restaurante de alta etiqueta donde me citó para, según sus propias palabras, demostrarme que es un hombre nuevo.
Sé que el idiota vive bien, se da la buena vida sin problemas, y siendo uno de los mejores abogados en la firma de su familia, pues no tiene ningún motivo para no gastar en lo que le da gana.
Esta invitación tiene que ser por una razón importante.
Doy el nombre de Joshua en el mostrador y me guían hasta la mesa donde él me espera. Miro a mi alrededor a medida que atravesamos el salón principal y cuando llegamos a la mitad del espacio, logro ver la cabeza pelirroja de mi amigo, de espaldas a la puerta.
—¿Desde cuándo eres tan puntual? —pregunto en cuanto llego con él y Joshua gira su cabeza para darme una sonrisa.
Se levanta y me da un abrazo con par de palmadas en la espalda.
—Desde que soy un hombre nuevo.
El brillo de su mirada me deja saber que, en efecto, hay algo que lo tiene demasiado emocionado.
—Eso está por verse. ¿Me dirás ya cuál es el misterio?
El maldito se ríe, pone una cara de tonto enamorado y me sorprendo, porque es una expresión demasiado... rara.
Nos sentamos. Él mismo me sirve del vino que ya había pedido y me levanta las cejas varias veces cuando me muestra que es de mi preferido. El que muchas veces tomamos en nuestras salidas en Italia.
—Celebración grande, ¿no?
La sonrisa de Joshua se acentúa.
—Te voy a presentar a la mujer de mi vida, así que sí... es una celebración.
Eso me deja en shock. Lo miro boquiabierto y apenas pestañeando.
—¿La razón de que seas un hombre nuevo es una mujer? —pregunto con mucho escepticismo y sorpresa.
Él asiente varias veces con la cabeza y su cara es de éxtasis total.
—Sí, Ferretti, encontré de casualidad a la mujer más hermosa de todas. Me hizo mierda desde el primer instante. Al principio se me resistió un poco, pero... —sacude la cabeza, con una sonrisa que solo muestra lo malditamente enamorado que está—, pero no pude dejar de insistir.
—A ver si te entiendo. ¿Por tu propia disposición decidiste sentar cabeza? ¿Eres hombre de una sola mujer?
Podría entender lo que siente, porque llevo un maldito año visitando a una mujer solo por lo que me hace sentir.
Pero yo no daré un paso adelante.
Tamara Duarte es eso que un tipo como yo admira a la distancia. Por más ganas que le tenga, por más que quiera perder mis manos en esas curvas deliciosas que tanto me impresionan cada vez, no doy un paso en su dirección. Me mantengo al margen, solo viendo y disfrutando de esa sonrisa que me hace sonreír también, de la manera enérgica en que habla o lo deliciosas que son sus tortas, de las que he probado cada una de sus recetas.
Siendo sincero conmigo mismo, lo que me hace sentir sería algo parecido a esto que Joshua asegura, pero la diferencia entre él y yo, aparentemente, es que se considera capaz de mantener una relación seria.
Yo tengo reglas. Y seducir a Tammy sería, a largo plazo, obligarme a mantenerme alejado.
«No estoy listo para eso».
—Cuando la conozcas, entenderás mis motivos —me saca de mis pensamientos Joshua y lo miro, despejando mi cabeza del rostro de Tammy—. Es hermosa, es atractiva de todas las formas que puedas imaginar. Pero no...
—¿No es eso lo que tienen todas las mujeres que te follas? —cuestiono, todavía un tanto confuso con su cambio de actitud.
Él resopla.
—Es más que eso. Ella es lo que siempre he querido en una mujer. Y sé, a pesar del poco tiempo que llevamos saliendo, que la quiero para toda la vida.
Vuelvo a quedarme en blanco. Eso es mucho más que una relación seria.
—¿Matrimonio? ¿Hijos? ¿Una familia?
La intriga me puede. Necesito conocer a la mujer que lo sedujo, aunque haya sido él el que la persiguió, de esa manera tan intensa. Nunca había esperado esto de Joshua.
Él es muy parecido a mí. O lo era, por lo visto.
Con su cara de niño bueno, ocultaba sus intenciones siempre permanentes: sexo sin compromiso.
La mujer que lo tiene embobado debe ser una en un millón.
Y ya quiero conocerla.
—Definitivamente —asegura Joshua, su respuesta a mis preguntas.
En ese instante algo llama mi atención. La sorpresa por la actitud de mi amigo se combina con la de encontrar a mi Tammy en este restaurante.
Sonrío sin poder evitarlo. Ella está siendo guiada por el mismo camarero que me trajo antes. Su curvilíneo cuerpo se contonea de esa manera que he aprendido a apreciar y admiro, con más atención de lo normal, lo que lleva puesto hoy.
Un. Jodido. Vestido.
El vestido que llevará en mis nuevas fantasías.
No tiene nada de sexy. Pero ella es sexy de todas las maneras posibles. El vestido tiene un corte A que acentúa su cintura, se acomoda en su escote y cae perfectamente hasta la altura de sus muslos. Es de un tono azul tenue que le queda maravilloso con su color de piel acanelado.
«Mi canelita... ¿qué haces aquí?».
Sus ojos se pasean por todo el salón hasta que se cruzan con los míos. Se abren con desmesura al verme y reconocerme y una sonrisa hermosa, la que ya considero mía, se forma en su atractiva y comestible boca.
Le devuelvo la sonrisa y estoy por levantarme, cuando Joshua se gira y la ve.
—Oh, qué bien. Supongo que ya vas a conocer a Tammy...
Mi corazón se detiene. Mi respiración se entrecorta. Un temblor me recorre de pies a cabeza, surgiendo desde mi estómago y haciéndome estremecer.
«Tammy... ¿mi Tammy?».
No.
No puede ser.
Esto tiene que ser una maldita broma.
Mi sonrisa desaparece, mi trasero se queda quieto en la silla mientras veo a Joshua, mi amigo... mi amigo enamorado y queriendo casarse con su nueva novia, levantarse e ir a por ella.
Mi. Jodida. Tammy.
Ella llega a la mesa. Deja que el maldito de Joshua le tome el rostro con ambas manos y bese sus labios.
Los labios que he estado deseando besar por todo un año. Los que me sonríen a mí... solo a mí.
Una rabia sin igual me sube. Siento mis oídos pitar, la sangre bullir en mis venas.
No es posible. Esto no es malditamente posible.
—Dante, te presento a Tamara, mi novia... —habla Joshua, pero yo no lo escucho.
Solo tengo ojos para ella. Solo tengo neuronas para tratar de controlar esto que estoy sintiendo y que me quema por dentro.
Ella me sonríe. Lo hace de esa manera natural, que creía solo para mí.
«No, mierda. Esto no puede ser posible».
—Tamara, él es Dante. Mi mejor amigo. No te dejes seducir por su acento italiano, por favor. Es un coqueto de primera.
Ella me mira todavía entre risueña y divertida por esta casualidad. Yo quiero desaparecer.
—En realidad... —comienza ella.
Y sé lo que va a decir antes de que hable.
Por eso me levanto, interrumpiendo sus palabras.
—Un gusto conocerte, Tamara —murmuro, con tono serio, formal.
Su sonrisa se tambalea.
Pero cuando extiendo la mano para saludarla, ella la acepta. Y maldita la hora en que, al tocar sus dedos, me recorre un puto escalofrío.
Un escalofrío que demuestra lo mucho que ahora voy a envidiar, por primera vez, algo que no me pertenece.
Algo que no puede ser mío.
Porque Joshua Wilson, mi mejor amigo, se me adelantó.
Nunca antes he envidiado nada. No como lo hago ahora con Joshua.
Envidio su relación. Envidio que él puede besar, tocar, hacer gemir, a la mujer que he querido para mí desde que la conocí aquella fría mañana. Jamás he codiciado nada, excepto lo que él tiene y que yo tengo que ignorar.
Y siento rabia, indignación, con Joshua y conmigo mismo. Por ser un puto traidor, por no poder negar que la quiero para mí, que sueño con sus curvas, con mis dedos, dándole placer.
Soy un cabrón egoísta, codicioso, que no puede dejar de pensar en la mujer de su amigo.
Y si no he actuado a mi favor, porque años he tenido para eso, es únicamente porque sigo prefiriendo ser testigo de su sonrisa. El motivo para que lo haga.
Suelto un largo suspiro y miro al cielo encapotado. Cierro los ojos y dejo que el frío aire me queme en las mejillas.
Necesito enfriar mi cuerpo antes de entrar a esa cafetería.
Sigo viniendo a verla, a pesar de todo el tiempo que ha pasado.
Dos años. Dos años desde que supe mi condena. Tres años desde que la conocí.
¿Qué dice de mí, entonces, el que esté de nuevo fuera de su cafetería? ¿Cómo justifico que no existe uno de mis viajes en el que no pase por aquí?
Sigo embelesado con sus curvas, con su sonrisa, con esa voz entre dulce y apresurada. Puede que muchas veces no entienda qué está diciendo de lo rápido que habla, pero conozco más de ella de lo que debería.
Latina. Una combinación explosiva entre cubana y venezolana.
¿Le he preguntado? Absolutamente no.
¿Me lo ha dicho ella por su propia disposición y excesiva comunicación? Sí, y soy adicto a esos momentos.
Cuando estoy en ese lugar que es todo suyo, que ya no es tan solitario como aquella primera mañana, me olvido de todo y me enfoco en ella.
Sigo queriendo salvar a sus tetas de su siempre llamativo escote, aunque lleve una puta camisa que le cubre hasta el cuello.
Sigo queriendo estampar su cuerpo contra la pared, encima del mostrador o sobre la mesa donde siempre me siento y probar de sus dulces carnes.
Sigo ansiando un beso, probar su sabor, verificar si grita o es silenciosa en el sexo.
Sigo queriéndolo todo y solo por esa regla que me repito más de lo que tendría que ser posible, no doy un paso en su dirección.
Aunque la rompo cada puta vez.
Un santo mandamiento que ignoro: no codiciarás la mujer del prójimo. Mi maldito amigo.
Porque ella lleva dos años de relación con mi amigo. Y yo llevo dos años intentando dejar de verla como todo lo que quiero solo para mí.
Nadie lo sabe. Nadie puede saberlo. Pero añoro el día en que Joshua me diga que la cagó. En que ella me explique que él no es lo que busca.
Sueño con el maldito día en que ella deje de estar prohibida para mí.
Miro la cafetería una vez más. Respiro profundo y cruzo la calle. Me obligo a ser el amigo que ella ve con regularidad y empujo la puerta que avisa de mi llegada.
En cuanto sus ojos marrones me encuentran, recupero el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
Una sonrisa, mi sonrisa, se muestra en sus labios.
«Estoy más que jodido».