Si yo estoy jodido con la sonrisa que le muestro a la exótica mujer detrás del mostrador, creo que ahora estoy peor por cómo ella me corresponde.
Una sonrisa radiante, fresca, genuina y demasiado hermosa para lo que me gustaría admitir, se refleja en los labios de mi canelita.
Avanzo con seguridad para acercarme al mostrador con mis ojos fijos en los suyos, y no en las enormes tetas que se asoman en el escote de la blusa que ha elegido para hoy. Y que para colmo, las mangas caen en sus hombros y me deja ver un poco más de piel de la que debería de ver.
No es que Tammy esté usando este tipo de blusa por primera vez, de hecho, parece que le gusta bastante mostrar sus hombros, el cuello y esa clavícula que no se ve pronunciada, gracias a la complexión de su cuerpo que tanto me fascina.
Mi canelita no es la típica chica delgada, esbelta. No hay piernas largas, estilizadas. No hay brazos huesudos, mucho menos pómulos afilados. Mi Tammy no es como las típicas mujeres con las cuales he estado. Y no es que esas mujeres sean feas ni valgan nada solo por ser delgadas, al punto de parecer todas el mismo prototipo de mujer, no.
Mi canelita tiene una cintura de arena tan perfecta como ellas, sí… pero se gasta un trasero que cada vez que lo veo, me provoca morderlo. Unas enormes nalgas que solo he visto en ella desde que mis ojos se fijan en los atributos del sexo opuesto.
Sus piernas son carnosas y aunque jamás la he visto en falda, puedo imaginarme mis manos apretando su carne. Ella no tiene las tetas como las mujeres que entran en mis reglas, pero por alguna razón, no dejo de pensar en ellas desde que las vi aquella mañana fría que vine aquí por primera vez.
No dejo de imaginarlas enormes, porque salta a la vista que son grandes y bastante naturales. No dejo de preguntarme cuán suaves pueden ser, cómo se verán una vez liberadas de la prisión a la que son sometidas cada día por Tammy con esas blusas que elige para venir a trabajar.
Tamara tiene una belleza tan llamativa a pesar de no ser la típica mujer delgada, que yo no dejo de pensar cada día en lamer su piel canela. Sí, yo no dejo de pensar en pasar mi lengua por esa clavícula hasta llegar a su cuello y besarlo. Claro, no sin antes pasar mi lengua por sus enormes…
—¡Buenos días, abogado Ferretti! —dice con entusiasmo en cuanto llego frente a ella—. Bienvenido, una vez más, a Tammy’s Bakery & Coffee. ¿Lo mismo de siempre?
«Sí. Y toda tu atención solo para mí, si no es mucha molestia».
—Por favor —respondo con la misma sonrisa en mis labios—. Buenos días, Tamara.
Su mirada cargada de diversión, de esa chispa latina que por más que intenta controlar, salta a la vista, más me hace sonreír. Yo no sé si es que le causo gracia a mi canelita, si ella me considera alguien tan divertido como ella, o es que mi mejor amigo le ha contado mis andanzas solo para tener un tema de conversación con ella —que no debería si es el caso, porque yo jamás lo echaría de cabeza con su pasado—, pero que me mire con esa chispa de diversión en sus ojos, indescifrable para mí, es lo mejor de entrar a este lugar.
«Eso, y ella completa».
—¿Cómo has amanecido el día de hoy?
«Duro, pensando en ti».
—Bien, no me quejo. —Me afinco un poco del mostrador con mis codos sobre el frío mármol y las manos entrelazadas para poder tener un poco de control, carajo—. ¿Y tú?
Mi canelita deja salir un suspiro bastante cargado de cansancio, pero sin perder esa buena actitud que siempre ha tenido desde que la conozco.
—Recuerdas que hoy estamos de aniversario, ¿verdad?
«Por supuesto. Hoy cumplo tres años de conocerte, cariño».
—No. —Miento descaradamente—. ¿Es hoy?
—¡Sí! —A pesar de la sorpresa que cruzó en sus ojos ante mi respuesta, ella sigue riéndose a medida que se acerca a la máquina de café—. ¡Es hoy, Dante!
«Dante… mi nombre en su boca se oye tan delicioso».
—Lo siento, he tenido demasiado trabajo últimamente. —Eso en parte es verdad, pero ni todo el trabajo me hará olvidar esta fecha tan especial para mí—. Felicidades, entonces.
Tammy se voltea lanzándome una mirada que bien podría significar “¿En serio?” O “Te la dejo pasar solo porque me caes bien”
Cualquiera de las dos, igualmente me gusta, porque al final, ella me está otorgando lo que quiero y eso es su atención.
—¿Tienes algo especial para hoy? —Finjo desinterés, cuando muy bien sé que cada año, ella se esfuerza en hacer algo—. ¿O simplemente…?
—¡Tengo demasiado por hacer hoy, Dante Ferretti! —exclama de espaldas, acortando mis palabras.
Asiento y le presto atención. Inevitablemente, mis ojos van a su enorme trasero y, ¡joder! ¡Qué grande y perfecto es!
—Además de trabajar, tengo una fiesta que organizar para esta noche. Tengo que ir al aeropuerto, tengo que llegar y comenzar a preparar la comida para esta noche. Tengo que envolver los regalos para cada uno de los chicos y también tengo que procurar estar decente de aquí a que la noche caiga. Luego…
Suelta, rápido, sin pararle a la lengua y a este punto, parezco los adornos de perritos que antes ponían en el tablero de los autos. Solo asiento y asiento a su palabrería sin entender la mitad de lo que dice por lo rápido que habla.
Ella se mueve en la barra para hacer el café que me gusta mientras sigue y sigue contándome los planes que organizó para esta noche. Se tarda, porque no nada más me está haciendo mi café, sino que también me está sirviendo el desayuno, aunque es algo que no le he pedido. De hecho, es algo que no le pido desde hace bastante tiempo, porque por alguna razón, esto se volvió una rutina inocente entre los dos. Café y ese panecillo que ella prepara únicamente para sus empleados, para Joshua, y para mí.
«¿Debería sentirme especial? Carajo, por supuesto, que me siento especial, aunque no los haga especialmente pensando en mí».
Con el simple hecho de que siempre me guarde uno y se tome la molestia de servírmelo cuando llego, sin necesidad de yo pedírselo, me es suficiente para sentirme único y especial.
Tammy me pregunta lo de siempre. Si lo deseo en rebanadas, untado o con algo dentro. Lo que quiera que le pida, ella lo hará, pero como rutina bastante personal, secreta e íntima para mí, yo solo asiento a la pregunta correcta, mientras me debato en mi cabeza si empotrarla contra el mostrador sería considerado una fantasía, un deseo insano de mi propia mente juguetona… o un pecado por andar codiciando la mujer del hombre que considero como un hermano.
Yo trato de mantenerme en la raya, en no cruzarla, pero maldita sea. Mi canelita me la pone difícil con ese trasero que se gasta, con esas enormes tetas que cada vez que vengo aquí, siento que me piden ayuda para ser liberadas. Con esa boquita, esos labios gruesos que ya me los he imaginado en…
—Listo. —Me sonríe bastante animada con la bandeja en sus manos. En ella está mi café, ese panecillo rebanado y untado con chocolate, junto a su acostumbrado café con leche con mucha espuma—. Venga, señor Ferretti. Es momento de desayunar.
Asiento y avanzo, viéndola acercarse a la puerta que divide la cafetería. Llego primero que ella y se la abro para que no se lastime. Aunque, realmente lo hago para poder aspirar el aroma tropical de su perfume.
Aprieto los dientes para no exteriorizar el placer que eso me causa. La sigo a una distancia prudente, porque lo menos que quiero es llamar la atención de algún empleado. Durante todos estos años, he actuado como el amigo indiferente, como el hombre que no está desesperado por tocarla, besarla. He actuado como si no la codiciara en mis más oscuros pensamientos.
Basta con que mi propia conciencia me condene, como para tener que ser condenado por los empleados que por tres años, me han otorgado más amabilidad de la que merezco.
Al final, soy el hombre que codicia a su jefa. Es mejor fingir que nada de Tammy me altera y eso es una de las razones por la cual no cruzo la línea que yo mismo tracé con ella en cuanto mi amigo me la presentó.
Evito saber de su vida más de lo que ya sé. Evito preguntarle por su familia, aunque ella es la que habla y habla sin parar. No la culpo, ella no sabe el depredador que soy.
Evito saber de la novia de mi mejor amigo para no sentirme más miserable de lo que ya me siento al desearla como lo he estado haciendo por estos tres años transcurridos.
Llegamos a la mesa de siempre; esa que se volvió mi favorita desde que llegué aquí.
—Sé que esto es lo que siempre pides, pero, ¿deseas algo más? —inquiere sentándose frente a mí.
«A ti. En mi cama, con tu culo empinado mientras yo te embisto hasta oírte gritar mi nombre».
—¿Dante?
—No, gracias —respondo tranquilo y sin apuros—. El café y el panecillo están bien.
Mi canelita asiente y se apresura a agarrar su taza de café con espuma. Debo mantener mis pensamientos controlados, mis ojos en el café mientras lo bebo, porque la señorita está frente a mí en una posición bastante sensual, la que me deja ver esas tetas que tanto deseo lamer.
«Ellas, sin duda, me están pidiendo auxilio. Se mueren por ser liberadas de lo apretadas que están».
Volteo a mi derecha, justo hacia donde está la pared de cristal que nos permite ver hacia la calle, y a través del reflejo, noto la posición que ya me sé de memoria. Esta es una de las razones por la cual esta mesa es mi favorita, porque queda cerca del cristal y el reflejo, me permite ver la espalda arqueada de Tammy, su precioso trasero un poco empinado solo por cómo está sentada y su suave cabello castaño cayéndole en la espalda.
Ella está tomando su café en silencio, ajena a mis pensamientos. Mientras yo hago lo mismo, pero mirando el reflejo de su cuerpo, haciéndole creer que miro hacia la calle como un hombre indiferente a su belleza y sensualidad.
—No te dije… —rompe el silencio, pero no dejo de ver su cuerpo. Se supone que debo actuar como si nada me pasara, no voltear a mirarla como un adolescente emocionado porque la chica que desea le ha hablado—, pero también debo ir a comprar las botellas de champán para esta noche.
Le doy otro sorbo a mi café, decido verla al fin y la cachetada es inmediata.
«¿Por qué? Maldita sea. ¿Por qué te empecinas en hacerme difícil la tarea de no tener sucios pensamientos contigo, Tamara Duarte?».
Aprieto mis dientes con fuerza, viendo la espuma en su labio superior. Mi mentecita piensa en eso, en precisamente eso que sale de mí cuando alcanzo el clímax. Ahora creo que tengo una nueva fantasía y otro pecado por el cual ser condenado.
—¿Qué? —Se ríe nerviosa y debo obligarme a dejar de ver la espuma para ver sus ojos marrones—. ¿Por qué me miras así?
—¿Cómo así?
«Carajo, espero que no haya notado un carajo».
—Tan… frío.
—Ah. —Levanto la taza para darle otro sorbo a mi café—. Es que tienes espuma en la boca.
—Mierda. —Se ríe como si nada y, por supuesto, sonrío, fingiendo que esto no me excita para nada—. Por suerte, no estaba atendiendo a un cliente así…
Sigue riéndose.
—Por suerte… —«Hoy soy yo».
Tamara lleva el pulgar a sus labios y de un movimiento rápido, lo desliza para quitar la espuma. Como si nada, se lleva el pulgar a su boca y chupa la espuma que se ha quitado, dejándome impactado.
La boca se me seca con un gesto tan simple, pero que me parece tan sensual al mismo tiempo. El efecto es inmediato en mi cuerpo, siento cómo la dureza dentro de mi bóxer hace acto de presencia y juro que no me puedo mover mientras miro, aparentemente imperturbable, cómo ella se limpia la espuma con su dedo. A este punto creo que, si me levanto, todos notarán que tengo la v***a dura.
Mi mente vuela tanto como mis pensamientos. Las posibilidades de verla hacer precisamente eso, pero con la situación que hay en medio de mis piernas, se vuelven infinitas para mí.
—Hace días, me pasó exactamente lo mismo, Dante… —dice de la nada cuando ya ha acabado de torturarme—. Estaba lloviendo, así que me preparé mi café de siempre. Clarisa me pidió el favor que la cubriera en la caja mientras iba al baño, así que me senté muy relajada a beber mi café espumoso y adivina qué.
—¿Estabas atendiendo con espuma en los labios y no te diste cuenta hasta que la chica regresó?
Asiente con sus ojos inyectados de diversión, pero noto un rubor en sus mejillas que llama mi atención.
—Y estaba justamente atendiendo a un hombre que no me dijo nada hasta que terminé de atenderlo.
Me tenso de inmediato, pero lo oculto muy bien. Me resulta suficiente saber que mi amigo es quien disfruta de las mieles de mi canelita como para tener que pensar en que otros hombres la desean como yo lo hago.
—Supongo que tuvo que haber sido vergonzoso.
—Fue una mierda —espeta de la nada en tono molesto—. Al tipo no le bastó con pedirme muchas cosas solo por morbo o diversión, no lo sé. Si no que después de todo ese rato, me dijo que lo que tenía en los labios, le recordaba a su visita los domingos en las mañanas.
«Hijo de puta».
Se cruza de brazos, ensimismada, cabreada, y debo concentrarme demasiado en sus ojos para no desviar la mirada a ellas.
—¡¿Puedes creerlo?!
—Inaceptable su comentario.
—Y yo no lo entendí al momento, te lo juro —bufa y ahora se peina el cabello con aparente molestia. No, no es aparente molestia, ella realmente está cabreada. El insulto que suelta entre dientes, que no entiendo un carajo, me lo deja muy claro—. Si Clarisa no me lo explica, no habría entendido que el tipo me quiso decir que parecía una prostituta con leche en los labios y no precisamente la que sacan de la vaca. La mujer que contrata lo ordeña cada domingo en la mañana y el muy bastardo quiso decir que yo parecía esa ordeñadora solo porque le pareció divertida la comparación.
Me ahogo con el café ante sus palabras. Toso tanto que la misma Tammy se levanta de la silla y se apresura a darme golpes en la espalda. Con mis manos, trato de detenerla, porque no quiero que me toque más de lo necesario, que se acerque tanto a mí y eso me lleve luego a ir más allá con mis pensamientos.
—Estoy bien, basta… —le pido tratando de sonar amable—. Estoy bien, Tamara.
Qué suerte que no hay más de cinco clientes a esta hora y que todos estén muy concentrados en sus conversaciones como para voltear a vernos. Carraspeo, me enderezo y acepto la botella de agua que me ha traído. Me bebo casi todo el líquido y cuando ya me he calmado, le sonrío. Aunque lo cierto es que por dentro estoy que pego un grito.
«¿Cómo se le ocurre decirme eso así como si nada?».
Las mayorías de las frases o palabras que Tammy dice no logro entenderlas, pero esta, sin duda alguna, la he entendido muy bien.
—¿El tipo ha vuelto?
—Gracias a Dios, no.
—¿Y se lo has dicho a Joshua?
Frunce los labios, tomándose su tiempo para darme una respuesta.
—Me dijo que solo fue un mal chiste y que no tenía que molestarme por algo como eso. También me dijo que no necesitaba levantar una denuncia por ese tipo de comentarios… —Deja salir una risa baja con sus ojos detrás de mí, en algún punto de la pastelería—. Es que le dije que lo demandaría por eso. Y luego solicité sus servicios como abogado, pero la idea como que no le sentó bien a Joshua. Me dijo que por tener ciudadanía americana, no puedo andar demandando a cualquiera por lo que me vengan en gana…
Siegue riéndose como si nada, como si ella fuese la que cometió el error y no su novio, mi amigo, por no apoyarla en lo que deseaba.
«Joshua tiene que estar loco».
Lo maldigo en los cuatro idiomas que sé por semejante mierda. Ciertamente, lo que ese imbécil de cliente hizo no es motivo para tomar medidas tan… drásticas.
«¡Pero, joder! ¡Es tu novia, imbécil! Apóyala al menos y de la manera menos molesta, explicarle que no puede ser tan radical».
—No es un delito lo que hizo —hablo al fin en tono neutral—. Pero hay principios y supongo que ese hombre no los tuvo al comentarte algo como eso. Te faltó el respeto y sin duda alguna, se merece un golpe en la cara por parte de Joshua.
«Sí, soy el menos indicado para señalar las acciones del tipo, pero eso ella no lo sabe».
—Claro, en el hipotético caso de que se atreva a venir otra vez por aquí el hombre, supongo.
Me encojo de hombros con total normalidad.
—Si aparece nuevamente y mi amigo no está aquí, pero yo sí, solo dime cuál es y yo lo haré.
Niega con una leve sonrisa.
—No vale la pena que Joshua haga eso. No necesita perder los estribos por un tipo que no sabe tener sus pensamientos para él mismo. Sería una vergüenza para Joshua pelearse por algo tan innecesario como eso.
«Claro. Siempre ahora tan correcto, mi amigo».
Desde que se enamoró hace todo bien, cuando en el pasado habría esperado a ese hombre cada día hasta hacerlo pagar por su osadía, solo por ver a la chica que con él salía. Solo por diversión hubiera esperado a ese hombre para echarle en cara que él es quien se la folla y luego de eso, darle su merecido.
Realmente está enamorado y más miserable me siento cada vez que me lo confirma con sus hechos.
—Ni tú —continúa con la misma sonrisa, rompiendo el silencio que se plantó en medio de los dos—. Tú no necesitas perder energías en hombres como ese. Además, yo misma le hubiera lanzado el azucarero de haber entendido al momento lo que dijo. Y le apuesto, abogado Ferretti, que ciertamente iba a necesitar un abogado, pero para que me sacase de la cárcel, porque la cabeza se la hubiera partido de haber captado la doble intención de su pésimo chiste.
—Si lo haces, llámame, que yo no te cobraría ni un centavo.
—Muy considerado, gracias. Eso compensaría los tres años de buena atención que le he otorgado solo por ser mi cliente número uno. —Su rostro se ilumina y en respuesta, le sonrío también—. Ser mi primer cliente tiene sus beneficios, ¿verdad?
—Hasta ahora, no los había notado.
Mi canelita niega, pero no pasa desapercibida para mí la rodada de ojos que me ofrece. Vuelve a disfrutar de su café espumoso, pero esta vez procura no ensuciarse como al principio, cosa que agradezco en mis más oscuros pensamientos.
Como siempre y aparentemente sin respirar, Tammy comienza a contarme todo lo que esta noche sucederá. Mientras me cuenta sobre la celebración por el aniversario de la pastelería, me doy cuenta de que ya hay globos y hasta una esquina decorada para tomarse fotos. Cada vez que vengo aquí, no tengo ojos más que para ella y hoy no fue la excepción a esa manera de verla exclusivamente a ella.
No me di cuenta de que ya está todo decorado y solo pienso en la hora que tuvo que haberse levantado para que todo estuviera listo antes de abrir la pastelería. O a la hora que tuvo que haberse dormido anoche para que amaneciese todo perfecto y hermoso.
Llega un momento donde mi canelita se levanta y yo la sigo con la mirada. Se acerca a la caja y le pide algo a la chica. Yo debo desviar la mirada de su trasero para que no se note que me tiene con la boca hecha agua.
Elijo darle al fin un mordisco al panecillo. Mis sentidos se alteran ante lo delicioso y suave que es. Como siempre, Tamara Duarte me deja embelesado con sus creaciones, alimentando el vicio que tengo con todo lo que sus manos hagan en la cocina.
«Excepto el maldito pastel de zanahoria. Ese ya no me gusta desde aquella cena».