Comenzamos a cocinar entre los cuatro. Mi tía es la jefa de la cocina, Toño el asistente divertido que prueba todo lo que se pica, Dante el chef invitado estrella, y yo… la que se supone que debe estar en control, pero no lo está. Porque Dante pica plátano con la habilidad de quien ha vivido en República Dominicana. Porque fríe el pollo como si tuviera una abuela cubana. Porque se mueve por mi cocina como si perteneciera aquí. «Que no estaría mal, porque es toda una delicia verlo». Y mi tía, mientras tanto, lanza comentarios que ella cree sutiles. —Dante tiene buena mano —dice, mientras lo ve aplastar ajo en el mortero—. Y buena muñeca también. Míralo tú qué concentrado. «¿Por qué, bendito Dios, ella dice eso? ¿Y por qué yo siento un puto escalofrío de confirmación?». —Tía… —murmuro

