2. La Boda parte II

1774 Palabras
La iglesia estaba envuelta en un silencio solemne, roto apenas por el murmullo nervioso de los invitados. La luz de los vitrales teñía el ambiente de tonos dorados y sanguinolentos, pero Lucía no podía apreciar la belleza del momento. Su corazón latía con una fuerza violenta contra sus costillas, un tambor de guerra que solo ella escuchaba. Caminó hacia el altar consciente de cada mirada, pero especialmente de una: la de Giovanni Lombardi. El temido *Capo di Tutti Capi*, padre de su prometido, la observaba desde la primera fila con una calma depredadora. A su lado, Salvatore Lombardi y otros miembros de la familia observaban con atención clínica, evaluando cada paso de Lucía como si fuera una transacción comercial. Lucía, impecable y elegante en su vestido blanco, saludó con una sonrisa tensa, aunque su mente estaba ya en la sala de guerra. Al llegar al altar, Vittorio la esperaba con una sonrisa confiada, arrogante. Su esmoquin n***o resaltaba su figura, y sus ojos azules brillaban con la seguridad de quien cree tener el control total del tablero. Lucía se detuvo frente a él. Su sonrisa era serena, pero sus ojos ámbar reflejaban una determinación gélida. —Vittorio, necesito hablar contigo. Ahora. En privado —dijo, bajando la voz, ignorando al sacerdote que esperaba con la biblia abierta. Vittorio parpadeó, sorprendido, pero mantuvo la compostura. —Claro, mi amor. ¿Tienes nervios de última hora? Es normal. Lucía lo tomó del brazo. Su agarre no fue cariñoso; fue firme, como unas esposas. Lo condujo fuera del altar, atravesando las miradas atónitas de los invitados, hasta la habitación privada donde estuvo ella. Una vez dentro, cerró la puerta con un golpe seco que resonó como un disparo. Sin preámbulos, le entregó la carta arrugada que había recibido hace un momento. —Lee esto —ordenó, su voz cortante como el cristal. Vittorio tomó la carta con despreocupación, pero a medida que sus ojos recorrían las líneas, el color drenó de su rostro. Los detalles de su relación secreta con Dalila estaban allí: fechas exactas, lugares discretos, fotografías comprometedoras que no dejaban lugar a la duda, Pero eso no lo era todo, también estaba información importante que revelaba como él y Dalila habían estado desviando los fondos del Bufete a cuentas en el extranjero. Al terminar, levantó la mirada, intentando recuperar su máscara de calma, pero sus manos temblaban ligeramente. —Luci, esto es una mentira absurda. Alguien quiere arruinar nuestro día por envidia. Quémala y volvamos afuera. —No intentes engañarme esta vez, Vittorio. Lo sé todo. Las fechas, los encuentros, el dinero movido a cuentas offshore. La boda ha terminado. Vittorio dio un paso adelante, y su tono cambió drásticamente, volviéndose frío y amenazante. La máscara del novio enamorado se cayó, revelando al hijo de la mafia. —Piensa muy bien lo que estás haciendo, Lucía. Hay cosas en juego que tu mentecita no alcanza a entender. Si sales por esa puerta, habrán consecuencias. —Lo entiendo perfectamente —replicó ella, sin retroceder ni un milímetro—. Y prefiero enfrentar las consecuencias de romper contigo que las de vivir una mentira. No puedo seguir con esta farsa. Vittorio intentó suavizar su voz, apelando a un amor que ya sabía ficticio. —Podemos arreglarlo. Te amo, Lucía, y tú a mí. Piensa en nuestro futuro, en lo que estamos por construir... —Vale tenía razón —lo interrumpió Lucía, su voz cargada de una tristeza furiosa—. Ella te ha estado observando mientras yo elegía ser ingenua. Pero esa ingenuidad murió hace diez minutos. —Si me dejas, mi familia no se tomará esto a la ligera —advirtió Vittorio, dejando caer el nombre de los Lombardi como una sentencia de muerte—. No tendrás a dónde correr. Lucía lo miró a los ojos, y por primera vez, Vittorio vio algo que no le gustó, ausencia total de miedo. —Ya no me asustas, Vittorio. La boda ha terminado. Y ahora me la vas a pagar. Lucía salió de la habitación con paso firme, la cabeza en alto, como si acabara de ganar un veredicto imposible. Vale la esperaba cerca de la entrada. —¿Lo hiciste? ¿Terminaste con él? —preguntó Vale, con la voz contenida. —Sí. No podía seguir con esa farsa —respondió Lucía, tomando el brazo de su amiga. Juntas abandonaron la iglesia discretamente, evitando el escándalo mayor. Al salir, la brisa fresca de Caracas golpeó el rostro de Lucía, quien respiró profundamente, llenando sus pulmones de aire libre por primera vez en meses. Le pidió el teléfono a Vale y marcó un número con dedos firmes. —Mariana, soy Lucía. Necesito que me envíes toda la información sobre los estados financieros del bufete, los casos legales en curso y el estatus de los clientes. Sí, todo a mi correo.. **Dentro de la habitación privada de la iglesia.** El aire estaba cargado de tensión eléctrica. Vittorio, pálido y sudoroso, intentaba mantener la compostura. Dalila, estaba sentada en una esquina, con los ojos bajos y las manos entrelazadas hasta que los nudillos se pusieron blancos. La puerta se abrió de golpe. Salvatore Lombardi entró como un toro herido, su rostro enrojecido por una furia apenas contenida. —¡¿Qué demonios pasa aquí?! ¿Por qué Lucía se fué?. —Tío, cálmate —intentó Vittorio, aunque su voz carecía de autoridad—. Ella... ella recibió una carta anónima, en ella le contaban...todo. —¿Queeeé? ¿Cómo dejaron que esa mujer los descubriera? ¿Ahora todo el plan está en riesgo? ¡El ridículo delante de las familias es monumental! —Tio cálmate! Podemos negarlo todo— dijo Vittorio tratando de controlar la situación. Salvatore golpeó la mesa de madera maciza con el puño, haciendo saltar los objetos. —¡No me digas que me calme imbécil! —Salvatore recoge la carta del suelo y la lee quedando estupefacto con cada línea—¡Esta carta tiene detalles que solo nosotros conocíamos! ¡Alguien nos traicionó! ¿Quién la envió? ¡Demonios! Dalila alzó la vista, con voz temblorosa. —Señor Salvatore, por favor. Lucía no tiene pruebas, cubrimos muy bien nuestro rastro, ella no tiene como probar nada... Salvatore se giró hacia ella con desprecio puro, avanzando como un depredador. —¡No me hables, estúpida! Tú también tienes la culpa, eres tan inútil como este imbécil —Salvatore caminó hacia ella con intenciones de golpearla—. Vittorio se interpuso rápidamente entre su tío y Dalila. —¡Basta, tío! Ya dije que lo tenemos bajo control. Lucía no hará nada en nuestra contra. Tiene demasiado que perder. Antes de que la discusión escalara a violencia física, la puerta se abrió nuevamente. Esta vez, la presencia que entró silenció la habitación al instante. Giovanni Lombardi, el patriarca, entró con una elegancia aterradora. Sus ojos oscuros barrieron la room con desaprobación. —¿Alguien me puede explicar qué está pasando? ¿Por qué Lucía se fue de la iglesia sin dar explicaciones, dejando a la familia Lombardi plantada? Salvatore intentó sonreír, aunque el gesto fue grotesco en su cara furiosa. —Seguramente fueron nervios de última hora, Giovanni. Cosas de mujeres. Ya lo arreglaremos. Giovanni lo miró con una frialdad que heló la sangre de todos. —Espero que ustedes no tengan que ver en este desastre, por su propio bien. Están avergonzando el apellido Lombardi. Y yo no tolero la incompetencia. Giovanni salió sin esperar respuesta, dejando un silencio sepulcral tras de sí. Salvatore se volvió hacia los amantes, con el rostro contraído en una mueca de odio. —Esto no ha terminado. Si algo más sale mal, si Lucía habla o investiga... los dos pagarán las consecuencias. Y será lento. Salvatore salió, dejando a Vittorio y Dalila solos en el miedo. —Esto se está saliendo de control —susurró Vittorio, limpiándose el sudor de la frente—. Necesitamos asegurarnos de que Lucía no tenga forma de probar nada. —Lo sé —respondió Dalila, Pero aún más confiada en sí misma—. Debemos mantener la calma Vittorio, ella no tiene como demostrar nada, lo malo es que esa maldita carta arruinó los planes. **En la Iglesia.** Rafael Valdez, el padre de Lucía, se dirigía al altar con paso pesado. Su rostro reflejaba una preocupación profunda luego de ver cómo su hija abandonaba la iglesia sin decir nada. Se acercó al micrófono, y su voz grave resonó en la iglesia. —Señoras y señores, lamento informarles que la boda ha sido suspendida. Les pido disculpas por los inconvenientes. Por favor, retírense con orden. Los murmullos estallaron como una ola, pero Rafael no tenía tiempo para explicaciones. Con paso decidido, se dirigió hacia el pasillo lateral. Justo en ese momento, vio a Giovanni Lombardi salir de la habitación privada. —Don Giovanni, necesito entender qué está ocurriendo. Lucía no actúa sin razones sólidas. Esto no es un capricho. Giovanni se detuvo y miró al padre de la novia con una seriedad inusual. —Rafael, hay que averiguar qué ocurrió aquí. Y la única persona con esas respuestas es tu hija. Rafael insistió, con la mirada llena de temor paternal. —Lo sé, Don Giovanni. Solo espero que todo esto no traiga consecuencias graves con su familia. Giovanni asintió lentamente, y por un segundo, pareció casi humano. —No te preocupes, Rafael. Lucía es como mi hija. Sé que ella no planeó este escándalo. El culpable real pagará. Te lo prometo. **A cierta distancia de la iglesia.** Un vehículo n***o con vidrios polarizados estaba estacionado en una calle sombreada, pasando desapercibido entre el tráfico caótico de Caracas. En el asiento trasero, un hombre observaba a través del cristal cómo Lucía y Vale se alejaban caminando rápido hacia una limosina. Sus ojos azules reflejaban una satisfacción tranquila, casi felina. En su mano sostenía un teléfono moderno, con un mensaje recién recibido brillando en la pantalla: *"La carta ha sido entregada. Ella lo sabe todo."* El hombre sonrió levemente, una curva sutil en sus labios. Guardó el teléfono en el bolsillo de su traje impecable. Con un gesto discreto de la mano, indicó al conductor que iniciara la marcha. El auto se alejó lentamente, mezclándose con el flujo vehicular hasta desaparecer. El hombre recostó la cabeza en el respaldo de cuero, cerrando los ojos con serenidad. Pero en la oscuridad de sus párpados, y en la tensión de su mandíbula, había algo que sugería que esto era solo el comienzo de un juego mucho más grande y sangriento. Lucía Valdez acababa de mover su primera pieza sin saberlo, y él estaba listo para controlar el tablero.
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