Capitulo I La Boda Parte I

1621 Palabras
La luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas de seda blanca del penthouse, dibujando sombras danzantes sobre las paredes immaculadas. Para el mundo legal, Lucía Fernanda Valdez era "Lucifer": la estratega implacable que nunca perdía un caso imposible. Pero en ese instante, sentada al borde de la cama, sentía una presión familiar en el pecho. No era miedo, ni duda romántica; era la ansiedad pura y fría de quien está a punto de ejecutar la operación más importante de su vida. El aire acondicionado zumbaba con una constancia hipnótica, pero Lucía notaba que su propio pulso marcaba un ritmo ligeramente acelerado. Sus manos, usualmente firmes como el acero, tenían un leve temblor que ella odiaba. *Es solo la adrenalina*, se dijo, ajustando su respiración con la técnica que usaba antes de entrar a un juicio complejo. *Hoy no hay margen de error. Todo debe ser perfecto.* Se levantó. El mármol frío del baño le erizó la piel al contacto con sus pies descalzos, un choque térmico que la ayudó a enfocar la mente. Frente al espejo iluminado por LEDs, sus ojos ámbar la devolvieron la mirada. No había lágrimas, ni incertidumbre sentimental. Solo la intensidad de quien revisa mentalmente una lista de verificación interminable. —Control total —susurró para sí misma, enderezando la espalda. La imagen de Vittorio cruzó su mente. Era el hombre que había elegido, su socio en esta nueva etapa. Sí, últimamente parecía distante, pero Lucía atribuyó eso al estrés de la organización. Sacudió la cabeza, despejando el vapor del espejo con un movimiento brusco. No era momento para analizar micro-gestos. Era momento de actuar. Se preparó con precisión quirúrgica. Cada capa de maquillaje, cada peinado, calculado al milímetro. Cuando abrió el armario, el vestido la esperaba: un diseño exclusivo de encaje blanco, bordado a mano. Al tocar la tela, sintió esa misma presión en el estómago, la señal de que **las apuestas** eran altas. *Todo tiene que ser perfecto.* Mientras se ajustaba las medias de seda, una sonrisa tenue, casi imperceptible, curvó sus labios. Bajo la pureza cegadora del traje nupcial, llevaba un secreto: lencería negra, de encaje fino y seda suave. Un contraste deliberado. Poderoso. Íntimo. —Será mi sorpresa —pensó, imaginando la reacción de Vittorio. No era solo un detalle sensual; era su forma de reclamar su identidad, de recordarse a sí misma que, incluso bajo el velo de la novia, seguía siendo ella misma. Dueña de su cuerpo y de su destino. El teléfono vibró sobre el tocador, rompiendo el silencio. Dalila. —Todo está bajo control, Lucía —dijo la voz de su asistente al otro lado. Calmada. Eficiente—. La ceremonia será impecable, tal como mereces. Lucía exhaló lentamente, dejando que la voz de Dalila la anclara. Dalila era competencia pura, extensión de su propia voluntad. Sin embargo, por una fracción de segundo, Lucía detectó una pausa mínima en la respiración de su asistente, un matiz que cualquier otra persona habría ignorado, pero que para Lucía sonó como una nota desafinada en una sinfonía perfecta. Lo archivó mentalmente como "estrés del equipo" y lo descartó. No podía permitirse dudar de su propio equipo hoy. Se miró al espejo mientras se ajustaba el corsé del vestido. La tela se ceñía a su figura como una segunda piel. Se colocó los pendientes de perlas **que le regaló su padre**. El brillo frío de las gemas le recordó el legado de excelencia que **llevaba** sobre sus hombros. De repente, la puerta se abrió de golpe. Valentina irrumpió en la habitación como un torbellino. Vale, con su cabello castaño y esos ojos verdes que usualmente brillaban con complicidad, hoy estaban nublados por una urgencia genuina. Su vestido de dama de honor, color champán, **se tensaba** con cada uno de sus movimientos rápidos. Lucía la miró y sintió una punzada de cariño mezclado con exasperación. Conocía a Vale mejor que a nadie; sabía que su lealtad era inquebrantable. Pero también sabía que Vale nunca había tolerado a Vittorio y que, últimamente, parecía resentir el tiempo que Lucía pasaba con Dalila organizando la boda. *Son celos*, pensó Lucía con indulgencia. *Celos de amiga que siente que la están desplazando.* —Lucía, todavía estás a tiempo —soltó Vale sin preámbulos, cerrando la puerta tras de sí—. Reconsidera. No confío en Vittorio, y mucho menos en Dalila. Hay algo en ellos... no me cuadra. Siempre los veo susurrando, con actitudes sospechosas. Lucía se giró lentamente hacia su mejor amiga. Sus manos, ya cubiertas por los guantes de seda blanca, se aferraron al borde del tocador, no por miedo, sino para contener la impaciencia. Quería abrazar a Vale y decirle que todo estaría bien, pero necesitaba mantener la compostura de la novia perfecta. —Vale, te quiero y sé que lo haces porque me proteges —dijo Lucía, suavizando su voz pero manteniendo la firmeza de quien cierra un argumento en corte—. Pero conozco tus reservas con Vittorio desde el día uno. Y sé que has estado estresada viendo cómo Dalila y yo organizamos esto. No voy a permitir que tus celos o tu desconfianza histórica empañen mi día. Confío en mi juicio, y mi juicio dice que todo está bien. Vale se detuvo, doliéndole la acusación velada, pero sin retroceder en su preocupación. Suspiró, cruzando los brazos sobre el pecho como si intentara protegerse de la frialdad lógica de Lucía. —No son celos, Lucía. Es instinto —insistió Vale, aunque su voz bajó de tono al ver la determinación en los ojos de su amiga—. Está bien. Aunque no esté de acuerdo, sabes que estaré aquí. Pase lo que pase. Lucía asintió, sintiendo una mezcla de gratitud y alivio por haber cerrado ese frente. Vale estaría ahí, eso era lo único que importaba. Mientras se ajustaba el velo, las palabras de su amiga resonaron brevemente, pero Lucía las apartó conscientemente, clasificándolas como "ruido emocional" irrelevante para la ejecución del plan. *¿Y si tiene razón?* La pregunta flotó un segundo, pero Lucía la aplastó con disciplina. No había espacio para segundas conjeturas. El reloj avanzaba. Era hora de partir hacia la iglesia. La función debía comenzar. El viaje en limusina fue un silencio tenso, roto solo por el suave murmullo del motor. Lucía observaba por la ventana cómo el paisaje urbano de Caracas pasaba borroso: calles llenas de vida, colores y caos, mientras ella se sentía atrapada en una burbuja de aislamiento. Sus manos, sobre el regazo, mostraban un leve temblor que odiaba. *Es solo el estrés del día*, se repitió, intentando blindar su mente. *Respira, cálmate.* se repetía una y otra vez. Al llegar a la iglesia, entraron por una puerta lateral hacia una habitación privada. Era un espacio pequeño pero acogedor, con paredes de piedra fría y un espejo antiguo que reflejaba la luz danzante de las velas. El aroma a flores frescas saturaba el aire, mezclándose con el humo acre del incienso. Lucía se sentó en un sillón de terciopelo rojo, sintiendo cómo el peso del vestido la anclaba al presente, impidiéndole huir. De pronto, tocaron la puerta. Vale, quien había permanecido en silencio a su lado, se levantó rápidamente para abrir. Al otro lado había un hombre alto y delgado, de cabello n***o corto y ojos marrones impersonales. Vestía un traje n***o impecable, corbata gris y zapatos brillantes, totalmente elegante, pero no sonreía. —Señorita Valdez —dijo el mensajero con una inclinación de cabeza mecánica, extendiendo un sobre—. Le ruego que lea esto antes de continuar. Es urgente. Lucía se puso de pie, sintiendo un escalofrío eléctrico recorrerle la espalda. Tomó la carta con manos que, traicioneramente, volvían a temblar. El papel era de alta calidad, pero la caligrafía era elegante y desconocida. Al abrirla y leer las primeras líneas, un frío glacial se extendió desde las puntas de sus dedos hasta su corazón, paralizándola. Su rostro se oscureció instantáneamente. La sangre pareció drenar de sus mejillas. La novia nerviosa desapareció; en su lugar surgió algo roto y peligroso. —No puede ser… —susurró, su voz apenas un hilo quebradizo—. Esto es una broma de mal gusto. Tiene que serlo. Vale se acercó de inmediato, sus ojos verdes brillando con preocupación urgente al ver la palidez mortal de su amiga. —¿Qué pasa, Lucía? ¿Qué dice esa carta? ¡Habla! Lucía sintió como si el suelo se hubiera convertido en arena movediza bajo sus pies. El mundo que conocía, cada recuerdo, cada promesa, se desmoronaba en polvo en un segundo. Pero no hubo lágrimas. Sus ojos permanecieron secos, abiertos de par en par, brillando con un horror lúcido. No permitiría que el dolor nublara su juicio, aunque el dolor le estuviera atravesando el pecho como una daga. Apretó el papel con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos y el papel crujió amenazando con romperse. La ansiedad previa se evaporó, reemplazada por una rabia tan intensa que hizo que el aire en la habitación pareciera vibrar. Un grito se le atascó en la garganta, nacido de la humillación de haber sido usada, de haber sido la tonta en su propia historia. —¡ES UNA TRAICIÓN, VALE! —gritó finalmente, y su voz retumbó contra las paredes de piedra, desgarrando el silencio sagrado del lugar. Se giró hacia su amiga, y por primera vez, Vale vio verdadero pánico mezclado con furia asesina en los ojos ámbar de Lucía. —¡Vittorio y Dalila! —escupió los nombres como si fueran veneno, con una risa histérica y breve que helaba la sangre—. No han estado planeando una boda... ¡Me han usado! ¡Han estado conspirando contra mí todo este tiempo!.
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