El pasillo era más estrecho de lo que Alicia recordaba. O tal vez era la forma en que Seiran caminaba a su lado, demasiado cerca, como si el espacio personal fuera una cortesía negociable. Cada paso sonaba en los pisos de madera oscura, pulidos hasta reflejar la luz cálida de las lámparas empotradas. Las paredes tragaban el ruido del jardín. Alicia dio un paso casi en falso. Su cuerpo se inclinó apenas hacia él. Seiran reaccionó de inmediato. Esta vez no dudó. La tomó por la cintura. No del brazo. No del hombro. De la cintura. El contacto fue firme, instintivo. —No te caigas —murmuró, con la voz más baja de lo necesario. Alicia alzó la vista. Sus rostros quedaron peligrosamente cerca, atrapados en una distancia íntima que no pedía permiso. Por un segundo, el mundo se redujo al ca

